R EGULATIONS
2.1 Methodology
5.1.- Características generales.
En primer lugar, deberíamos de tratar de diferenciar entre menores que realizan conductas de riesgo de los que se encuentran en una situación de riesgo social. En el primer caso, la conducta de riesgo es un hecho aislado, puntual, relacionado más con un determinado periodo evolutivo, como es la adolescencia, y que necesariamente no se encuentran dentro de un contexto disfuncional. En el caso de los menores en situación de riesgo social, éstos están inmersos en una situación crónica y multifactorial de riesgo, caracterizada por la ausencia de un contexto normalizado de desarrollo personal,
familiar y/o social, realizando conductas de riesgo, estando éstas establecidas en el repertorio conductual del menor. Además de la existencia de dicho contexto social negativo, los menores se encuentran dentro de una familia disfuncional, que en muchas ocasiones introduce ella misma determinados factores de riesgo en la vida del menor (malos tratos, deficiente alimentación...), y en otros casos, los permite y consiente (delincuencia, absentismo escolar...) de forma deliberada o no.
Los menores de riesgo se caracterizan por una multiplicidad de caracteres que intervienen a lo largo de su desarrollo y que impregnan todos y cada uno de sus ámbitos o dominios, como si de compartimentos interrelacionados se tratase. Es cuando gran parte de estos compartimentos o los más importantes se vean afectados, cuando se produce el “hundimiento” del menor, lo que anula cualquier intervención preventiva, tomándose entonces otro tipo de medidas, que suponen intervenciones más costosas y de resultados imprevisibles.
Las características que definen a los menores en situación de riesgo y que expondremos detalladamente en el apartado tercero referido al menor, tienen toda una serie de peculiaridades:
• No se presentan de forma aislada, sino que gran parte de ellas están interrelacionadas, apareciendo en lo que llamaríamos racimos. Estas características pueden obedecer a nivel físico, cognitivo-emocional y conductual.
• Con el tiempo lejos de desaparecer determinadas características, si no se produce una intervención adecuada, se agravan, apareciendo otras problemáticas.
• Determinan una forma de actuar o de respuesta, lo cual afectará a las formas de responder posteriormente, así como a las nuevas situaciones que se darán y que
colocarán al menor dentro de una espiral de problematicidad. Se produce por tanto una generalización, el menor responde de la misma forma a situaciones diferentes, las respuestas se mantienen en el tiempo, además de que el propio contexto donde se producen refuerzan dichas formas de actuar y de ser, en muchas ocasiones al ser respuestas adaptativas al mismo contexto o ambiente. No resulta difícil comprobar que aquellos que nunca responden suelen verse con mayor frecuencia ante situaciones de ofensa u ataque por parte los otros, y los que responden de forma agresiva, suelen estar envueltos en situaciones posteriores donde van a tener que responder de la misma forma. De forma plástica se puede entender como que, “el líder siempre tiene la obligación de responder, pues sino dejará de ser visto y respetado como líder”.
• La mayoría de patrones de conducta y de pensar son heredados de la familia, bien por observación de modelos, bien porque la familia alienta al menor a ser y comportarse de esa forma, bien como un mecanismo de supervivencia. Estas formas de pensar y de actuar no sólo se repetirán con los iguales, sino también cuando formen una familia.
Todas estas características afectan de forma significativa a la competencia social y a la forma de responder y de comportarse dentro de la sociedad, etiquetando al menor y reforzando el rechazo o indiferencia por parte de los otros.
Todo ello sólo hace que justificar la necesaria puesta en marcha de programas preventivos, dirigidos a paliar las carencias en competencia social, modificando y generando formas de pensar y de actuar, intervención que necesariamente pasa por otra actuación paralela con la familia, que en la mayoría de los casos es la principal responsable de la forma de relacionarse del menor, sin descartar una actuación sobre el contexto relacional y material en el que viven los menores.
5.2.- Necesidades de los menores.
