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CHAPTER 6: MOSFP METHOD FOR SOLVING WIRELESS SENSOR

6.4 Methodology and Experimental Setup

La vieja hagiografía medieval se había encargado de difundir ampliamente las truculentas muertes de los santos que alcanzaban la inmortalidad y la perfecta bienaventuranza a través de atroces tormentos en los que se pintaban terroríficas formas de morir: decapitaciones, desollamientos, lapidaciones, amputaciones de miembros... Estas terribles muertes conferían al santo una especialísima virtud que le garantizaba, no sólo la gloria eterna, sino la fama ejemplarizante de haber muerto proclamando la fe con su martirio222. Los santos distinguidos por su vida virtuosa y su muerte heroica se transformaron en personajes mitificados que representaban los valores más acendrados del mensaje cristiano. Con su conducta, proyectaban su particular comportamiento en el mundo de la vida cotidiana conformando una guía de conducta moral que debía ser imitada. El martirio otorgaba la santidad y la iconografía barroca siguió adornando los

templos con escenas de santos martirizados223, pero con escenas cada vez más cuidadas

y seleccionadas. A la vez, muchos textos hagiográficos fueron abandonando la descripción martiriológica para centrarse preferentemente en un modelo de muerte carente de violencia, una muerte sosegada y apacible que se resolvía de una manera dulce y aceptada. Un elemento clave en esta transformación se debió, sin duda, a las órdenes mendicantes que percibieron el agotamiento del modelo anterior. Morir en el martirio, además de resultar extraordinariamente doloroso, sólo estaba reservado a unos cuantos elegidos. Se requerían una serie de cualidades que eran muy difíciles de adquirir para el común de las gentes. La Iglesia se dio cuenta de que, si bien las grandes escenas de los santos que morían en aras de la fe y las narraciones descriptivas de estas muertes impactaban en los creyentes, éstas no eran lo suficientemente accesibles y adecuadas para inducir al cristiano a anhelar aquel tipo de fin. El género hagiográfico experimentó una transformación sustancial: las vidas de los santos adquirieron un formato claramente literario. Se describía con todo detalle el nacimiento y la niñez del venerable, las admirables cualidades y virtudes demostradas a lo largo de su existencia adulta, a veces cuajadas de extraordinarios milagros y, finalmente, el siempre edificante

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Delumeau advierte que en esta agonía victoriosa de los torturados se puede advertir la inculcación de un miedo visceral al sufrimiento que fue explotado hábilmente por predicadores y teólogos con el fin de establecer un paralelismo con las terribles penas del infierno, DELUMEAU, J.: op. cit., pp. 38-39.

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MÂLE, E.: El arte religioso de la Contrarreforma. Estudios sobre la iconografía del final del siglo

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deceso que se producía acompañado de piadosísimas prácticas de devoción y alegre aceptación. La contrarreforma expurgó de las relaciones hagiográficas a muchos santos antiguos por considerarlos legendarios y poco documentados224, pero a la vez introdujo, como reacción al fuerte cuestionamiento que sobre ellos hicieron los protestantes, otros nuevos cuyas historias estaban más acordes con los tiempos modernos. Reforzó la veneración de sus reliquias, el culto a las imágenes y la reverencia a los lugares y objetos que habían santificado con su presencia. La gracia divina se materializó sobre sus despojos haciéndose aprehensible para el común de las gentes que a través de los sentidos se sentían tocadas por su fuerza sobrenatural225. Fue una reacción desmedida, que indujo a la piedad popular a situarse en extremos claramente irracionales. Se fortaleció un cristianismo mágico y milagrero lleno de prácticas externas donde la superchería y la exaltación colectiva se fundieron en muchas ocasiones226.

