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Chapter 3: Field Studies Of Variation In Foundation Support

3.5 MI I-96: Field Data of Support Condition

3.5.1 MI I-96 Project Background

I

L a crisis de las ciencias, hoy convertida ya en conversa­

ción de mercado, se hace visible sobre todo en aquellas ciencias empíricas que, como la historiografía o acaso la so­ ciología, se dedican a la investigación de los nexos espiri­ tuales, a la explicación del obrar sensible de los hombres. En el curso de su progresivo despliegue durante el último siglo, se ha demostrado que la realización de su pretensión

1 La primera publicación de este artículo en la Frankfurter Zeitung iba precedida de la siguiente nota de la redacción: “El artículo que sigue estaba ya escrito cuando llegó la dolorosa noticia del prematuro falleci­ miento de Ernst Troeltsch. La ciencia alemana pierde con Troeltsch un sabio provisto de todo el saber histórico, filosófico y teológico de su tiempo, que, merced a una feliz unión de fuerza investigadora y don pa­ ra la creación, se hallaba capacitado como pocos para una visión abarca- dora de los grandes contextos de la historia del espíritu europeo, sin perderse en la sobreabundancia de la materia. Va de suyo que la impor­ tancia de los logros científicos de este espíritu enorme, y plenamente ac­ tivo hasta el final, no queda afectada por la siguiente crítica en cuanto a su visión del mundo”.

de poseer una validez universal, que debían sostener para afirmarse como ciencias, encuentra dificultades aparente­ mente insuperables. Puesto que si lo que buscan, a fin de salvaguardar su objetividad, es limitarse puramente a la ob­ tención de conocimientos libres de valores, entonces caen en un formalismo conceptual vacío de contenido, o bien en una inmarcesible infinitud de interminables constataciones fácticas, para, no obstante, terminar enredándose en valo­ raciones; pero si abordan de antemano su materia en tér­ minos axiológicos, caen desde el principio en una manera de considerar las cosas que, desde el punto de vista de la ciencia actual, habría que calificar de subjetiva, puesto que, en efecto, los valores mismos no son susceptibles de funda- mentación científico-objetiva. A partir de este dilema: o una acumulación de materiales carente de sentido, o un ine­ vitable relativismo -un dilema cuyas consecuencias se han hecho muy sensibles-, se explica suficientemente el “odio a la ciencia” que siente la parte mejor de la juventud acadé­ mica actual. Esta, que aspira a la cercanía vital de los con­ ceptos, a la gran visión conjunta de los productos espiri­ tuales, pero que aspira, sobre todo, a un para qué sustraído a toda skepsis, se siente desengañada por el hecho de que precisamente las ciencias que se ocupan del ser y el aconte­ cer espiritual no sean capaces de satisfacer su aspiración, de modo que se subleva contra la especialización que se le impone y contra la coacción del pensamiento relativista, y no raramente llega hasta la protesta apasionada contra esas ciencias en general. Lo que sucede es que con ello se olvida con demasiada frecuencia que tal vez sus reclamaciones no puedan en absoluto ser satisfechas por la ciencia, y que,

por otro lado, las ciencias mismas no son sino una expre­ sión parcial del conjunto de la situación espiritual en que hoy nos encontramos.

Max Weber y Ernst Troeltsch, ambos afectados por los apuros de la conciencia de la joven generación, se han en­ frentado a esta amenazadora crisis y han planteado de nue­ vo la cuestión de las tareas y los derechos que asisten a su ciencia, hoy empujada al banco de los acusados, para se­ guir existiendo. Troeltsch, por comenzar con él, en el pri­ mer libro de su nueva obra: E l historicismo y sus pro­

blemas, que acaba de aparecer, emprende una especie de

rehabilitación del pensamiento histórico y de la filosofía de la historia; en efecto, lo que le importa es despejar las dudas que se suscitan en torno a la visión historicista del mundo, según la cual todas las instituciones y los valores deben ser derivados a partir de un devenir siempre históri­ camente concebido, y protegerla de las sospechas de una juventud que se ha hecho ahistórica. Con este propósito desarrolla su particular teoría, que él considera a salvo de todo ataque, sobre el sentido y la esencia de la filosofía de la historia, enlazando a ella, a título de aclaración de sus posiciones, una extensa exposición de los sistemas históri- co-filosóficos desde Hegel y Ranke hasta Croce y Bergson. Esta primera visión crítica del conjunto de la historia del historicismo es atravesada por el soplo de una corriente ciertamente vigorosa; evidencia, además, la tantas veces acreditada maestría de Troeltsch en la organización de enormes masas de materiales, y confirma por doquier -b as­ ta con mencionar su disertación sobre la dialéctica marxis-

ta- su arte de la exposición de lo esencial. El libro entero, considerablemente extenso, está pensado como un estudio preliminar en el que se sientan las bases materiales de una filosofía de la historia que Troeltsch esperaba presentar en pocos años.

