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CHAPTER 2 LITERATURE REVIEW

2.2 Mechanistic Permanent Deformation Prediction Models

2.2.5 Micro-structural Viscoplastic Continuum Model

Si el Dios que presenta la Biblia existe, sus adoradores acabare- mos reconociendo el punto de vista bíblico sobre la revelación. Y, concretamente, sobre la revelación especial.

Es evidente que la revelación general de Dios en las obras de la naturaleza resulta insuficiente después de la entrada del pecado en el mundo. La caída es una doctrina enseñada por la Biblia, y esta realidad exige una revelación especial si hemos de entender nuestra situación y las intenciones de Dios de establecer relaciones de pacto o alianza, como expresión de su gracia redentora. Si el hombre tiene que ser salvado de su situación caída, Dios ha de obrar en la historia –iniciando una historia de salvación en medio de la historia de los hombres– mediante una revelación especial de su gracia redentora.

Si admitimos la condición caída del hombre, reconoceremos tam- bién que su subjetividad –ensuciada por el pecado– no puede ser una guía segura para descubrir los propósitos de Dios. Lo que el ser humano piensa y siente está sujeto al error y es generador de falsas religiones… O Dios habla o permaneceremos a oscuras para siempre.

El liberalismo (modernismo) teológico que niega, implícita o explí- citamente, la revelación especial y, consecuentemente, la inspiración y autoridad de la Biblia, pretende no obstante hacer teología sin una norma que le permita distinguir entre el Espíritu de verdad y el espíritu de error.

La actividad salvadora de Dios requiere una revelación objetiva en hechos históricos y en palabras veraces que interpreten dichas

intervenciones de Dios en la historia de los hombres. No es suficiente apelar a las experiencias religiosas. El hombre, como ser caído, precisa lo que el salmista expresa con bellas palabras: «Contigo está el ma- nantial de la vida; en tu luz veremos la luz» (Salmo 36:9). No es suficiente que haya luz; es menester que, asimismo, seamos capaces de ver. Esto es una gracia. Como lo es también la luz que nos trae la revelación especial. Solamente esta clase de revelación que los cristia- nos creemos tener en la Biblia es objetiva –y, como tal, capaz de corregir nuestros subjetivismos. Sólo esta revelación especial puede constituir una norma –una codificación canónica– de la interpretación de los grandes hechos salvadores de Dios.

La objeción del liberalismo teológico a la posibilidad de una revelación verbal directa en el sentido de que nuestro lenguaje, basado en los estrechos límites de nuestro horizonte experimental, es un lenguaje inadecuado para expresar la verdad divina, esta supuesta objeción ignora el poder de Dios por un lado –y el carácter de nuestro horizonte de experiencia vivido en el marco de la revelación general («los cielos proclaman la gloria de Dios»)– así como la inmanencia de Dios.

El liberalismo teológico asume que Dios no ha hablado, y menos todavía que lo haya hecho de una manera objetiva y definitiva. Es decir, verbalmente. En vez de este conocimiento revelado, recibido objetiva- mente, supone que el Espíritu se comunica de maneras no racionales a cada ser humano mediante experiencias distintas e impresiones fuer- temente individuales. En otros casos es la razón endiosada, elevada como norma suprema; por encima incluso de cualquier palabra revelada como la que pretende tener la Biblia.

Y, sin embargo, el modernismo persiste en hacer «teología cristia- na» y proclamar pronunciamientos teológicos. Es por ello que nos atrevemos a preguntar a la teología liberal: ¿cómo sabéis que lo que afirmáis es verdad? Vuestra base la forman unos valores culturales en constante mutación y unos impulsos subjetivos que os llevan al rechazo del cristianismo histórico.

La teología liberal impone su propia racionalidad a la racionalidad de la Escritura, y su personal sensibilidad moral sobre la enseñanza de la Biblia. Y lo hace a veces sincretísticamente –adaptando la teología a los a prioris de las modas filosóficas– o bien eclécticamente –tomando de aquí y de allí– y seleccionando lo que juzga como digno de ser aceptado por el gusto prevaleciente.

Por regla general, el modelo empleado es el que se deriva de la propia experiencia que, de manera acrítica, asume e identifica como la auténtica experiencia cristiana. Esto es normativo para el teólogo de este signo, pues cree que, a su manera, es revelacional.

Pero, ¿cómo puede negar la revelación especial en aras de sus propias ideas subjetivas? Todas las experiencias, todos los sistemas ideológicos –por divergentes que sean– ¿no son todos igualmente válidos para ellos, contradictoriamente, a pesar de su falta total de criterios y normas objetivos?

