en la cual se encuentra. Nosotros sabemos que no está ya todo
determinado por esta proposición11.
El análisis que se requeriría para determinar completa mente el sentido de una proposición no puede terminar, en tonces, en proposiciones en las que todavía se haga referencia a complejos, sino en proposiciones elementales en las que sólo se designen simples (los cuales deben, pues, existir). Pero ¿cuál es exactamente la dificultad originada en tal referencia a complejos? Esta dificultad estaría relacionada con el proble ma de si el sentido de una proposición en la que aparece una expresión referencial o denotativa depende de la existencia de la cosa denotada por dicha expresión12.
En la proposición que hemos tomado como ejemplo apa rece la expresión referencial ‘mi escoba’ que designa un obje to complejo. ¿Es necesario que exista mi escoba para que la proposición tenga sentido? En caso afirmativo, sería necesario que las partes constitutivas de la escoba estuvieran combina das de manera que formen la escoba. Y, entonces, también sería necesario que la proposición que afirma que estas partes están relacionadas de esa manera fuese verdadera. El sentido de la proposición inicial dependería, pues, de que otra pro posición sea verdadera, tal como se afirma, condi cionalmen-
11 TLP, p. 55.
li A este problem a Russell le da una solución con su Teoría de las D escripciones, la cual llegó a ser un ejem plo, más aún un p a radigm a, en el que se m ostraba el papel que podía jugar el análisis lógico en la aclaración de problem as filosóficos.
le, en 2.0211. Pero para que la otra proposición sea verdadera debe tener también un sentido, lo cual dependería, otra vez, de que una nueva proposición sea verdadera, y así indefinida mente.
La exigencia de que las proposiciones, con las que nos formamos imágenes de los hechos que conforman el mundo, tengan un sentido determinado está estrechamente vinculada con la exigencia de que este sentido no dependa de nada que no esté completamente contenido en ellas mismas (así sea de una manera oculta que sólo se devele luego de un análisis lógico completo que termine cuando se descomponga la pro posición en sus partes últimas, simples, que ya no requieran de ulteriores análisis). En particular, el sentido de una propo sición no debe depender de la verdad de otras proposiciones no contenidas en su análisis, ya que esto conduciría a un regre-
ssus ad infinitum en la determinación de tal sentido. Además, la exigencia de que el sentido esté completamente determina do está también vinculada con la exigencia de que en la de terminación del mismo no intervengan cuestiones fácticas, contingentes. De no cumplirse esto último se tendría que estar a la espera de lo que acaezca en el mundo para poder estable cer si una proposición tiene o no sentido. Dada una proposi ción se debería poder determinar su sentido sin recurrir a los hechos; éste tendría que poder determinarse independiente mente de cualquier indagación empírica y, por ello, no debe ría depender de la verdad de ninguna proposición, la cual se fundaría en su concordancia con los hechos. La inexistencia de objetos simples implicaría, pues, consecuencias inacepta bles: el sentido de una proposición dependería de la contingen te existencia de objetos complejos. Para salvar esta dificultad se requiere que haya objetos simples cuya existencia, como ex
pilcaremos más adelante, no sea contingente, ni expresable en proposiciones fácticas. Sin tales objetos simples las pro posiciones sobre complejos carecerían de un sentido deter minado, el cual pueda explicitarse mediante un análisis lógico completo, y con ellas no nos podríamos formar una imagen de la realidad, como de hecho lo hacemos. La no existencia de los simples se reduciría a lo absurdo, ya que contradiría nues tro uso efectivo y cotidiano del lenguaje para representar lo real.
Hay, sin embargo, un punto problemático en la interpre tación que estamos proponiendo. La plausibilidad de lo afir mado en 2.0211 parecería descansar sobre el supuesto de que una proposición carece de sentido si contiene expresiones denotativas vacuas, esto es, si no existen los objetos sobre los cuales versa. Sin embargo, Wittgenstein rechaza explícita mente este supuesto (apoyándose en razones parecidas a las que sirven de apoyo a Russell para defender su teoría de las descripciones definidas). El análisis de una proposición acer ca de un complejo en proposiciones sobre sus partes muestra que lo que depende de la existencia del complejo es la ver dad de la proposición y no su sentido:
3.24 (...) El complejo sólo
puede
darse por descripción, y ésta será justa o errónea. La proposiciónen
la cual se ha bla de un complejo no será, si éste no existe, sin sentido, sino simplemente falsa13.El sentido de una proposición en la que se menciona un complejo puede explicitarse analizándola y traduciéndola a
otra en la que ya no se hace referencia al complejo14. De esta manera, el sentido de la proposición no analizada se indepen diza de la referencia al complejo y, por ende, se independiza de la existencia del mismo.
