Jo h n Stuart Mili nació en Londres en 1806, y murió en Avignon, Francia, en 1873-
En 1822-23, fundó la Sociedad Utilitaria, en la qu e se reunía sem analm ente co n am igos y pensadores a e s tudiar y debatir tem as de política y filosofía. Considera d o un im portante teórico del liberalism o y un precursor d e la defensa d e la igualdad d e las m ujeres, escribió adem ás un d estacado tratado d e lógica.
En la encarnada defensa de las libertades q u e hace Mili, pod em os encontrar la articulación d e dos m odelos qu e en principio parecen contradictorios: el liberalis m o, y una definición d e la buena vida ligada a un ideal de perfección humana.
G eneralm ente, el liberalism o se entiend e co m o una teoría política de la “neutralidad”. Para el liberalism o, el Estado no d ebe m anifestar preferencia alguna por m o d elos o ideales de vida, y só lo d ebe garantizar un esp a cio libre d e violencia para qu e cualquier proyecto vital pueda desarrollarse. Asum iendo esta primera idea, se sigue q u e las funciones del Estado d eben ser restringi das; puesto qu e no es su d eber prom over ninguna for ma de vida, d eb e limitarse a sus fu nciones básicas: la seguridad y la Justicia. C om o anticipó Locke, el Estado d eb e convertirse en un “juez im parcial”: su función es la de intervenir en caso d e conflicto.
El liberalism o su pone tam bién q u e existe una arm o nía natural en la cond ición hum ana, qu e esp ontánea m ente articula los intereses personales co n los sociales
Andrea Salerno
de manera más perfecta qu e la de cualquier interven ción intencional. La libertad del hom bre en la sociedad consiste en to n ces, en librarse de todas las trabas que le impidan desarrollar su vida según m ejor le parezca.
Además, el liberalism o se diferencia de la dem ocra cia en cu anto al criterio de legitimidad d e los actos de g obierno: para los dem ócratas, una decisión es buena si e s mayoritaria; para los liberales, si respeta las liberta d es d e tod os los individuos.
Pues bien : J . S. Mili es un liberal en todos estos puntos. Él com ienza S o b r e l a lib e r t a d señalando que la libertad civil se entiende co m o la limitación al poder arbitrario, y q u e encontrar el principio qu e determ ine este límite es de un interés primordial. Mili advierte que en el pasado los pu eblos se interesaban por resguardar se d e sus g obernantes, reclam ando para sí d erech os políticos y estableciend o frenos constitucionales. Esto era así, porqu e no era el p u eblo quien elegía al so bera no y, por lo tanto, temía verse tiranizado por éste. Con el devenir de los gobiernos electivos se supuso qu e la tiranía no sería posible, porque el pueblo no iba a tira nizarse a sí mismo. Sin em bargo, más tarde se com p ro b ó que era posible la “tiranía de la m ayoría”, y que el pueblo que manda no es el mismo que el que o bed ece. Pero adem ás de la tiranía política, la sociedad dicta le yes tácitas qu e son más poderosas que las del Estado; la tiranía social es más eficaz que la opresión legal, pues “p e netra m ucho más a fondo en los detalles de la vida, llegan do hasta encad enar el alm a”. Se requiere, por lo tanto, tam bién protección contra la tiranía de la “opinión públi ca”, contra las pasiones y costum bres de la mayoría.
Ante la pregunta de cuál es el límite a la intervención social o política sobre las libertades personales, la respues ta es qu e el único criterio legítimo es el de la protección de la sociedad. El bien del individuo, físico o moral, no es un m otivo válido de intervención. En tanto las acciones
individuales no afecten a ninguna otra persona, “ningún hom bre puede, en buena lid, ser obligado a actuar o a abstenerse de hacerlo, porque de esa actuación o absten ción haya de derivarse un bien para él, porque ello le ha de hacer más dichoso, o porque, en opinión de los demás, hacerlo sea prudente o justo (...) Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano”.1
Este d erecho de los hom bres a no ser limitados en su libertad - e n tanto que no perjudiquen a los d em ás- pue de m anifestarse en cuatro libertades principales: libertad de pensam iento, de expresión, de acción y de asociación. Una sociedad qu e se llame libre tiene qu e garantizar el ejercicio ilimitado de estas libertades.
Esta defensa irrestricta de las libertades hum anas no e s só lo co n v en ien te para los individuos aislados: los efecto s d e la libertad son b u en o s para la socied ad . Partiendo de la certeza d e q u e el g én ero hum ano se halla en un estad o im perfecto, las libertades prom ue ven el desarrollo personal y social, y so n necesarias para el bien estar d e la e sp ecie hum ana, bienestar qu e está ind isolu blem ente ligado al progreso y a la bú s queda de la verdad.
