Chartres, I, ni, págs. 130-8; Roberto el Monje, I, í-ii, págs, 727-9; Baudri,
Historia Jerosolimitana, I, iv, págs. 12-15; Guiberto de Nogent, II, iv, pá
ginas 137-40, y Guillermo de Malmesbury, Gesta Regum, vol. II, págs. 393-8. Guillermo escribió unos treinta años más tarde, pero los otros cuatro lo hi cieron como si hubiesen estado presentes, Baudri afirma rotundamente haber sido testigo presencial. Pero tanto Baudri como Guiberto admiten que las ver siones de sus palabras pueden no ser del todo exactas. Todas las versiones di fieren mucho. Munro, «The Speech of Pope Urban I I at Clermont», en la
American Historical Review, vol. X I , págs. 231 y sigs., analiza las diferencias
entre las varias versiones y confía en poder dilucidar cuál sea el texto verda dero reuniendo los puntos en que todas las versiones coinciden. Pero resulta evidente que cada cronista escribió el discurso que él pensaba que el Papa debía haber pronunciado, añadiéndole sus propios recursos retóricos favoritos.
suya, un decreto general indultando las penas temporales por los pe cados a todos aquellos que tomaran parte, con intenciones piadosas, en la guerra santa. Ahora se agregaba que los bienes temporales de los participantes se pondrían bajo la protección de la Iglesia durante su ausencia por la guerra. E l obispo local sería responsable de su sal vaguardia y debería devolverlos intactos cuando el guerrero regresase a casa. Cada miembro de la expedición tendría que llevar el signo de la Cruz, como símbolo de su dedicación; una cruz de tela roja debería coserse en el hombro de su sobreveste. Todo el que abrazara la Cruz tendría que hacer voto de ir a Jerusalén. Si volvía antes de tiempo, o dejaba de salir, sería excomulgado. Los clérigos y los mon jes no podían abrazar la Cruz sin el permiso del obispo o del abad. Las personas de edad y los enfermos tendrían que ser disuadidos de intentar la expedición; y nadie en absoluto debería hacerla sin con sultar con su director espiritual. No se trataba de una guerra de mera conquista. En todas las ciudades reconquistadas del infiel, las iglesias de Oriente volverían a disfrutar de todos sus derechos y posesiones. Todos deberían estar dispuestos para abandonar sus países hacia la fiesta de la Asunción (el 15 de agosto) del año siguiente, cuando ya se hubiesen recogido las cosechas; y los ejércitos se encontrarían en Constantinopla5.
Después había que nombrar un jefe. Urbano deseaba que quedase bien sentado que la expedición estaba bajo el mando de la Iglesia. Su jefe tenía que ser un eclesiástico, un legado suyo. Con la aproba ción unánime del Concilio, nombró al obispo del Puy.
Ademaro de Montiel, obispo del Puy, pertenecía a la familia de los condes de Valentinois. Era un hombre de mediana edad, que ya había hecho la peregrinación a Jerusalén nueve años antes. Había merecido la jefatura por haber sido el primero en responder al lla mamiento de Urbano; pero como ya había alojado a Urbano en El Puy, durante el mes de agosto, y debió haber hablado con él de las cuestiones de Oriente, es posible que su emocionante gesto no hubie se sido totalmente espontáneo. El nombramiento era inteligente. La experiencia posterior le acreditó como excelente predicador y hábil diplomático, de criterio amplio, paciente y amable, un hombre al que todos respetarían, aunque procuraba usar más de la persuasión que de la autoridad. Utilizaba indefectiblemente su influencia para
5 Los cánones del Concilio de Clermont los recoge Lamberto de Arras, en Mansi, Concilia, vol, X X , págs. 815-20. Sólo el 33 y último atañe directa mente a la Cruzada, y, aunque Graciano lo atribuye al Concilio, no se encuentra en los cánones del Concilio de Rouen, que reproduce los del de Clermont. Véase Hefele-Leclercq, op. cit., vol. V, pág. 339. Chalandon, op. cit., págs. 44-6, estu dia los arreglos del Papa valiéndose de las diversas y algo confusas fuentes.
controlar a los magnates que estaban, nominalmente, a sus órdenes6. E l primero de los príncipes que pidió unirse a la expedición fue el conde Raimundo de Tolosa. El 1.° de diciembre, cuando Urbano se hallaba aún en Clermont, llegaron mensajeros para comunicar que la corte y muchos nobles estaban deseosos de abrazar la Cruz. Raimundo, que estaba en Tolosa, no podía haber tenido noticia del gran discurso de Clermont. Tuvo que haber sido informado previa mente. Como el primero en estar enterado del proyecto y el prime ro en haber hecho el voto, estimaba que debería ser el jefe secular con preferencia sobre otros señores. Deseaba ser el Moisés para el Aarón Ademaro. Urbano no quiso aceptar tal pretensión; sin embar go, Raimundo nunca renunció plenamente a ella. Entretanto pensó cooperar lealmente con Ademaro7.