La muerte de la Virgen fue considerada junto con la de Cristo como el máximo exponente de la buena muerte. Ambos habían muerto sin conocer el pecado y ambos habían ascendido al cielo sin dejar en este mundo su parte humana. Los dos suponían el verdadero triunfo sobre la muerte cuya nota más característica era la destrucción corporal. Fray Pedro de Oña en el capítulo tercero de su obra, que trata sobre los efectos del pecado y sus consecuencias, dedicó todo un discurso, el cuarto, a considerar este aspecto. La expiración de la Virgen planteaba graves problemas teológicos. La muerte era una de las consecuencias más terribles del pecado; María, que no había incurrido en ninguno también había tenido que pasar por este trance como cualquier ser humano. Este hecho, entre otros, permitió a los protestantes minimizar el culto a la Virgen por considerarla un mero instrumento en el plan de redención de Cristo. Los tratadistas de la Contrarreforma se apresuraron a contestar esta afirmación. Una de las razones que adujeron para dar explicación a este contrasentido fue eminentemente fisiológica. Si bien la muerte se debía al pecado que había dado lugar a una separación del hombre con

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CARO BAROJA, J.: op. cit., p. 98.

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Bouza Álvarez apunta que la multiplicación de las representaciones materiales y sensibles vulgarizaron el culto religioso en el Barroco. BOUZA ÁLVAREZ, J. L.: op. cit., p. 42.

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MARAVALL, J. A.: La cultura..., op. cit., pp. 458 y ss.; RODRÍGUEZ - SAN PEDRO, L. E. y SÁNCHEZ LORA, J.: op. cit., pp. 221 y ss.; SÁNCHEZ LORA, J.: “Claves mágicas de la sensibilidad barroca” en La religiosidad popular, Barcelona, Anthropos, 2003, vol. II, pp. 125-145; FRANCO RUBIO, G. A.: Cultura y Mentalidad en la Edad Moderna, Sevilla, Mergablum, 1999, pp. 160 y ss.; CARO BAROJA, J.: op. cit., pp. 100-118.

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Dios, la causa formal de la misma estribaba en la parte corruptible que formaba toda constitución humana. La materialidad era corruptible por ser los elementos que la componían repugnantes y contrarios. Así, fue necesaria la muerte de la Virgen porque estaba revestida de un cuerpo natural227. No obstante, ésta se produjo sin dolor ni enfermedad corporal estando rodeada de los apóstoles y una gran multitud de ángeles, que al tercer día de su muerte acompañaron su cuerpo resucitado hasta el cielo228. María se convirtió por sus extraordinarias cualidades en la abogada de los pecadores y la auxiliadora en los últimos momentos de la vida de todos aquellos que esperaban el perdón de sus culpas.

El tránsito de san José también fue considerado como paradigma de una buena muerte. Aunque los evangelios no decían nada en particular del género de muerte que tuvo ni de la enfermedad de la cual terminó sus días, se deducía que su tránsito le sobrevino en compañía de Jesús y de María, los cuales le asistieron en sus últimos momentos. Para dar mayor consistencia a su patronazgo sobre la buena muerte, fue necesario que los tratadistas imaginaran su deceso similar al de cualquier hombre. San José tuvo una agonía dolorosa acompañada de todos los accidentes comunes que se manifestaban en los momentos finales llegando a perder el habla229. Sin embargo la consolación y los ánimos que le dieron la Virgen y su hijo le hicieron esperar serena y confiadamente su fin. Tuvo por lo tanto, una muerte santa y feliz, la mejor muerte que podía desear un hombre. San Francisco de Sales era de la opinión de que José fue uno de los que salieron del sepulcro al mismo tiempo que resucitó Cristo y que lo acompañó en su ascensión gloriosa. Abonaba esta afirmación el hecho de que nunca se había encontrado su tumba a pesar del hallazgo de miles de reliquias de otros santos menos

