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Chapter 2: Literature Review

Q- Methodological Studies and Their Purpose

Si LE PREGUNTAMOS a una persona elegida al azar si existe el mundo externo, el de los árboles, casas, nubes u otras personas, probablemente nos mire muy extrañada y co- mience a dudar sobre el estado de salud mental de quien lo interroga. Si insistimos con la pregunta: ¿existe ese ár- bol?, pasado el asombro y el temor de ser víctima de al- guna broma con una cámara oculta, probablemente nos responda: "¡Está claro que sí existe! ¿Acaso no lo esto y viendo? Además lo puedo tocar y hace ruido cuando lo golpeo. Puedo sentir el aroma de sus flores o el gusto de sus frutos. ¡Claro que existe! ¡No pregunte estupideces!", y la persona se alejará molesta por haber perdido su valio- so tiempo en semejante pavada. Pero ocurre que respon- der justificadamente esa "estupidez" es uno de los serios problemas de la filosofía que ha separado a los pensado- res en doctrinas irreconciliables, surgidas de adoptar dife- rentes respuestas a la pregunta de la existencia del mundo externo. Analizaremos en este capítulo dicho problema y presentaremos algunas corrientes filosóficas que de él emanan. Con derecho se preguntará el lector qué tiene que ver este problema filosófico co n la mecánica cuán-

tica. Mucho. Las diferentes posturas que se pueden asu- mir con respecto al problema de la existencia del mundo externo, considerando que el sistema físico y sus propie- dades son extraídos de la supuesta realidad del mismo, son de fundamental importancia para intentar desarro- llar una interpretación de la mecánica cuántica. Veremos que ciertos intentos implican una toma de posición defi- nida referente al problema filosófico planteado. Quien lo desconozca no podrá apreciar las graves diferencias entre las mencionadas interpretaciones de la mecánica cuántica.

Retomemos los argumentos que la persona consultada dio para "demostrar" la existencia del árbol. Verlo, tocar- lo, olerlo, oírlo. Todas estas "pruebas" de la existencia del árbol hacen alusión a la percepción sensorial que se tiene del supuesto árbol. Veremos, sin embargo, que las mismas no demuestran la existencia del árbol, sino que, en el mejor de los casos, sólo demuestran la existencia de la percepción o, más precisamente, de lo que Bertrand Russell llama los datos sensoriales. Cuando afirmo "veo el árbol", lo que yo veo no es el árbol, sino un gran nú- mero de rayos de luz que se propagan desde el supuesto árbol hasta mis ojos. "Ver el árbol" no demuestra la exis- tencia del árbol, sino a lo sumo la de esos rayos de luz. En una oscuridad total, ya no vería el árbol, pero supongo que el mismo no deja de existir. O sea que "ver el árbol" no es equivalente a "el árbol existe". Peor aún, "ver" tampoco demuestra la existencia de los rayos de luz, sino, quizá, la de una imagen que se forma en la retina del ojo después de que esos (supuestos) rayos de luz pa- san por la córnea y se combinan como en una pantalla de cine. Pero eso tampoco. "Ver" hace alusión a ciertas vibraciones y excitaciones de ciertas células fotosensibles, llamadas conos y bastoncillos, que están en la retina. ¡Pero

eso tampoco! Hace alusión a complejas señales eléctricas que se propagan dentro de las células nerviosas del ner- vio óptico y que se transmiten por reacciones químicas que el autor de este libro ignora, pero sospecha que sus amigos biólogos conocen más o menos bien. Pero, no. Ver es cierta excitación de ciertas células de cierta región de la corteza del cerebro. Pero...

Espero que el lector se encontrará ya totalmente con- fundido y sin saber, después de todo, qué significa ver. Su- pongo que está convencido de que "ver el árbol" de nin- guna manera demuestra inequívocamente que el árbol existe. Situaciones en las que vemos cosas que probable- mente no existen, abundan. En una noche despejada con- templamos las estrellas y confiamos en su existencia; cuan- do recibimos un golpe en la cabeza vemos estrellas (y las vemos tan bien como a las otras, pues las producen simi- lares excitaciones de los conos y bastoncillos causadas por la conmoción) pero creemos que no existen. ¿En un caso "ver" demostraría la existencia de algo, pero en el otro no? ¿Existen las cosas que vemos en sueños? ¿Existe el arco iris como un objeto que podemos tocar y hacer sonar?

Si "ver" no es prueba de la existencia de lo que esta- mos viendo, nos preguntamos qué es lo que esta vivencia tan clara que llamamos "ver" demuestra sin lugar a du- das. Aquello cuya existencia es demostrada sin posibili- dad de duda es el dato sensorial. "Ver el árbol" demues- tra la existencia de un dato sensorial asociado. Lo mismo ocurre con las otras "pruebas" de la existencia del árbol: tocarlo, oírlo, etc., no demuestran en absoluto la existen- cia del mismo, pero sí demuestran la existencia de algo indudable que son los datos sensoriales. Esta duda meto- dológica que nos ha llevado a descubrir la existencia de algo indudable, los datos sensoriales, es equivalente al ra- zonamiento de Descartes que lo lleva a concluir que sólo

la existencia del pensamiento es indudable. Pienso, lue-

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