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sentimiento antibelicista y alentando esperanzas de independencia na- cional. La defensa de Friedrich Adler en su juicio había influido mucho también en la actitud de los austro-alemanes que habían apoyado la guerra en sus primeras etapas. En enero de 1918, mientras se efectua- ban las negociaciones de paz en Brest-Litovsk, una gran ola de huelgas, que empezaron en Wiener-Neustadt, se había extendido por toda Aus- tria e inclusive en Hungría, paralizando las fábricas de municiones y dando lugar a grandes manifestaciones que pedían paz y pan y condi- ciones de empleo menos tiránicas. Estas grandes huelgas fueron en parte un movimiento por hambre, provocado por una reducción en la ración de pan, ya inadecuada; pero en todas partes tomaron un carácter polí- tico. No pudieron convertirse en insurrección, principalmente, porque los soldados que fueron llevados a los distritos industriales para repri- mirlas eran casi todos campesinos de las regiones eslavas, con poca con- ciencia política, y muchos de los cuales no hablaban el idioma de los huelguistas. No podía haber una insurrección triunfante mientras la ma- yoría del ejército estuviera dispuesta a disparar sobre los trabajadores rebeldes; y, bajo severa represión militar, los huelguistas fueron obliga- dos a volver al trabajo. Apenas habían vuelto cuando el movimiento de huelga se extendió a Alemania, para ser derrotado igualmente allí por la fuerza militar. Pero en ambos países, aunque las huelgas fueron derrotadas, su acción inició el proceso de desintegración interna que preparó el camino a las subsecuentes revoluciones. Además, en Austria las grandes huelgas fueron seguidas, el lº de febrero de 1918, por la insurrección de 40 naves de la flota austríaca en la Bahía de Cattaro. Los amotinados arrestaron a sus oficiales e izaron banderas rojas, pero permanecieron en la bahía, expuestos a) fuego de poderosas baterías de costa y al peligro de ataque de una flota numerosa de submarinos ale- manes en los alrededores. Amenazados con bombardeos y ataques subma- rinos y sin saber qué hacer, los amotinados fueron inducidos, final- mente, a rendirse. Sus dirigentes fueron entonces arrestados, cuatro de ellos fusilados y un número mucho mayor encarcelado en espera de jui- cio. El gobierno austríaco hizo todo lo posible por mantener el incidente en secreto; pero Julius Braunthal (n. 1891), entonces oficial de artille- ría estacionado en Cattaro, logró hacer llegar las noticias de lo sucedido a Víctor Adler, en Viena, y Adler, amenazando con una acción de masas si se ordenaban más ejecuciones, logró que las autoridades limitaran las sentencias a penas de prisión. Esta insurrección, aunque no tuvo éxito, desempeñó también un papel en la desintegración de Austria-Hungría y ayudó a preparar el camino para el fin próximo.

El nuevo Estado austríaco establecido por los miembros alemanes del Reichsrath austríaco el 21 de octubre de 1918 era todavía, formalmente,

