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La política económica seguida por la monarquía para incrementar sus entradas, tuvo consecuencias más apreciables sobre el ánimo de los vasallos americanos, que no titubearon en criticarla y resistirla aun por medios violentos, como sucedió en algunos puntos del continente. La caja fiscal, siempre exhausta, necesitaba recursos cada vez mayores para hacer frente a los gastos; con el objeto de obtenerlos se hacían reformas en el sistema comercial, se recargaban los impuestos y se hacían modi- ficaciones en su percepción, que lógicamente despertaban resistencias en los afectados. Las protestas y representaciones elevadas por los crio- llos en defensa de sus intereses, aun cuando alegan el mejor servicio del rey y están escritas con respeto, bastan para comprender que en la men- te de ellos iba acumulándose un fondo de descontento. Particularmente graves fueron las resistencias que provocó en el Bajo y Alto Perú la

125 Se ha dicho también que el ejemplo de Buenos Aires, donde el virrey Hidalgo de Cisneros con el acuerdo de la mayoría de las corporaciones, dictó el 6 de no- viembre de 1809 la libertad de comercio, influyó en los gobernantes chilenos. Puede que así haya sido; pero cabe señalar que según investigaciones modernas, la libertad de comercio no produjo en Buenos Aires en los primeros años los resultados que se esperaban y que más bien hubo un retroceso en el tráfico. También es interesante agregar que a pesar de estar más difundidas en la capital del Plata la ideas del comercio libre, la medida sólo pudo tomarse debido a cir- cunstancias apremiantes, igual como sucedió después en Chile. Véase Diego Luis Molinari, La representación de los hacendados de Mariano Moreno, p. 179.

visita que en 1777 inició José Antonio de Areche para reformar la ha- cienda pública, y las sublevaciones que estallaron hacia 1780, prece- diendo a la de Tupac Amaru en el Cuzco, Arequipa, La Paz y Cocha- bamba, sin contar los indicios de descontento en muchas otras partes. La serie de pasquines y proclamas que aparecieron en las calles, nos han quedado como la prueba más fehaciente del descontento126.

En Chile se produjo en 1753 una gran alteración pública como consecuencia de una nueva medida económica implantada por las autoridades reales, de la cual nos han llegado datos suficientes para apreciar la intensidad de la agitación.

Ese año se estableció en virtud de una real orden el estanco del tabaco en favor de la corona, rama del comercio que hasta entonces habían explotado sin ninguna traba todos los comerciantes que lo habían deseado. El tabaco y el rapé serían traídos en adelante del Perú por la administración del estanco y distribuidos en el país a los estan- quillos reales que lo expenderían. Además de significar aquello un golpe para los comerciantes, suponía la creación de una red burocrá- tica complicada y el sostenimiento de una odiosa vigilancia para evi- tar el contrabando127.

Al ponerse en práctica el nuevo sistema, surgieron las primeras dificultades. Debían los funcionarios del estanco apropiarse de todo el tabaco y polvillo que hubiese en poder de los comerciantes y des- pués de pagarlo, venderlo por cuenta de la corona. Esa expropiación suscitó alarmas y protestas airadas, especialmente en Concepción, donde los funcionarios procedieron a ordenar la destrucción de lo que se logró descubrir, alegando que el tabaco era de mala calidad y había sido mezclado con tierra, mientras los comerciantes se deshacían en denuestos. «El día del juicio sabremos –dice un cronista– si fueron justos los clamores de los mercaderes cuando vieron quemar por fuer- za en el río sus mazos de tabaco diciendo que era malo y gritando ellos que era bueno, y romper los tarros de polvillo para que se lo llevara el río, diciendo unos que era tierra y los otros tabaco rico»128.

126 Boleslao Lewin en su libro Los movimientos de emancipación en Hispano-

américa y la Independencia de Estados Unidos, ha estudiado la literatura

pasquinesca de aquellos años.

127 Pérez García, citado por Barros Arana que en el tomo VI, cap. IX, de su Histo-

ria general, ha narrado este suceso.

El descontento que había aflorado en Concepción tuvo repercusio- nes en todo el reino y si hubiéramos de seguir al pie de la letra lo dicho por el cronista Carvallo y Goyeneche, la implantación del estanco habría tenido «peligrosos principios en ciertas revoluciones que pre- tendían elevarse hasta la Independencia»129.

En Santiago, el grupo de los comerciantes protestó junto con el Cabildo, solicitando que el estanco fuese limitado al Perú y que allí concurriese a proveerse libremente el comercio de Chile; pero todo fue en vano y, aun cuando se dirigieron súplicas al rey, el estanco quedó definitivamente establecido130.

