2 MEASURING SEXUAL ORIENTATION – DEFINITIONS AND SIZE
2.1.3 Methodological issues in relation to Census and
Preparada por las tensiones en los Balcanes y la ruptura que para el orden internacional supuso la irrupción de Alemania como potencia mundial desde 1897; precipitada por el ase- sinato en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, del heredero del Imperio austrohúngaro por jóvenes nacionalistas serbios, por las alianzas internacionales de las potencias y por las decisiones ineptas, errores de percepción y riesgos calculados fallidos de las principales cancillerías europeas (Austria- Hungría, Rusia, Francia, Alemania), la guerra comenzó el 2 de agosto de 1914 cuando los ejércitos alemanes –siete ejér- citos, 1,5 millones de hombres– entraron por Luxemburgo y Bélgica para atacar a Francia. El 6 de agosto, Inglaterra en- vió una Fuerza Expedicionaria para apoyar a Bélgica y Francia. El 10, tropas austrohúngaras atacaron a Rusia; el 12, dos ejércitos rusos invadieron Prusia oriental; ese día, otro ejército austríaco invadió Serbia. La localización del conflicto en los Balcanes –esto es, alguna operación militar de Austria-Hungría sobre Serbia por el atentando de Saraje- vo– resultó, de esa forma, imposible.
Probablemente, en 1914 nadie quería una guerra mun- dial. La activación por Alemania de unos planes estratégicos para el caso de una guerra contra Francia y Rusia –que fue el supuesto que se dibujó en 1914–, planes que contemplaban una acción fulminante contra Francia para impedir la guerra en dos frentes, precipitó al mundo en una guerra de enormes dimensiones que se iba a prolongar hasta noviembre de 1918, en la que iban a intervenir unos sesenta millones de hombres (de los que morirían en torno a diez millones) –por un lado,
los aliados occidentales, la entente de Francia, Gran Bretaña, Rusia, Serbia, Japón y más tarde Italia (1915), Rumanía, Es- tados Unidos (1917), Portugal, Grecia; por otro, los poderes
centrales, esto es, Alemania, Austria-Hungría y enseguida
Turquía y Bulgaria–, y cuyos escenarios principales iban a ser un frente occidental tendido desde Bélgica a Suiza, el frente oriental de Riga al mar Negro y la frontera ítalo-austríaca, más la guerra en el mar, la guerra aérea y pequeños frentes marginales en Oriente Medio y otros puntos.
La guerra fue, pues, todo lo contrario a lo que había su- puesto la estrategia alemana (basada en el Plan Schlieffen de 1905): eliminar a Francia y guerra en un solo frente con- tra Rusia. Tras el avance alemán por Bélgica, Francia detuvo la ofensiva alemana en la batalla del Marne (5 a 8 de sep- tiembre de 1914), después de lo cual, y tras la carrera hacia el mar de ambos ejércitos (alemán y anglo-francés), la gue- rra en el frente occidental derivó hacia una guerra estática de contención y posiciones, a lo largo de una línea de cente- nares de kilómetros de trincheras y alambradas extendida desde Flandes hasta Suiza por el Artois, Picardía (con el río Somme), Reims, Lorena (con Verdún) y Alsacia. En el este, las victorias rusas iniciales (Rusia movilizó un ejército de 2,7 mi- llones de hombres) fueron contrarrestadas pronto por gran- des contraofensivas alemanas (al mando de Hindenburg y Ludendorff), por la ocupación de Serbia por Austria-Hun- gría y por la entrada de Turquía en la guerra (noviembre de 1914), hechos que por un lado desplazaron la guerra, ya en 1915, hasta la línea Riga-Pinsk-Czernowitz-mar Negro, y por otro, llevarían a los aliados a lanzar una gran opera- ción, lamentablemente fallida, sobre los Dardanelos en Gal- lipolli (abril de 1915 a enero de 1916), a cargo de los ingle- ses con tropas australianas y neozelandesas; a abrir un frente en los Balcanes desde Salónica para penetrar hacia Serbia y Bulgaria, y a activar, en 1916, Oriente Medio con- tra los turcos (guerrilla árabe mandada por el coronel T. E. Lawrence; ejército regular de Allenby desde Irak). La entra- da en la guerra, en mayo de 1915, de Italia –un país profun-
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damente dividido ante la guerra pero que se inclinó del lado de los aliados occidentales ante la promesa de reintegra- ción de la Italia «irredenta», los territorios italianos en Tren- to y el Adriático– creó por último un nuevo frente, una costo- sa y difícil guerra de montaña en la región alpina fronteriza entre Italia y Austria, al norte de Venecia y del río Isonzo.
Fracaso del plan alemán inicial de guerra, guerra de posi- ciones, equilibrio militar: eso fue, en síntesis, la Guerra Mun- dial entre 1914 y 1917. La contienda en 1916 fue una brutal guerra de desgaste: ofensiva franco-británica en el río Som- me (julio-noviembre de 1916) con unas 600.000 bajas por ambas partes; contraofensiva alemana sobre Verdún (febre- ro-diciembre de 1916) que creó la leyenda de la resistencia de la plaza mandada por Pétain (unas 550.000 bajas francesas, por 450.000 bajas alemanas); brillante, pero fracasada, ofensiva rusa, en junio de 1916, al mando del general Brusi- lov por la Galitzia polaca. Las ofensivas y contraofensivas en los frentes occidentales –en que fueron apareciendo nuevas armas: gas mostaza, tanques– fueron inútiles: las líneas no llegaron a modificarse. La ofensiva de Brusilov mostró ya las muchas debilidades de Rusia. Los fortísimos combates en el río Isonzo entre austríacos e italianos no rompieron la línea. Los aliados sólo lograron avances en Oriente Medio. La gue- rra en el mar, que se concretó en la gigantesca batalla de Jut- landia (31 de mayo-1 de junio de 1916) –161 barcos ingleses contra 99 barcos alemanes, con veinticinco barcos hundidos y 10.000 marinos muertos–, quedó equilibrada: ninguna de las partes logró la superioridad naval.