Las personas y en especial los niños, con independencia de su condición y situación, necesitan satisfacer toda una serie de necesidades que se consideran básicas para un óptimo y equilibrado desarrollo en armonía. La carencia en la satisfacción de dichas necesidades provocan desequilibrios importantes, que nos lleva a hablar de menores en situación de riesgo, así como a definir las mismas como formas de maltrato, negligencia o abandono, abuso, desatención, incapacidad, incompetencia...
Al referirnos a las necesidades de los menores, éstas pueden ser divididas en diferentes tipos en función del dominio del desarrollo donde se ubican, por lo que podemos hablar de:
a) Necesidades físico-biológicas. Entre las que podemos mencionar, alimentación, sueño, higiene, salud, temperatura, vestimenta, protección...
b) Necesidades afectivo-emocionales. Destacando como más relevantes las referidas a la seguridad emocional, sentirse querido, aceptado, proximidad y contacto físico, caricias, atención de las demandas del menor y de interacción con los padres fundamentalmente, estabilidad emocional, necesidad de ser escuchado, valorado y respetado. Una negligente satisfacción de estas necesidades puede estar detrás de problemas emocionales, así pues, Parkes y Hinde (1982) relacionaron diferentes problemas psicopatológicos que se producen en los menores y en la vida adulta con la carencia, pérdida o deficiencias en las figuras de apego.
c) Necesidades sociales. Interacción con los padres, interacción con otros iguales, contacto con otros contextos y grupos... Ello permitirá construir una red social importante que puede convertirse en un factor protector para el menor. Aunque si bien, debemos destacar la importancia que cobran los padres a la hora de establecer y fomentar estas relaciones, en especial si nos referimos a unas relaciones positivas y constructivas desde el punto de vista personal y social para el menor.
d) Necesidades cognitivas y educativas. Esto incluye estimulación del menor, exploración del entorno que le rodea, escolarización adecuada, prevención del fracaso escolar, atención a las deficiencias, minusvalías o retrasos que puedan existir o aparecer (dislexia, problemas de aprendizaje...), comprensión de la realidad que rodea al menor.
e) Necesidades lúdicas. Fundamentalmente la importancia de jugar, diversidad de juegos, juguetes, juegos donde se involucren los padres, juegos con otros menores...
f) Necesidades morales. Adquisición de normas sociales y valores, capacidad crítica, juicio moral, ser respetados como personas y niños, y saber respetar, todo ello facilitará una adecuada integración en la sociedad, como menor y como adulto el día de mañana.
g) Necesidades evolutivas. Destacan principalmente la adquisición de una autonomía y autosuficiencia personal, la adquisición de responsabilidades acordes a la edad, construcción de la personalidad del niño, participación en las decisiones que le afectan a él...
La desatención de estas necesidades o una satisfacción deficiente va afectar a diferentes dominios de la vida del menor. En el ámbito del desarrollo físico (anomalías en la relación talla peso, enfermedades...), a nivel cognitivo (pobre desarrollo intelectual, habilidades y estrategias inadecuadas de resolución de problemas, retraso escolar...), a nivel conductual (conductas destructivas, hiperactividad, retraimiento, aprendizaje de hábitos inadecuados), problemas de personalidad, a nivel emocional (apego inseguro, dificultades en las relaciones sociales, de pareja, falta de empatía...), con relación al ámbito social (marginación, inadaptación...) y en cuanto al aspecto moral (falta de conciencia entre lo bueno y lo malo, falta de respeto hacia todo y hacia todos, carencia de valores sociales positivos...).
Muchas de estas consecuencias han sido observadas en los estudios realizados con menores delincuentes o que han padecido malos tratos. Así pues, Sroufe y Rutter (1984) al estudiar a los menores maltratados hablan de un fracaso adaptativo, el cual podría explicar la relación entre las experiencias tempranas negativas y la aparición de problemas de adaptación psicosocial. Para Wolfe (1987) las experiencias traumáticas tempranas, la ausencia de lazos emocionales positivos con los padres y los conflictos familiares asociados a los malos tratos, pueden conducir a que el menor genere un patrón de evitación con miembros que no pertenecen a la familia, lo que supone la pérdida de importantes experiencias de socialización, que pueden interferir en sus relaciones posteriores como adolescente o adulto.
