CHAPTER 3. SINGLE NUCLEOTIDE POLYMORPHISM ANALYSIS PROVIDES AN
3.2 Methodology
Por
JOS VIL
Orígenes de la civilización, mitos y leyendas (Facebook)
CRONOS FUE EL MÁS JOVEN Y CRUEL de la primera
generación de los Titanes nacidos de Gea, (la Tierra) y Urano, (el Firmamento).
La mitología nos cuenta que Urano ocultaba a los hi- jos de Gea y él mismo, (Hecatónquiros y Cíclopes) en el interior de la tierra, en el Tártaro, el inframundo, horrorizado por su aspecto, para que así no vieran la luz. El gran sufrimiento que Gea sentía por sus hijos, encerrados en las profundas simas de la tierra, en el Tártaro, la llevó a conspirar contra su esposo, Urano. Gea exigió de los Titanes obediencia para acabar con la maldad de Urano y liberar a sus hermanos del In- framundo. Sólo accedió el terrible y poderoso Cronos, por el odio que sentía hacia su padre. Gea creó una gran hoz de sílex, y se la entregó a su hijo, el Titán.
Cronos, violento y ambicioso, castró a su padre Urano con la hoz y usurpó su poder, entronizándose así, como regidor del Tiempo y el Universo. Pero Urano le profetizó su destino; "También tú serás derrocado por uno de tus hijos".
El perverso Cronos volvió a encerrar a sus hermanos en el Inframundo, (Cíclopes y Hecatónquiros) por el desprecio y pavor que les tenía. Yació con su hermana Rea, otra titánide, y por temor a la profecía, fue devo- rando a sus propios hijos según su hermana y esposa los iba alumbrando, el Titán en su afán por burlar al destino, devoró a cinco de sus hijos.
la que, queriendo convencer a los demás de que Dios es muy cercano (que lo es) y que en él se puede confiar, la falta de reverencia y de respeto los pierde: esas señales que se le piden; esos retos que se le im- ponen; los plazos que se le exigen para los cumpla y si no tomo tal o cual decisión, normalmente una de- cisión interesada y allá él, si me equivoco será por su culpa. La ma- nera en que se le pide que actúe de- muestra la torpeza y la falta de re- verencia que se le tiene. Se le trata tan de tú a tú que se le ningunea. Por otro lado, he oído a jóvenes di- rigirse a Dios o hablar de él como si de un colega del instituto se tratase, mientras los padres los observan embobados y sonríen buscando la mirada cómplice de los presentes. Continúo. En Nazaret, Jesús sólo pudo curar a unos cuantos enfermos, los únicos que por su gran necesi- dad creyeron en Él. De nuevo se marca una distancia, esta vez entre los pocos que tenían fe y los que no.
Jesús respetó, no sin dolor, que allí no le quisieran y esto nos lle- va a preguntarnos cuántas veces intentamos convencer del evange- lio por la fuerza con soberbia y prepotencia.
Conocemos el amor de Dios. He- mos tenido un encuentro personal con él, un encuentro que nos ha transformado y no podemos callar lo que vivimos, la gracia que expe- rimentamos. Dondequiera que esta- mos somos sus profetas, ya sea en la casa, en nuestro bloque, en nues- tro barrio, en el trabajo, en la calle. Somos enviados a anunciar su Pala- bra con humildad. Y como repre- sentantes de nuestro Señor, nos en- contraremos con el desprecio que Él se encontró. Pero esto no quita que nuestra disposición del día a día sea que cada una de nuestras palabras, de nuestros gestos y obras, sigan convirtiéndose en evangelio, sobre todo fuera de la iglesia.
A través de las palabras y nuestro testimonio de vida, anunciamos al Resucitado. Debemos ser fieles ad- ministradores de lo que nos ha dado. Somos responsables de esa gracia que nos otorga y que no nos lleva a sublevar nuestro orgullo sino a ponernos a disposición del prójimo y, del mismo modo que le pasó a Jesús, dudarán de nosotros dada nuestra procedencia, sobre todo los que nos conocen de toda la vida, porque, ¿qué somos? Si a él le menospreciaron, cuánto más a no- sotros que verdaderamente no so- mos nada. Sé que esto es algo ma- nido, pero no quita que sea la pura realidad, como realidad manida es también nuestro engreimiento y prepotencia que, lejos de aminorar, se nos actualiza cada día.