La verdad necesita d e la libertad d e pensam iento y de exp resión por varios m otivos. El principal es qu e na die pu ed e estar seg u ro d e ten er la verdad absoluta: la historia ha dem ostrado có m o se han desvanecido las cer tezas m ás sólidas. La posibilidad d e qu e una diversidad de opin io n es pueda exp resarse públicam ente, colabora con la verdad al ofrecer o bien una verdad nueva, o bien asp ectos de esta misma verdad qu e perm anecían o cu l tos. Pero la diversidad no sólo es útil cuand o m ejora las opiniones anteriores: aun errada, la función qu e cum ple
1. Mili, John Stuart: Sobre la libertad, Aguilar, Madrid, 1980, cap. 1.
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es capital. Una opinión “por verdadera que sea, nunca será una verdad viva, sino un dogma muerto, si no la podem os discutir d e m odo audaz, pleno y perm anente”.2
Adem ás d e la calidad d e la op inión -u n a opinión es m ás verdadera si pu ed e resistir las críticas d e qu ien es piensan d iferen te -, a Mili le preocu pa la calidad d e la convicción de quien defiende una idea: una persona que tiene qu e confrontar a su opinión co n la crítica, n ecesa riam ente buscará los fundam entos, y hasta el sentido mismo de la idea que profesa. Esta confrontación le obli ga a “sen tir” su verdad d e m anera vivaz, en vez d e co n formarse con frases de rutina. Tanto a nivel personal com o social, el aporte d e las diferencias contribuye grandem en te a profundizar la verdad, y a forjar pensadores valiosos, q u e puedan defender apasionadam ente sus ideas. Cuan d o esto n o e s así, cu an d o las o p in io n es so n profesadas co m o una esp ecie d e prejuicio, sin com prend er su senti d o y sus fundam entos racionales, nos encontram os cerca del fin de una civilización. Como dice Hannah Arendt: “El fin del m undo com ún lia llegado cuand o se lo ve sólo b ajo un asp ecto y se le perm ite presentarse ú nicam ente b ajo una perspectiva”.3
Las libertades de acción y de asociación responden, en principio, a diferentes motivos. No tienen qu e ver tanto co n la verdad co m o co n el progreso, y su enem i g o no son las opiniones repetidas rutinariamente sino las costum bres. Sin em bargo, la lógica para defend er la diversidad e s la misma.
“D ond e la regla d e conducta no sea el carácter perso nal, sino las tradiciones o las costumbres de otros, allí faltara
2. Jbid., cap. 2.
3. Arendt, H., La con dición h u m an a, Paidós, Barcelona, 1996, cap. 2.
completamente uno de los principales ingredientes del bien estar hum ano y el ingrediente más im portante, sin duda, del progreso individual y social”.4
Los hom bres no son idénticos: las cosas qu e ayudan a una persona a cultivar su naturaleza pueden ser un obstáculo para otra. Un estilo de vida excitante puede m antener alerta los sentidos de uno y anular a otro.
Elegir su vida librem en te no co n tribu ye so lam en te a la felicidad y al d esarrollo d e la persona particular: las nuevas ex p e rie n cias prod ucen el progreso d e la s o c ie dad. A los innovadores se les deben todas las cosas bue ñas q u e antes no existían. Y ai igual qu e co n la verdad convierten la exp erien cia hum ana en algo vibrante, qm m an tien e vivo el espíritu d e la com u nid ad frente a la generalización d e la m ediocridad.
Tam bién en este aspecto, una sociedad qu e no tole ra la diversidad se derrumba.
En los asuntos adm inistrativos, esta defensa de las libertades y d e la diversidad lleva a J . S. Mili a defender el criterio d e “Estado m ínim o”: el g o b iern o no d eb e inter venir porqu e, g eneralm ente, nadie e s más cap az d e lle var adelante un asunto que los qu e tienen un interés per sonal en él. Pero aun cuando el gobierno pueda ser más eficaz, sigue siendo preferible que las cosas las hagan los individuos, ya que esto les reporta educación intelectual, el eje rcicio de sus cap acid ad es y puntos de vista.
Pero ad em ás, la ex ten sió n d e las fu n cio n es del g o b iern o “m ata” la vitalidad d e la so cied ad ; transform a a los ciud ad anos en parásitos q u e esp eran tod as las so lu c io n e s del Estado, y el crecim iento d e la burocracia im pide las reform as.