5.3.- Características de los menores en situación de riesgo social.
La bibliografía existente sobre el tema (Pinillos, 1977; Valverde, 1980) entre otros, conjuntamente con el trabajo diario con los menores en riesgo desde el Programa
de Prevención Apoyo a Menores y Familias, desarrollado desde el año 1995 por la Asociación de Voluntarios de Acogimiento Familiar (AVAF) y subvencionado por el Ayuntamiento de Valencia a través de las Taulas de Solidaritat, nos ha permitido realizar un trabajo de campo donde recabar toda una serie de características que definen a estos menores, aunque no necesariamente se han de dar todas ellas en un menor en riesgo. Estas características harían referencia:
A NIVEL FÍSICO el menor en situación de riesgo se caracteriza por:
- Deterioro físico. El menor puede presentar síntomas de desnutrición, enfermedades que se prolongan durante mucho tiempo, lesiones o heridas frecuentes, señales de abuso. Este deterioro puede ser más o menos grave en función de la situación concreta en la que se encuentra el menor y la familia.
- Problemas de higiene. En especial la presencia de piojos, el mal olor o la suciedad de sus ropas o en ellos mismos. Detrás de estos problemas necesariamente está una familia que no genera ningún tipo de hábitos higiénicos, o bien las propias condiciones higiénicas de las viviendas que son deplorables.
Los problemas de higiene a su vez llevan asociados otras dificultades posteriores, como sería el rechazo de los iguales y una menor frecuencia de relaciones con los iguales, generando aislamiento o agresividad como respuesta ante el mismo, etiquetaje del menor bajo calificativos como “piojoso”.
- Problemas de salud. Los problemas de salud física, generalmente vienen derivados de la falta de atención por parte de la familia con respecto a las enfermedades que padece el menor, problemas que pueden prolongarse más de lo normal debido a las propias condiciones higiénicas de la vivienda, a una mayor exposición a factores de riesgo que pueden afectar a la integridad física y a la falta de atención o de control de los padres. Problemas que pueden manifestarse incluso antes del nacimiento en casos de desnutrición, adicción, enfermedad o vivencia del embarazo por parte de la madre. Todos estos problemas pueden estar detrás de índices de mortalidad infantil mayores entre los menores en situación de riesgo social.
La salud psicológica del menor suele ser la primera en verse afectada y en mayor frecuencia, debido principalmente a las condiciones de vida que le rodean, al tipo de relaciones que establecen con las figuras de apego, así como por las propias características de sus familias, disfuncionales y multiproblemáticas. Primeramente, la estabilidad emocional del menor se ve afectada, condicionando su presente,
posteriormente, si no cambian las situaciones o circunstancias que están detrás de esta inestabilidad, los problemas pueden ser mayores, llegando a hablar de problemas de salud psicológica.
A NIVEL COGNITIVO-EMOCIONAL el menor en situación de riesgo se caracteriza por:
- Pensamiento concreto y rígido. Presentan dificultades a la hora de generalizar, abstraer y razonar. Ese pensamiento rígido les conduce a actuar siempre de la misma manera, negando la posibilidad de buscar soluciones a diferentes problemas y situaciones. Como ejemplo, citar las dificultades que tienen a la hora de solucionar problemas personales, debido a la incapacidad de buscar alternativas a la agresión o a la pasividad como formas de resolver los problemas.
- Dificultades en el procesamiento de la información. Uno de los aspectos observados fundamentalmente en los menores agresivos ha sido el fallo en el procesamiento de la información, esto es, existe una percepción errónea de las señales que recibe de los otros y cómo se interpretan éstas, lo cual les conduce a interpretarlas en mayor medida como provocaciones y ataques hacia ellos. Dodge (1980) encuentra que los niños agresivos atribuyen intenciones maliciosas a los otros con mayor frecuencia en situaciones ambiguas, que los niños no agresivos.
