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Por el camino iba yo pensando en las últimas palabras de Cosío Robelo y preguntándome qué debería entender por irregularidades en un fusilamiento ordenado sin juicio en forma ni garantías ningunas para los reos. Y la verdad es que mientras más cavilaba, más crecían mis dudas. Porque junto a la suprema irregularidad —la irregularidad monstruosa de mandar, sin más ni más, que varios hombres mataran a otro a quien se ponía, atado de manos, de espaldas contra la pared —, todo el resto se me figuraba conforme con la armonía y el ritmo más cabales. Posiblemente, las reglas del bien fusilar rezaban que la descarga homicida partiera de tiradores expertos: así la muerte parecería menos cruel; tal vez disponían que no se llevara al reo a rastras hasta el cadalso: así los verdugos harían menor alarde de su oficio; quizá fijaban que, de haber resistencia por parte del sentenciado a muerte, no se le acribillara a tiros, ni se le acuchillara con las bayonetas, ni se le machacara el cráneo a culatazos. Pero, en último término, ¿qué importaban todos esos detalles, hipócritas, meramente adjetivos, al lado del hecho sustantivo de fusilar sin apego a procedimientos legales o morales?

Como la distancia era corta, mis ideas no progresaron mucho. De súbito apareció en su urdidumbre la imagen —cuña de piedra— de la esquina de la comisaría; con lo que pasé de pensar a sentir. ¡Casas siempre siniestras las que alojan a los puestos de policía de la ciudad de México!; pero, entre todas, una: la de Sexta Demarcación. Aquí la buena arquitectura dispone el ánimo a penetrar el fondo de las cosas y a sentirlo. Cuando me acerqué a ella, el sol de las once doraba de soslayo sus piedras morenas —pero las doraba en sombra, no en luz—; el tráfago de tranvías, de carros, de automóviles, la envolvía en ruido —pero no en ruido de estrépitos vitales, sino de repercusiones opacas—. En sus puertas, mezclada con los gendarmes de guardia, se agolpaba una muchedumbre de curiosos, y unos y otros, gendarmes y plebe —tan enemigos siempre a la hora del respeto a la ley— se hermanaban entonces en un mismo interés insano: el de ver y oír lo que pasaba dentro del edificio.

Entré. La rutina mugrienta de aquella antesala del presidio se hallaba en suspenso. Había expectación, aunque fría e insensible. Una ráfaga de lo insólito animaba el cotidiano ambiente carcelario y lo resolvía en nuevas tintas, nuevas formas, nuevos agrupamientos, acaso peores que los de costumbre.

Conforme atravesé el patio se volvieron hacia mí las miradas de los empleados y detenidos que se asomaban a las puertas de las diversas secciones. Luego tornaron a fijarse en el pasillo que comunica con el patio adyacente. Allí estaban seis u ocho gendarmes formados en línea desplegada y armados de máuseres. Sus fornituras, de

cuero amarillo, hacían vivo contraste con el paño azul de los uniformes. Tenían vueltas las espaldas hacía el primer patio y daban frente hacia el segundo. Los rifles —nuevos al parecer, o de muy poco uso— dejaban visible, cada dos pantorrillas, el ángulo posterior de las culatas. Cerca de los gendarmes y del oficial que los mandaba hacían grupo el subinspector general, el comisario, los escribientes y practicante de guardia y dos hombres del pueblo. Se comprendía desde luego que estos últimos — pantalón azul, camisa de cambaya, rostro bronceado, sombrero de palma estrecho de ala y tejido a colores— eran los protagonistas del fusilamiento. El más alto de los dos estaba descalzo.

Yo no me uní al grupo. Permanecí observándolo, a seis o siete pasos de distancia, a través del cancel que separaba del pasillo la oficina próxima. Cuando me acerqué estaba hablando el preso alto y descalzo. El otro reforzaba las palabras de su compañero con leves movimientos de cabeza.

Decía el preso:

—Pero ¡cómo me he de conformar, mi jefe! ¿De dónde, pues, lo saca su justicia? Se dirigía, en particular, al subinspector, cuyo rostro yo no veía, sino adivinaba bajo la forma de su sombrero tejano, de copa chata y ala rígida. El subinspector parecía mostrarse impasible, a juzgar por el énfasis creciente con que el sentenciado pronunciaba cada frase nueva; pero en sus manos, que tenía enlazadas sobre la parte posterior del cuerpo, se advertía su nerviosidad. Se estrujaba los dedos, se los retorcía, se los pellizcaba.