Negar la autoridad de la Biblia, su inspiración y su valor de norma, canon, significa el triunfo del subjetivismo racionalista, místico o, sim- plemente, entusiasta que abandona la «espiritualidad» a toda clase de fantasías y falsedades y la deja libre de todo control. Y así nos encon- tramos con una cacofonía de pretensiones que compiten para darnos su propia versión de lo que, a su juicio, es el cristianismo qué significa. La apelación ocasional al texto bíblico suele ser muy selectiva. Con ello, el teólogo liberal trata de justificar lo que, por otros caminos y razones independientes, cree que es verdad. Para esta clase de teolo- gía, la Biblia no es el depósito de la revelación especial, sino un testimonio meramente humano de las experiencias religiosas y de las reflexiones sobre cuestiones divinas y humanas de gentes con un alto sentido de lo numinoso.

Lo grave es que dichos conceptos han llegado a calar en muchos círculos que verían con desagrado el ser tildados de liberales teológicamente. En numerosas introducciones a modernas ediciones de la Biblia, leemos cosas como las siguientes:

«La primera parte de la Biblia explica la experiencia religiosa del pueblo de Israel; allí encontramos sus interrogantes y sus oraciones, sus convicciones y sus leyes… El A.T. es un conjunto de tradiciones que se han ido enriqueciendo a lo largo de los siglos con la meditación de nuevos acontecimientos históricos interpretados a la luz de las mismas antiguas tradiciones, y que continuó siendo reinterpretado después de su conclusión literaria».

Y al llegar al N.T., se sigue en la misma línea:

«Los Evangelios son fundamentalmente testimonios de la fe de las comunidades cristianas».

Sin negar la parte de verdad que encierran estas afirmaciones cuando son dichas en contextos en los que, simultáneamente, se reco- noce de forma explícita la inspiración y, consecuentemente, la natura- leza reveladora de los textos bíblicos, es un hecho que cuando sólo se dice lo que acabamos de citar, el resultado es un manifiesto de la teología liberal. Las Escrituras no son ya la Palabra que engendra a la Iglesia, como predicaba Zwinglio, sino que son «testimonios de fe» y de experiencias religiosas, de judíos y de cristianos, que darán lugar al libro que llamamos Biblia. Al pensar así, se está con Bultmann.

La antítesis básica entre la religión que enseña la Biblia y el libera- lismo teológico debiera ser algo evidente para todos los cristianos. Y, sin embargo, no lo es; por diversas causas, que no es el momento de considerar aquí y ahora. Pero la antítesis es contundente para todo el que quiera verla. Por un lado, la convicción de que Dios ha hablado y se ha revelado; por otro lado, las religiones de la perpetua búsqueda de la trascendencia divina a través de inefables experiencias racio- nalistas o místicas para las cuales los textos bíblicos no pueden ser más que, en el mejor de los casos, meros indicadores falibles. Perdida toda objetividad y toda norma, cada uno se hace la religión a su manera. Lo que resulta incorrecto es aplicar el calificativo de «cristiana» a cada una de estas mil y una versiones de una fe cocinada al gusto del consumidor.

En el esquema bíblico, la revelación especial, mediante la Palabra, viene conjuntamente con la actividad redentora de Dios. La misericordia del Señor se manifiesta en la doble vertiente salvadora y reveladora. La Palabra interpreta y aclara la acción redentora. Dios da testimonio de sus poderosos hechos a través de sus profetas inspirados, dándonos el significado de todo cuanto la gracia divina ha llevado a cabo. La revelación especial se desarrolla en la historia como una revelación progresiva que transmite una serie de relatos sobre la realización y consumación de los propósitos de Dios.

Y esta revelación especial es canon, norma, para los cristianos. No se trata meramente de un relato de la religión judía ni de la historia religiosa de un pueblo determinado. De lo que se trata es de una narración normativa, canónica, que conlleva una interpretación inspi- rada de los tratos de Dios con el ser humano. Es así como constituye la base de la fe para cuantos nos sabemos llamados por el Señor a una relación de pacto con él, como la tuvo primeramente con Abraham

y luego con todos sus siervos. De esta manera, la revelación especial es constitutiva de nuestra identidad como hijos de Dios, discípulos de Jesucristo y siervos de la verdad que el Espíritu Santo ha dado como fundamento de la Iglesia (Ef. 2:20). Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, nos apoyamos constantemente en él, dado que constituye la única base sólida para saber la voluntad de Dios.

De ahí que acudamos a la Biblia continuamente.

La Sagrada Escritura nos enseña una teología bien definida sobre Dios: eterno, autoexistente, trascendente, infinito, personal, Creador, moral, omnipotente, omnisciente, omnipresente, y Trino. El concepto bíblico de Dios se separa del panteísmo, del politeísmo, del islamismo y de todos los «ismos» que la fantasiosa imaginación humana ha puesto en circulación.

La clase de Dios que se revela en la Biblia no hubiera podido ser conocido si no se hubiese revelado a sí mismo. No podríamos tener el concepto de Dios que tenemos si no lo hubiéramos aprendido de Dios mismo a través de la Biblia.

