peruanos habían realizado su desenvolvimiento económico y social de manera libre y autónoma, sobre bases materiales y espirituales diferentes a las que sustentaban el desarrollo del mundo occidental. De esta manera, los pueblos indígenas habían logrado superar largamente sus niveles de supervivencia y generado excedentes económicos para mantener grandes proyectos urbanos y estados tan poderosos como el de los Incas. “Lo que encontraron los españoles… fue un mundo diverso donde los pueblos, desde miles de años atrás, habían iniciado un largo proceso de dominio de la naturaleza… de manera óptima según las condiciones” singulares de sus pisos ecológicos.
“Propuesta de diseño de una Estación Ecoeficiente de
Regeneración de Aguas Residuales Urbanas para el Distrito de Alto Selva Alegre en la Provincia de Arequipa”
La aparición y, luego, la agudización de los problemas ambientales en las ciudades coloniales estuvieron siempre vinculadas con el desequilibrio creciente entre la demanda social de servicios de saneamiento básico, de parte de una población que aumentaba en su tamaño, y la oferta pública efectiva de dichos servicios, de parte de las autoridades locales gubernamentales. Desequilibrio que impidió el cumplimiento, al menos, de los estándares que al respecto habían sido establecidos en las normas dictadas por estas mismas autoridades. Mientras las nuevas ciudades crecían con lentitud, sin superar quizás los dos o tres mil habitantes, podían existir sin regular su crecimiento y mantener aquellos estándares, pero al aproximarse a la decena de millares de habitantes o al sobrepasar esta cifra se hacían evidentes las insuficiencia de recursos y las deficiencias de gestión ambiental que conspiraban contra la vida urbana. Insuficiencias y deficiencias que se hacían más evidentes cuando se trataba de atender los efectos de los desastres naturales sobre la infraestructura física de tales ciudades [17].
En 1573, el virrey Francisco Toledo (1569-1581), en ejercicio de sus atribuciones, expidió las llamadas 17 ordenanzas de Lima para el gobierno de esta ciudad. En una de ellas, se reiteraba la prohibición de lavar y de abrevar en el río, y de echar inmundicias.
Las ordenanzas de Toledo incluían obligaciones en el cuidado de la higiene de los molinos y molineros, carnicerías y mataderos, tabernas de vino, la ribera y el río que pasa por la ciudad, las albóndigas (depósitos de granos y legumbres), el agua pública que viene o ha de venir a la ciudad, etcétera. También, se detallaban las reglas, bajo pena, que regulaban la utilización de las acequias: tener licencia para abrir las acequias, reformarlas o cerrarlas, mantenerlas limpias, no echar estiércol ni tener caballería sobre ellas, cubrir las que atraviesan las calles, etcétera (Villanueva et al., 2009)16.
En el Perú, la falta de suministro adecuado de agua y de tratamiento de los desagües, el deficiente tratamiento de los residuos sólidos, y la lentitud en implementar nuevas alternativas de saneamiento ofrecían un panorama complicado, según Valega17 . Una muestra de ello es lo que ocurría en la capital del Virreinato, como se puede observar:
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Lima, capital celebrada del Virreinato del Perú, ha sido tachada de ciudad inmunda, y hasta mereció el dictado de aldea de gallinazos, por su rebeldía a adaptarse a los sabios consejos de la higiene. Se ha considerado, para lanzar contra ella el tremendo dictario, la acumulación de basuras en los arrabales; las acequias abiertas en plenas arterias centrales, portadoras de todos los deshechos, sus jirones polvorosos, sin empedrar; las recuas de mulas y asnos, portadoras de carga, que levantaban nubes de polvo en las calles centrales; la falta de canalización de agua y desagüe, las plagas de gallinazos, simulando servidores de la baja policía, en todos los techos y en todas las aceras; los focos de infección en todos los hogares, con los silos abiertos; la falta de baños públicos y aun particulares, etc
Esta afirmación general se complementa y ratifica de manera específica con lo que señala el médico e investigador de la historia de la salud en el Perú, Carlos Bustíos19 , más de medio siglo después, para la ciudad de Lima:
Su situación sanitaria era terrible y peligrosa: acumulación de basuras; acequias abiertas en las calles principales, portadora de todo tipo de desechos; jirones polvorosos, sin empedrar; falta de canalización del agua y desagüe; presencia de gallinazos, simulando servidores de baja policía, en los techos y aceras; focos de infección en todos los hogares, con silos abiertos; falta de baños públicos y particulares, etc. (Bustíos, 2002, pp. 77-78)20.