204 LA REVOLUCIÓN EN AUSTRIA-HUNGRÍA

parte del Kaiserreich austríaco, aunque ese Reich se había disuelto de hecho. Hasta el 12 de noviembre, al día siguiente de la abdicación del emperador, no se proclamó formalmente una República democrática austro-alemana, como consecuencia de un movimiento revolucionario en Viena. Al mismo tiempo que se establecía la República, la Asamblea la declaraba "parte componente de la República alemana", que acababa de ser proclamada por Scheidemann en Berlín. La nueva República austríaca reclamó jurisdicción, no sólo sobre los antiguos territorios de la Corona austríaca, excepto los que estaban habitados por grupos nacio- nales no alemanes, sino también sobre los distritos predominantemente alemanes de Bohemia y Moravia, que eran también reclamados por la nueva República checoslovaca. Los aliados, no obstante, prohibieron pronto la Anschluss con Alemania y reconocieron las pretensiones de Checoslovaquia a Bohemia y Moravia, y a Eslovaquia, la región ucra- niana de Rutenia, y parte de Silesia. Decretaron también que el nuevo Estado austríaco debía denominarse Austria, en vez de República De- mocrática Austríaca. Para compensar la pérdida de las regiones alemanas de lo que pasó a ser Checoslovaquia, Austria fue extendida en el Este, a expensas de Hungría, con la adquisición de Burgenland; pero pasaron cerca de tres años antes de que las nuevas fronteras fueran finalmente definidas y ocupadas. Entonces, Austria se convirtió en un pequeño Estado de cerca de 6 millones y medio de personas, de las cuales cerca de 2 millones vivían en Viena y sus alrededores inmediatos. Viena, que había sido la capital de un imperio de más de 50 millones de habitan- tes, se vio convertida de pronto en el centro superpoblado de un pequeño Estado, principalmente agrícola, rodeado de otros estados que se dedi- caron pronto a elevar los aranceles sobre sus exportaciones y a sustituir los servicios civil, bancario y comercial imperiales de la antigua capital con nuevos servicios nacionales bajo su control exclusivo. Económica- mente, la nueva Austria era un centro casi incapaz de funcionar; y es- taba sujeta también a serios inconvenientes políticos porque, mientras los socialistas controlaban Viena y algunas otras ciudades, el resto del país estaba dominado por el católico Partido Socialcristiano, el tradi- cional enemigo antisemita de la socialdemocracia, o por el Partido Nacionalista alemán. Las elecciones de una Asamblea Constituyente, efectuadas con representación proporcional y sufragio para todos los adultos, en febrero de 1919, dieron a los socialdemócratas 69 diputados, a los socialcristianos 63 y a los nacionalistas 26. Estos tres partidos, a pesar de sus profundos antagonismos, formaron una coalición, con el socialista Karl Renner (1871-1950) como Canciller y el líder del ala izquierda del Partido Socialista, Otto Bauer (1881-1935), que acababa de regresar de Rusia donde había estado preso, como Ministro de Reía-

ciones Exteriores. Otro socialdemócrata, Karl Seitz (1870-1950) fue elegido presidente del nuevo Parlamento y, como tal, actuaba como Presidente de la República austríaca.

Los socialdemócratas austríacos, aunque sin una mayoría, eran la fuerza dominante en la República en sus primeros días y tenían el con- trol indiscutido sobre Viena, su centro desproporcionadamente poblado. Habían sido llevados al poder en una ola de inquietud y rebeldía de las masas contra el viejo orden a través de todo el imperio austríaco y se habían visto dueños de lo que quedaba del disuelto imperio. De inmediato, su control del gobierno fue resultado de la Revolución en Viena; y, en Viena, estaba en sus manos establecer, por el momento, el régimen que se les antojara. Algunos dirigentes obreros querían el establecimiento de una República de trabajadores y soldados, siguiendo el ejemplo ruso, que descansara en la autoridad de los Consejos que habían surgido en todas partes, en las fábricas y en las fuerzas armadas. Los socialistas austríacos, sin embargo, no intentaron hacerlo, aunque sí se ocuparon de asegurar que el pequeño ejército que tenían a su disposición fuera leal a la República. Otorgaron a los soldados plenos derechos civiles, inclusive el derecho a sindicarse; escogieron cuidadosa- mente a los oficiales en cuya lealtad creían poder confiar, y trataron de asegurar un ejército educado políticamente. Se apresuraron también a proclamar la jornada de ocho horas para la industria y a dar los comi- tés de las fábricas un status legal seguro. Pero, en vez de tratar de crear una República soviética, se dispusieron a construir el nuevo orden sobre las bases de una democracia parlamentaria; y, a pesar de la fuerza del sentimiento revolucionario entre los trabajadores, pudieron obtener el apoyo de la gran mayoría hacia esta política. Una pequeña ala iz- quierda se separó y estableció un Partido Comunista austríaco; pero éste logró escasos partidarios y nunca pudo lograr un solo asiento en el Par- lamento austríaco. El momento más crítico de la nueva República, en sus primeros tiempos, se produjo cuando los comunistas húngaros, tem- poralmente unidos a los socialdemócratas, establecieron la República soviética en Budapest e instaron a los austríacos a seguir su ejemplo y acudir en su ayuda.6 Pero el pequeño grupo que intentó entonces un

levantamiento comunista en Viena no recibió apoyo de las masas y fue fácilmente sometido sin recurrir al empleo de fuerzas contrarrevolucio- narias, como las que estaba utilizando Noske en Alemania, y sin dejar un rastro de odio entre los socialistas, como suponían los métodos de Noske.

Las razones de esta diferencia y también las que se oponían al esta-

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