1.2 Titanium and its alloys
1.2.4 Microstructure and mechanical properties
guaje en situación cara a cara, que tiene, por tanto, un uso especial de los deícticos al señalar la relación entre los sujetos y la de éstos con la situación, un uso también especial de la gestualidad, del pa- ralenguaje, del movimiento y de las distancias entre los hablantes. Las circunstancias en que se desarrolla el diálogo dan lugar a un
hecho que destacamos: el orden de las intervenciones resulta perti nente en el discurso, puesto que las relaciones entre los hablantes se alteran a lo largo del diálogo y las situaciones que se van creando no permanecen estáticas, por el contrario avanzan hacia un final en un texto progresivo en su desarrollo.
Los enunciados de un diálogo, a pesar de la unidad del texto en su conjunto, están marcados por el origen personal (el emisor), por el orden que tienen en el texto y además por las relaciones que en cada momento se dan entre los hablantes.
No se trata, como en otros textos, de la pertinencia del espacio en un esquema lógico con principio, medio y fin, sino de la adecua ción del discurso a su origen (emisor más o menos competente y dispuesto) con la distinción en los procesos de verbalización, codifi cación y contextualización; de la adecuación del discurso a la tra yectoria que siguen los argumentos en su progresión hacia el acuer do final; de la adecuación del discurso en cada momento a las rela ciones personales que se establecen dinámicamente entre los hablan tes.
El diálogo, al revés de lo que ocurre en la conversación, es un texto ordenado y progresivo. En él las normas de coherencia y el esquema lógico subyacente a cualquier historia (diálogo informati vo) o a cualquier argumento (diálogo discursivo), se sitúan comple mentariamente en una vinculación continuada con los sujetos de la emisión en un orden impuesto por los cambios de relaciones que puedan producirse a lo largo del proceso.
La doble verbalización, codificación y contextualización que apor tan los sujetos del diálogo y que dan lugar a enunciados marcados en la emisión, se manifiesta en un orden que resulta pertinente tam bién por relación al sujeto emisor, y se completa con las circunstan cias que proceden de la misma naturaleza del diálogo y que se con cretan en el hecho de que cualquier enunciado mantiene siempre relaciones con los enunciados de todos los demás hablantes.
Esto quiere decir que no basta diferenciar la verbalización, la codificación y la contextualización (por el origen, en relación a las
condiciones previas del emisor, y por el ^desarrollo textual’del diálo go, hay que tener en cuenta además las .implicaciones conversado^ nales que surgen y se van imponiendo a medida que la palabra crea nuevas situaciones o modifica más o menos las existentes. Aun que cada uno de los sujetos conserve sus propias formas de activi dad verbal, aunque el orden resulte pertinente por la naturaleza progresiva del diálogo, es preciso añadir a esto la posibilidad de que un marco de referencia nuevo vaya construyéndose con las in tervenciones de todos.
Y es importante destacar este modo de actuación porque es la nota más característica del diálogo. Este es un proceso interactivo que impone como marco general unas relaciones entre varios suje tos hablantes: cada uno de ellos actúa por sí mismo con sus cir cunstancias personales y situacionales, pero además está colocado en una posición respecto a otros, en un conjunto que actúa en uni dad de fin. La situación personal está enmarcada en la situación relativa respecto a todos los hablantes de un diálogo.
El diálogo se inicia con sujetos en situaciones diversas, se desa rrolla de acuerdo con las posibilidades y competencias de cada uno, y se adapta en cada momento a las relaciones que se van creando en su desarrollo mediante la actividad verbal y no verbal de todos.
La diferencia del diálogo respecto al monólogo se asienta en la emisión (uno/más de uno), en la concurrencia de formas de ver- balizar, codificar y contextualizar diferentes (cada uno se expresa de modo distinto), y en la interacción, que se autogenera a lo largo del diálogo. Las dos primeras condiciones podrían dar lugar a un discurso o dos discursos y éstos podrían incluso manifestarse alter nativamente, pero no serían propiamente un diálogo. Este exige ade más que cada uno de los hablantes en su intervención tenga en cuenta todo lo que se ha dicho hasta ese momento.
