Magia negra o blanca: ¿qué significan esos refugios que busca Hitler, esa huida periódica con que se sustrae a las realidades? Hitler es el tipo del desarraigado primario, que sufre todos los fallos y deficiencias de la falta de una educación profunda, que juzga y condena prematuramente y sin el menor asomo de ese respeto que sienten ante las cosas desconocidas las almas de mejor calidad. Pertenece a esa categoría de alemanes mediocres, huérfanos de toda tradición, que se acogen a la primera quimera que pasa ante su pensamiento y se aferran a ella por miedo al vacío. En el fondo, todo alemán tiene un pie en la Atlántida, donde busca una patria mejor y un patrimonio más rico. Esa doble
naturaleza de los alemanes, esa facultad de desdoblarse, que les permite a la vez vivir en el mundo real y proyectarse en un mundo imaginario, se revela especialmente en Hitler y descubre el secreto de su socialismo mágico. Todos los ambiciosos mediocres, todos aquellos cuyas aspiraciones quedaron insatisfechas, y que hasta hace poco se hacían nudistas, vegetarianos, edénicos, enemigos de la vacuna, anticlericales, fanáticos, teósofos; esos reformadores de todo pelaje, que erigían sus manías en sistemas o fundaban religiones de bazar; todos eso descastados llenan ahora la barquilla del gigantesco globo nazi para intentar ascender en sus conventículos. Es el romanticismo esmirriado, la vanidad reprimida, el fanatismo colectivo, lo que rebosa el partido nazi y lo mantiene con vida, con la promesa de un próximo desfogue. Para todos los fracasados y desheredados de los países alemanes, el nacionalsocialismo es una especie de conjuro mágico. El propio Hitler es el primero de ellos, el sumo sacerdote o el papa de la nueva religión secreta. Alentado por esa adulación y en presencia de ese culto imbécil, se llega a creer en ciertas horas que está, en efecto, dotado de poderes sobrehumanos. Mas desde que baja de la tribuna o regresa de sus trajines solitarios por las montañas, cae en la postración y letargo, incapaz de todo arresto y decisión. Entonces siente la necesidad de interlocutores y auditores que le exciten a hablar para demostrarse a sí mismo que no ha llegado aún al término de sus fuerzas.
He pertenecido a menudo, con tantos otros, al auditorio del que Hitler se apoderaba para convencerse a sí mismo. Así es cómo me reveló, por fragmentos, su “filosofía”, sus conceptos generales sobre la moral, el destino humano y el sentido de la Historia. Eran resabios de Nietzsche mal digeridos y más o menos amalgamados con ideas vulgarizadas de cierta tendencia “pragmatista” de la filosofía contemporánea. Hitler exponía todo aquello con ademanes de profeta y de genio creador. Parecía convencido de que vertía ideas exclusivas. No conocía el origen de ellas, y creía que las debía a sus meditaciones solitarias en las montañas. He aquí algunas de las revelaciones, que he anotado como aforismos, desprendiéndolas de sus contextos:
“Estamos al final del siglo de la razón; la soberanía del espíritu es una degradación patológica de la vida normal.”
“Hubo los tiempos antiguos. Hay nuestro movimiento. Entre ambos, la Edad Media de la Humanidad, el Medievo, que dura hasta nosotros y que vamos a clausurar.”
“Las tablas de la ley del Sinaí perdieron todo su valor.”
“La conciencia es una invención judaica; es como la circuncisión: una mutilación del hombre.”
“No existe la verdad, ni en el sentido moral, ni en el científico.”
“La idea de una ciencia libre, independiente de la utilidad, no puede surgir más que en la época del liberalismo. Esa idea es absurda.”
“La ciencia es un fenómeno social, y como todos los fenómenos sociales, no tiene otros límites legítimos que el provecho o el daño que acarrea a la comunidad.”
“Con el estribillo de la ciencia objetiva, la corporación de los profesores quiso solamente librarse de la vigilancia necesaria de los Poderes Públicos.”