Encontramos en este difícil punto de nuestro análisis del argumento de Wittgenstein una aparente incoherencia: se afir maría, por una parte, que la existencia de un objeto comple jo es condición para que una proposición en la que se haga referencia a él tenga sentido y, por otra parte, que la existen cia del complejo es condición, no para que la proposición ten ga sentido, sino para que sea verdadera15. Para mostrar que aquí no hay realmente una incoherencia, hay que interpretar con mayor cuidado la afirmación 2.0211 (que ya habíamos citado antes): “Si el mundo no tuviese ninguna sustancia, de pendería que una proposición tuviera sentido, de que otra 14 W ittgenstein tom a aquí com o m odelo et tipo de análisis que desarrolla Russell en su teoría de las descripciones. H ay, em pero, un detalle en el que se diferencian el análisis russelliano y el análisis sugerido por él en 2.0 2 0 1: en éste últimd no se sustituye la referencia al com plejo por expresiones con cuantificadores, sino por proposi ciones en las que se nom bran las partes del complejo y se describe la m anera com o ellas lo constituyen (recordar el ejemplo de la escoba). Esta misma dificultad está expresada en la interpretación de Fogelin en los siguientes términos: luego de citar 3.24 él escribe “It thus seems that if there are no simples, then the
truth
-n o t themeaning-
of one pro position will always depend upan the truth of another. This perhaps is a bad enough result, but it is not the result Wittgenstein speaks about at 2.0211. In sum, I do not know how to make the argument in the 2.02s square with the statem ent at 3 .2 4 ” . (Fogelin, R obert J .Wittgenstein,
Routledge&
Kegan Paul, Boston, London and Henley, 1980, p. 13).proposición fuese verdadera”. La aparente incoherencia sur gió de suponer, demasiado apresuradamente, que la proposi ción que tiene que ser cierta para que una proposición sobre un objeto complejo tenga sentido, es la que afirma la existen cia del complejo. Pero esto no está dicho explícitamente en 2.0211. Con el fin de evitar la incoherencia y comprender me jor la argumentación wittgensteiniana en favor de los sim ples, examinaremos la posibilidad de que, suponiendo que ellos no existen, la proposición cuya verdad sería condición de sentido de una proposición sobre un complejo no sea la que afirma la existencia del mismo.
Tomemos ahora a manera de ejemplo {para no desgastar tanto a la escoba del rincón} la proposición “Pegaso está entre las nubes”. De acuerdo con el fragmento citado de 3.24, la inexistencia de Pegaso hace que esta proposición sea falsa, pe ro no que carezca de sentido. En efecto, la proposición puede analizarse de manera que la referencia al objeto complejo Pe gaso se elimine y se sustituya por una descripción de cómo deben estar dispuestas sus partes para que exista; quizá un análisis semejante a: “El cuerpo de caballo está entre las nu bes, las alas están entre las nubes y el cuerpo de caballo está unido a las alas ... (de tal y tal modo)”.
Entendemos bien el sentido de la proposición sobre Pe gaso, el cual no depende, entonces, de que la descripción “el cuerpo de caballo está unido a las alas ... (de tal y tal modo)”, que equivaldría a la afirmación de la existencia del complejo Pegaso, sea verdadera, pues de hecho no lo es. Pero su sen tido dependería, en conformidad con lo dicho en 2.0211, de la verdad de proposiciones distintas a la que afirma la existen cia de Pegaso (afirmando que sus partes están combinadas de cierto modo específico).
Veamos cuáles podrían ser tales proposiciones. Se puede argüir que la referencia a Pegaso dentro de la proposición es significativa aunque no exista Pegaso porque, si bien no es cierto que el cuerpo de caballo y las alas estén de hecho uni das de la manera que se requiere para que Pegaso exista, es por lo menos posible que estuviesen unidas así. La descrip ción “el cuerpo de caballo está unido a las alas (de tal y tal modo)” es falsa, Pegaso no existe, pero ella tiene sentido, en cuanto describe o representa un posible estado de cosas. Para que “Pegaso está entre las nubes” tenga sentido se debería requerir que la descripción “el cuerpo de caballo está unido a las alas (de tal y tal modo)” tenga sentido y no que tenga que ser verdadera. Pero el que esta descripción falsa tenga sentido, depende de que otras proposiciones sean verdaderas. Depen de de que haya un cuerpo de caballo y unas alas, así no estén unidas de la manera requerida. Y la existencia del cuerpo de caballo y de las alas se expresaría en proposiciones que afir man que sus partes (cabeza, cuello, extremidades, tronco, co la, etc., en un caso, y plumas, huesos, músculos, etc., en el otro) están dispuestas de cierta manera. Serían las proposicio nes sobre la contingente existencia de las partes de las partes de las partes de ... (aquí se podría o bien continuar indefinida mente o bien parar en un punto arbitrario en donde todavía se hace referencia a partes complejas, ya que estamos suponien do que no hay simples) y no la que afirma la existencia de Pegaso, las que deben ser verdaderas para que “Pegaso está entre las nubes” tenga sentido.