Mientras tanto, el reo seguía diciendo:

—Yo no niego que sean buenas las órdenes, mi jefe, ni tampoco lo que me dice de cuando los ejércitos entran en las ciudades grandes. Pero, en verdad de Dios, no es justicia que nos afusilen por tan poquita cosa. Considérelo nomás: ¡afusilarnos!… Aquí el señor, que lo sabe —y señalaba a uno de los escribientes (sucio, intonso, cubierto hasta las cejas con una gorra mantecosa de lúgubres reflejos patibularios)— podrá certificarle a su mercé que ansina no se hacen estas cosas…

El escribiente interrumpió:

—Yo no tengo que decir nada; no hables de lo que no sabes.

—¿De lo que no sé, mi jefe, y van a matarnos? Pos entonces que venga un licenciado y lo dirá, porque en sus libros está escrito. Aquí el subinspector: —Ya te dije que éste no es momento de licenciados. —¿Cuándo entonces, mi jefe? —Durante el juicio. —¡Pero si no ha habido juicio, bien lo sabe su justicia! —Sí, hombre, sí lo ha habido. El juicio fue lo de anoche. —Yo le aseguro que no, y si lo alegan, hay engaño. Los juicios, con la ayuda de Dios, son de otra manera: con jueces, con testigos, con licenciados, con público, y duran mucho. Los papeles hablan de ellos hasta con retratos, cuantimás si son para

sentenciar a muerte. No lo mandan a uno así nomás a la sepultura.

Oyendo a su compañero, el otro sentenciado a muerte había empezado a llorar. Era de apariencia totalmente pasiva y de espíritu y condición inferiores a su cómplice, no obstante sus zapatos y la mejor clase de algunas de las prendas de su ropa. Algo había en su actitud que denotaba a las claras su asombro ante el tesón con que el otro defendía la vida de ambos, pero al propio tiempo parecía resignado ya a lo irremediable, lo que modulaba el ritmo lento de sus lágrimas. Cada vez que el subinspector o el comisario daban a entender que no quedaba otro camino que someterse, él miraba a su compañero con ojos interrogativos y parecía dispuesto a caminar hasta la pared para esperar allí las balas. Pero luego, confrontado con la firmeza del otro, se inmovilizaba en la tregua, a lo cual contribuía también la blandura del subinspector. Éste, resuelto a no violentar las formas del fusilamiento, apenas si hacía uso de su autoridad: hablaba en tono persuasivo, casi dulce. Su elocuencia, además, era prácticamente nula —igual que la del comisario—, en contraste con la del preso, cuyas razones no obtenían sino ligerísima réplica. Y es que, en el fondo, nadie estaba allí convencido de la necesidad, ni menos aún de la justificación, de fusilar a aquellos dos infelices. Sólo el oficial de barandilla repetía de rato en rato, con sonrisa odiosa:

—¡Tiene que ser!… ¡Tiene que ser!…

Le brotaban de los ojos fulgores mortecinos que encendían, por su misma opacidad, la agudeza expresiva del sonreír hemipléjico de su quijada enorme. Luego, entreabriendo un poco más sus párpados de sapo, bañaba a los reos en miradas de cariñosa crueldad, miradas que eran como anticipación de lo que se prometía a sí mismo al susurrar su doble frase: —¡Tiene que ser!… ¡Tiene que ser!… Por momentos, los sentenciados a muerte se volvían hacia él: uno, el del llanto, para contemplarlo en silencio; el otro, para decirle como entre paréntesis: —No, señor. ¿Por qué ha de ser? Y usté es quien mejor lo sabe: usté escribió las declaraciones. En seguida el preso reasumía su defensa ante el subinspector y el comisario: —Si es cierto que el general Obregón ha dado orden de que nos afusilen —y no es que yo dude de su palabra, mi jefe; es que no lo puedo creer—, al menos que me oiga el general. Y yo le prometo que si me oye no han de afusilarnos, aunque le cuente la mera verdad, mi jefe, como ya la he dicho. Porque, ¿a qué negarlo? Es cierto que entramos a la casa para ver qué cogíamos; pero no llevábamos malas intenciones, digo intenciones de herir ni matar a naiden, ni con qué hacerlo. La pura pobreza, que lo echa a uno al maldito robo; pero a eso nomás… Ni cuchillo ni otra arma ninguna… Ya lo declararon los gendarmes, y así consta en los papeles. ¿Cómo cree usté, mi jefe, que si el señor general Obregón sabe esto ha de mandarle que nos mate? Sólo eso le pedimos por su mucho favor (que ultimadamente harto tiempo hay para que nos quiten la vida): sólo eso, que nos lleve a donde el general está, y que