No cesaron en aquellos días los inconvenientes, sino que tan sólo comenzaron: en los años siguientes continuaron las quejas contra el estanco y se trató de burlarlo, provocando la reacción de los goberna- dores y de los demás funcionarios subalternos. El año 1766 reapare- cieron los indicios de una agitación violenta, provocada por el desa- rrollo del estanco131. El 5 de noviembre de aquel año apareció en la Plaza de Santiago un pasquín lleno de dicterios contra el odioso mo- nopolio y excitando a la población a sublevarse.

El hecho llegó rápidamente a conocimiento del administrador de la Renta del Tabaco, don Francisco Antonio de Abaría, quien buscó apresuradamente un escribano y acompañado de él para que exten- diese una información fidedigna, se dirigió a la Plaza, procediendo de

América. Eduardo Arcila Farías en su Economía colonial de Venezuela, ha dejado constancia de los problemas suscitados allí.

Victorián de Villava criticó en 1797 el establecimiento del estanco en América: «Supongamos a favor de este proyecto toda la extensión que quiera dársele en utilidad de la Real Hacienda, y a pesar de ella, será preciso convenir que las malas consecuencias políticas de él sobrepujan en mucho a las ventajas del erario. No son cuatro o seis millones de pesos los que constituyen la felicidad de la monarquía, sino el fomento de la industria y las buenas costumbres, y estos dos fundamentos de la felicidad pública han sufrido el mayor quebranto en el establecimiento de aduanistas, administradores y guardas en este conti- nente». Ricardo Lavene, Vida y escritos de Victorián de Villava, p. 119. 129 CHCH, tomo IX, p. 275.

130 Pérez García, en CHCH, tomo XXIII, p. 372.

131 Guillermo Céspedes del Castillo en un artículo titulado «La renta del tabaco en el virreinato del Perú», aparecido en el tomo XXI de la Revista Histórica

(Lima, 1954), ha tratado lo relativo al estanco en Chile. Este autor resta im- portancia al motín de 1766.

su propia mano a retirar el papel; pero el gesto autoritario del admi- nistrador fue ineficaz132. En los días siguientes la ciudad se vio inunda- da de otros pasquines que rivalizaban en altivez y odio contra el es- tanco y los estanquilleros. A fines del mes el corregidor don Luis de Zañartu informaba aun al gobernador que aunque había disminuido en algo el torrente de pasquines, habían aumentado las «puesías» y que los oidores de la Audiencia recibían cartas amenazadoras «que inquietaban los ánimos bastantemente»133.

Uno de los papeles, titulado Estilo tosco para que todos lo entien-

dan, decía:

«Gracias a Dios, llegó el tiempo de sacudirnos el yugo de las injus- tas pensiones: ¡fuera el estanco tan perjudicial y nocivo, que así es la intención del rey!

»Sean severamente castigados los que por intereses particulares se opusieren a ello. Y en caso necesario vengan los lanzones del Maule, Colchagua, etcétera; que hallarán en nosotros todo auxilio, que basta de tolerancia y letargo.

»Y si se ve que en este tercer aviso al fiscal no se toma providencia, en un día está evacuado.

»Viva el rey»134.

Refiriéndose a estos mismos hechos, un año más tarde el goberna- dor don Antonio de Guill y Gonzaga escribía al rey: «Me hallaba en la frontera de los indios en asuntos del servicio de V. M., lo que dio avi- lantez a algunos espíritus inquietos para esparciar subrepticiamente en esta ciudad [Santiago] varias cartas y otros papeles sin firma, pi- diendo se extinguiera el estanco del tabaco sin dar lugar a que se pro- cediese a algún tumulto pero despreciándose justamente este proceder por los ministros de la Real Audiencia y subalterno del Gobierno; llegó el atrevimiento a fijar carteles el 5 de noviembre último en las esquinas más públicas amenazando con descaro una sedición y exci-

132 Algunos datos sobre estos incidentes se encuentran en un artículo de don Luis Montt, «Relaciones de méritos y servicios presentados al Consejo de Indias»,

Revista Chilena (Amunátegui-Barros Arana), tomo IX. Allí aparece resumida una información del administrador Abaria.

133 Benjamín Vicuña Mackenna, «La conspiración del tabaco», en Relaciones

históricas, tomo II, p. 358, Santiago, 1878. 134 Obra citada.

tando [a] las provincias inmediatas a concurrir a la destrucción del estanco derramando en la casa de la Real Audiencia y en las de otros particulares poesías y otros papeles descarados que continuaron por algún tiempo, en que ofrecían quemar las casas del administrador y robar los caudales de la Renta»135.

El gobernador apresuradamente había dado la vuelta a la capital, donde había encontrado que la Audiencia tenía tomadas diversas medidas preventivas. Doble número de patrullas y rondas circulaban por la ciudad, los caudales del tabaco habían sido asegurados y se había convocado a las milicias, recomendando iguales medidas a las autoridades subalternas. Como la agitación demorase en desaparecer, fue necesario mantener en la casa de la administración una escolta de soldados durante dos meses, hasta enero de 1767136.