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“El mal com ienza cuando, en lugar de estimular la ac tividad y las facultades de los individuos y de las institucio nes, (el Estado) los sustituye con su propia actividad; cuan do, en lugar de informar, aconsejar y, si es preciso, denun ciar, él los som ete, los encadena al trabajo y les ordena que desaparezcan, actuando por ellos".5
La tiranía política y la tiranía social eliminan el medio más valioso que la humanidad tiene para asegurar la ver dad y el progreso: la diversidad. Las diferencias d e o p i nión, d e costum bres, de creencias, m antienen vivo el es píritu d e la sociedad y animan a los hom bres a elevarse por sobre la mediocridad
Una de las críticas que frecuentem ente se le han hech o a esta defensa tan radical de la libertad y de la diversidad es que cond u ce al relativismo, es decir, a pensar que cualquier m odo de vida y cualquier creen cia son válidas. Si no podem os asegurar qu e la verdad en la que creem os es absoluta, si sabem os qu e las costum bres qu e en otra ép oca fueron m oralm ente buenas hoy son consideradas ridiculas o aberrantes, cualquier estilo de vida qu e elijam os o idea qu e tengam os está igual de cerca - o de le jo s - d e ser buena.
Si por el sólo h ech o de ser diferente una práctica es buena, nunca podríamos defender vehem entem ente una creencia co m o cierta, o una forma de vida co m o valio sa. Sin em bargo, J. S. Mili no cree que cualquier m odo de vida es bu eno, o que no haya alguno m ejor que otros. Él define claram ente un ideal de perfección hu mana y de la buena vida. En El u tilita rism o propone un criterio co m o fundam ento de la moral: “Las acciones son justas en la proporción co n qu e tienden a prom over la felicidad, e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad”.6
5. Ibicl., cap. 5.
Al igual qu e Aristóteles, Mili d ice qu e la felicidad es la única cosa d eseable7 co m o fin de la vida humana. Entiende la felicidad co m o la búsqueda del placer y la ausencia de dolor; y enseguida advierte a los que creen qu e la búsqueda del placer denigra al hom bre qu e, a diferencia de los animales, los seres hum anos tienen fa cultades más elevadas que los apetitos: el intelecto, los sentimientos y la imaginación. Cualquier persona que haya exp erim en tad o las dos clases d e p laceres -co rp o ra le s e in telectu ales- preferirá los segundos aunque su satis facción sea m ás difícil; y considerará co m o felicidad el desarrollo d e estas facultades. Esto es así porque existe en todos los hom bres el sentim iento de la dignidad, q u e les im pide rebajarse a un nivel d e existencia infe rior a sus capacidades.
Pero el hom bre no sólo prefiere los placeres supe riores. En un estado tan im perfecto del desarrollo hu m ano, y existiendo tantas cosas que m ejorar en el m un d o , c u a lq u ie r p e rso n a m ed ian am en te in telig en te y educada pondrá toda su energía en esta tarea. Cola borar para contrarrestar las grandes cau sas de sufri m iento hum ano dará a los hom bres que participen en esta tarea “un noble g oce que no estará dispuesto a vender por ningún placer egoísta”.8
Para Mili, la pobreza y la enferm edad son obstácu los muy serios para la felicidad, pero está seguro qu e el progreso d e las ciencias podrá solucionarlo. Y añade: “aunque en grados desiguales, el afecto por los indivi duos y un interés sincero en el bien público, son p osi bles para todo ser humano rectam ente educado. En un m undo en que hay tanto de interesante, tanto que gozar,
7. Que es deseable, es un dato de la experiencia, ya que todas las personas desean la felicidad como fin último. 8. Mili, J. S.: El utilitarismo, op. cit., cap. 2.
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y tam bién tanto que corregir y mejorar, todo el qu e posea esta m oderada cantidad de moral y de requisitos intelec tuales, es cap az de una existencia q u e puede llamarse envidiable”.4
Mili entiende en to n ces la felicidad co m o el perfec cionam iento del hom bre. Frente a la teoría calvinista de la o bed ien cia, qu e precisa debilitar todas las facultades hum anas, él sostiene que lo propio del hom bre es el desarrollo d e la com prensión, la acción y el g o ce, y qu e esto só lo es posible si se dispone d e absoluta libertad para elegir.
“Los seres hum anos se convierten en no ble y her m oso o b jeto d e contem plación, n o p or el h ech o d e lle var a la uniformidad lo que de individualidad hay en ellos, sino cultivándola y desarrollándola, siem pre d en tro de los límites im puestos por los d erechos y los inte reses d e los dem ás; y co m o las obras participan d e los caracteres d e qu ienes las llevan a cab o , por el mismo procedim iento la vida humana se hace rica, diversa y anim ada nutriendo con más abundancia los pensam ien tos y los elevad os sentim ientos, fortaleciendo los víncu los q u e u nen a los individuos con la raza, haciend o que sea infinitam ente más digna al integrarse en e lla ."9 10
La felicidad y la perfección hum anas articulan el dis frute personal co n el bien estar general; esto e s posible porque los hom bres s e co n ciben a sí mismos co m o seres sociales. Este sentim iento no es natural, pero tam poco es una superstición o una ley impuesta despóticam ente, sino qu e los hom bres aprecian la sociabilidad co m o un atribu to d eseable. Sobre esta convicción se armonizan sus sen tim ientos y objetivos con los del prójim o.