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La parte humana hacía mortal al mismo Cristo “Que si a Cristo no lo matarán, muriera naturalmente de viejo, porque aunque se le alargara la vida, al fin se acabara por la composición y carne que tenía como verdadero hombre”. OÑA, Pedro: op. cit., lib. II, cap. III, dis. IV, p. 694. La misma consideración hace VILLEGAS, Alonso de: Flos sanctorum y historia general en que se escribe la vida de la Virgen

Sacratísima y de los santos antiguos, Madrid, imp. Francisco del Hierro, 1724, cap. XXI, p. 113. “Y

considerando esto nos consolemos todos muriendo, viendo que Cristo murió y su Madre, de manera que por estas razones, aunque la dispensó como Virgen de otras leyes generales, como ser concebida sin pecado, parir sin dolor, ser madre y virgen, en el morir no se dispensó con ella”.

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El silencio que guardan las Escrituras sobre la muerte, entierro y sepultura de la Virgen era considerado como una precaución que habían tomado los evangelistas con el fin de que las gentes no la adorasen equivocadamente como Dios. OÑA, Pedro: op. cit., lib. II, cap. III, dis. IV, pp. 697-698.

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VALDIVIELSO, José de: Vida, excelencias y muerte del gloriosíssimo Patriarca y esposo de nuestra

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importantes230. San José se convirtió en uno de los mejores intercesores a la hora de la

muerte y él mismo simbolizó uno de los modelos de la buena muerte231. Su vida había

sido un cúmulo de virtudes entre las que destacaban la pobreza, castidad y obediencia, que eran la guía básica de cualquier orden religiosa, así que no es de extrañar que muchas fomentasen su culto a partir del siglo XVI232.

Después del Concilio de Trento, los tratadistas consideraron, de manera reiterada, que la mala muerte de los pecadores se debía a las fuertes uniones que existían entre el alma y la parte corporal, siempre inclinada a los vicios y placeres terrenales: “es muy corporal el pecador mundano y está su alma más travada y añudada al cuerpo que la del justo que desea verse desatado. Por esta consideración podemos decir que el pecador de cualquiera manera que muera, siempre muere de muerte violenta y el justo no” 233

. Esta violencia se traducía en el doloroso desgarramiento que se producía en el momento de la agonía “porque lo primero que hace Dios en esta hora postrera es arrancarle el alma de las carnes”234. Se avisaba que las congojas, angustias y temores que provocaba la agonía tenían su origen en esta intima unión y que era importantísimo llegar a ella acompañado de buenas obras y con un desasimiento de las pasiones humanas a fin de que el tránsito fuera lo más tranquilo posible. Los justos que habían tenido una vida llena de abstinencias y penitencias apenas tenían sufrimientos a la hora

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FIERAD, José: La vida y muerte del hombre justo: propuesta en los exemplos de San Josef, esposo de

María santísima, sacada del Evangelio según la interpretación de los santos Padres, Pamplona, imp.

Benito Cosculluela, 1789, cap. IX, pp. 154-155.

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Son múltiples las oraciones dirigidas a este santo pidiendo tener una buena muerte y que han perdurado prácticamente hasta bien entrado el siglo XX. Sirva como ejemplo la siguiente: “San José bendito, tú que expiraste en los brazos de Jesús y de María, cuando llegue la hora de mi muerte, ven en mi auxilio con Jesús y María. Consígueme de nuestro Padre Dios una muerte santa, para que pueda resucitar con Cristo. Si es posible, abogado de la buena muerte, que muera en paz, con serenidad, lleno de esperanza. Aleja de mi el sufrimiento duro y largo, aunque acepto la voluntad de nuestro buen Dios”.

Devocionario a San José, Barcelona, 1941.

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Especialmente los carmelitas y los jesuitas. MÂLE, E.: op. cit., pp. 292.