1917 fue, de esa forma, el año crucial, el año en que am- bas partes buscaron denodadamente la decisión final militar, y en el que, tras la caída del zarismo en marzo y la salida de Rusia de la guerra tras el triunfo de la revolución bolchevi- que en octubre –ambos consecuencia de los gravísimos re- sultados del país en la guerra: 1,7 millones de muertos, pér- dida de Letonia, Estonia, Lituania y Polonia–, más el éxito de la guerra submarina a ultranza por Alemania (que ade- más bombardeó ciudades aliadas con dirigibles Zeppelin), el
equilibrio pareció romperse a favor de los poderes centrales. Los aliados occidentales volvieron a lanzar otras dos gigan- tescas ofensivas en el frente occidental, iguales a las de 1916 (avalanchas de soldados contra las posiciones enemigas pre- cedidas por intensos bombardeos de la artillería) e inútiles como aquéllas: una ofensiva francesa, a cargo del general Nivelle, en abril de 1917 por Cambrai, Vervins y el Camino de las Damas, agotadora y fracasada, y que tuvo que ser detenida en mayo; la ofensiva británica –pero con soldados también canadienses y norteamericanos– de julio-noviem- bre, al mando del general Haig por Ypres y Paschaendaele, los campos «rojos» de Flandes (por la sangre de los solda- dos y el color de las amapolas), en la que pudieron morir en torno a 250.000 hombres por cada bando. Los italianos su- frieron en octubre de 1917 la terrible derrota de Caporetto, escenario de Adiós a las armas, la novela antibelicista de Hemingway. En 1917, los aliados sólo avanzaron en Orien- te Medio: los árabes de Lawrence y las tropas de Allenby tomaron Bagdad en marzo, y Jerusalén en diciembre. Su ma- yor victoria fue, sin embargo, otra. El hundimiento de bar- cos de pasajeros por los submarinos alemanes decidió a los Estados Unidos (6 de abril de 1917) a entrar en la guerra. Enviaron inicialmente una fuerza no especialmente grande, unos 130.000 hombres (aunque la movilización de jóvenes, voluntaria, fue extraordinaria). Pero el presidente Wilson impuso, a cambio de la entrada en la guerra, la aceptación de unos objetivos para la misma –los catorce puntos de Wil- son, hechos públicos en enero de 1918–, que tras la victoria de los aliados en noviembre de 1918, iban a cambiar literal- mente la estructura del mundo.
La victoria aliada se produjo de forma hasta cierto punto inesperada y sorprendente. La salida de Rusia de la guerra dio a Alemania la posibilidad de volver a su planteamiento inicial de guerra en un solo frente. La ofensiva alemana, una ofensiva doble, en marzo de 1918 sobre Flandes y en julio sobre el Marne, ofensiva al mando del general Ludendorff con una fuerza formidable de 69 divisiones y 3,7 millones de
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hombres, pudo ser contenida (de hecho, la ofensiva sobre el Marne fue un fracaso alemán). Bajo el mando del mariscal Foch, flanqueado por todos los altos mandos de sus ejércitos (Pétain, Haig...), los aliados contraatacaron en todos los frentes desde julio, en una guerra móvil con tanques, vehícu- los de motor y aviones. El 8 de agosto lograron la gran vic- toria de Amiens, que tuvo un efecto psicológico decisivo; el 2 de septiembre, las tropas de Haig rompieron la principal línea alemana. Paralelamente, los franceses rompieron, en septiembre, el frente de Salónica y provocaron la capitula- ción de Bulgaria (lo que dejó a Turquía expuesta a un ataque aliado sobre Estambul). Allenby y Lawrence de Arabia to- maron Damasco y Aleppo: Turquía capituló el 30 de octu- bre. Italia, bajo el mando del general Díaz, destrozó al ejér- cito austríaco en Vittorio Veneto (24-30 de octubre); Trento fue conquistada el 3 de noviembre.
La guerra estaba terminada. Las tropas aliadas fueron avanzando en octubre por el norte de Francia, Bélgica y Luxemburgo, mientras los ejércitos alemanes, limitados ya a operaciones dilatorias, se replegaron sobre su país. El 3 de octubre de 1918, el káiser Guillermo II cambió su gobier- no (que durante la guerra habían encabezado Bethmann- Hollweg (1909-1917) y el conde Hertling (1917-1918)) y nombró canciller al príncipe Max von Baden, con la idea ya de negociar un armisticio. En un clima de amotinamientos y sedición de soldados y marinos e insurrección revoluciona- ria en algunas ciudades alemanas, el 8 de noviembre una delegación alemana, encabezada por Matthias Erzberger, negoció con Foch en Compiègne la rendición total. Gui- llermo II abdicó el día 10; el 12 lo hizo el emperador austro- húngaro Carlos, el último Habsburgo. En Alemania, Austria y Hungría se proclamó de forma inmediata la República. Checos y yugoslavos proclamaron la indepen- dencia.