Por importante que fuese la apreciación del conjunto de la obra de Troeltsch, y en particular los difícilmente so- brevalorables análisis históricos, en este contexto habre­ mos de limitarnos a discutir su tentativa de solución del problema nuclear del pensamiento histórico y, con ello, de los principios de su toma de posición ante la crisis de la ciencia. Después de que un minucioso examen de los con­ ceptos de objeto histórico y de desarrollo histórico, cons­ titutivos de toda consideración de la historia, nos ha con­ ducido a la demostración, en conjunto inobjetable, de que la vida histórica se resiste a ser dominada por medio de categorías científico-naturales, Troeltsch procede a mos­ trar la debilidad de los argumentos que afirman la necesi­ dad de una interpenetración de historicismo y relativismo. Hay que reconocer que Troeltsch profundiza realmente en . el problema y lo lleva hasta el punto decisivo. Acertada­ mente muestra que el proceso histórico-universal, sólo cu­ ya comprensión hace posiblé, en efecto, la interpretación del acontecer histórico singulár, no es concebible, en cuanto que absoluto, de un modo puramente contemplati­ vo, sino que su comprensión, como la de cualquier nexo de sentido en general, se-funda más bien, por principio, en unas convicciones axiológicas que, por su parte, depen­ den del respectivo punto de vista del contemplador. Aho­ ra bien, puesto que el proceso histórico-universal se ex­

tiende hasta el presente y, más allá de él, en el futuro, su construcción presupone siempre decisiones axiológicas del hombre que se encuentra en el presente y orientado hacia el futuro; su formación, por emplear la expresión de Troeltsch, está ligada necesariamente a la “síntesis cultural del presente”. Pero ¿de dónde obtener los criterios axio- lógicos en que se funda esta “síntesis cultural” ? Troeltsch, quien sencillamente no puede pensar que éstos sean de un carácter absoluto y supratemporal, se vuelve en términos mordaces contra el “misticismo fantástico” de una juven­ tud que preferiría huir de la historia para retornar a “dog­ mas absolutos” y “autoridades religiosas”, y se ve así em­ pujado al círculo vicioso consistente en que la “síntesis cultural” habría de surgir del mismo curso histórico a cu­ ya explicación debe servir. Es obvio que con la sola “auto- conciencia histórico-científica” no se ha alcanzado mucho todavía; para hallar los criterios que se buscan, a esa auto- conciencia ha de asociarse la “intuición” que se apoya en ella, que prorrumpe desde las profundidades de la perso­ nalidad presta a la decisión y posibilita a ésta el estableci­ miento de los fines del presente. Así pues, para la produc­ ción de la “síntesis cultural” se necesita del “riesgo” de la intuición, un riesgo que Troeltsch trata de justificar una y otra vez a través de una apelación a Kierkegaard. En efec­ to, piensa, la doctrina kierkegaardiana del “salto” signifi­ caría sólo que todo depende del salto decisivo “mediante el cual, en virtud de nuestra propia decisión y responsabi­ lidad, desde el pasado alcanzamos el futuro” . Con todo, no deja de añadir que el resultado de la intuición sólo lle­ varía consigo una “necesidad objetiva interna” cuando el

sujeto del salto se arrojase desde la plataforma de un segu­ ro saber histórico. Pero si éste es el caso, según Troeltsch, a los criterios así obtenidos, y a pesar de su condicionali- dad temporal, les es inherente una significación metafísica que les libera de la envoltura del pensamiento relativista. “Esos criterios así formados se separan [...] del mero sub­ jetivismo por su profunda y vivida empatia con el todo histórico del que son resultado, y por la certeza de haber captado una tendencia interna de su desarrollo, un inter­ no movimiento de la vida del Todo o de la divinidad.” Pa­ ra la fundamentación de esta teoría, Troeltsch asume (en referencia a Leibniz y Malebranche) que el espíritu finito como mónada participa del infinito, de manera que esta­ ría, por tanto, capacitado para encontrar en cada instante un sentido de la historia universal que respectivamente debería ser concebido como expresión de la razón del mundo. Así pues, en resumidas cuentas, su tentativa de solución de nuestro problema consiste en que, ciertamen­ te, abandona la idea de la validez general de la “síntesis cultural del presente” , pero, con la ayuda de una interpre­ tación metafísica, cree poder concederle a pesar de todo un rango elevado sobre lo meramente relativo. -Sólo ha­ bría que añadir que, en sus ulteriores investigaciones, Troeltsch llega también a una limitación de la materia his­ tórica que viene a ser consecuencia de sus convicciones de principio. Dado que para él la historia sólo ha de tomarse en cuenta en la medida en que muestra contenidos unifor­ mes de sentido, provistos de significación para el presente, va de suyo su restricción del tema de la historia universal al desarrollo de la cultura europeo-mediterránea; además, a

fin de sacudir la disciplina y liberarla de adicionales cargas de materia, recomienda predominantemente el cultivo de una historia de los poderes espirituales fundamentales que siguen obrando en el presente, cuya derivación a partir del pasado no sería, pues, necesaria para la comprensión de la actual situación político-económico-jurídica.