Un monólogo refiere historias, construye argumentos, da cuenta de situaciones pero no las crea. El diálogo crea en su transcurso situaciones y relaciones nuevas, incluso imprevistas al principio. Tiene razón plena Veltruski al afirmar que el diálogo no es sólo un hecho
de discurso en el drama (y además como tal y en esos límites puede estar en el relato y en el poema lírico), sino que es la esencia del drama (Veltruski, 1977). El rasgo específico del relato es la presen cia de un narrador que da lugar a un discurso monologado, aunque transcriba diálogos, porque cualquier diálogo «referido» ha sido filtrado por la voz del narrador que cede la palabra bajo control siempre. La esencia del drama es el diálogo en el que la unidad textual va progresando mediante la actividad de varios emisores en unas relaciones y unas situaciones cambiantes y dinámicas: la rela ción entre los hablantes es tan fundamental que su dependencia dramática queda fijada en la palabra que la manifiesta.
Vamos a verificar esta tesis que formulamos con unos pasajes tomados de Yerma. Un motivo único, el que la mujer pueda o no salir a la calle, se trata en varios diálogos entre Juan y Yerma. Cada uno de ellos sigue su propio modo de verbalizar, de codificar y de contextualizar de acuerdo con sus condiciones anteriores a to do diálogo; cada uno de ellos realizará sus enunciados en forma diferente a medida que avanza la obra, y cada uno de ellos reaccio nará frente a lo que el otro dice y en forma coherente con las rela ciones que en cada momento hay establecidas en la pareja.
Cuando el tema se discute en el primer acto, las relaciones son cordiales; en el segundo acto hay ya unas relaciones tensas que mo dificarán las expresiones dialogales y en el tercer acto hay un en frentamiento abierto que es el efecto de toda la historia transcurri da. En el tercer diálogo están acumuladas todas las implicaciones derivadas de las acciones y reacciones de los protagonistas que se han manifestado en los diálogos (interacción verbal).
Los problemas del comienzo se planteaban como un tema per sonal: el ansia de maternidad de Yerma está patente desde el princi pio, y también lo está la indiferencia de Juan por este tema; a él le interesa la honra y la riqueza. Y en relación al tema de la honra surgirá el subtema de la reclusión de Yerma en casa. El tiempo y el orden espacial en la obra irán intensificando la tensión y el enfrentamiento. Se puede verificar que las palabras amables del pri-
mer diálogo se convierten en metáforas degradantes en el segundo y llegan a ser términos insultantes en el tercero. La actividad y las reacciones verbales de los sujetos adquieren nuevo sentido en el marco de referencias a que remiten y es un sentido que se acumula al que puedan tener por su origen (emisor) y por las formas perso nales de verbalizar, codificar y contextualizar de los interlocutores, En el Acto I, Cuadro P , hay un diálogo en el que manifestán dose con una verbalización, codificación y contextualización pro pias, que lo caracterizarán a lo largo de todo el texto, Juan es ama ble, y lo mismo puede advertirse respecto a Yerma; ambos hablan, ambos escuchan y llegan a un acuerdo: él traerá todo lo que ella necesita y ella estará en casa, sin salir a la calle. El diálogo transcu rre en un marco de referencias aceptable para los dos, es decir, los dos saben de qué hablan, coinciden en el sentido que correspon de a las palabras «honra», «casa», «calle», etc., los dos interpretan perfectamente el lenguaje, aunque sea metafórico. El tema de las salidas a la calle, que se perfila como un conflicto, se resuelve en el primer diálogo con armonía, por el asentimiento de Yerma a las propuestas de Juan. Pero en el diálogo y con signos no-verbales, se preludia la discusión que se manifestará a lo largo del texto, a medida que las relaciones entre los esposos se hagan tensas y el enfrentamiento crezca:
J u a n : Si necesitas algo me lo dices y lo traeré. Ya sabes que no me gusta que salgas.