233

REBOLLEDO, Luis de: Cincuenta oraciones funerales, Zaragoza, imp. Juan Quartanet, 1608, oración XVII, p. 128. Este autor representa la muerte del justo y del pecador como dos hombres presos: al uno se le ha comunicado su sentencia de muerte y se sobresalta cuando ve entrar al confesor sabiendo que en breve será ejecutado; mientras que el otro, al que se le ha dicho que queda libre, se regocija porque sale de la prisión que es el cuerpo, cárcel del alma, quedando definitivamente libre de toda atadura, Ibídem, p. 130.

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de su muerte porque el hilo que unía su espíritu con el cuerpo era muy tenue y pasaban de esta vida a la otra sin tensiones y con suma facilidad235.

Los hagiógrafos contrarreformistas describieron el deceso de los santos modernos con una serie de notas características que pretendían desdramatizar el momento final de la muerte. Generalmente el Señor les solía manifestar con antelación el momento de su muerte, incluso el día y la hora. Según San Juan Damasceno, la misma Virgen había tenido conocimiento de la suya a través del arcángel san Gabriel236. Fray José de Jesús María aseguraba que el venerable Miguel de los Santos conoció meses antes el día que iba a morir sin haber manifestado anteriormente enfermedad alguna. La muerte de este religioso resulta el paradigma, tantas veces reproducido, de la muerte del santo. Durante su enfermedad, producida por un tabardillo o fiebres tifoideas, se mantuvo sin molestias y dolores mostrando gran serenidad, alegría y sosiego, como si estuviera sano. Su instante final recoge todos los elementos tópicos del género237, así como el estado en que quedó el cuerpo tras su muerte: los miembros tratables, la carne blanda y suave, el rostro tan hermoso como cuando vivía con un semblante apacible y risueño238. Frecuentemente la ausencia de rigidez cadavérica solía in acompañada de otros prodigios como era la incorrupción del cuerpo y la fragancia

post mortem. El cuerpo de Santa Rosa de Viterbo después de su muerte permaneció

entero, sano y tratable exhalando un olor suavísimo. Del cadáver de la religiosa mercedaria Santa María de Cervellón emanaba “una fragancia celestial y como un ungüento o licor odorífero, por cuyo medio Dios obró en quantos lo usaron con viva fe

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En este aspecto, hubo autores que acudieron a interpretaciones fisiológicas para demostrar que los fenómenos que se producían durante la agonía estaban relacionados con los desórdenes y pecados cometidos durante la existencia. El pecado corrompía la sangre y a la hora de la muerte acudía al corazón produciendo en él un gran dolor. “Esto pues es la causa de las angustias de los malos y bramidos que dan los pecadores en la hora de la muerte, porque la mala sangre de los pecados que en vida la tenía apartada del corazón y echada en el rincón del olvido, allí en la hora de la muerte se les va llegando poco a poco al corazón”, Ibídem, p. 806

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VILLEGAS, Alonso de: Fructus sanctorum y quinta parte de Flos sanctorum, que es libro de

exemplos, assí de hombres ilustres en santidad como de otros, Barcelona, imp. José Texido, 1728, p. 519.

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“A cosa de la medianoche compuso su cuerpo lo mejor que pudo y en presencia de la comunidad fixando apaciblemente sus ojos en el santo crucifixo que tenía entre sus manos y el corazón en el cielo, fue aún con mayor conato y fervor prosiguiendo los referidos actos, hasta que con grandísima paz y serenidad, sin hazer estremo ni movimiento alguno, más que alçar sus ojos al cielo, como siempre avía mirádole viviendo y en particular en sus éxtasis frecuentes, durmió ahora en el Señor, a poco más de las doce de la noche”. JESÚS MARÍA, José de: op. cit., lib. II, cap. II, p. 279.

