• No results found

Chapter 4: PERCEPTIONS OF THE COSTS AND BENEFITS OF DINGOES AND

4.2. METHODS

Hay una estrecha relación entre la sociedad civil y la democracia desde el momento mismo que la primera pasa a formar parte activa de los asuntos públicos, aunque esto ha significado un proceso gradual y acumulativo de correlaciones de fuerzas con el Estado al interior del sistema político. Al momento de analizar la historia política, Alayza11 constata que las sociedades modernas adoptaron los sistemas electorales como una forma de alternancia para promover el cambio de autoridades y, como experiencia política y social, significó un gran avance para la sociedad en la medida que el poder soberano pertenecía al pueblo. Esta experiencia fue vital, pero presentó sus límites conforme las sociedades iban creciendo hasta devenir en lo que hoy se llama sociedad de masas que relativizó la participación a través del voto popular. Paralelamente a este proceso se fueron formando grupos de ciudadanos a nivel local para encargarse de los asuntos públicos que, de manera voluntaria y libre, ejercen un poder soberano en la vida social. Como bien señala Alayza12, es con el correr del tiempo que “tanto los sectores de la sociedad como las propias autoridades del Estado reconocen la legitimidad de estas intervenciones ciudadanas que llamamos sociedad civil”.

De igual forma, los autores Cohen y Arato (2000) han sistematizado el debate entre los representantes de la democracia de élite (democracia representativa) con los representantes de la democracia participativa que expresa el proceso de tensión a través del cual la sociedad se ha venido enfrentando para tratar los asuntos públicos.

Por un lado, el modelo elitista o democracia representativa concibe un sistema político en el que el poder configura una distancia entre gobernantes y       

11

Alayza, Rosa. Perú: Sociedad civil a prueba. En: Páginas; Vol.28; Nª180; Abril; pp.6-7; 2003. 

12

gobernados en el contexto de las sociedades modernas. Este modelo brinda una explicación operativa y empíricamente descriptiva de las prácticas de los estados cuya forma de organización política se considera democrática, mientras se respete un conjunto nuclear de derechos civiles y se realicen regularmente elecciones competitivas. No existe en este modelo la pretensión de que los votantes asuman un rol más activo definiendo una agenda política propia. Este modelo de democracia se concibe en base a los procesos de negociación, competencia, acceso y responsabilidad que se provienen del mercado donde los procesos electorales regulan la relación entre las demandas sociales y la oferta de los partidos políticos. La noción de ciudadanía existe en tanto cual la sociedad participa de los procesos electorales y se expresa el modelo de democracia que afirma la idea del voto secreto, los derechos civiles, la alternancia, las elecciones periódicas, y la competencia entre los partidos son centrales para toda concepción moderna de la democracia.

Al analizar el contexto de la gran urbe moderna, Alayza13 señala que la incursión de la vida pública es voluntaria y no necesariamente es vista como un espacio de realización humana. A ello se suma el argumento de la corriente liberal que vincula la realización humana al interior de la esfera privada. Bajo esta lógica, el Estado -a través de la democracia representativa- se encarga de solucionar los problemas políticos, mientras el ciudadano puede vivir a su libre albedrío en la esfera privada.

En la otra orilla argumentativa se plantea un modelo de democracia en el que la participación activa potencia la relación entre el gobernante y la       

13

Alayza, Rosa; Democracia y sociedad: participación y representación. En: Páginas Vol.30;

sociedad, fortaleciendo los liderazgos políticos tanto como la ciudadanía. En este sentido, enfatizan Cohen y Arato, la democracia participativa permitirá a todos los ciudadanos –y no solo a las élites- construir una cultura política democrática. En la práctica, este modelo de democracia participativa se sostiene sobre la base de la tolerancia a la diversidad, la moderación de fundamentalismos y egoísmos, así como tener predisposición para llegar a compromisos. Se podría decir que la democracia participativa es una apuesta por superar la diferenciación, donde los espacios públicos y la deliberación son la base de la participación.

La democracia participativa, como señala Alayza (2005, pp.34) “se basa en el derecho y en el deber ciudadano de participar en la vida pública, partiendo de la premisa de que la vida pública no es monopolio de la acción del Estado, sino que responde a la acción en su conjunto; de allí la libertad y responsabilidad ciudadana de participar en ella”. La participación potencia y fortalece el sistema democrático en la medida que se introducen formas de pensar y actuar sobre los asuntos públicos, demandas que interpelan a la vez que contribuyen en visibilizar aspectos que el Estado no las incorpora dentro de sus prioridades. En esta línea de análisis Alayza14, citando a Habermas, recoge la noción de “espacio público” entendida como “el ámbito entre el Estado y la sociedad, en el cual los ciudadanos ventilan y discuten temas de interés público, buscando crear corrientes de opinión para influir en la toma de decisión de las autoridades”.

      

14

Es en esta línea de análisis que Habermas15 establece los puentes articuladores entre los conceptos de ciudadanía, democracia y sociedad civil donde el diálogo es el paradigma de la política y establece una correlación entre el “poder comunicativo (que, en forma de opiniones mayoritarias formadas discursivamente, surge de la comunicación política) y el poder administrativo (del que dispone el aparato estatal)”.

La principal arma de la sociedad, señala Habermas, es el medio deliberativo caracterizado por la cooperación social, mientras que el poder administrativo se expresa a partir de los programas políticos y dentro de los límites de las leyes que surgen del proceso democrático. La democracia participativa, a través de política deliberativa, permite canalizar las demandas sociales ya sea a través de los mecanismos y procedimientos formales institucionalizados (las cámaras parlamentarias, por ejemplo) o a través de los medios informales constituida a través de las redes del espacio público político. Habermas reconoce la importancia social de la deliberación como forma de expresión de la política y señala que la sociedad civil, en tanto base de una esfera pública autónoma, se diferencia tanto del sistema económico de acción como de la administración pública. Se demarcan, desde el punto de vista analítico, las fronteras de la sociedad civil.

Con la teoría discursiva Habermas plantea que entran en juego los procedimientos y los presupuestos comunicativos de la “formación democrática de la opinión y de la voluntad que operan como las más importantes esclusas para la racionalización discursiva de las decisiones de un gobierno y de una administración sujetos al derecho y a la ley” (Ibid, p.244). El discurso y la       

15

Habermas, Jürgen; La inclusión del otro. Estudios de teoría política. Barcelona; Paidós

deliberación organizadas en estructuras comunicativas operan en el espacio de la opinión pública, pero influenciando el sistema político que es el espacio privilegiado para la toma de decisiones colectivamente vinculantes. Esta lectura planteada por Habermas recoge los múltiples factores de la política deliberativa que influyen en el sistema político, ya sea por los mecanismos formales e institucionalizados como también a través de los mecanismos informales a través de las redes del espacio público político. Es a partir de esta reflexión teórica que podemos resaltar la importancia y el valor que le agrega la deliberación para potenciar el sistema democrático y el sistema político, dotándolo de un conjunto de recursos sociales y políticos que emergen del mundo social, sin necesariamente depender de la intervención política y administrativa del Estado.

Related documents