consiga que nos oiga. Dio señales el subinspector de empezar a conmoverse y también de ir perdiendo la paciencia; lo segundo, por lo mismo que se sentía incapaz de destruir con razones la obstinación, elocuente y desesperada, con que el reo del juicio sumario exponía su caso. De pronto dijo, poniendo ya ligeros toques de rudeza en sus palabras: —Bueno, hijo: me parece que ya es demasiado alegar. ¿Obedeces? ¿Sí o no? —Pero, mi jefe (¡Dios no quiera que alguna vez se mire usté en este trance!): ¿cómo he de obedecer para que me afusilen? Póngase en mi caso, sea cristiano. Y aluego, tengo una hijita, mi jefe, una hijita de cuatro años. ¡Qué va a ser de ella si me matan! Mi culpa no es de ella, o no es para daño tan grande. Yo sólo quería robar — robar, sí, eso lo digo—; pero ¿está en la justicia de usté castigarme como asesino, y de los peores? Si usté viera a mi hijita se convencería de que no lo merezco. Ella es mejor que yo; la estoy enseñando y educando bien. Ya va a la escuela. Para ella eran los trapitos que iba yo a coger. Todavía ayer a estas horas estaba yo con ella, muy quitado de la pena, muy seguro de verla crecer hasta hacerse mujercita, y ahora quieren matarme tan sólo porque tuve una mala idea y un rato de mal consejo con el diablo. No, mi jefe, yo le suplico por su mamacita linda que no me afusile. Santísima Virgen ha de premiárselo, digo, si no es que yo mismo encuentro algún día modo de reconocerle a su mercé un servicio tan grande como es el de salvarnos la vida a los dos… —¡Basta! —gritó el subinspector—. Yo tengo que cumplir las órdenes. Si no van por la buena a colocarse cerca de la pared, los llevaremos a la fuerza. ¡A ver, oficial! —¡Mande usted, mi coronel! El preso:

—No, mi jefe, no se enoje. A la fuerza, no. No hace falta. Yo me defiendo con razones porque lo creo de justicia. Pero ni tengo miedo ni quiero que me lo achaquen. En llegando la hora, yo también sé morirme. Pero un favor le suplico: que me traigan a mi hijita, para despedirnos, y de no parecerle muy molesto a su mercé, que me traigan también un padrecito. Si han de afusilarme, siquiera moriré tranquila la conciencia.

El subinspector miró su reloj. Luego, en voz baja, consultó algo con el comisario. Mientras tanto, los dos sentenciados a muerte hablaron entre sí, o mejor dicho, el alto le dijo algunas palabras al otro, y éste contestó con varios movimientos de cabeza.

—¡A ver! —ordenó en seguida el subinspector al oficial de gendarmes—. Que este hombre le explique a usted dónde vive su hija, y que inmediatamente vayan por ella. Lo del sacerdote no puedo concederlo… Y tú —continuó, dirigiéndose al otro preso—, ¿tú qué quieres? ¿A ti qué se te ofrece?

—A mí, nada, mi jefe. Si han de afusilarme porque sí, ¿qué más da morir consolado que sin consolar? Me hago cargo que nos toca ser los del escarmiento. Algún día se lo reclamará su conciencia.

el fusilamiento progresaba dentro de las más perfectas normas posibles; pero que, así y todo, me parecía un acto abominable y perverso. El orden reinante en la ciudad no justificaba tamaña sanción contra dos infelices no más delincuentes que la mitad del Ejército Constitucionalista. Pero al llegar a la Inspección me encontré con que Cosío Robelo había salido, y luego, por más esfuerzos que hice, no pude comunicarme con él sino dos horas después de consumada la sentencia.

* * *

Aquella misma tarde volví a pasar frente a la comisaría de la Sexta Demarcación. Ante uno de los huecos destinados a las máquinas de los bomberos se detenía la gente. Me acerqué. Allí estaban expuestos al público los dos cadáveres. El rostro del fusilado de más estatura conservaba aún en su expresión huellas del empeño persuasivo con que había querido salvarse. Los pies descalzos —jóvenes, robustos— estaban surcados por hilillos de sangre ya seca. El otro cadáver yacía, más que en la lámina asquerosa de la camilla, en el seno de su resignación inalterable.

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