Los que nos conocen desconfiarán del mensaje que les estamos trans- mitiendo. Nos criticarán. Cuando todo esto esté ocurriendo debemos saber que vamos por buen camino. Jesús fracasó en Nazaret. Hemos de ser conscientes de que el fracaso no siempre va unido a la desilusión. Jesús fue ilusionado, pero el fracaso vino. Fracaso y mal trabajo no van siempre unidos. Es posible que la obra, la ilusión sean óptimas, pero el fracaso se presenta y rompe lo
hermoso de la misión. El buen mensaje de Jesús le proporcionó fracaso. La buena voluntad de acer- camiento le ocasionó fracaso. Pode- mos ser profetas del Señor y esto traernos fracaso tras fracaso. ¡Qué solo debió sentirse estando rodeado de los suyos! ¡Cuánto vacío! ¡Qué duros fueron con él!
Vivamos siendo conocedores de que lo que le ocurrió a nuestro Maestro es ejemplo de lo que va- mos a vivir y lo que nos ocurre es lo mismo que le ocurre al que está a nuestro lado. Nuestra experiencia es la misma que tienen los demás.
Es bueno ver al hermano/hermana como un espejo en el que nos mira- mos, porque mi necesidad de reci- bir ánimo y respeto para seguir anunciando el evangelio es la mis- ma necesidad de ánimo y respeto que tiene el otro, la otra. Entonces, sabiendo esto, ¡seamos nosotros los que proyectemos ese ánimo! Lo que yo no recibo, el apoyo que a mí me falta, se lo voy a dar a quien trabaja para el Señor. Lo que yo no tengo, que no le falte al otro/otra, para que así se ilusione. Somos llamados a ilusionar. Es ne- cesario alentar al que viene en nom- bre del Señor, pues camina empuja- do por su amor.
Vivir el fracaso en carne propia nos hace ver con más claridad lo que significa el reconocimiento y esto, nos lleva a valorar al prójimo, no sea que, a pesar de su procedencia terrena, de su bajo estatus, de perte- necer a una familia sin formación, de ser un muerto de hambre más en el barrio donde vive, sea un profeta elegido por Dios que se ha empapa- do de la Palabra verdadera y viene, con su unción, a traernos su Gracia. R
Escrito con la ayuda del Comenta- rio Bíblico Latinoamericano. Nue- vo Testamento. Grupo Editorial Verbo Divino.
Gea, la tierra, y madre de ambos, incapaz de soportar la brutalidad y el despotismo de Cronos, urdió una es- tratagema para salvar al sexto hijo de Rea. Al nacer Zeus, Gea se lo llevó y lo escondió en la isla de Creta, la esposa de Cronos le ofreció una piedra envuelta en paños de seda, como otro recién nacido, el Titán sin dudarlo se lo tragó. Zeus creció valiente y poderoso. Llegado el momento, pidió ayuda a Gea para liberar a sus hermanos, Hera, Deméter, Hades, Poseidón y Hes- tia, del vientre del siniestro Cronos.
Tras la liberación estalló una feroz y sangrienta guerra, entre antiguos y nuevos dioses. Durante diez largos años lucharon a muerte por ostentar el poder. Los Titanes, liderados por el implacable Cronos, con- tra los llamados Olímpicos, acaudillados por Zeus. A estos últimos les apoyaron los Cíclopes, que pro- porcionaron a Zeus y a sus hermanos las armas nece- sarias para conseguir una gran victoria sobre los Tita- nes.
La profecía fue cumplida. Cronos es derrocado por su hijo, y confinado en el Tártaro, el más oscuro y pro- fundo de los abismos terrenales.
Zeus, tras vencer a la antigua estirpe, se entronizó como Dios de los Cielos y protector de los hombres. Gobernando sobre los demás dioses del Olimpo. R
Óleo de Peter P. Rubens. año, 1636. Museo del Prado. Madrid.
Wikipedia.