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121 diversas maravillas”239

. Estas portentosas manifestaciones se interpretaban como la confirmación de la auténtica santidad que la divinidad concedía a aquellos que habían logrado vencer las leyes naturales de la corrupción. No faltaron en los últimos momentos de los santos las descripciones teatrales de gran contenido simbólico que confirmaban sus extraordinarios méritos. Cuenta también Ribadeneira que Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, famoso por sus obras de caridad, en los últimos días antes de su muerte entregó todos sus muebles a los pobres, incluida su propia cama, lo cual le obligó a pedirla prestada para morir. Expiró durante la celebración de la misa que ordenó decir en su aposento en el momento en que el sacerdote acababa de consumir la eucaristía recitando el último verso del salmo “in manus tuas Domine

commendo spiritum meum”240. También las señales exageradas de pureza y virginidad eran habituales en este tipo de relatos como las mostradas por San Felipe Neri, que mientras lavaban su cadáver, como si estuviese vivo, se cubría las partes naturales para que no las viesen241. En este tipo de narraciones resultaban frecuentes las descripciones de hechos prodigiosos y visiones sobrenaturales que los elegidos experimentaban en el momento final. San Felix de Cantalicio murió cantando alabanzas mientras recibía la

visita de la Virgen María acompañada de numerosos ángeles242. Sin embargo, hubo en

todas ellas una nota dominante cargada de un alto grado ejemplarizante: la aceptación resignada de la muerte en medio de las fatigas de la enfermedad y la recepción fervorosa de los últimos sacramentos. El franciscano José Jiménez Samaniego, biógrafo de la venerable madre María Jesús de Ágreda, destacaba este deseable comportamiento243 a la vez que describía sus últimos momentos en los que aparecía rodeada de sacerdotes, prelados y religiosos que la acompañaban ayudándola en su agonía.

239

RIBADENEYRA, Pedro de: Flos sanctorum de las vidas de los santos, Barcelona, imp. Sierra, Olivar y Martín, 1790, vol. III, pp. 17 y 104 (respectivamente).

240

Ibídem, p. 72.

241

Ibídem, vol. II, p. 103.

242

Ibídem, vol. II, p. 115.

243

“Los dolores, congoxas y molestias de la enfermedad que por todo el discurso de ella fueron vivos, penosísimos y mortales, llevó con tanta paciencia, igualdad de ánimo y resignada conformidad en la voluntad divina, que era a todos de admiración pues no sólo no se le vio aún el más leve indicio de menos sufrimiento, sino que la vimos siempre con tal quietud, sosiego, modestia y compostura exterior, qual pudiera tenerla si nada padeciesse y todas sus palabras sonaban resignación o exercicio de otras altas virtudes”, JIMÉNEZ SAMANIEGO, José: Prólogo y relación de la vida de la Venerable Madre Sor

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Resulta indudable que la profusión y desarrollo del género hagiográfico barroco estuvo destinado a contrarrestar el temor incuestionable a la muerte que el mismo discurso eclesiástico había generado. El modelo de una muerte en santidad se convirtió en uno de los recursos más eficaces de la corriente contrarreformista debido a que, de alguna manera, paliaba la terrible catástrofe que representaba el morir. Las admirables vidas de los santos, y en especial sus muertes ejemplares, no hicieron sino reforzar las conductas de los creyentes dentro del marco religioso de la época. La propuesta resultaba del todo inalcanzable dado que esta forma de morir estaba reservada a unos pocos, pero se contaba con que el común de las gentes hiciese todos los esfuerzos posibles para acabar sus días alcanzando ciertos niveles de imitación. Las biografías de los santos representaban la parte narrativa de los distintos dogmas cristianos244, la demostración y expresión de los principios de la fe, que de algún modo se hacían evidentes a través de sus comportamientos. Alonso de Villegas expresaba con toda claridad el didactismo que encerraba este género: “No será disconveniente traer a la memoria la que tuvieron los santos y siervos de Dios en la muerte y lo que a ellos y a otras personas diversas les sucedió en semejante trance para de todo sacar exemplo y aviso de cómo nos devemos disponer en tal paso, de modo que no nos halle la muerte

desapercibidos y assí no sólo el vivir sino el morir aprendamos con sus exemplos”245

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