9. Mili, J. S.: Sobre la libertad, op. cit., cap. 3- 10. Ibicl., cap. 4.
Existe entonces en Mili una clara distinción entre m o dos de vida superiores e inferiores, entre los que más se acercan a la perfección y los qu e ni siquiera lo intentan (porque no es un destino para cada hom bre la perfección: puede lograrla o no, y supone un arduo trabajo cotidiano, así co m o un am biente adecuado. La capacidad para los sentim ientos m ás nobles es a veces una planta muy tier na, que requiere de alimentos adecuados y de una atmós fera de libertad para no m architarse). Y así co m o hay ca racteres qu e tienden hacia la perfección, algunas disposi ciones son inmorales y horrorosas: la crueldad, la envidia, la hipocresía, la irascibilidad, el deseo de dominio, el orgu llo, etcétera, “todos ellos son vicios morales que constitu yen un carácter moral malo y o d ioso”.11
Si existen personas cuya conducta se acepta co m o reprobable, ¿por qué no sancionarla? Y si existen prácti cas q u e son evidentem ente m ejores qu e otras, ¿por qué no deberían el Estado y la sociedad prom overlas activa m ente para lograr la plenitud personal, y por consiguien te, el progreso social?
Es frente a esta pregunta q u e Mili responde co m o un ferviente liberal.
Aunque está convencido de qu é cosa es una vida bu ena, au nque pueda describir claram ente cu áles ca racterísticas de los hom bres son las más perfectas, hay un obstácu lo insalvable para q u e d e esto se derive la conclu sión d e la intervención social o política en las libertades personales.
No es p o r el h ech o de ser elegida qu e una vida o una idea sean buenas; pero solam ente si han sido libre m ente elegidas pueden serlo.
Hay d o s razonam ientos en cad en ad o s q u e exp lican esto . Prim ero: un ju icio m oral só lo e s p o sib le b ajo el
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su p u esto d e la libertad d e e le c ció n . Si un h o m bre ha sid o forzad o a actu ar d e alguna m anera, n o pu ed e juzgárselo. Es un hom bre bu eno o un hom bre m alo aquél q u e d ecid e so b re sus acto s. Ni un sim io ni un esclav o so n im putables, ni la o bed ien cia es una virtud hum ana.
M ediante la tiranía pu ed e consegu irse qu e todas las p ersonas se com p orten de m anera adecuada, pero eso n o es un m undo m oralm ente bu en o ni hum anam ente valioso.
El segundo argum ento es sem ejante. Por supuesto q u e hay vidas m ejores y más felices, pero uno de los valores q u e las hacen bu enas reside en q u e han sido elegidas. La libertad no e s un valor en sí misma, pero la felicidad -q u e es el ú nico fin, y qu e es lo m ism o q u e la vida b u e n a - la necesita co m o condición.
“El hom bre qu e perm ite al m undo, o al m enos a su m undo, elegir por él su plan d e vida, no tiene más ne cesid ad qu e d e la facultad d e im itación d e los simios. Pero aquél q u e lo esco g e por sí mism o pone en juego todas sus facultades. D ebe em plear la observación para ver, el raciocinio y el juicio para prever, la actividad para reunir los elem entos de la decisión, el discerni m iento para decidir y, una vez qu e haya decidido, fir meza y el dom inio de sí mismo para m antenerse en su ya deliberada decisión. (...) Es posible qu e pueda cam i nar por el buen sendero y preservarse d e toda influen cia perjudicial sin hacer uso d e esas cosas. Pero ¿cuál será su valor relativo co m o ser humano? Lo verdadera m ente im portante n o e s só lo lo q u e hacen los hom bres, sino tam bién la clase de hom bres q u e lo hacen. D e todas las obras hum anas, en cuya perfección y em belle cim iento em plea rectam ente e l hom bre su vida, la más im portante es, seguram ente, el hom bre m ism o.”
Un hombre digno de ser llamado así es, para Mili, aquél qu e es cap az d e “hacerse” a sí mismo. En esta creación p one en ju ego sus capacidades. Se define co m o superior
a los anim ales, y unido a sus sem ejantes más por libertad qu e por naturaleza. Podría decir, co m o Pico de la Mirán dola en su O ra tio d e h o m in is d ig n ita te : “No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiam ente tuyo, ni