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Chapter 4: Results and Discussion

4.2 Drug Delivery Device Development

4.2.1 Microbead Model

Según el teólogo alemán, Hans Kessler, podemos distinguir en los relatos de las apariciones del Resucitado tres temas predominantes, uno en común y otros dos que los distinguen. El tema principal y común a todos los relatos es también el fundamental en las fórmulas más breves que se encuentra en los demás textos del Nuevo Testamento: Cristo, o el Señor, “resucitó y se ha aparecido”. Su principal objetivo es confirmar la resurrección de Jesús y su libre voluntad de salir al encuentro de sus discípulos39.

Los otros dos temas son la misión y el reconocimiento, que por su estructura literaria y temática hacen posible dividir los relatos de apariciones en dos grandes bloques.

◆ El tema de la misión agrupa los relatos en los que el Resucitado es inmediatamente reconocido. En ellos es central el encuentro con el Resucitado40, que renueva la fe de sus discípulos, pero su finalidad originaria está en el envío a la misión que Jesús les confía

(cf. Mt 28,16-20; Lc 24,36-49; Jn 20,19-23; cf. 21,15ss). En cada uno de estos relatos es posible reconocer una estructura común: Jesús toma la iniciativa “apareciéndose” a sus discípulos y posibilitando un encuentro libre con él que les infunde paz y renueva la fe; luego los envía a dar testimonio universal de su resurrección (Mt 28,19s; Lc 24,47s; Jn 20,21b), y finalmente les promete su presencia permanente (o la de su Espíritu: cf. Mt 28,20; Lc 24,49; Jn 20,22)41. El reconocimiento mutuo queda resaltado así no solo porque ambos saben quién es el otro, sino porque los discípulos lo reconocen como Señor resucitado y Jesús los vuelve a hacer discípulos, enviándolos.

◆ El tema del reconocimiento: Hay un segundo grupo de relatos —especialmente presentes en Lucas y Juan— en los que el Resucitado se aparece a sus discípulos y estos no lo reconocen. Es decir, su identidad les permanece oculta hasta un segundo momento en el que son capaces de reconocerlo gracias a que este se “da a conocer con su estilo característico, con su conducta peculiar, conocida por su actividad terrena: como Señor y como anfitrión” (cf. Lc 24,13-31; Jn 21,4b.9.1 2s; 20,1 4-1 6; 20,24-29)42. La reparación, cuyo fruto aquí es la alegría y la esperanza, requiere del reconocimiento como punto de inflexión. Este, a su vez, tiene como condición de posibilidad la vulnerabilidad en cuanto apertura al otro tal como es y se presenta.

En la elaboración que Juan hace del encuentro de Jesús con María Magdalena encontramos un buen ejemplo de lo anterior. María llora desolada porque se han llevado a Jesús (Jn 20,11-13). Ella ve la tumba vacía, pero no hay en esto buena noticia para ella sino, más bien, es señal de un ultraje póstumo. Como lo que busca es el cadáver de Jesús, cuando se encuentra con él vivo, resucitado, no es capaz de reconocerlo (Jn 20,14). Cuando él la llama por su nombre, que en el mundo hebreo representa la identidad de la persona, es decir, cuando se siente reconocida por Jesús, es capaz a su vez de reconocerlo progresivamente.

Nos parece significativa la secuencia que el relato narra en relación con el reconocimiento. María reconoce a Jesús primero como el Maestro —el rabunni— al que siguió (Jn 20,16), como si pretendiese retomar la relación con el Jesús pre-pascual. Cuando Jesús le pide que no lo retenga y la envía a los demás (Jn 20,17), se reformula la relación43: María anuncia a los discípulos que ha visto “al Señor” (Jn 20,18)44. Esta secuencia pone de manifiesto la dimensión más profunda del reconocimiento que hemos señalado con anterioridad. Reconocer no es aquí tan solo identificar a quien le habla, sino también se trata de la apertura y la acogida de la nueva presencia de Jesús, de su ser otro y el mismo, identidad resucitada.