La misma existencia de la Biblia con su descripción concreta, e inconfundible, de Dios, presupone que tal Divinidad existe y que se ha revelado a sí misma. De hecho, la existencia de este Dios presupone que el Universo, como creación suya, dice algo de él. Es lo que entendemos por revelación general de Dios en las obras de la naturale- za (Romanos 1:18-32). Pero esta revelación general no es redentora, antes al contrario, se nos vuelve en contra, pues se convierte en acusadora de nuestra incredulidad. Negar que el mundo creado revela al Dios creador es negar al Dios que se revela en la Biblia. Una cosa es afirmar que la revelación general no es redentora y otra cosa muy distinta, que no es reveladora. Revela, pero no salva. De ahí la nece- sidad de la revelación especial que revela y redime. La insuficiencia de las huellas de Dios en la naturaleza hace necesaria una revelación más eficaz para una raza caída que en su ceguera ha perdido de vista a Dios.

Porque hablar de la insuficiencia de la revelación general es hablar, en realidad, de nuestra insuficiencia pecaminosa para reconocerla. Esta insuficiencia no se halla en la revelación de la naturaleza, sino en nosotros. El problema radica en la condición actual del ser humano; su incapacidad moral y espiritual que la Biblia denomina pecado por errar el blanco de los propósitos divinos. La insuficiencia es una falta

en el hombre, no en la revelación objetiva de Dios en las obras de su creación. Una ceguera culpable de la que sólo podremos salir por medio de la gracia de Dios manifestada tanto en sus hechos salvadores como reveladores.

Si la Biblia no es la Palabra de Dios, el teísmo cristiano se cae por los suelos. Resulta imposible mantener la fe de Jesucristo sin una palabra segura de su parte. El teísmo, si quiere ser verdaderamente cristiano, tiene que ser bíblico.

Sin embargo, si creemos que hemos sido hechos a imagen de Dios –una imagen actualmente estropeada, pero no eliminada, por el pecado– para tener comunión con nuestro Creador, entonces tenemos que creer que Dios ha hablado, que se ha revelado a sí mismo. En las obras de la naturaleza y en las Sagradas Escrituras. El Dios redentor es el mismo Dios revelador. Su preocupación para iluminar nuestras tinieblas no es menor que su esfuerzo por salvarnos. Esta convicción se halla en la base de nuestra constante apelación a la Biblia como Palabra de Dios plenamente inspirada, regla segura e infalible para la fe y la vida.

Cristo es el centro y la culminación de toda la revelación bíblica. El teísmo cristiano es cristocéntrico o no es nada. La persona y la obra de Jesucristo constituyen las realidades centrales y definitivas de la revelación especial. Todas las demás revelaciones especiales y reden- toras del A.T. no son más que anticipos, preparación y progreso hacia Jesucristo. Y es Cristo quien garantiza la validez de las Escrituras del Antiguo Testamento cuando espera de sus contemporáneos que le en- tiendan y le interpreten en términos de los Escritos Sagrados de Israel. Jesucristo enseñó que estas Escrituras daban testimonio de él y que su ministerio era el perfecto cumplimiento de las promesas de la Ley y los Profetas. Autointerpretó su obra como la culminación de la historia de la salvación y definió a su pueblo como el pueblo de la nueva alianza. Las primeras revelaciones no fueron más que la promesa que en Jesu- cristo llega a su perfecto cumplimiento con lo cual se pone de manifiesto todo su significado revelador. Jesús entendió que las Escrituras de la antigua alianza fueron dadas por Dios como preparación de su venida y, como a tales, tenían que ser normativas para sus discípulos para interpretar su persona y su misión. El significado de su vida y de su obra no pueden ser entendidos aparte de estas Escrituras. Porque el hecho histórico que representa Jesucristo se enmarca dentro de la

historia de la salvación y debe comprenderse como el mismísimo Espíritu de Dios que habla por medio de sus profetas y, finalmente, en el Hijo (Hebreos 1:1ss; 1 Pedro 1:11).

«Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudri- ñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo y las glorias que vendrían tras ellos».

Esta es la convicción, y el testimonio, de los apóstoles.

Consiguientemente, así como el verdadero teísmo presupone al Deus Revelatus, inmanente y trascendente, y así como ninguna teología de la revelación puede pretender ser cristiana si no está firmemente arraigada en la tradición apostólica, también toda verdadera teología de la revelación que se precie de cristiana debe afirmar el carácter de revelación especial que tiene la Biblia.

La Biblia es canon para el pueblo de Dios. Es el canon que estable- ce y garantiza el pacto, o alianza, del Señor redentor con todos sus redimidos.

Bibliografía

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B.B. Warfield. The Inspiration and Authority of the Bible, Grand Rapids, 1960.

José Grau. El Fundamento Apostólico, Barcelona, 1966.

La

traducción

Bíblica

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