Coincidentes en términos generales con la apreciación de Bustíos son los resultados de la investigación de Lossio, quien señala sobre la ciudad de Lima:
Los principales focos de contaminación urbana fueron los muladares que de manera informal se formaron dentro de la ciudad; los repositorios de basura municipales establecidos en las inmediaciones de la capital; el humo proveniente de la combustión del carbón al que recurrían las herrerías; y el agua turbia de las acequias, la cual era utilizada para los cultivos (con lo cual se alentaba la contaminación de los suelos y aguas subterráneas) o terminaba desembocando en el Río Rímac […] Estos focos de contaminación tuvieron efectos sobre la salud de los pobladores. Las inadecuadas condiciones ambientales de la capital fueron causa de múltiples enfermedades
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durante el siglo XIX. La contaminación del aire urbano alentó y agudizó las infecciones respiratorias como la tuberculosis y la bronquitis. El restringido acceso al agua potable y el uso de aguas contaminadas para el riego de cultivos difundió infecciones gastrointestinales como la disentería, la fiebre tifoidea y otras enfermedades diarreicas. (Lossio, 2003, pp. 90-92)21.
Varios investigadores establecen las relaciones entre esos problemas ambientales y la dramática situación de salubridad. Entre ellos, el gran historiador de la salud en el Perú, Juan B. Lastres, comenta:
Las ciudades virreinales tenían una pobre higiene. El agua, elemento vital, corría por angostas acequias, en las que era fácil su contaminación por los microbios del suelo, haciendo factible la propagación de enfermedades epidémicas, como la tifoidea o disentéricas.
Las deyecciones eran echadas al arroyo o almacenadas en silo, que volvían las ciudades pestilentes y de atmósfera irrespirable. Los mercados de abastos, con la suciedad y promiscuidad consiguientes, hacían fácil el contagio y la transmisión de las enfermedades de todo orden, amén de la pobre alimentación y el clima, que favorecían el progreso de la tuberculosis. La higiene del soldado, tan precaria, facilitaba la transmisión del tifus exantemático, las enfermedades eruptivas, el paludismo y muchas parasitarias. (Lastres, 1954, p. 60)22.
Las condiciones de distribución del agua por parte de los “aguadores” y las malas condiciones en que operaban los mercados exponían a los usuarios a riesgos de enfermedades.
Las inadecuadas condiciones ambientales de la capital fueron causa de múltiples enfermedades durante el siglo XIX. La contaminación del aire urbano alentó y agudizó las infecciones respiratorias como la tuberculosis y la bronquitis. El restringido acceso al agua potable y el uso de aguas contaminadas para el riego de cultivos difundió infecciones gastrointestinales como la disentería, la fiebre tifoidea y otras enfermedades diarreicas. (Lossio, 2003, pp. 92)23.
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Por otro lado, la distribución del agua al interior de la ciudad en el siglo XIX no estuvo exenta de problemas. Las cañerías, hechas con un material poco resistente como es el barro, constantemente se quebraban, lo que ocasionaba pérdida de agua. Al parecer, al no encontrarse muy por debajo de la superficie de las calles, las cañerías no soportaban el peso del paso frecuente de animales de carga, carretas, coches, calesas y carretones, según sostenía Ambrosio Cerdán en su Tratado general sobre las aguas que fertilizaban los valles de Lima y Callao (Lossio, 2001)24.
C. En la ciudad de Arequipa desde décadas atrás, la población y valles cercanos