Aun teniendo en cuenta la distinta calificación teológica de los múltiples enunciados del CCE, el texto en su conjunto se nos entrega como referencia segura para la fe y como presentación armónica del conjunto de la doctrina cristiana, tal como ha sido propuesto a la comunidad eclesial y al mundo entero por el Santo Padre en FD.60
En cuanto documento eclesial, asumido plenamente por el Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, el CCE puede incluirse en el magisterio pontificio ordinario.61
Está supuesto que el CCE no es el catecismo definitivo e infalible. Siempre será cierto que el catecismo pedido por el Sínodo pudo haberse hecho con otros redactores, con otra estructura y con otras acentuaciones.
Pero es el Catecismo de la Iglesia de hoy, para los fieles de hoy. Además, su peculiar rango magisterial hace suponer una asistencia especial del Espíritu Santo. Lo
58
Los primitivos Credos cristianos se estructuraban en torno al misterio trinitario. Nuestro actual Credo
“desarrolla un símbolo bautismal muy antiguo, que era esencialmente una profesión de fe en la Trinidad divina” (H. DE LUBAC, La Fe cristiana. Ensayo sobre la estructura del Símbolo de los Apóstoles, Salamanca 1988, 66). Cf. J.N.D.KELLY, Primitivos credos cristianos, Salamanca 1980.
59
Cf. J.HONORÉ, L’enjeu doctrinal, 872.
60
FD 3-4.
61
Si algún autor no lo considera magisterio pontificio en sentido estricto, al menos hay que convenir en que el CCE ha sido asumido por el Sumo Pontífice prácticamente como una tarea y una enseñanza perteneciente a toda la Iglesia, impulsada, seguida y rubricada por él de modo personal.
que realmente importa es que la misma Iglesia, Madre y Maestra, expresa en él su fe católica y perenne.62
“Dentro del universo teológico en el que giran todas las realidades que conforman la riquísima vida de la Iglesia, universo al que pertenece plenamente el Catecismo por su contenido, su lenguaje, su estructura, su finalidad, esta última le sitúa en un plano orbital determinado: el de las formulaciones testimoniales propias del munus docendi, dotadas de autoridad y autenticidad específicas, siempre de naturaleza distinta y superior a la de los enunciados de cualesquiera autores particulares”.63
No olvidamos, como sustanciosa añadidura, que el CCE ha sido elaborado por calificados redactores y consultores de distintas áreas culturales, habiendo tenido en cuenta, además, las 24.000 observaciones realizadas desde las Iglesias locales, y a través de un largo trabajo en el que se ha tenido constantemente la preocupación de reflejar con transparencia lo que la Iglesia siempre y en todas partes ha creído y ha querido vivir, según la Escritura y la Tradición apostólica. Difícil concebir un texto más complejo, por una parte, pero más madurado y participado, por otra. Con razón se ha dicho que “este libro representa un acto de «colegialidad» de los obispos y que en ellos la voz de la Iglesia universal nos habla en toda su plenitud como la «voz de muchas aguas» (Ap 19,6)”.64
Por este motivo respetamos la autoridad del CCE como distinta y superior a la de cualquier teólogo particular (por muy brillante que pueda ser), y lo recibimos con el obsequio religioso de nuestra gozosa filiación eclesial.
Si quisiéramos refrendar lo dicho acerca de la autoridad del libro, que tiene tanto que ver con la de su paternidad, añadiríamos estas palabras:
“Para encontrar una respuesta [a la pregunta por la autoridad del CCE] analicemos en primer lugar la estructura jurídica del libro más de cerca. Podríamos decir ahora que, como el nuevo Código, también el nuevo Catecismo es de hecho una obra colegial; aunque considerado desde el punto de vista estrictamente jurídico es obra papal, es decir, ha sido promulgado por el Santo Padre para la cristiandad en virtud de su específico poder magisterial. (...) El significado que el CCE posee efectivamente para la enseñanza de la Iglesia se puede deducir de la constitución apostólica Fidei depositum, con la que el Papa lo ha puesto en vigor el 11 de octubre de 1992, precisamente a treinta años de la apertura del Vaticano II:
62
Es notable la diferencia que se ha verificado entre la publicación del Catecismo de Trento y la del CCE. Este último ha sido promulgado con una Constitución apostólica (FD) y ha sido presentado con diversos actos que implican cierta solemnidad. En cambio la aparición del Catecismo tridentino fue discreta y el texto no estuvo revestido de particular autoridad por parte del Romano Pontífice. Cf. R.LANZETTI, The new Roman Catechism compared to the “Roman Catechism” of Trent, en Reflections, 201-202.
63
A.ARANDA, El Catecismo de la Iglesia Católica: algunas claves de lectura teológica, en ScrTh 25 (1993) 417.