Si se acepta esta interpretación, entonces puede sostener se a la vez que si no hay objetos simples, el que cualquin proposición tenga sentido depende de que otras sean vrrdn deras (de que se den ciertos hechos que podrían d e ja r dr d.n
se) y, por otra parte, que una proposición sobre un complejo no necesariamente deja de tener sentido, si la proposición que afirma la existencia del complejo es falsa. La idea que nos guía en este intento de evitar la incoherencia es que una fantasía, por más extravagante e inverosímil que sea, podría expre sarse en proposiciones con sentido, si está construida, en úl timas, a partir de objetos existentes; así éstos no sean simples y así se combinen en estados de cosas que de hecho no se dan, pero que son posibles. Al suponer que no hay simples, la existencia de tales objetos se expresaría en proposiciones fácticas acerca de sus partes y de la manera en que se combi nan, siendo estas últimas las proposiciones de cuya verdad depende el sentido de la proposición inicial.
Veamos ahora como asumiendo la existencia de objetos simples se evita la indeterminación del sentido de las propo siciones sobre complejos, que resulta de su dependencia de cuestiones fácticas. Si hay objetos simples, el análisis de una proposición sobre un complejo puede, en principio, llevarse a cabo hasta su culminación completa, es decir, hasta que todas las proposiciones que se obtengan en éste análisis sean propo siciones elementales que contengan solamente combinaciones de nombres de simples y que, por ello, ya no se puedan ana lizar más. La cuestión que surge ahora es si el sentido de estas proposiciones elementales resultantes del análisis depende aún de la verdad de ciertas proposiciones que afirmen la exis tencia de los simples que se mencionan en las primeras. La existencia de tales simples ya no puede expresarse en otras proposiciones con sentido que los describan y que pudieran ser falsas (como podría ocurrir en los niveles anteriores del análisis donde aún hay referencia a complejos, cuya existen cia es contingente). Toda proposición con sentido sobre un
simple describe estados de cosas posibles en los que puede aparecer el simple. Se puede decir de un simple cómo se combina con otros. Pero no se puede afirmar su mera existen cia en una proposición con sentido, pues la mera existencia del simple no es expresable como un estado de cosas, no es una combinación de objetos y, por lo tanto, no se puede for mular en un lenguaje fáctíco como el del Tractatus, cuya posi bilidad de afirmar algo se agota totalmente en su posibilidad de representar posibles estados de cosas. Esto explicaría el si guíente pasaje de las Philosophische Bemerkungen en el que Witt- genstein echa una mirada retrospectiva sobre la concepción de los simples defendida en el Tractatus.
L o que yo u n a vez llam é ‘objetos’, lo sim ple, es sim ple m ente aquello a lo que p ued o referirm e sin tem er que qui zá no exista; esto es, aquello p ara lo cual no h ay existencia ni inexistencia, y esto quiere decir aquello de lo que p o d e m os hablar, sin im portar lo que sea el c a s o 1(1.
A diferencia de los complejos, los cuales, como ya hemos visto, pueden describirse en proposiciones fácticas que dicen cómo están dispuestas sus partes constitutivas y que pueden ser falsas, los simples no pueden describirse, pues carecen de complejidad interna, sino sólo nombrarse:
3.221 Sólo puedo
nombrar
los objetos. Los signos los representan. Yo solam ente puedo hablar de ellos; no puedo expresarlos.ie PB, 36, p. 72. En el Trac/aítaWittgenstein afirmaba: uI,;i sust.mi i,i es aquello que existe independientemente de lo que acaen'" (n .r, ’ n 1 |i
(...) 3.26 El nom bre no puede ser subsecuentem ente ana lizado p o r u na definición. Es un signo prim itivo17.
