Repasando lo ya dicho, puede concederse que son muchas las ra zones por las cuales un joven se aparta del buen camino. Puede man tener desgraciadas alianzas con pandillas, juntarse con drogadictos, atravesar crisis en sus estudios, sobrellevar trágicos enredos amoro sos, ligarse con amigos que se han autodestruido, etc. La cultura de los pares ejerce una poderosa influencia en los jóvenes y puede gene rar, presumiblemente, suficientes conflictos sociales como para origi nar problemas de conducta. No obstante, en el caso de los problemas graves, y a los fines de la terapia, lo mejor es partir de una explicación simple basada en las relaciones familiares. Debe suponerse que el jo ven está atrapado en un triángulo familiar, y que su comportamiento anormal constituye una reacción frente a una crisis entre esos seres íntimos. Lo típico es que sea presionado a desligarse de ese triángulo y abandonarlo, a la vez que se lo amenaza con las desagradables con secuencias que ello le traería. Su solución consiste, o bien en sufrir un colapso, o bien en conducirse de un modo incorrecto que hace que el triángulo se estabilice para tratar con él.
En la terapia que nosotros propugnamos, la primera etapa está destinada fundamentalmente a preparar a las personas para este se gundo episodio de modo tal que el problema quede dentro de los límites de la familia, que se reorganizará a fin de que el joven pueda procurar su independencia. No es difícil explicar cómo se ha de de senganchar al joven para que su conducta problemática no sea indis
pensable a la estabilidad familiar; mucho más difícil es ponerlo en práctica. Para ello es menester: 1) corregir la jerarquía, de manera que el joven quede en posición inferior a sus padres, y 2) hacer que los padres se comuniquen directamente entre sí, y no metafórica mente a través del joven problemático. A veces estos dos pasos se dan en forma simultánea, pero por lo común primero hay que lograr que Jos padres se hagan cargo del joven, y luego, poco a poco, resol ver las desavenencias entre los cónyuges.
Si la primera etapa culmina con éxito, cuando el joven es dado de alta en la institución y vuelve al hogar los padres ya están a cargo de él y se comunican mutuamente de modo más directo, en primer lugar acerca de las reglas que han de fijarle, y en segundo lugar acerca de cualesquiera otras cuestiones. El terapeuta ha instado de inmediato a que el joven retomara su actividad normal (estudio o trabajo) y la familia enfrenta la cuestión fundamental: la posibilidad de que aquel se vuelva autónomo y abandone el hogar, disolviendo así el trián gulo. En ese punto, los padres funcionan mal: tienen dificultades pa ra la comunicación directa y para acordar quién tiene autoridad so bre el joven. Si llegan a amenazar con separarse, se producirá una escalada en el mal comportamiento del-joven y este sufrirá una recaí da. Entonces la terapia habrá ingresado en su segunda etapa, y la la bor del terapeuta consistirá en aprovechar la recaída para contribuir a resolver los problemas de la familia de algún otro modo, sin conver tir en inválido a uno de sus miembros. El terapeuta requerirá de los padres que se hagan cargo del joven en su recaída, impulsando a la pareja a unirse y a comunicarse mejor. Los padres oscilarán entre alentar a su hijo para que recobre la normalidad y desalentarlo preo cupados por las consecuencias.
Hay dos factores que vienen en ayuda de los padres en esta etapa. Uno es su relacióri personal con el terapeuta. Si el terapeuta no actúa sólo profesionalmente sino también en forma personal, los padres acudirán a él en sus dificultades y además estarán motivados para explayarse sobre sí mismos. Por ejemplo, suele ser útil que en los comienzos del tratamiento el terapeuta haga una visita al hogar. No es difícil concertar una invitación a cenar. La disposición del terapeuta para explayarse, así como el carácter personal de la visita, hacen que los padres se muestren más dispuestos a dirigirse a él y no a otro cuando surjan dificultades. En estas circunstancias, lo mejor es defi nirla como una visita social para ver cómo es la familia; la cena com partida tiene que tener un carácter social. La discusión de los proble mas debe quedar reservada al consultorio; en el hogar, sólo se desta carán los aspectos positivos de la familia, y se disfrutará el momento.