Perry y Rasmusen (1986) apuntan que los menores agresivos valoran como más eficaz una respuesta de este tipo que los menores no agresivos. No admite duda que las respuestas agresivas son más eficaces, en tanto que se obtiene un refuerzo inmediato, “quiero esa pelota, le empujo y se la quito”, pero las consecuencias de las mismas siempre son negativas, tanto para el que las sufre, como para el que las ejecuta.
- Distorsión de la realidad. Esta característica puede actuar como un mecanismo de defensa para el niño negando la realidad. El menor lejos de querer aceptar su propia realidad, marginal y violenta, prefiere transformarla por medio de la imaginación en una realidad diferente, sin problemas. Como ejemplo, citar a uno de nuestros menores que sufría malos tratos, cuando al preguntarle por cómo vivía respondía: “Yo soy chino, vivo en una mansión con una gran piscina, tengo dos sirvientas que me hacen la comida y me ayudan en todo”. Cuando su verdadera realidad era que vivía en una casa muy deteriorada, que sufría malos tratos, que si quería comer, él tenía que hacerse la comida, pero enfrentarse a esa realidad mata de forma lenta la ilusión de un niño y de cualquier persona.
- Baja competencia social. Para Dodge, Schlundt, Schocken y Delugah (1983) los niños hábiles socialmente se caracterizan por poseer muchas respuestas alternativas a la agresión de cara a solucionar sus problemas. Los menores en situación de riesgo presentan habilidades sociales deficientes, dificultades a la hora de resolver problemas, problemas de comunicación, de empatía, suelen emplear estilos agresivos o pasivos, más que un estilo asertivo, seguramente porque estos estilos son respuestas adaptativas al medio. Para Gervilla et al. (2000) no están acostumbrados a dialogar y no utilizan estilos asertivos para pedir las cosas, además tienen un escaso desarrollo moral y de valores, por lo que se hace más que necesario educar en valores y en competencia social.
- Falta de empatía y dureza emocional. Existen dificultades a la hora de ponerse en el lugar de los otros, de interpretar los sentimientos y las necesidades de las personas que les rodean... En casos graves podemos encontrar menores que no tienen remordimientos por sus acciones, aunque hayan pegado de forma violenta a otros niños, actitudes que se pueden generalizar a hacer sufrir a iguales o a animales.
En parte dicha dureza emocional puede ser entendida si tenemos en cuenta la vivencia de situaciones cargadas de mucha violencia, o de violencia sistemática dentro del propio núcleo familiar, de la cual el menor es testigo, en carne propia o sobre otras personas. Como ejemplo citar; “el de un menor de cinco años que tras propinarle una paliza a otro de cuatro años, respondía que no sabía porque lo había hecho”.
Pero también podemos encontrar casos contrarios, menores sensibles, necesitados de afecto, todavía recuerdo a aquel niño gitano de doce años, que una vez que todos sus compañeros habían salido de clase, él se quedó para decirme: “me puedes dar un abracito”.
- Dependencia. A lo largo de estos años hemos podido comprobar la dependencia hacia figuras de apoyo, incluso llegan a competir por ganarse su atención, personas que se caracterizan por prestar apoyo, cariño, respeto, entre otros aspectos. Esta dependencia les lleva a intentar no fallarles, posiblemente por temores inconscientes a ser rechazados o no queridos. El último caso de hace unos días fue el de un menor de cinco años, que para venir a la clase donde me encontraba le dijo a la monitora de comedor: “me puedes cambiar la camisa, es que ésta la tengo sucia, y lávame las manos, que voy a ver a mi amigo”.
- Sentimiento de venganza. La máxima a seguir para muchos menores es “ojo por ojo diente por diente”, lo cual, lejos de cortar un ciclo de violencia, hace que éste se
reproduzca, en muchos casos implicando a otros menores o incluso a las propias familias.