Kessler señala un tercer elemento, de carácter más bien apologético, vinculado al tema del reconocimiento: la problemática de la duda y de la prueba de identidad. Lo rescatamos aquí porque, aunque en Mateo es un tema marginal, en Lucas y en Juan se reelabora ampliamente (Mt 28.17; Lc 24,36-43; Jn 20,1 9s.24-29), vinculándolo a la corporeidad del Crucificado resucitado45. Los discípulos reconocen que aquel que se les aparece no es un fantasma, porque come (Lc 24,41-42). Pero reconocen que es Jesús, porque les muestra las manos y el costado (Lc 24,40; Jn 20,5-8.25-27). El cuerpo de

Jesús, sus manos, su costado, dan testimonio de su identidad: es el Crucificado que ha resucitado, el que se hace presente en medio de ellos. Así, la corporalidad de Jesús es a la vez continuidad y discontinuidad para aquellos que lo han conocido. Es el mismo, con las señales del misterio pascual en el cuerpo, pero es de otra manera46.

Entendemos aquí por “cuerpo” la posibilidad de relación con los otros y con el mundo, apertura y frontera, aquello que nos diferencia y nos define con respecto a los demás. Desde esta definición, que el cuerpo del Resucitado tenga las huellas de la pasión remite a un significado mucho más hondo que el de la apreciación de unas heridas físicas que no han sido del todo transformadas con la resurrección.

El cuerpo del ser humano es lugar y medio de comunicación con los demás: autoexpresión y autotrascendencia hacia los otros y también acceso y receptor para los otros. En las dimensiones de la corporeidad se libran también las batallas de poder. Y así confluyen en el cuerpo (y, sobre todo en el rostro) —en su actitud y figura, en sus heridas, cicatrices y arrugas, pero también en su brillo y luz— toda la historia de una vida sufrida y forjada (con todas sus relaciones logradas y malogradas y con todos sus anhelos sin realizar). Todo esto queda grabado en el cuerpo del ser humano y hace de él este hombre concreto47.

A nuestro juicio, este elemento tiene un gran valor de cara a todo lo que venimos reflexionando sobre el dinamismo ético que conduce a la reparación. La resurrección de Jesús no elimina las huellas de su pasión porque estas han pasado a ser parte de la historia de Jesús, de su identidad, como también de la de sus discípulos. Jesús “es y sigue siendo el Crucificado. La resurrección no cierra el camino ni invalida la entrega en la cruz, sino que confiere a esta un valor perenne. Es el Crucificado el que aparece envuelto en la gloria de Dios”48. El cuerpo humano de Jesús, sus relaciones y su identidad, su praxis y su manera de posicionarse ante la vulnerabilidad humana, quedan marcadas para siempre por su elección de entregar la vida en fidelidad al Reino del Padre. Su “sangre derramada por todos” (Mc 1 4,24 par) marca su identidad y su cuerpo, también una vez resucitado. Sus heridas —transfiguradas pero presentes— son lo que permiten a los discípulos pasar del reconocimiento a la fe, y de esta a la reparación49.

Reconocer alude aquí, en relación con las huellas resucitadas de la pasión, a que pueden reconocerlo los que lo habían conocido antes. Jesús resucitado no se aparece a cualquiera, sino a los que lo conocían: a los que comieron y bebieron con él; a los que participaron —en la medida de su limitada capacidad— de su pasión y su muerte; a los que quedaron desolados con la muerte del maestro, a los que vieron destruirse toda esperanza en la buena noticia del Reino por la que habían dejado todo; a los que compartieron su vida y misión y en ese momento, atravesados por tanta ruptura, solo podían ser reparados por él. Lo reconocen porque es él, el mismo, aunque no igual. Reconocerlo, como en el caso de la Magdalena, implica apertura a la novedad en la identidad del ya conocido.

en él su asumir ser el Crucificado es, a nuestro juicio, también hondamente coherente con lo que venimos desarrollando como vulnerabilidad. El Resucitado no es ahora resplandor de una gloria que anula la vulnerabilidad humana. En la humanidad de Jesús —como en la nuestra50— y en su resurrección, la historia deja una marca, configura la identidad y es reparada no borrando, sino reconfigurando su significado de manera que trascienda la herida y se convierta en posibilidad de redención para todos.

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