A.2 Proofs of the main results
3.2 Methodology and Assumptions
Los niveles inferiores y superiores que actúan en el psiquismo huma- no nos llevan a considerar cómo repercute el desarrollo ontogenético en la motivación adulta y a enfrentar ciertas teorías, como las del psicoaná- lisis que, apoyadas en este enfoque genético, reducen la motivación hu- mana a tendencias biológicas e instintivas que han adoptado una forma concreta en la infancia.
Freud planteó la tesis de que las fijaciones infantiles de los instintos siguen actuando en la personalidad adulta. Aseguró que el complejo de Edipo, surgido en la infancia, constituye un factor motivacional funda- mental de la personalidad adulta. El psicoanálisis pretende encontrar los motivos de un acto en los contenidos dinámicos del pasado de un indivi- duo. En cambio, Lewin destacó que la motivación es una función del campo psicológico actual, y los teóricos del sí mismo (Maslow, Allport, Rogers, Nuttin y otros) enfatizaron que la personalidad se orienta hacia el futuro en la realización de su yo ideal.
En nuestra opinión, la motivación adulta es cualitativamente diferen- te de la infantil, aunque esté ligada en su génesis a las experiencias in- fantiles y en ella se expresen los hechos y tendencias de la vida anterior.
futuro posible, a escribir versos y cuentos. Esta reitera- ción de la actividad, que dada su personalidad y sus condi- ciones de vida resulta altamente satisfactoria, le lleva a escribir cuentos como una afición estable, y al surgimien- to de una nueva necesidad: la vocación de escritor. Ya esta vocación no es simplemente la expresión pasiva de otras necesidades, sino una nueva necesidad que se manifiesta activamente.
Las experiencias infantiles quedan grabadas en la personalidad, consti- tuyen condiciones internas del proceso motivacional y del desarrollo de las necesidades, pero no debemos ni podemos reducir las motivaciones adultas a las infantiles, pues los objetos-metas del comportamiento adul- to son actuales y orientados hacia el futuro, son cualitativamente dife- rentes y relativamente autónomos e independientes de los factores dinámicos que actuaron en la etapa infantil.
La teoría de Freud sobre la motivación arcaica tiene 2 defectos bási- cos: reduce lo superior a lo inferior, la orientación actual hacia el futuro a las huellas del pasado; no considera la unidad (determinación, trans- formación y penetración recíprocas) entre lo superior y lo inferior, entre la orientación actual hacia el futuro y las huellas del pasado.
En el ser humano normal y en todo momento concreto, predominan sus propiedades y funciones psíquicas superiores: la conciencia, la vo- luntad, el pensamiento abstracto, los motivos morales y la función integradora del psiquismo al momento y lugar en que se encuentra. Su conducta es determinada, en primera instancia, por dichos factores, sin embargo, esto no niega que los procesos superiores también reflejan las huellas del pasado y las propiedades y los procesos psíquicos inferiores. La motivación inconsciente y las necesidades inferiores actúan a través de las propiedades y procesos superiores y conscientes para determinar la dirección e intensidad del comportamiento.
Si bien los acontecimientos de la vida infantil ejercen una influencia duradera sobre la personalidad adulta, y es necesario estudiar cómo los años de infancia y adolescencia influyen sobre la personalidad adulta ac- tual, también debemos considerar que esta influencia no es fatal e inmodificable en el decurso de la vida. Las huellas de la vida anterior no dejan de ser tales, siguen influyendo en la vida adulta, pero no son inac- cesibles ni impenetrables con respecto al decurso de la vida. Por el con- trario, siempre se encuentran en un momento actual; siempre actúan a través de los motivos superiores y actuales, y están penetradas por la interacción presente; cambian en dependencia de esta interacción y no determinan fatalmente el decurso de la vida adulta. No obstante, esta influencia existe y aunque no es decisiva en la regulación del comporta- miento, en última instancia contribuye a determinar las propiedades psí- quicas superiores de la personalidad humana.
De todo lo anterior se comprende la importancia del estudio del pro- ceso de desarrollo de la motivación infantil que engendra la adulta, de cómo las experiencias anteriores grabadas en la personalidad condicionan el desarrollo de la motivación adulta.
Rubinstein (1969) opinaba que en el desarrollo del carácter desem- peñan una importante función los primeros años de la infancia. Precisa- mente, en ese tiempo es cuando se colocan los fundamentos del carácter. Wallon (1952) planteó que desde los 3 hasta los 5 años el niño per- manece profundamente inserto en su medio familiar. Las relaciones con sus familiares forman parte de su propia identidad personal, de ahí la gravedad de las impresiones que puede experimentar. Sus frustraciones y arrogancias no reprimidas pueden imponer a sus sentimientos y a su comportamiento una orientación duradera. En este período se constitu- yen los llamados complejos, es decir, actitudes duraderas de insatisfac- ción que pueden marcar de manera irrevocable el comportamiento del niño en las relaciones con su medio.
