Empezaré, entonces, reflexionando acerca de la m oral, pues to que si es verdad que la ética 110 es la moral, quizá si somos capaces de definir esta ultima lograrem os algo más de luz sobre la primera.
Para decirlo también de forma clara, quizá un poco sim ple, a mi juicio, el ejem plo literario-cullural más claro que
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poseemos en el m undo occidental para co m p re n d er el «sen tido de la moral» es la Antigema de Sófocles. Recordem os a continuación el diálogo en tre A ntífona y C reóm e a propósi to del incum plim iento de la ley. C reonte había p ro h ib id o que en terraran el cadáver de Polinices, pero A ntígona desobede ce y cubre de tierra el cu erpo de su herm ano:
CREONTE.• (A Antígona.) t.h, tú, la que inclina la cabeza hacia el mielo, ¿confirmas o niegas haberlo hecho?
ANTiGONA: Digo que lo he hecho y no lo niego.
Cr e o n t e: (Al guardián.) 7 « puedes marcharte adonde
quieras. Ubre, fuera de la gravosa culpa. (A A n tíg o n a
de nuevo.) Y tú dime sin extenderte, sino brevemente, ¿sabías que había sido decretado por u n edicto que no se podía hacer esto ?
An t í g o n a: Iu> sabía. ¿Cómo no iba a saberlo? Era m ani fiesto.
CREONTE: ¿Y, a pesar de ello, te atreviste a transgredir estos decretos ?
ANTÍG O NA: N o fu e Zeus el que los ha m andado publicar, n i In Justicia que vive con los dioses de abajo la que jijó tales leyes para los hombres. No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal p u d ie ia transgredir las leyes no escritas e in quebrantables de los dioses. Estas no son de hoy n i de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde sur gieron.
(Sófocles, Antígona, pp. 440-460) Inspirándom e en la figura de Antígona propongo e n ten d er por moral un «texto cultural», un «conjunto de principios» que ejercen una función normativa y formal iva para los miem bros de una com unidad en un m om ento determ in ad o de su historia, un «conjunto de principios* que otorgan identidad y
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sentido y que, al m enos en el m undo occidental, poseen (cier ta) pretensión de universalidad.
t.a e d u c a c ió n , «.-montes, y a q u í D u tklieim tie n e toda la razón, no sería más que la transm isión p o r parte de las generaciones adultas de todo este marco normativo-simbólico. En este sentido, es obvio que toda m oral nace en una cultura
d eterm in ad a, q u e 110 es posible una cultura sin un lipo u
o tro de m oral (aunque en el caso de O ccidente ésle lenga
pretensión de universalidad), y que 110 pueda existir educa
ción sin moral.
Para evitar m alentendidos me gustaría dejar claro que, a mi juicio, la m oral es fundam ental en la formación de las nue vas generaciones por la sencilla razón de que lodo el inundo tiene necesidad de p u n to s de referencia, de m odelos que im itar (y, p or lo mismo, tam bién que criticar). El referente normativo-simbólico es im prescindible en cualquier proceso formalivo, sea en térm inos de continuidad o de cambio, esto es, bajo la form a de la crítica y /o de la ruptura.
Ahora bien, esto no significa que toda moral sea igual m ente respelable, aunque toda cultura tenga su moral propia, algún m arco normativo-simbólico que conform a la vida públi ca de sus ciudadanos, aunque sea perfectam ente criticable (siem pre, eso sí, desde otro marco norm ativo). Lo q u e resulta esencial en este caso, a mi m odo de ver, es que nunca nadie p u ed e situarse en una especie de «terreno neutral», a-moral, más allá del bien y del mal. Podríam os decirlo, utilizando el conocido título de la obra de teatro de Jean-Paul Sartre, que todos tenem os las manos sudas. Cada u n o de nosotros habla, critica, opina, describe, valora... desde una situación concreta, desde un m arco normativo-simbólico determ inado.
