El conecte vive cada hora sabiendo práctica y subconscientemente que si se relaja, si afloja un momento el paso, los demás zorros, hurones, lobos y buitres, tan hambrientos e impacientes como él, no dudarán en hacerlo su presa.
Malcolm X En el verano de 1994, Curtis Jackson regresó a Southside Queens luego de cumplir sentencia en un centro de rehabilitación de narcotraficantes. Para su sorpresa, durante su año de ausencia el oficio había cambiado en forma drástica. Las calles rebosaban de conectes deseosos de ganar dinero traficando crack. Cansados de la violencia y las ardientes rivalidades de los ocho años anteriores, se habían adaptado a un sistema de una o dos esquinas por cabeza, donde los adictos hacían una transacción rápida. Esto era fácil y predecible para todos. No había que pelear, echar a otros ni andar de aquí para allá.
Cuando Curtis corrió la voz de que quería rehacer su antiguo equipo y reanudar sus actividades, se topó con desconfianza y franca hostilidad. Sus ambiciosos planes podían arruinar eleficiente sistema en vigor. Le dio la impresión de que lo matarían antes de que pudiera hacer cualquier cosa, sólo para preservar el nuevo orden.
El futuro le pareció de súbito sombrío y deprimente. Meses antes había decidido dejar el tráfico de drogas, pero sus planes dependían de que ganara y ahorrara una buena suma para optar por una carrera
musical. Adecuarse al sistema de esquina única significaba que
nunca ganaría lo suficiente. Pasarían los años y cada vez le sería más difícil abandonar ese medio. Pero si intentaba crecer y ganar dinero pronto, hallaría pocos aliados y muchos enemigos entre sus compañeros. No les convenía que él ampliara sus operaciones.
Entre más sopesaba la situación, más se enojaba. Parecía que, donde mirara, había gente que se interponía en su camino, contenía sus ambiciones o pretendía decirle qué hacer. Esa gente fingía querer
mantener el orden, cuando en realidad buscaba poder. Por
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experiencia propia, Curtis sabía que cuando se quiere algo en la vida, no se puede ser amable y sumiso; se debe ser ágil y enérgico. Era lógico que, recién salido de la cárcel, se sintiera algo apocado ante la idea de retomar su antigua vida, pero a lo que realmente debía temer era a estancarse y conformarse con ser traficante de esquina. Era momento de ser agresivo, ser malo, y sacudir un sistema sólo planeado para someter a personas como él.
Recordó a los grandes conectes que había conocido en el barrio. Una de sus estrategias más exitosas había sido el "montaje'; una variante del viejo ardid del látigo y la carnada: se distrae a la gente con algo dramático y emotivo, y mientras se toma lo que se desea. La había visto ejecutar miles de veces, y al pensarlo bien se dio cuenta de que tenía material para una distracción perfecta.
Durante su rehabilitación se había hecho amigo del cabecilla de una banda de ladrones de Brooklyn, famosa por su jactancia y eficiencia. Para su montaje, Curtis guardaría la calma unas semanas, trabajaría una esquina como los demás y aparentaría aceptar el nuevo sistema. Pero después contrataría a esos ladrones a escondidas para que robaran joyas, dinero y drogas a todos los conectes del barrio, incluido él mismo. Harían varias incursiones en el área durante unas semanas. El trato sería: el dinero y las joyas para ellos,la droga para él. Nadie sospecharía de Curtis.
En las semanas siguientes se divirtió viendo cómo la repentina aparición de ladrones en su barrio causaba pánico entre los traficantes, algunos de los cuales eran amigos suyos. Fingió compartir su preocupación. Pero más valía no meterse con esos gangsters de Brooklyn. Casi de la noche a la mañana, la vida de los conectes sufrió un agudo revés; tuvieron que empezar a portar armas para protegerse, lo que, sin embargo, les acarreó nuevos problemas. La policía hacía revisiones ocasionales en todas partes, y ser sorprendido con un arma equivalía a una larga estancia en la cárcel. Los conectes ya no podían esperar a los adictos en una esquina. Tenían que moverse constantemente para evitar a la policía; algunos sólo recibían pedidos por beeper. Todo se complicó, y las ventas bajaron.
Estricto y estático, el viejo modelo había volado en pedazos, y Curtis aprovechó para vender cápsulas de nuevos colores que él mismo llenaba. A veces añadía cápsulas gratis, con la droga obtenida
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del robo. Los adictos lo buscaban por montones, sin que, demasiado alarmados, los demás traficantes advirtieran la trampa que les había puesto. Cuando la descubrieron, ya era demasiado tarde. Curtis había
prosperado, e iba en camino de comprar su libertad.