Según Wallon, es excesivo explicar toda la conducta ulterior del niño sobre la base de complejos. Es cierto que las impresiones de esta edad no son las únicas que ejercen su influencia sobre él. Evidentemente, las si- tuaciones o las edades sucesivas que lo ponen en relación con realidades diferentes también tienen su acción, a veces más decisiva que la del pe- ríodo comprendido entre los 3 y los 5 años, pero no se puede dudar de que en determinados casos anormales, el desarrollo de la personalidad puede mantenerse detenido por las impresiones que datan de esta época. En 1946, este psicólogo destacó la función de la imagen de otro que cada uno lleva en sí, en la génesis de la conciencia del yo. El afirmó que el socio o el otro es un compañero perpetuo del yo en la vida psíquica, y que se puede intentar explicar o señalar a través de las relaciones entre el yo y su complemento necesario, el otro íntimo, los estados elementales o complejos de la conciencia que pueden ir de lo normal a lo patológico. De este modo, puede ser relacionada a la evolución normal de la con- ciencia personal en el niño, toda la diversidad de actitudes que hacen del hombre un ser íntimo y esencialmente social.
Los criterios de Wallon son muy sugerentes para la teoría de la moti- vación y de la personalidad en cuanto al problema de la génesis de los fundamentos del carácter.
Bozhovich (1966) señaló que la educación por vía de la obligación conduce, a veces, a un estado tal de la esfera moral del niño, en el cual, sabiendo perfectamente las normas morales y dominando las formas re- queridas de conducta, solo se comporta como es debido bajo el control del castigo o de merecer una recompensa.
Por otro lado, la propia investigadora destaca el proceso de desarro- llo normal y real, en virtud del cual las cualidades morales llegan a esta- blecerse firmemente y constituyen niveles superiores de la personalidad. Si la asimilación del modelo moral es exigida por el adulto y el niño sigue pasivamente sus exigencias, la asimilación permanece como regla general al
nivel del conocimiento y del saber hacer; pero si el niño manifiesta la tendencia activa (consciente o inconsciente) a asimilar el modelo, esto asegura el proceso de su evolución psíquica.
En este proceso de desarrollo es necesario considerar 2 formas de frustración: una positiva y otra negativa (Nuttin, 1968). La primera con- duce a la eliminación positiva de una forma indeseable de necesidad en virtud del desarrollo de otra forma de aspiración y de satisfacción que, progresivamente, hace a la primera cada vez menos satisfactoria, o sea, es el propio individuo el que supera y modifica realmente su motivación para lograr una mayor satisfacción, por ejemplo, el niño pequeño que gusta de chupar la tetera, lo deja de hacer estimulado por sus padres, quienes le incitan a parecerse a las personas mayores e igualar la impor- tancia o independencia de estas. El adolescente deja de masturbarse, pues en- cuentra en la relación heterosexual una forma más satisfactoria de canalizar sus requerimientos sexuales.
La frustración negativa consiste simplemente en impedir al niño el placer que él busca, como puede ser quitarle la tetera y no permitir que la siga usando; castigar al adolescente para impedir que se siga masturbando, etcétera.
Mientras la frustración positiva es una condición normal y construc- tiva del desarrollo, mediante la cual se elimina realmente una forma de necesidad para dar lugar a otra, la frustración negativa parece conducir a la agresividad y no elimina totalmente la necesidad frustrada, que puede conservarse pasivamente, vinculada a experiencias traumáticas, sin ma- nifestarse en la acción ni en los fines conscientes.
El desarrollo ontogenético de la motivación humana puede no con- ducir felizmente a una personalidad adulta, madura, bien integrada. En este aspecto se destacan 2 formas: en primer lugar, la tendencia infantil extrema y no adecuada puede no ser superada y seguirse manifestando activamente, ahora en las condiciones concretas de la personalidad adul- ta; en segundo lugar, la tendencia infantil puede ser superada, pero nega- tivamente, dejando huellas traumáticas profundas que se manifiestan pasivamente en la personalidad adulta, y a veces crean trastornos emo- cionales y una desorganización o depresión de la actividad.
Ahora bien, en el decurso de la vida adulta, la necesidad pasiva puede convertirse en activa y viceversa. Estas necesidades activas y pasivas, heredadas de períodos anteriores, adoptan una forma adulta y se en- cuentran en íntima penetración recíproca con las motivaciones y circuns- tancias de la vida adulta; adquieren una forma principalmente adulta y actual que no es explicable por esas etapas anteriores de la vida.
Pero, sin negar la existencia de lo anteriormente expuesto, la forma típica y fundamental del desarrollo de la motivación humana consiste en
la superación positiva y real de las necesidades y tendencias infantiles y de la jerarquía que las caracteriza. La motivación adulta es diferente de la infantil y consiste en la integración y satisfacción de todas las necesi- dades bajo el predominio de sus componentes superiores y sociales.
Como consecuencia, en el proceso ontogenético de formación de la personalidad se determinan los fundamentos, las bases, del carácter adul- to. Si el niño encuentra una motivación positiva y activa en la asimilación de las normas morales, él mismo se supera y logra un desarrollo armóni- co de lo social y lo individual. Pero si no se inculca debidamente al niño el principio del deber o si la asimilación de las normas morales implica la frustración negativa de sus necesidades puramente personales, entonces la personalidad queda lastrada por conflictos íntimos y rasgos desintegradores.
Estas integraciones y desintegraciones, heredadas de la vida infantil, permanecen en la base de la motivación adulta, se expresan en ella y condicionan su desarrollo, aunque no de manera fatal, directa, ni absoluta.