Otro factor que motiva a los padres en la segunda etapa es la can tidad de esfuerzos que hicieron en la primera. Si han luchado entre sí y con el hijo a fin de enderezar las cosas, frente al subsiguiente fraca so del hijo reaccionarán como cualquier persona que se ha empeñado en lograr éxito en algo. Tomemos el ejemplo de un hijo drogadicto.
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Si es desintoxicado en un hospital sin intervención de la familia, los padres son meros espectadores; cuando el joven reincida, como ya lo ha hecho tantas veces, se sentirán decepcionados, pero en esencia el problema es de los especialistas. Si, en cambio, se dispone que la de sintoxicación se realice en el hogar y que los padres se hagan cargo del joven (como fomenté que se hiciera en un programa terapéutico para adictos), puede obtenerse un resultado muy distinto. Los pa dres, que han soportado todo el dolor y la angustia que les provocó el período de desintoxicación, se indignarán en caso de que el joven vuelva a la heroína, viendo desperdiciado todo su esfuerzo, y es más probable que le insistan en que debe corregir su vida.
Errores
Es más fácil sugerir qué debe evitar el terapeuta que indicar lo que debe hacer en esta situación, debido a que surgen hechos imprevisi bles. Pueden describirse algunos errores corrientes —errores en el sen tido de que causan dificultades en vez de conducir al éxito—.
1. Todo tratamiento que define a la persona como anormal tien de a perpetuar el problema. La familia queda cristalizada en esta eta pa de su vida: el hijo se queda en casa y los padres no avanzan hacia una nueva etapa de su matrimonio.
2. Es un error que el terapeuta explique o interprete a los padres lo que él piensa que está aconteciendo. Mejor es presumir que ellos lo saben, pero no pueden dejar de actuar como lo hacen. Si se les señala que se aferran al hijo por sus problemas conyugales, habitual mente se defenderán de esa acusación protestando que es el hijo el que realmente constituye el problema. Como la acusación ha turba do a los padres, el hijo estalla con su inconducta a fin de estabilizar los. Entonces todo el mundo puede señalar como un hecho obvio que es él, y no sus padres, el problema.
A veces conviene explicitar que el joven incurre en su inconducta por temor de que los padres se separen, pero-el terapeuta sólo debe ' hacerlo cuando su relación con los padres sea lo bastante buena co mo para que estos entiendan que está en lo cierto y se dispongan a enfrentarlo. (Este proceder se ilustra en la sesión que reproduciremos . en el presente capítulo.) El propósito de su comentario no es ayudar a los padres a que comprendan lo que sucede, sino forzarlos a abor dar la cuestión de modo más directo.
3. Es un frecuente error el de no definir bien las tareas o no acla rar las cuestiones. Para que la terapia se mantenga centrada en torno del problema, el terapeuta debe focalizarse en “bits” o fragmentos concretos de conducta. Si se entabla una charla sobre puericultura, o los problemas actuales de los jóvenes, u otros asuntos generales, no se hace sino perpetuar una situación anormalmente estable. El cam-
bio sobreviene cuando los actos son definidos, se les fija una fecha para que acontezcan y determinadas consecuencias si no se los cum ple.
4. El terapeuta promedio no debe procurar mostrarse inteligente, dar directivas ingeniosas o realizar intervenciones paradójicas. Las cartas del triunfo son las de un claro y simple énfasis en que el joven vaya al trabajo o a la escuela, y de que los padres se hagan cargo de quien vive bajo su mismo techo.
5. No hay que tratar el abandono del lugar por el joven como una amenaza para los padres, pero debe mencionarse —preferiblemente, en forma casual— la perspectiva en las primeras sesiones, para que to do el mundo sepa que en definitiva habrá que aceptar ese hecho. Sin embargo, si el joven amenaza con dejar el hogar, o si los padres afir man que debería hacerlo, el terapeuta replicará de inmediato que no hay prisa, y que la partida del joven debe organizarse bien.
En general, la manera de proceder consiste en empujar a los pa dres para que se hagan cargo y luego replegarse y ver si lo hacen es pontáneamente. Si no lo hacen, deberá empujárselos de vuelta. Uno de los objetivos es lograr que ellos definan en forma espontánea su matrimonio como un asunto que les incumbe a ellos y no a su hijo. Al obrar así, trazan la línea demarcatoria de las generaciones, corri gen la jerarquía y liberan al joven de la relación triangular que esta bleció con ellos.