Ye r m a: N u n c a sa lg o . Ju a n: E s tá s m e jo r a q u í. Y e r m a : Sí.
Ju a n: L a c alle es p a r a la g e n te d e s o c u p a d a . Y e r m a (sombría): Claro.
Los enunciados verbales del texto escrito (la interpretación escé nica les añade otro tipo de signos paraverbales, kinésicos, proxémi cos), se complementan al final con la actitud «sombría» de Yerma al asentir. Puede advertirse que Juan es el único que aporta temas
y explicaciones y que Yerma sólo los acepta sin llegar en ningún momento a confirmarlos con argumentos o datos. El marco en que hay que interpretar el diálogo es para Juan su idea de la honra y del papel de la mujer en la pareja y puede resumirse en la identifi cación de unos términos y en la oposición de otros en el esquema siguiente:
casa = laboriosidad/calle = desocupación
La oposición espacial «casa / calle» todavía no se plantea sobre el término de la «honra», sino sobre una valoración personal («no me gusta» y social (valor de la generalización «la calle es para la gente desocupada»); en tal generalización reside el valor ilocuciona- rio de la afirmación formulada por Juan, que suscita la actitud sombría de Yerma. Al valorar en un campo positivo el estar en casa, el trabajo frente a la valoración negativa de salir y estar deso cupado, la voluntad de Juan se convierte, o pretende convertirse, en norma de conducta para Yerma. Yerma lo entiende así y reac ciona «sombría».
Es evidente, pues, que las ideas de Yerma difieren de las de Juan, pero en todo caso, en este primer diálogo, asiente a las pala bras de su marido, sin prestar otra colaboración dialogal: «no sal go. / Sí. / Claro». No parece que Yerma esté muy entusiasmada con el tema de no salir. Si, por ejemplo, hubiese sido ella la que aportase al discurso la idea de que la calle es para la gente desocu pada, el diálogo tendría, sin duda, otro sentido y remitiría a una coincidencia inicial de los interlocutores, pero no es así, y quedan desde ahora manifiestas las actitudes de uno y otro, a pesar de que el acuerdo se alcanza en el diálogo.
En el Acto II, Cuadro 2o, vuelve a tratarse el mismo tema y por los mismos sujetos, que lógicamente conservan sus actitudes iniciales. Pero han cambiado las relaciones y hay implicaciones con versacionales que han ido apareciendo en el discurso a medida que transcurre el texto. Juan cambia sustancialmente su modo de verba- lizar (usa frases más apasionadas: de las afirmaciones que presenta-
ba como aceptadas, pasa a un esquema retórico de preguntas y de imprecaciones directas); de codificar (las mujeres igual que las ovejas); y de contextualizar (está irritado por tener que repetir las órdenes: «¿no me has oído...?»). Yerma ha abandonado la actitud sumisa y esperanzada dd primer ácto, contesta con aspereza, opone a las afirmaciones de Juan las suyas propias y los enunciados que formula cobran pleno sentido en el marco de su irritación y de su desesperanza. La verbalización, codificación y contextualización se han adaptado, en el orden textual, a las nuevas relaciones que hay entre la pareja:
Ju a n: ¿ Es q u e n o c o n o c e s m i m o d o d e se r? L a s o v e ja s e n el red il y las m u je re s e n su c a s a . T ú sa le s d e m a s ia d o . ¿ N o m e h a s o íd o d e c ir e s to sie m p re ?
Ye r m a: Justo. Las mujeres dentro de sus casas. Cuando las casas no son tumbas...
Ju a n: No m e g u s ta q u e la g e n te m e s e ñ a le . P o r e so q u ie r o ver c e r r a d a e s a p u e r ta y c a d a p e r s o n a e n su c a s a ...