64
«Yo lo reconozco como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial y como una norma segura para la enseñanza de la fe» (n. 4). Cada punto de doctrina que el Catecismo propone no tiene otra autoridad sino la que ya posee. Lo importante es el Catecismo en su conjunto: refleja lo que es la enseñanza de la Iglesia; rechazarlo en su conjunto, significa separarse inequívocamente de la fe y de la enseñanza de la Iglesia”.65
Dejamos de lado, porque no hace al interés de nuestro estudio, el listado de críticas al CCE, varias de ellas previas incluso a su aparición pública.66 Sin embargo, es interesante observar ciertos aspectos generales que permiten establecer una distinción entre los juicios negativos sobre el CCE.67
Algunos de los juicios desfavorables más comunes se refieren a ciertos contenidos concretos del CCE, especialmente de la tercera parte. Otros censuran el lenguaje empleado, que pareciera ser demasiado conceptual. Y otros juicios se refieren a la oportunidad de un catecismo universal en un mundo culturalmente tan diversificado.
Además, algunas críticas cuestionan no sólo la conveniencia del catecismo en el momento actual, sino también –y más radicalmente aún– la misma posibilidad de un catecismo universal. Lo que está bajo sospecha es la capacidad de un lenguaje conceptual para expresar una verdad universal y siempre válida. Se piensa que, en definitiva, cada cultura, con su propio lenguaje, tendría que expresar su propia fe, sin pretensiones de validez universal en absoluto. Según esta tendencia –tan influyente en nuestro mundo de hoy– la débil y siempre relativa capacidad de comunicación del lenguaje humano debería conducirnos a la sospecha sobre la validez universal del mismo mensaje anunciado. La evangelización y la catequesis no podrían transmitir más que información y experiencias “locales”, comprensibles sólo para un sector cultural, pero siempre sometido a una nueva y esencialmente distinta formulación. De modo que
65
Ibid., 58.
66
Un ejemplo notable: el número 224 de la revista Concilium 25 (1989). Un resumen –“con conocimiento de causa”– de las recriminaciones más comunes es el siguiente: “Fue criticada la pretendida manera centralizadora de preparación, lo que simplemente estaba en contradicción con la verdad histórica. Se descalificó el contenido mismo por ser estático, dogmático, «preconciliar». Se dijo que el Catecismo no ha tomado en cuenta el desarrollo teológico del último siglo, en particular el desarrollo de la exégesis; que no era ecuménico, que no era dialógico sino apodíctico y afirmativo. En consecuencia, no se podría hablar de la actualidad de su doctrina, ni en ese momento –diez años atrás–, y naturalmente menos hoy en día” (J.RATZINGER, Caminos de Jesucristo, Madrid 20052, 140). Cf. M.J.WRENN–K.D.WHITEHEAD, Flawed Expectations. The Reception of the Catechism of the Catholic Church, San Francisco 1996, 164-246.
67
Algunas críticas se refieren a aspectos formales y objetivos, como por ejemplo: traducciones defectuosas y citas de textos que no corresponden con el original. Es un hecho que en la primera edición española estos defectos abundan, y algunos de ellos permanecen en ediciones subsiguientes. Con base en estos errores y ante lectores sin discreción o con prejuicios adversos, algunos han pretendido desacreditar –injustamente– el contenido mismo del libro. A lo largo del trabajo señalaremos algunas dificultades más notables de la traducción española con respecto a la edición típica. Cf. J.L.LARRABE, El Catecismo de la Iglesia Católica. Mejorar la edición española, en Phase 33 (1993) 325-330; L. GARCÍA GARCÍA–J. GONZÁLEZ CASTELLANOS, El Vaticano II en el Catecismo de la Iglesia Católica (Reflexiones sobre la traducción española), en Studium Ovetense 24 (1996) 205-267.
la validez del pretendido catecismo se encontraría estrictamente limitada por las coordenadas del espacio y del tiempo, sin vinculación ontológica trascendente.
“Basándose en lo que sostiene la Gaudium et spes: «Una cosa es el depósito, o las verdades de la fe, y otra es el modo de formularlas, conservando el mismo contenido»,68 algunos han considerado que podían separar el contenido de una doctrina de fe y la envoltura conceptual o la formulación nocional, concluyendo que la formulación es siempre histórica, contingente y variable, mientras solamente el contenido debe considerarse permanente. En la misma línea de pensamiento se ha introducido el principio de interpretar el contenido de la verdad no como un elemento doctrinal, intelectualmente cognoscible, sino como algo indefinible por la mente humana, siempre más allá de cuanto la inteligencia creyente pueda alcanzar y comunicar de modo determinado, aun cuando con limitaciones”.69
En esta misma línea, y mirando más lejos, lo que está en discusión es el valor y la posibilidad misma de la encarnación del Verbo en la historia, en una cultura determinada, con un mensaje único y capaz de llegar a todos los hombres.70
Es claro que en estas sospechas e impugnaciones se manifiesta una profunda crisis metafísica que, finalmente, disuelve la noción misma de verdad. Es decir, ¿existe alguna verdad objetiva, trascendente y cognoscible, que debamos comunicar?