Sobre estos mismos sucesos tenemos aún cierta comunicación que diez años más tarde, en 1776, dirigió al ministro José de Gálvez el con- tador de la Tesorería General don Gregorio González Blanco. Por otros hechos que narraremos luego, culpaba a los cabildantes por «las repre- sentaciones que hicieron el año de cincuenta y nueve y sesenta y uno a S. M., sobre no convenir en este reino el estanco de tabacos de cuenta de la Real Hacienda pues el año de sesenta y seis se fomentaron algunos movimientos en los ánimos de este pueblo, introduciéndoles aversión a dicho real estanco, fijando carteles, esparciendo algunos pasquines, su- poniendo al común oprimido y disgustado con aquel establecimiento»137. Las incidencias que motivaron la carta del contador González Blan- co están relacionadas también con la política económica de los borbo- nes y muestran tan claramente como el asunto del tabaco, que los criollos resistían las innovaciones que perjudicaban sus intereses.

El año 1776, González Blanco puso en práctica las disposiciones

135 Biblioteca Nacional, Sala Medina, M. S., vol. 193, p. 68.

136 Información de servicios de Francisco Antonio de Abaria. Véase Luis Montt, artículo citado.

Don Diego Barros Arana en el tomo VI, cap. X, p. 233, Historia general de

Chile, ha dado cuenta del viaje del gobernador a Santiago, tomando con duda

la afirmación de Carvallo y Goyeneche de que «fermentaba en la capital cierta conspiración contra el estado, que la prudente sagacidad del gobernador acer- tó a sosegar sin estrépito». Agrega en nota don Diego Barros: «En ninguna otra parte he hallado referencia alguna de esta proyectada conspiración, que sin duda no pasó de ser alguna simple competencia de autoridades». 137 Biblioteca Nacional, Sala Medina, M. S., vol. 196, p. 90.

dictadas por la corona con el objeto de incorporar a la administración real el cobro de la alcabala, impuesto a las compraventas, y de refor- mar el llamado composición de pulpería.

Hasta entonces el cobro de la alcabala era entregado en pública subasta a particulares que por cierta cantidad que pagaban al Fisco adquirían el derecho de cobrarlo por un período determinado en algu- na región del país. Como los subastadores no disponían de medios para vigilar todas las transacciones de los comerciantes o de los sim- ples particulares, llegaban con estos a un acuerdo en el que fijaban la cantidad de dinero que se suponía correspondería al monto del im- puesto durante el tiempo estipulado. El trato convenía al comerciante y al cobrador: este se aseguraba el pago del impuesto y aquel realiza- ba compras y ventas superiores a lo que se había supuesto. El erario real era el único perdedor, así lo habían comprendido los ministros españoles y fue por esta razón que se decidió que el fisco procediese por sí mismo al cobro riguroso de la alcabala.

El impuesto de composición de pulpería consistía en lo siguiente: existían en cada ciudad algunas pulperías de número, nueve en San- tiago, que se consideraban suficientes para el abastecimiento; pero como las necesidades habían aumentado, se había permitido el esta- blecimiento de nuevas pulperías que debían pagar una «composición», en buenas cuentas un impuesto. No obstante esas disposiciones, los dueños de haciendas vendían en sus casas de la ciudad toda clase de productos agrícolas sin pagar impuestos y eludiendo la reglamenta- ción sobre pulperías. El sistema se prestaba para abusos y también resultaba el erario real el único perjudicado.

Todos estos vicios pretendió remediar González Blanco disponiendo las siguientes medidas: cobro de la alcabala por la administración real, reavalúo de los frutos de las haciendas, disminución de las pulperías de número y aumento de las de composición y pago de ese impuesto por los hacendados que vendían sus productos en la ciudad.

Esas reformas, destinadas a engrosar las entradas del erario, perju- dicaban a los directamente interesados como eran los cobradores de alcabala, comerciantes, dueños de hacienda, etc., y también a todos los habitantes del reino que vieron venir un alza general en los precios.

Cuando se leyeron en las plazas públicas los bandos que disponían aquellas medidas, los vecinos se alborotaron y la más viva conmoción se apoderó del país138. En Santiago, el pueblo se reunió en la Plaza de

Armas y la excitación, avivada entre unos y otros, alcanzó grados verdaderamente peligrosos. El pueblo se puso en movimiento y, al decir de un cronista, «buscaban al arbitrista para quitarle la vida, y amagaban también contra la casa del gobernador».

