1. CHAPTER 1: GENERAL ORIENTATION AND RESEARCH
1.11 METHODS TO ENSURE TRUSTWORTHINESS
UNA vez tuve un accidente de coche en el que choqué de frente y sufrí una herida grave en la cabeza. Encastrada sobre el volante y todavía aturdida, estaba en el proceso de evaluar la gravedad de mis lesiones. El accidente ocurrió en un barrio marginal de Boston famoso por sus tiroteos desde los coches y sus asaltos. Pero también debería ser conocido por ser un lugar de bondad.
desconocida que se había parado para ayudar. Esta mujer afroamericana de edad indeterminada se arrodilló a mi lado y extendió una cálida y gran mano que acarició mi pelo. Se sobresaltó cuando vio la sangre en mi aplastada cara y entonces fue a buscar mi mano. «No te preocupes por «na», bonita. Todo irá bien. La ayuda está en camino y yo voy a estar aquí. No me voy a ir a ninguna parte.»
Todavía puedo oír sus reconfortantes palabras, justo tal como las dijo. Todavía puedo sentir su amable voz envolviéndome como un capullo para alejar mi terror. Esperó junto a mí hasta que llegó una ambulancia. Incluso entonces, esta desconocida, que durante unos momentos se había convertido en el centro del mundo, permaneció a mi lado hasta que cargaron la camilla y se cerró la puerta de la ambulancia.
Siempre atribuyo el hecho de que todavía tengo nariz —aunque quedó casi destruida en el accidente— al sencillo acto de compasión de esa mujer. Sus reconfortantes caricias y sus palabras tranquilizadoras debieron de mantener mi presión sanguínea baja, reduciendo así el deterioro de los tejidos. Pienso en ella de vez en cuando y me gustaría poder darle las gracias. Pero ese deseo es más por mí misma que por ella. La bondad lleva en sí su propia recompensa. Alegra el corazón del que la transmite. Según la Primera Ley de las Matemáticas Espirituales (una de mis pequeñas reglas extraoficiales para la vida), cualquier acto de bondad vuelve multiplicado por diez.
Si piensas en ello, puede que cierto acto de bondad supusiera un momento clave en tu vida o al menos una reafirmación de tu fe. Mi amiga Kathleen cruzó todo el país para cuidar del pequeño de una amiga mientras ésta estaba de viaje. Kathleen había salido a desayunar con el niño y se guardó la parte que éste no se había comido en una bandeja de cartón y la puso en el cochecito. Paseando llegaron hasta una zona pobre de Baltimore, donde Kathleen quería ver una famosa basílica. De camino se paró para ofrecerle al niño un poco más del desayuno que tenía guardado en la caja. Una mujer sin hogar se les acercó y le dijo a Kathleen que si quería dar de comer al niño comida caliente había un sitio un poco más adelante en esa misma calle.
La preocupación de esa mendiga le llegó tan hondo al corazón que le hizo saltar las lágrimas, aunque se preguntaba si ella realmente parecía una vagabunda. Pero allí, si no es por la gracia de Dios, podemos acabar todos. Incluso cuando no tenemos nada material que dar, la amabilidad es el pan de nuestro viaje. Sea lo que fuere lo que Kathleen esperaba encontrar en la basílica, lo encontró en la calle.
Porque, ¿cuándo estamos más cerca de Dios que cuando nos preocupamos por los demás?
Hace varios años un librito titulado Random Acts of Kindness se convirtió inesperadamente en un bestseller. Este libro decía que podíamos transmitir algo de felicidad a través de pequeños actos de amabilidad, como echar monedas a un parquímetro cuyo plazo de tiempo está a punto de expirar o pagarle el peaje al coche que tienes detrás. Una vez fui la beneficiaría de un acto así. Me quedé un tanto sorprendida en estos bárbaros tiempos en los que vivimos, cuando una discusión en la carretera es un fenómeno de lo más normal.
La clave para la amabilidad es reconocer que los demás son como tú. Tienen esperanzas y temores, son felices y también sufren, igual que tú. En este ajetreado mundo, es fácil ver personas interpretando papeles en lugar de comportarse como seres humanos. Quienes trabajan en el sector servicios, como los camareros, los policías, los carteros, los empleados del servicio de limpieza del Ayuntamiento y los basureros, con frecuencia no son valorados.
Mi hijo Justin es el encargado de un restaurante y tiene su lote de mesas para servir. No para de contar historias sobre clientes amables y desagradables. Una vez le dieron una propina de 50 dólares por una cuenta de 100. Justin es un joven muy educado, simpático, profesional y servicial y el cliente supo apreciarlo. Ese reconocimiento fue más importante que la propia propina, aunque eso también le alegró. Por otra parte, ha recibido propinas de un dólar por una cena de 100 dólares pagados con un cheque. Según parece, los clientes debieron pensar que la cena ya era lo bastante cara como para gastarse más en la propina. Se olvidaron de que Justin también era un ser humano que intentaba ganarse la vida y pagar sus facturas.
Las Navidades pasadas dimos propinas al basurero, al cartero y a los del servicio de limpieza del Ayuntamiento por mantener nuestra calle limpia, transitable y sin nieve. Fue una sorpresa recibir notas de agradecimiento de cada uno de ellos. Lo más sorprendente fue el hecho de que la mayoría utilizaron sus propinas para comprar regalos a niños necesitados.
Esta semana, presta atención a la amabilidad que das y recibes. Aunque estés ocupado, busca tiempo para escribir una nota de agradecimiento cuando alguien sea amable contigo. Personalízala para que la otra persona sepa que aprecias su atención. Da las gracias a los demás cuando han hecho un buen trabajo. Comunica
a tus seres queridos que son maravillosos, no por nada que hayan hecho, sino por lo que son. También puedes realizar algunos actos de amabilidad al azar. Es realmente divertido. Si tu acto va dirigido a alguien que conoces, realízalo anónimamente. Ver materializado tu postre favorito en tu mesa de despacho es un delicioso misterio. Restablece el alma y el cuerpo.