La existencia no contingente de los simples18, la cual no puede expresarse en un lenguaje fáctico, porque es indepen diente de lo que sea el caso, debe estar, en todo caso, mostra da y garantizada por el uso significativo de sus nombres. El nombre de un simple no es la mera abreviación de una des cripción, que no puede darse en el caso del simple. El signifi cado del nombre del simple se identifica con el objeto mismo que designa: “El nombre significa el objeto. El objeto es su significado.” ( t l p , 3.203). Y su uso significativo en el contexto
de las proposiciones elementales presupone, o mejor, mues tra (si bien no afirma) la subsistencia del objeto.
Es, pues, sólo gracias a que hay simples que el sentido de una proposición puede quedar completamente determinado, por un análisis que tiene que terminar, evitándose la regresión infinita que se insinúa amenazante en 2.0211, cuando las pro posiciones a las que conduce sean elementales, esto es, con tengan solamente nombres simples, los cuales ya no pueden descomponerse, ni definirse más. Con los nombres de los sim ples se logra hacer una referencia directa a los objetos, que ya no está mediada por descripciones contingentes de partes constitutivas, como en el caso de los complejos. Sólo gracias a la posibilidad de analizar una proposición completamente,
17 TLP, p. 55.
Aunque en lugar de decir que los simples existen necesaria m ente, tal vez sea más adecuado decir que están más allá de la exis lencia y la inexistencia. Esto está muy en consonancia con el carácter I roseen dental que ya les hem os atribuido antes.
hasta llegar al nivel de los nombres o signos simples, puede mostrarse cómo ella adquiere su contacto con la realidad v cómo su sentido puede ser finalmente determinado:
3 .2 3 El postulado de la posibilidad de los signos sim pies es el postulado de la determ inabilidad del sentido.
(...) 3 .2 5 H ay un análisis com pleto, y sólo uno, de la pro- ■ p osició n 19.
Con esto completamos nuestra reconstrucción del ar~ gumento trascendental de Wittgenstein, mediante el cual se busca establecer que los objetos simples constituyen una condición
de posibilidad de la función representacional de nuestro lenguaje y del hecho de que nos podemos formar con él una imagen del mundo. Tal imagen es construida con proposiciones que poseen un sen tido determinado. Este puede sacarse a la luz a través de un análisis único, unívoco y completo que culmina en propo siciones elementales, inanalizables, las cuales son concate naciones de nombres
(TLP, 4.22)
que refieren directamente a objetos simples.Una vez examinada la argumentación en favor de la exis tencia de los objetos simples, trataremos de mostrar ahora có
mo estos objetos que constituyen la sustancia del mundo le dan a éste una forma fija, independiente, que es la forma lógica a la que debe amoldarse nuestro lenguaje para poder reflejar lo real. ¿Cómo los abstractos, incoloros e indefinibles objetos sim ples del Tractatus pueden dar a lo real una forma fija?
Ya se había observado antes que los simples, dada su ca rencia de estructura interna, no tienen propiedades materia-
les, sino sólo forma, más precisamente: forma lógica. La for ma lógica de los simples está determinada por, más aun: es, su posibilidad de combinarse con otros simples y hacer parte de estados de cosas
(TLP, 2.0141}.
Esta posibilidad le es esencial al objeto(TLP, 2.011),
constituye su naturaleza(TLP, 2.0123),
éste no puede concebirse de manera totalmente aislada, sino únicamente dentro de un espacio de estados de cosas en los que puede aparecer(TLP, 2.012
ly2.013).
Quizá esto ayude a entender por qué, siendo los objetos la sustancia del mundo, los elementos básicos de la ontología del Tractatus, Wittgens- tein afirma, sin embargo, que el mundo no es la totalidad de los objetos, sino de los hechos y que la realidad o el espacio lógico está constituido por los estados de cosas. La primacía que da Wittgenstein a los hechos y a los estados de cosas so bre los objetos en su caracterización del mundo y de lo real, se debería a que los últimos no pueden pensarse aisladamen te, sino siendo parte de posibles estados de cosas. Paralela mente, en el lenguaje la unidad básica que posee sentido es la proposición, si bien en ella se conectan nombres de obje tos. El nombre se usa significativamente sólo en el contexto de una proposición [cfr.TLP, 3.3;
en este punto Wittgenstein coin cide con Frege). Lo que corresponde en el ámbito ontológico a las proposiciones como unidades significativas básicas del len guaje son los estados de cosas representados por ellas, los cua les se toman como los componentes básicos de la realidad.Aunque los estados de cosas constan, en último término, de objetos en conexiones específicas, los objetos pueden dar