Así como estas pocas indicaciones permiten ya recono­ cer hasta qué punto ha calado Troeltsch una serie de erro­ res en los que la lógica formal de la historia y la filosofía de la historia han caído víctimas con bastante frecuencia, tam­ bién dan sobrado testimonio de su certero saber de las an­ tinomias del pensamiento histórico. Aquí la cuestión estri­ ba sólo en si su presunta superación del relativismo puede ser efectivamente corroborada. Si esto fuera así, la crisis de la ciencia habría terminado y el “odio a la ciencia” de la juventud quedaría sin objeto. Del relativismo, enseña Troeltsch, se escapa recogiendo en el salto de la intuición los criterios que sirven para la construcción del proceso histórico, salto que traslada al que salta al corazón de la “creadora vivacidad de la voluntad divina”. Pero, si bien es verdad que esta concepción presta algún brillo metafísico a la propia decisión valorativa, por eso mismo, cuando se la considera -como aquí corresponde- en términos puramen­ te científico-objetivos, en modo alguno descarta la simultá­ nea presencia de otros criterios axiológicos asimismo obte­ nidos sobre la base de una experiencia histórica y que por ello pueden todos juntos, sin distinción, reclamar para sí la pretensión de una significación por encima de lo relativo. Se ve, por tanto, cómo en el relativismo necesariamen­ te asociado al acontecer histórico, a pesar del intento de

Troeltsch de reinterpretarlo, no se cambia ni una jota, sino que, más bien, todo queda como estaba.

Pero ¿por qué? Porque Troeltsch -aunque no es éste el punto esencial- en absoluto lleva realmente a cabo ese sal­ to. Mientras que Kierkegaard, su testigo principal, sí salta efectivamente; sin querer, como Troeltsch, asegurar a su in­ tuición una “necesidad objetiva interna” a través de una “autoconciencia histórico-científica”, se decide por aceptar, precisamente en virtud de su absurdidad, la paradoja de que lo. eterno ha ingresado por una vez en el tiempo, y así, desde luego, salta en medio del absoluto. Sin embargo, lo que con ello ha encontrado es el punto arquimédico ex­ terior al proceso histórico y nada le llevaría ya, como a Troeltsch, a hincar otra vez en la historia ese absoluto que ha logrado apresar, para de ese modo relativizarlo de nuevo. ¡Qué profundamente malentiende en esto Troeltsch a Kier- kegaard! “Si Kierkegaard [...] en este salto”, declara con sentimiento de superioridad, “se arroja a una [...] cristian­ dad ascética, entonces, sin duda, es que sigue siendo efecti­ va la necesidad instintiva de autoridades absolutas junto a todo lo demás”. ¡Una necesidad instintiva! Como si Kier­ kegaard hubiera arriesgado el salto por necesidad instintiva y no por desesperación, como si por eso hubiera tenido que saltar sólo un poco para luego, con la ayuda del criterio axiológico felizmente resultante, volver a asumir aquella misma especulación histórico-filosófica de la que precisa­ mente pretendía escapar mediante su salto. Troeltsch, sin embargo, quiere ambas cosas: saltar fuera del relativismo y, a la vez, mantenerse como científico en lo condicionado y cultivar la historiografía. Lo que se le escapa es el hecho de

que, no bien entra en relación con el absoluto, el historicis­ mo se hace imposible, y que, a la inversa, allí donde éste tiene lugar queda inexorablemente cerrado el acceso al ab­ soluto. Demasiado asediado por las acusaciones de la ju­ ventud contra la ciencia para conceder, consolado, que el pensamiento histórico no puede nunca más, por sí mismo, forzar al absoluto a mantenerse dentro de su círculo de in­ fluencia, intenta pese a todo reunir lo que no puede ser reunido, y de este modo se enreda en un círculo aparente cuya aparente disolución tiene que conducirle en términos conceptuales a un engorroso compromiso. Pues un com­ promiso es maquillar aun posteriormente con xana significa­ ción absoluta, y sólo en aras de conferirles un aspecto más imponente, síntesis culturales y criterios axiológicos extraí­ dos de la historia y empotrados en ella. Las interpretacio­ nes metafísicas de Troeltsch no demuestran sino una cosa: que el teórico de la historia no puede, como tal, escapar a lo relativo, y que ha de guardarse mucho de confundir el salto de la intuición con el salto a lo absoluto. La relativi­ dad de la síntesis cultural de Troeltsch arrastra consigo, na­ turalmente, la relatividad de la elección de sus materiales.