Años después, Curtis (para entonces 50 Cent) se había abierto paso como rapero. Tenía un acuerdo con Columbia Records, y el futuro parecía razonablemente brillante. Pero no era de los que se hacen ilusiones con cualquier cosa. Pronto notó que había muchas oportunidades para quien fuera capaz de hacer una carrera sólida en la música. Como todos, peleaba por migajas de atención; los artistas podían tener éxito con un hit aquí o allá, pero era algo temporal, y no podían alterar esa dinámica. Peor aún, él ya se había hecho de
enemigos en el medio; era ambicioso, talentoso y tenaz. Había
personas que desconfiaban de él y le temían. Operaban en las sombras para cerciorarse de que no llegara lejos.
Como Fifty sabía, en este mundo el talento y las buenas intenciones nunca bastan; también hay que ser valiente y táctico. Ante la indiferencia o franca hostilidad de la gente hay que ser agresivo, y quitarla de en medio como sea, sin preocuparse por su repulsa. Él buscaba la oportunidad de ese acto audaz, y la halló en un encuentro inesperado.
Una noche platicaba con un amigo del barrio en una discoteca de Manhattan cuando vio que el rapero Ja Rule miraba hacia él. Semanas antes, ese amigo había robado unas alhajas a Ja Rule a plena luz del día; Fifty supuso que éste se acercaría y armaría un alboroto. En cambio, desvió la mirada y decidió ignorados, lo que resultó más que vergonzoso. Ja Rule era entonces uno de los raperos más populares; tenía fama de gangster de Southside Queens, y sus letras reflejaban su imagen de tipo rudo. Al igual que su sello discográfico, Murder Inc., se había aliado con Kenneth "Supreme"
McGriff, exlíder del Supreme Team, grupo que en los años ochenta
controló el narcotráfico en Nueva York con tácticas despiadadas. Supreme daba credibilidad en las calles a Murder Inc., que le ofrecía a cambio acceso a la industria disquera, algo legítimo que lo distanciaba de su oscuro pasado.
Ningún conecte ni gangster de verdad habría ignorado a un ladrón tan cínico. Fifty se dio cuenta de que Ja era un farsante; de que su imagen y sus letras no pasaban de ser una pantalla para ganar
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dinero. Ja Rule era arrogante pero inseguro. Al descubrir esto, en la
mente de Fifty cobró forma la idea de un montaje maestro, que llamara la atención y lo elevara por encima de todos los que se interponían en su camino.
Semanas más tarde empezó a soltar pullas contra Ja Rule, en las que lo presentaba como un gangster de estudio que rapeaba sobre cosas que nunca había experimentado. Sin duda esto molestó a Ja, pero no respondió. Obviamente, era demasiado importante para preocuparse por un don nadie. Sin embargo, el siguiente paso de Fifty sería imposible de ignorar: estrenó una canción que detallaba las actividades de los líderes de bandas más famosos de los años ochenta en Southside Queens, Supreme entre ellos. Al popularizarse en la calle, ese tema atrajo sobre este último justo el tipo de atención que quería evitar con su nueva legitimidad. Eso le enojó e inquietó; ¿qué más haría Fifty? Así pues, presionó a Ja Rule para que hostigara y destruyera a ese advenedizo antes de que llegara demasiado lejos. Ja se vio obligado a perseguir a Fifty. Hizo cuanto pudo para callarlo: difundió rumores sobre su pasado, intentó bloquear sus contratos discográficos e inició una pelea junto con sus secuaces un día en que lo encontró en un estudio de grabación. Quería intimidarlo con su fuerza y su fama, pero esto sólo motivó a Fifty a lanzarle más pullas. Buscaba exasperar a Ja, enfurecerlo y hacerlo sentir inseguro, sediento de venganza. Él conservaría una calma estratégica mientras
el otro perdía el control. Con este fin lo llamó wanksta, gangster de
pacotilla. Parodió su manera de cantar, sus letras, toda su imagen, supuestamente hosca. Los temas resultantes fueron arrolladores, mordaces y humorísticos.
En forma lenta pero segura, Ja se enojaba cada vez más a medida que esas canciones llegaban a la radio y los periodistas lo acribillaban a preguntas sobre Fifty. Tenía que probar su rudeza, que no era un wanksta, así que soltó sus propias pullas. Pero, lejos de ser ingeniosas, sus canciones fueron brutales y violentas. Sin notarIo, se había puesto a la defensiva, y no resultaba nada gracioso.
El primer disco de Fifty coincidió con uno de la, y las ventas de aquél eclipsaron por completo las de su rival. Fifty era la nueva estrella, y [a comenzó a apagarse. En consonancia con su nuevo papel, Fifty puso fin a sus ataques, casi por lástima hacia su antiguo enemigo. Ya le había sido útil, y era mejor dejarlo en el olvido.
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La actitud del valiente
Aprendí que el niño que no quiere pelear en el patio de la escuela termina siempre con el ojo morado. Si indicas que harás cualquier cosa por evitar dificultades, te meterás en problemas.