“Lo que llaman la crisis de la ciencia no es otra cosa que la mala conciencia de los sabios. Asunto previo a toda actividad científica es saber quién quiere saber. No existe otra cosa que la ciencia de un grupo humano definido en una época definida. Es cierto que hay una ciencia nórdica y una ciencia nacionalsocialista, que deben hallarse en oposición a la ciencia judeo-liberal, la cual no ha cumplido ya su misión y se destruye a sí misma.”
“Sólo nos acercamos al misterio del mundo por la exaltación de los sentimientos y en la acción. No me gusta Goethe; mas estoy dispuesto a perdonarle mucho por esta única frase: ‘En el principio era la acción.’ Sólo el hombre que actúa puede conocer el sentido del mundo. El hombre emplea mal su razón, que no es la fuente de no sé qué dignidad o superioridad individual, sino simplemente un arma en la lucha por la vida. El hombre está hecho para la acción. Contemplar el Universo, especular sobre el pasado, como hacen los intelectuales, es borrarse a sí mismo del registro de los vivos y contarse entre los muertos.”
“Cualquier acto tiene sentido, incluso el crimen”
“La pasividad y la persistencia son contrarias al sentido de la vida. De ahí fluye el derecho divino de anonadar todo lo que dura.”
“La palabra ‘crimen’ es una supervivencia de un mundo pasado. No distingo más que actividad positiva y actividad negativa. No importa qué crimen, en el viejo sentido de la palabra, puede ser un acto de mayor valor que la inmovilidad burguesa. Un acto puede ser negativo desde el punto de vista del interés común. Entonces hay que impedirlo. Con todo, es un acto.”
“Desconfiemos del espíritu, de la conciencia, y fiémonos de nuestros instintos. Volvamos a la infancia, remocemos nuestro candor.”
“Se nos anatematiza como enemigos del espíritu. Pues bien, sí, es cierto que lo somos. Pero en un sentido mucho más profundo de lo que la ciencia burguesa, en su orgullo imbécil, lo ha soñado jamás”
“Doy gracias a mi destino por haberme ahorrado las orejeras de una educación científica. He podido mantenerme libre de numerosos prejuicios simplistas, lo cual me ha resultado bien. Júzgolo todo con una imparcialidad total y un alma de hielo”
“La Providencia me ha designado para ser el gran libertador de la Humanidad. Libertaré al hombre del despotismo de una razón que en sí misma encontraba su propia finalidad; lo liberto de una vil quimera que llaman conciencia o moral, y de las exigencias de una libertad individual que muy pocos hombres son capaces de soportar.”
“A la doctrina cristiana de la primacía de la conciencia individual y de la responsabilidad personal opongo la doctrina libertadora de la nulidad del individuo y de su supervivencia en la inmortalidad visible de la nación. Suprimo el dogma de la redención de los hombres por el sufrimiento y muerte de un Salvador divino, y propongo un dogma nuevo: la redención de los individuos por la vida y la acción del nuevo legislador—Führer—, que viene a aliviar a las masas del fardo de la libertad.”
Tales frases, pronunciadas con la autoridad del Führer y en el escenario de su vida cotidiana daban al interlocutor la impresión de revelaciones profundas. Hitler estaba convencido de su propia originalidad. Sentía como una injuria y atentado a su grandeza evocar doctrinas precedentes que le hubieran facilitado el camino. Ignoraba, como todos los autodidactas, que ciertas ideas están “en el aire” y frecuentan muchos cerebros en una misma época. Lo que hay de cierto, fuera de esa especie de envidia que experimentaba por toda competencia intelectual, es que nadie podía rivalizar con él para sacar de doctrinas vulgarizadas consecuencias radicales y revolucionarias. Como no hacía más que esbozar su “revolución”, se reservaba para sí mismo las últimas perspectivas y se complacía en mantener un temor universal al superhombre que él creía ser. Mas la impresión que se llevaba el auditor después de esas semiconfidencias era que Hitler se acercaba peligrosamente al límite que el mismo Nietzsche había traspuesto cuando se anunciaba como un nuevo Dionisio y la encarnación del Anticristo.
XXXVIII