Urbano salió de Clermont el 2 de diciembre. Después de visitar varias casas de Cluny, pasó la Navidad en Limoges, donde predicó la Cruzada en la catedral, pasando después hacia el Norte, por Poi tiers, al valle del Loira. En marzo estaba en Tours, donde celebró un concilio; y un domingo convocó a una asamblea para reunirse con él en un prado en las riberas del río. Erguido, sobre una plata forma improvisada, predicó un extenso y solemne sermón, exhortan do a sus oyentes al arrepentimiento y a unirse a la Cruzada. Desde Tours volvió hacia el Sur, a través de Aquitania, pasando por Sain tes y Burdeos, hasta Tolosa. Tolosa tue su cuartel general durante mayo y junio, y tuvo muchas ocasiones para discutir la Cruzada con su anfitrión, el conde Raimundo. A finales de junio se trasladó a Provenza. Raimundo le acompañó hasta Nîmes.
En agosto, el Papa volvió a cruzar los Alpes camino de Lombar dia. Su viaje no había sido un recreo. Durante todo el tiempo estuvo consultando con eclesiásticos y escribiendo cartas, procurando com pletar la reorganización de la Iglesia en Francia y, sobre todo, pro siguiendo sus planes para la Cruzada. Cartas sinodales, que incorpo raban las decisiones tomadas en Clermont, fueron enviadas a todos los obispos de Occidente. En algunos casos, se celebraron concilios provinciales para recibir las cartas y considerar la acción local que debía emprenderse. Es probable que los principales poderes laicos hubiesen sido oficialmente informados de los deseos del P apa8. Des-
4 Roberto el Monje, I, iv, pág. 731; Guiberto, II , v, pág. 140. Para la historia anterior de Ademaro, véanse los textos recogidos en Chevalier, Cartu-
laire de Saint-Chaffre, págs. 13-14, 139, 161-3.
7 Baudri, I, v, pág. 16.
8 Orderico Vital, Historia Ecclesiastica, IX , 3, vol. II I, pág. 470; Riant,
Inventaire, pág. 109. Riant, op. cit., pág. 113, cita un texto del siglo xvi, ba
sado, al parecer, en algún documento perdido que describe al Papa infor mando a los señores seculares de sus deseos. Sus movimientos están relatados
de Limoges, a fines de 1095, Urbano escribió a todos los fieles de Flandes, dándoles cuenta de los acuerdos del Concilio de Clermont y pidiendo su apoyo9. No le faltaba razón para estar satisfecbo con la respuesta que recibió de Flandes y de los países vecinos. En julio de 1096, mientras estaba en Nîmes, recibió un mensaje del rey Feli pe, manifestándole su absoluta sumisión en el asunto de su adulterio y comunicándole, quizá, al mismo tiempo, la adhesión de su herma no, Hugo de Vermandois, a la Cruzada 10. Durante el mismo mes, Raimundo de Tolosa dio pruebas de sus intenciones al donar muchas de sus posesiones al monasterio de Saint Gilíes 11. Tal vez se debió al consejo de Raimundo el que Urbano decidiera que sería necesa ria la ayuda de una potencia marítima para mantener los suministros de la expedición. Partieron dos legados con cartas para la república de Génova solicitando su cooperación. La república accedió a equi par doce galeras y un transporte, si bien, con cautela, aplazó su sali da hasta saber si la Cruzada sería un movimiento serio. Hasta julio de 1097 no zarpó esta flota de Génova. Entretanto, muchos geno- veses abrazaron la C ruz12.
Por la época en que Urbano se hallaba de regreso en Italia, es taba seguro del éxito de su proyecto. Sus llamamientos se obedecían afanosamente. Desde lugares tan distantes como Escocia, Dinamarca y España, los hombres se apresuraban a hacer sus votos. Algunos facilitaban dinero para el viaje pignorando sus bienes y sus tierras. Otros, creyendo que no volverían nunca, donaban todo a la Iglesia. Se había adherido a la Cruzada un número suficiente de grandes no bles para darle un formidable apoyo militar. Además de Raimundo de Tolosa y Hugo de Vermandois, Roberto II de Flandes, Roberto, duque de Normandía, y el cuñado de éste, Esteban, conde de Blois, se hallaban haciendo preparativos para partir. Más notable fue la adhesión de hombres fieles al emperador Enrique IV. El principal entre éstos era Godofredo de Bouillon, duque de la baja Lorena, que abrazó la Cruz con sus hermanos Eustaquio, conde de Boloña, y Balduino. En torno a estos jefes había muchos miembros de la no-
con todo detalle por Crozet, «L e Voyage d’Urbain II » , en Revue Historique, vol. C L X X IX , págs. 271-310.
’ La carta se encuentra en Hagenmeyer, Die Kreuzzugsbriefe, págs. 136-7. En ella Urbano señala la fecha del 15 de agosto para la partida de la Cruzada.
10 Jaffé-Loewenfeld, Regesta, vol. I, pág. 688. Las promesas de arrepen