Un testigo de los hechos en carta a un amigo retrató por aquellos días el ambiente de Santiago: «Publicado que fue el proyecto por to- das las villas del reino e iniciada su ejecución, fue tal el alboroto que parecía esto una Babilonia de confusiones. Cada uno habló y dijo lo que quiso y, en efecto, concordaron los vecinos en pedir un cabildo abierto para conferir la materia con asistencia de los eclesiásticos. Denegóse al principio; concedióse después a fuerza de la continuada instancia y multitud de pasquines y papeles infamatorios que amane- cían en todas las esquinas principales y aun en las puertas de los tem- plos, insinuando un despecho que era en realidad de temer por la con- moción que semejantes expresiones y en tales circunstancias causan por lo común en el ánimo del vulgo, monstruo irresistible si se enfure- ce e inquietable si se precipita»139.

En nombre de los vecinos fueron elegidos cuatro representantes que durante mucho tiempo conferenciaron con el presidente Jáuregui sobre la manera de suspender las medidas de González Blanco y resta- blecer la tranquilidad en el país. Mientras tanto la ciudad seguía sobre aviso y dando muestras de que la alteración aún no pasaba. Se habla- ba de los abusos que cometían los administradores nombrados por el contador González Blanco y se hacía correr noticias sobre algunas su- blevaciones en provincia, llegándose a rumorear que en Colchagua ha- bían muerto al administrador. Los pasquines llovían sobre la ciudad y las canciones y poesías contra el contador eran la novedad de cada día. Los muchachos las repetían en las calles sin el menor cuidado y los caballeros las leían para llevarlas luego al corrillo de sus amigos.

Ese estado de cosas se mantuvo durante un par de meses o más. La correspondencia que González Blanco sostenía con el ministro José de Gálvez refleja, a la vez que la angustia del hombre, la tensión y disgusto en el público. El 9 de septiembre, después de un mes de los primeros incidentes, le decía: «El veinticinco del mes pasado amanecie-

con resultados parecidos. Eduardo Arcila Farías, El siglo ilustrado en Améri-

ca. Reformas económicas del siglo XVIII en Nueva España, p. 244.

139 Carta de don Manuel Toro a don José A. de Rojas, Santiago, 8 de septiembre de 1776, publicada por Barros Arana en su Historia general, tomo VI, p. 359, nota.

ron en las puertas de las iglesias unos papelones, convidando al público a un levantamiento, pidiendo que se quitase la administración del Taba- co, y que acabasen con mi persona, como expresando en él varios dicte- rios contra mi nacimiento, hasta obligarme a no salir a la calle en mu- chos días, esperando por horas que pusiesen fuego a mi casa, como lo ofrecían en los mencionados papeles y conversaciones»140.

Cinco meses después de los hechos, aún le escribía: «Debo poner en la superior consideración de V. S. que el día 30 del mes pasado de octubre, amanecieron nuevamente en toda la ciudad otros pasquines, convidando al público a un levantamiento como que acabasen con mi persona lo mismo que se había publicado el 25 de agosto, sirviendo este hecho de nuevo escándalo»141.

Parece que el descontento no solo se manifestó contra el contador, sino que se profirieron palabras de ataque a la política monárquica por boca de algunos descontrolados y los panfletos recogieron esas imprecaciones. Un criollo que anduvo mezclado en los tumultos al escribir a un amigo que se encontraba en España, le daba cuenta de los sucesos, tratando, en varias partes de su carta, de desmentir que se hubiesen lanzado ideas subversivas y aseguraba «la grande fidelidad de nuestra patria al soberano»142. Refiriéndose a los pasquines le de- cía: «Innumerables han sido y son los que corren; pero unos por ni- miamente mordaces, y otros por atrevidos en exceso, aunque los más no mal dispuestos en cuanto al modo, son indignos de la atención de Ud. Por eso sólo le remito esos dos [no se hallan con la carta] que he juzgado los más moderados, aunque no los menos ingeniosos...

»Suponga una conmoción grande, pero dentro de los términos de queja y nada más; y así las voces de rebelión, alzamiento o declarada repugnancia contra la voluntad del soberano, que tal vez por abultar la materia pueden sonar en alguna representación, no hagan eco en su oído; téngalas por vanas y supuestas, porque yo he sido testigo ocular de todo lo acaecido, y nunca reconocí, oyendo tantas expresiones, alguna que manifestase pensamiento tan indecoroso a la patria».

Evidentemente, el autor de la carta trataba de disminuir la grave- dad de los hechos; pero cuando el río suena es porque piedras lleva. Don Manuel de Salas, que como procurador de ciudad tuvo que to-

140 Biblioteca Nacional, Sala Medina, M. S. , vol. 196, p. 90.

141 Carta de 22 de noviembre de 1776, Biblioteca Nacional, Sala Medina M. S. , vol 196, p. l36.

mar parte decisiva en las competencias del pueblo y el Cabildo con las autoridades, escribió posteriormente a don José Antonio de Rojas, haciendo una apreciación de las circunstancias. Le decía que de no

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