II

Max Weber, según la acertada caracterización de Troeltsch, “uno de los más grandes hombres de Alemania y uno de los más completos, a la vez que metodológicamente más rigurosos sabios de la época”, ha declinado brus­ camente asumir compromisos de la índole de los que

Troeltsch contrae. A partir de sus artículos de teoría de la ciencia que -incluida la conferencia de Munich, La ciencia

como profesión, desencadenante de la llamada “disputa de

la ciencia”- se encuentran ahora por fin reunidos, su posi­ ción negativo-religiosa se hace manifiesta en todo su poder demoníaco. Weber ha experimentado tanto como cual­ quiera el sufrimiento de la juventud por el “desencanto del mundo” acarreado por la ciencia, pero él sabe también que el anhelo de la juventud por el absoluto no puede ser cal­ mado por la ciencia misma. Más profundo que Troeltsch en esto, por más radical, considera que el salto al absoluto es un salto que lleva por encima del abismo hasta el ámbito de la fe y, con ello, conduce definitivamente fuera del ám­ bito de la ciencia; y explica sin rodeos -un Kierkegaard de signo inverso- que “la tensión entre la esfera de los valores de la ‘ciencia’ y la de la salvación religiosa es insalvable”. Sin embargo, vistas desde la ciencia, todas las decisiones axiológicas, todas las propuestas de fines para nuestra ac­ ción son por necesidad relativas, de modo que la ciencia, si es que quiere ajustarse a su ideal de objetividad, ha de limi­ tarse puramente, con exclusión de toda valoración, a la comprobación de los encadenamientos de los estados de las cosas y de los hechos, de los nexos estructurales inter­ nos de los bienes culturales, etc. Para él, éste es un asunto de “integridad intelectual”, e implica el rechazo de toda “profecía de cátedra” científicamente disimulada que se atreva a formularse en las aulas, algo que podría anunciar “sólo un profeta o un salvador” .

Este proceder, en función del cual aspira Weber a al­ canzar una comprensión del acontecer objetiva y dotada de

sentido, sólo puede quedar aquí esbozado, y su problemá­ tica sólo rozada. Para Weber está de antemano constatado que el enlace causal, sin excepciones, de la serie infinita de los acontecimientos -un enlace, por lo demás, de cuya evi­ dencia duda Troeltsch con buenas razones- no puede nun­ ca quedar iluminado en el seno del mundo espiritual, y que, por ello, habría que limitarse a la comprensión inte­ lectual de fragmentos seleccionados del inagotable contex­ to de la experiencia. Con este propósito simplifica y esque­ matiza Weber el confuso contexto que en cada caso se le presenta (como, por ejemplo, el “cristianismo” o el “capi­ talismo”), en tanto que a partir de él, mediante el unilateral subrayado de algunos de sus aspectos, obtiene una u otra imagen intelectual, no real, no autocontradictoria: el llama­ do tipo ideal (como, por ejemplo, el “tipo ideal” del “capi­ talismo"), que luego, merced a su carácter inequívoco y plenamente inteligible, puede servir como punto de parti­ da de cara a la comprensión de la realidad. Las construc­ ciones de tipos ideales, cuya cantidad es ni más ni menos ilimitada que la de los valores a los que se deja remitir la realidad a investigar, asumen en su mayor parte la forma de una “racionalidad conforme a fines” , esto es, nos dicen có­ mo discurriría una acción si, no influida por afectos, persi­ guiera un determinado fin (por ejemplo, el provecho eco­ nómico) de una manera puramente racional; pero también allí donde no es éste el caso descansan siempre en tal “si”, pues, en efecto, para la exposición de cualquier estado de cosas ideal-típico, a la diversidad de la experiencia deben antes someterse por necesidad determinadas condiciones.

Ahora bien ¿cómo llega a explicarse, con la ayuda de estas construcciones ideales, la realidad misma? Según Weber, su comprensión objetiva se alcanza mediante el cotejo del respectivo nexo de experiencia con la construcción ideal- típica de él abstraída, constatando en qué medida coincide con ella o se aparta de ella, y así, con el empleo permanen­ te de los inequívocos conceptos ideal-típicos, se va desen­ marañando poco a poco el nexo de que se trata, cosa que

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