En la cultura occidental, este marco normativo-simbólico (la moral) se caracterizaría básicamente p o r tres aspectos fun dam entales. Primero, y a pesar de que la escritura ocupa un lugar relevante en O ccidente, la moral es un «texto cultural» que
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no liene que estar necesariamente esmto (com o acertad am en te ap u n ta A n tífo n a en su e n fre n ta m ie n to con C re o n te ). S egundo, la moral hace referencia al •• ámbito púl/lico» y así com o no existe el lenguaje privado tam poco puede existir la mural privada. Tal cosa sería una contradiclio in adjeclo. Y tercero, la moral, a diferencia del derecho, tiene pretensiones de transculturali- dtuL Algo parecido es a lo que se refiere C laudio Magris al escribir:
A Europa le compete, culturalmente, el cometido de renovar
• la conciencia y la defensa del principio de valor, esa exi
gencia de principios universales que constituye, desde hace más de dos milenios, la esencia de su civilización. Son las leyes no escritas de los dioses, como las llamaba Antígona, es decir los mandamientos morales que - a diferencia de los condicionados histórica y socialmente- se presentan como absolutos que no pueden ser violados bajo n in g ú n precio, lista universalidad [...} es el fundam ento de la civilización europea que, en este sentido, no es sólo euro]tea, sino que también pone en lela de ju icio las fechorías de Europa y de Occidente. (2008. p. 14)
Y más adelante continúa Magris:
El principio que profmgna la adecuación de la moral y del derecho a la costumbre lleva por u n a pista falsa. L as trans formaciones cada v a más asombrosas e intensas del m undo
exigen u n a capacidad de distinguir entre valores relativos y mudables según los cambios en las costumbres l-..] y valores que. habría que considerar absolutos, que no pueden ser vio lados bajo n in g ú n concepto y que. ning un a costumbre puede poner en entredicho. Una sociedad y sus leyes deben distin g u ir entre valores negociables y valores que hay que conside
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Lo que está claro que posee cualquier Forma de m oral es la jerarquía, Si hay m oral tiene que h ab er un principio de j e rarquía y, en consecuencia, de au to rid ad , de respeto y de ad miración. Sin éstos no hay moral posible. Kste principio de je ra rq u ía , adem ás, resiste el paso del tiem po. Com o ha mos trado la filósofa francesa Myriam Revauli d'A llonnes en su libro El poder de los comienzos, la au to rid ad , a diferencia del poder, tiene que ver con el tiem po. Sin una m oral que sea m ín im am en te resistente al tiem po, a u n q u e cam bie tam bién con él, no es posible ed ucar, p o rq u e los seres h u m a nos no podem os cam biar si no es a p a rtir d e u n p rin cip io d e te rm in a d o . En otras palabras, lejos de lo q u e d iría el «progresism o político» tan en auge últim am en te, creo que la m ínim a resistencia al tiem po de la je ra rq u ía m oral (au to ridad, respecto, ad m iració n ), no im pide ni el cam bio ni la transform ación, sino todo lo con trario , la hace posible, es su condición de posibilidad, la condición de una m etam orfosis hum ana.
Lo diré de otro modo: hom bres y mujeres no podem os hacer nada absolutam ente. «Lo absoluto» está fuera de nues tro ám bito. La nuestra es una condición adverbial, circuns tancial, subjuntiva, situada. Somos in elu d ib lem en te finitos, y, por ello, necesitamos referentes, n o solam ente históricos, políticos, estéticos, religiosos, sino tam bién morales, en el sen tido al que se refería Antígona: leyes no escriuis.
Es evidente q u e estos referentes siem pre te n d rá n que «leerse» e «interpretarse» en los retos que ofrece cada nuevo tiem po y cada nuevo espacio. El presen te «reta h erm enéuti- cam ente» a) pasado, y esto significa que este pasado, del que d ep e n d e el principio d e jerarquía, n u n ca p u ed e ser rep ro ducido literalm ente en el presente. En los casos en los que algo así se ha prod ucid o la moral se ha convertido en un principio idolátrico, y la educación en una transm isión «doc trinadora.
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