Hay una correspondencia lógica entre el “pensamiento débil”, el relativismo gnoseológico y la crítica radical –o al menos la antipatía– a un catecismo de valor universal.
Pero justamente debido a la influencia tan fuerte del relativismo como forma mentis de la cultura actual, que amenaza la certeza de la verdad y de la fe católica, se hacía más apremiante la aparición del Catecismo.71 Son vigorosas e iluminadoras a este respecto las enseñanzas de Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio, como, por ejemplo, cuando dice:
“La palabra de Dios se refiere continuamente a lo que supera la experiencia e incluso el pensamiento del hombre; pero este «misterio» no podría ser revelado, ni la teología
68
GS 62.
69
J.RATZINGER, Introducción a la Declaración “Mysterium Filii Dei”, en CDF, El Misterio del Hijo de Dios. Declaración y comentarios, Madrid 19932, 17-18.
70
Cf. J.RATZINGER, Situación actual de la fe y la teología [conferencia en Guadalajara, México, mayo de 1996], en L’Osservatore Romano(edición semanal en lengua española) 28 (1996) 564-566. Cf. CTI,El cristianismo y las religiones (1996),en ID., Documentos 1969-1996, Madrid 1998, 557-604; por lo que hace a nuestro presente interés habría que leer especialmente los nn. 8-23 del documento.
71
“In un tempo de scetticismo, di indifferentismo, di smarrimento di valori, il CCE rappresenta un punto di riferimento autorevole fondato sulle salde e gioiose certezze della rivelazione divina, come la fede in Dio Trinità e la sua presenza provvidente e salvifica nella storia e nella vita della Chiesa e dell’umanità. Costituisce, inoltre, una sintesi armoniosa del rinnovamento promosso dal Vaticano II (citato 767 nel CCE) e una efficace manifestazione della vivente comunione ecclesiale. La pubblicazione del CCE rinnova in modo nuovo il gesto degli apostoli circa la traditio del depositum fidei: ‘Vi ho trasmesso dunque, anzitutto, quello che anch’io ho ricevuto’ (cf. 1 Co 15, 3)” (A. AMATO, Il Catechismo nella storia, 43).
podría hacerlo inteligible de modo alguno,72 si el conocimiento humano estuviera rigurosamente limitado al mundo de la experiencia sensible. Por lo cual, la metafísica es una mediación privilegiada en la búsqueda teológica. Una teología sin un horizonte metafísico no conseguiría ir más allá del análisis de la experiencia religiosa y no permitiría al intellectus fidei expresar con coherencia el valor universal y trascendente de la verdad revelada.
(...).
En efecto, la fe presupone con claridad que el lenguaje humano es capaz de expresar de manera universal –aunque en términos analógicos, pero no por ello menos significativos– la realidad divina y trascendente. Si no fuera así, la palabra de Dios, que es siempre palabra divina en lenguaje humano, no sería capaz de expresar nada sobre Dios”.73
En el actual contexto cultural, por consiguiente, es muy importante afirmar que es posible expresar con instrumentos históricos y limitados “una realidad absoluta, universal y permanente, que puede y debe ser asumida y mantenida en todos los lugares y en todos los tiempos, más allá de todos los cambios sociales e históricos”.74 Y por lo mismo, es posible una expresión de la fe común a toda la Iglesia en los diversos lenguajes de las culturas, aun teniendo en cuenta las limitaciones propias de cualquier lenguaje humano. Podrá ser cierto que un idioma es más apto que otro para comunicar conceptos universales, pero esto no impide la real capacidad expresiva de un referente completo, claro y preciso de la fe, dirigido a todos los hombres, como es un catecismo de toda la Iglesia.
“La verdadera inculturación es un fenómeno secundario al de la transmisión de la fe. Cada generación, cada grupo, después de haber recibido la fe en un esfuerzo de comunicación (ofrecimiento y recepción), tiene que hacer poco a poco su propia asimilación de la fe, sometiéndose al juicio de la fe, purificando y transformando su propia cultura y desarrollando nuevas virtualidades de la fe y de la vida cristiana sin perder nada de sus contenidos ni comprometer en nada la plena comunión apostólica y universal, diacrónica y sincrónica.
(...).
Si existe la unidad de la fe, ésta tiene que ser de alguna manera formulable en términos seguros, verdaderos y universalmente comprensibles y aceptables. Todas las formulaciones de la fe tienen que incorporar el contenido único y común que ha querido expresar el CCE, dando así lugar a una especie de perijóresis católica, del mismo modo que las Iglesias particulares, para ser católicas, tienen que incorporar la plenitud de la Iglesia universal, apostólica y católica, presente en todas ellas”.75
72
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO I, Const. dogm. Dei Filius, IV: DS 3016.
73
Cf. FeR 83.
74
F.SEBASTIÁN AGUILAR, Buen uso y mal uso del Catecismo, en CatPosc, 272.
75