Yerma se subleva porque no consiente que su caso particular, su dolor personal, pueda codificarse en frases generales: «cada per sona en su casa...». Juan incluye ahora en su discurso la relación de la «honra» con el estar recluida la mujer en casa, pero incluso en este punto trata de generalizar para dar mayor fuerza a sus argu mentos: «cada persona» tiene un referente inmediato, que es «Yer ma»; de este modo la fuerza ilocutoria de sus frases bordea de cer ca la normatividad. Han cambiado las equivalencias de la oposición espacial «casa / calle», que antes se establecían con «laboriosidad / desocupación», y ahora se organizan en torno a «honra / des honra» para Juan, y en torno a «tumba / desahogo» para Yerma («las casas son como tumbas, déjame andar y desahogarme»).
Por último, el tema reaparece en el Acto III, Cuadro Io. Yerma no sólo ha salido de casa, sino que ha salido de noche. Juan sale en su busca y cuando la encuentra, el diálogo se convierte en en frentamiento de una violencia verbal terrible:
Ju a n: . .. se n e c e s ita se r d e b ro n c e p a r a v e r a tu la d o u n a m u je r ... q u e se sa le d e n o c h e f u e r a d e su c a s a , ¿ e n b u s c a d e q u é ? !D im e !, ¿ b u s c a n d o q u é ? L a s c alles e s tá n lle n a s d e m a c h o s ...
Ye r m a: No te d e jo h a b la r n i u n a s o la p a la b r a . N i u n a m á s ...
La verbalización de Juan son puras interjecciones, preguntas re tóricas, imprecaciones directas, enunciados insultantes, es la bruta lidad de ese «machos» que hiere profundamente a Yerma. Lo que estaba latente desde el primer diálogo se hace por fin expresión: Juan identifica la honra con el encierro e identifica la calle con el peligro; las oposiciones espaciales que se advierten en Yerma coin ciden con las que podemos encontrar en L a casa de Bernarda Alba, aunque toman forma diferente en los diálogos debido a la persona lidad de los sujetos y a las circunstancias que en cada caso sirven de marco de referencias, así como el orden textual relativo, las rela ciones de los personajes, etc.
Podemos, pues, afirmar que la doble verbalización, codificación y contextualización del diálogo se prolonga en varios órdenes: no basta considerar que hay una actuación doble que va paralela en sus líneas de desarrollo textual, es preciso situar la doble actividad en una interacción y esto significa que cada paso que da uno de los interlocutores está en relación con el último que ha dado el otro: el avance del diálogo hacia su acuerdo o desacuerdo final es conjunto para todos los interlocutores, cuya acción verbal y no- verbal, situacional, logra la unidad del texto. Por tanto, la infor mación del diálogo no es sólo la que corresponde a un lenguaje referencial y monologado, sino la propia de un «lenguaje situado» textualmente (cotexto y contexto) y situacionalmente (paralenguaje, kinésica, proxémica); y a esto se añade el valor de un lenguaje mar cado por diferentes sujetos con su correspondiente verbalización, codificación y contextualización personal, que se sitúa en un orden relevante y en relación a unas circunstancias cambiantes, in fieri, que, a su vez, modifican los marcos de referencias, las presuposi ciones y las modalizaciones iniciales.
Quizá este último hecho resulta ser el más difícil de conseguir en el diálogo y puede comprobarse que es así al ver el espectáculo que frecuentemente ofrecen los interlocutores que en realidad son buenos mensajeros (defienden lo que les mandan defender), son bue nos habladores y tienen todas las condiciones modalizantes necesa rias, pero carecen de la flexibilidad oportuna para adaptar sus ar gumentos a las situaciones que el mismo diálogo va creando. En este punto suelen estar desprevenidos y se limitan a repetir las con signas iniciales una y otra vez. El espectáculo es propio de las fuer zas sociales —así llamadas— cuando prometen diálogos de buena voluntad, porque en otros casos los diálogos quedan anulados has ta en las condiciones previas. Saber dialogar es una asignatura pen diente en la sociedad democrática.