- Dificultades para prever las consecuencias de sus acciones. Ello va inevitablemente unido a otros aspectos, como la impulsividad, la falta de empatía, la baja tolerancia a la frustración, el escaso autocontrol, etc. Son menores que se mueven por la impulsividad, sin parar a pensar en sus actos, por lo que difícilmente llegan a prever sus consecuencias.
- Dificultades de aprendizaje y fracaso escolar. Esta peculiaridad suele ser la tónica en muchos de ellos. Las dificultades de aprendizaje en la gran mayoría de las ocasiones no pueden ser atribuidas a problemas o deficiencias orgánicas, sino principalmente a factores propios del menor (problemas atencionales, inestabilidad emocional...), a factores familiares (escasa implicación familiar en al vida escolar, no se generan hábitos de estudio, carencia de material escolar...) y a factores inherentes al propio sistema educativo, en la medida en que no dispone de las estrategias y de los recursos necesarios para atender al menor.
Vélaz de Medrano (2002) recoge cómo el bagaje social y cultural, el tamaño de la familia, la ausencia de una intervención educativa temprana y factores propios de la clase social baja, explicarían el bajo rendimiento escolar y la escasa motivación escolar de los menores desfavorecidos socialmente.
Para Gervilla et al. (2000) los menores en situación de riesgo presentan altos grados de absentismo y bajo rendimiento escolar, lo que a su vez les genera problemas de atención y sentimientos de frustración, que les impide ser constantes y perseverantes.
La edad es otra variable que se ha relacionado con el fracaso y abandono de la escolarización, encontrándose que el número de menores que abandonan la escuela de forma prematura aumenta con la edad, en especial a partir de los 14 años (Eurydice, 1998; CES, 2001; MECD, 1999 y 2001; Comisión Europea, 2001). Siendo el porcentaje reconocido de fracaso escolar por el Ministerio de Educación Ciencia y Deporte, de un 25% y un 30%, apreciándose grandes variaciones por Comunidades Autónomas.
- Escasa motivación escolar y baja capacidad de esfuerzo. Podemos hablar de desmotivación hacia todo lo relacionado con la escuela, principalmente hacia el estudio, condición que se agrava con la edad. Lo cual tiene su origen en la escasa importancia que la familia le concede a la escuela, a la falta de hábitos de estudio y al fracaso escolar acumulado curso tras curso, tras no haber adquirido los conocimientos básicos y necesarios de cursos anteriores. La desmotivación y desesperanza, piezas importantes en
un futuro fracaso escolar y abandono prematuro de la escuela, están cada vez más generalizadas en nuestros días, focalizándose en aquellos colectivos con mayores necesidades económicas (Vélaz de Medrano, 2000), como sería el caso de la gran mayoría de los menores en riesgo social.
Todo ello tiene consecuencias a largo plazo pero también a muy corto plazo, principalmente dentro de la escuela, pues en la medida en que se consolida el fracaso escolar, la desmotivación se hace palpable, lo que sirve de argumento para interferir en el adecuado desarrollo de la clase. Además, con el tiempo el menor encuentra que con la escuela tiene más puntos que lo separan, ahora es un adolescente y la escuela ya no es el lugar que lo aceptaba tal y como era cuando era más pequeño, la escuela le pide responsabilidades por sus conductas con independencia de su origen, sabiendo que no hay intervención con el menor, arrojando la toalla en algunos casos, y en otros, encomendándose a lo divino para que el menor no vuelva.
- Metas a corto o muy corto plazo y carencia de expectativas. Sus metas y objetivos han de ser inminentes, necesitan recoger el fruto de su esfuerzo al instante. Por otro lado, no van a esforzarse, y posiblemente ni lo intenten, por objetivos que sean difíciles de conseguir o bien requieran un esfuerzo en el tiempo. Estos menores no hacen previsión de futuro, ya que su futuro es lo inmediato a ellos (Gervilla et al. 2000).
Se caracterizan por una falta de expectativas, de hecho no se las plantean porque