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1. Los hermanos coadjutores Hijos del Inmaculado Corazón de María, mediante los votos con los cuales se obligan a la práctica de los tres consejos evangélicos, hacen una total consagración de sí mismos a Dios, supremamente amado, de manera que se ordenan al servicio de Dios y su gloria por un nuevo y especial título (cf. LG 44).

Y como los consejos evangélicos unen especialmente con la Iglesia y con su misterio a quienes los practican, es necesario que la vida espiritual de los hermanos coadjutores se consagre también al provecho de toda la Iglesia. De aquí nace el deber de trabajar según las fuerzas y según la propia vocación, sea con la oración, sea con actividades de orden temporal o directamente apostólico, para asentar y consolidar el reino de Cristo en las almas y para dilatarlo por todo el mundo (cf. LG 44).

2. Los hermanos, por la profesión de los consejos evangélicos, son también un signo ofrecido a todos los miembros de la Iglesia, para atraerlos al cumplimiento sin desfallecimiento de sus deberes cristianos. También ellos manifiestan ante todos los fieles que los bienes eternos son ya en parte presentes en este mundo: dan testimonio de la vida nueva y eterna ganada por Cristo para todos; prefiguran la futura resurrección y gloria del reino celestial; representan perennemente en la Iglesia el género de vida que Cristo tomó al venir al mundo; proclaman la elevación del reino de Dios sobre todo lo terreno, y son muestra ante los hombres de la grandeza del poder de Cristo y de su Espíritu (cf. LG 44).

Por su profesión, los hermanos coadjutores participan plenamente de la naturaleza de la Congregación, de manera que toda su vida y actividad es religiosa y apostólica (cf. LG 44). Desde cualquier cargo u oficio, pues, viven su consagración a Dios sumamente amado y sirven a los hombres apostólicamente en la Iglesia.

3. Así, pues, identificados con Cristo crucificado y resucitado, renuncian al mundo y dejan el siglo (Const. I, 75, 5.; 108), para vivir únicamente para Dios (cf. PC 5) siguiendo e imitando más de cerca a Jesucristo en orar, trabajar, sufrir y procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas (Aut. 494).

4. Por su especial entrega y consagración al Corazón de María, la incesante acción materna de la Virgen (cf. LG 63), cuya vida es enseñanza para todos (PC 25), los conforma particularmente a Cristo como hijos y los prepara y sostiene como instrumentos de apostolado.

Como hijos formados en la fragua de su amor, los hermanos no sólo la reciben por Madre, sino que la reconocen también por Madre de toda la Iglesia y, como misioneros, con su oración, con el testimonio de su vida y con su trabajo, colaboran según su vocación al anuncio del Evangelio, a fin de que su maternidad alcance a todos los hombres.

5. Por su profesión están plenamente asociados a Cristo en un sacrificio de alabanza y de redención; de este modo ejercen intensamente su sacerdocio espiritual ofreciéndose a sí mismos con Cristo y ofreciendo su trabajo por la gloria de Dios y la salvación del mundo (cf. LG 10).

Por esto los hermanos coadjutores, sin dejar de apreciar las obras apostólicas de los seglares, que gustosos deben promover, honran con particular veneración y amor a sus hermanos sacerdotes que “desempeñan públicamente, en nombre de Cristo, el ministerio sacerdotal en favor de los hombres” (PO 2).

Los hermanos sacerdotes aprecien y amen a los hermanos coadjutores y ayúdenles a colaborar más eficazmente a la acción apostólica de la Congregación.

6. Impulsados por la caridad forman con los demás misioneros una verdadera familia congregada en el nombre del Señor, dándose unos a otros muestras de deferencia en el trato fraterno (cf. Rm 12, 10: Const. Il, 21), y ayudándose mutuamente a llevar sus cargas (PC 15) y colaborando todos de diversas maneras en los cometidos apostólicos de la Congregación.

Para que este vínculo de hermandad sea más íntimo entre todos los misioneros y todos cooperen “al objeto para el cual esta Congregación está constituida” (form. Prof.), los hermanos coadjutores se unen estrechamente a la vida y obras de la comunidad (cf. PC 15) ejerciendo aquellos cargos y oficios propios de su función laical, a fin de que los sacerdotes puedan dedicarse más libremente a los ministerios que les son propios (cf. ES Il, 27).

7. Tanto en la gestión de los asuntos temporales: oficios domésticos, técnicos, etc., como en el cumplimiento de las tareas directamente apostólicas deben tener como norma la conducta de Jesucristo que no vino a ser servido sino a servir (Mt 20, 28) y a cumplir en todo la voluntad de su Padre (Jo 6, 38). Su actuación debe ser tal que busquen en todo la mayor gloria de Dios (Const. I, 2) y proporcionen a los hombres un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin

el espíritu de las bienaventuranzas (LG 31) y sin la fuerza del Espíritu ya presente en el mundo por obra de Cristo resucitado (cf. LG 44). 8. Para cumplir con perfección su misión apostólica deben juntar la contemplación con el amor apostólico a fin de unirse con mente y corazón a Dios, que les ha de mover a asociarse a la obra de la redención y a extender su reino (PC 5). Por tanto, deben cultivar con asiduo empeño el espíritu de oración y la oración misma, teniendo diariamente en sus manos la Sagrada Escritura y saciando su vida espiritual en la inagotable fuente de sacrosanto misterio de la Eucaristía (cf. PC 6).

Así adquirirán el sublime conocimiento de Jesucristo (Fil 3, 8) y una conciencia clara de que su vocación a seguirle fielmente mediante la ejemplaridad evangélica de la propia conducta, la humildad y la mansedumbre de su trato social, de tal modo que hagan presente entre los hombres “la bondad y el amor de nuestro Salvador” (Tit 3, 4; cf. LG 46).

9. Fundamentada su vida espiritual y apostólica en el conocimiento y aceptación de la naturaleza y exigencias de su propia vocación, emprendan valientemente, bajo el impulso del Espíritu Santo y en colaboración inteligente con los Capítulos y Superiores la renovación y adaptación pedidas por el Concilio. En este empeño de renovación sométanse conscientemente a la acción de la divina Providencia (Lc 12, 31), con paz y gozo por los dones que cada uno ha recibido y por la función que les ha sido asignada en el mundo y en la Iglesia por el Padre de familias.

II. Integración de los Hermanos a la vida y obras

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