La idea de que a los espíritus se les asignan áreas geográficas, grupos culturales, naciones o— como dice el informe del obispo de Exeter—«campos», no ha recibido mucha atención ni desperta- do demasiado interés en los eruditos. Hace poco me tomé la molestia de examinar todos los libros del Seminario Teológico Fuller clasificados en el catálogo bajo «angelología» o «demonología», para ver cuántos de esos autores trataban el tema de la territorialidad espiritual. De las 100 obras inspeccionadas, sólo cinco de ellas hacían alguna referencia a los territorios, y de esas cinco úni- camente tres trataban un poco los temas, aunque de forma claramente secundaria.
Lo que sí encontré al seguir investigando fueron fragmentos y párrafos de diversos autores en libros ya agotados, publicaciones periódicas, trabajos de investigación, secciones en otros libros, y demás fuentes la mayoría de las cuales no se hallan en la biblioteca del seminario. Reuní 19 de esas fuentes en el libro Engaging the Enemy [p 107] [Comprometiendo al enemigo, Regal Books], del cual he encontrado muchos de utilidad. El interés en el tema de la territorialidad parece ir rápi- damente en aumento, por lo menos en aquellos círculos con los que estoy en contacto.
La profesora de Yale Susan Garrett, que enfoca el asunto no tanto como guerrera de oración, sino más bien como erudita en temas bíblicos, resume sus hallazgos en The Demise of the Devil [El fallecimiento del diablo]—libro que ya he mencionado antes—diciendo que las tinieblas estaban puestas como un sudario sobre el mundo en que se escribió el Nuevo Testamento. «Las regiones tenebrosas son el reino de Satanás, príncipe de este mundo, quien durante eones se ha sentado parapetado y bien protegido, rodeado por sus muchas posesiones a manera de trofeos. Sus demo- nios mantienen cautivos a los enfermos y poseídos, y también los paganos están sujetos a su do- minio, dándole el honor y la gloria debidos a Dios».1
Susan Garrett no sólo menciona a los gentiles como un grupo humano específico, sino que ex- plica asimismo que «Lucas cree que hay poblaciones humanas enteras que han estado durante
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mucho tiempo bajo la autoridad de Satanás, dándole a él la gloria gustosamente y acatando sus órdenes».2
En la actualidad cada vez hay más gente interesada en descubrir el significado de todo esto, y particularmente la aplicación que pueda tener tanto para la evangelización mundial como para el mejoramiento de la sociedad humana. Creo que sería útil mirar un poco más de cerca el tema de la territorialidad entonces—en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamentos—y ahora, desde el punto de vista de los antropólogos y de los expertos en misiones contemporáneas.
[p 108] LA TERRITORIALIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
A lo largo del Antiguo Testamento resulta evidente que los pueblos de aquel entonces—incluso Israel, desgraciadamente, en algunos momentos—consideraban que los dioses, deidades, espíri- tus o potestades angélicas de varias clases tenían jurisdicción territorial. Un ejemplo prominente de esto es la ardiente aversión que sentía Jehová Dios por los lugares altos. Pasajes tales como Nú- meros 33.52, que ordena a los hijos de Israel destruir «todos sus ídolos de piedra, y todas sus imá- genes de fundición, y … todos sus lugares altos» abundan demasiado como para catalogarlos. Como ya indiqué en el capítulo anterior, aquellas piedras, imágenes y lugares altos eran algo más que arte nativo. Muchos de ellos se habían convertido en la morada literal de espíritus demoniacos, llamados más tarde en el Nuevo Testamento principados y potestades.
Algunas de las expresiones más vehementes de la ira de Dios están relacionadas con israelitas que, en vez de destruir los lugares altos, adoraron y sirvieron a los seres demoniacos que ocupa- ban. Acaz fue uno de ellos, quien «hizo también lugares altos en todas las ciudades de Judá, para quemar incienso a los dioses ajenos, provocando así a ira a Jehová el Dios de sus padres» (2 Cró- nicas 28:25). ¿Y cuál fue el resultado? «Fueron éstos su ruina, y la de todo Israel» (2 Crónicas 28:23). Vez tras vez Dios tuvo que ejecutar juicio y castigar a Israel por lo que los profetas denomi- naron adulterio espiritual. Uno de dichos juicios fue la cautividad babilónica.
EL PENTATEUCO
El Pentateuco nos proporciona uno de los textos claves para comprender la territorialidad de los seres espirituales. [p 109] Forma parte del Cántico de Moisés en Deuteronomio 32:8. Por desgra- cia su significado está oscuro en la mayoría de las versiones traducidas del hebreo o del texto ma- sorético. Por ejemplo, la versión Reina-Valera de 1960, dice:
Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones, Cuando hizo dividir a los hijos de los hombres, Estableció los límites de los pueblos
Según el número de los hijos de Israel.
El problema surge con la expresión «hijos de Israel», que tendría poco que ver con el gobierno de territorios por los espíritus. Sin embargo, eruditos como F.F. Bruce nos explican que gracias a ciertos descubrimientos hechos en los rollos del Mar Muerto que se encontraron en la Cueva nú- mero 4 de Qumrán, ahora sabemos que la versión de la Septuaginta, traducción griega del hebreo realizada unos 250 años antes del nacimiento de Cristo, representa con más exactitud el texto ori- ginal. En vez de decir que Dios estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel, la Septuaginta nos informa que El lo hizo «según el número de los ángeles de Dios». Una crucial diferencia como poco.
F.F. Bruce expresa: «Esta lectura implica que la administración de las diferentes naciones ha sido repartida entre un número correspondiente de potestades angélicas». Y luego pasa a desarro- llar esto trasladando sus implicaciones a Daniel 10, donde se menciona al «príncipe de Persia» y al «príncipe de Grecia». Además vincula el asunto con el Nuevo Testamento, diciendo que «en varios
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lugares, por lo menos algunos de estos gobernadores angélicos se describen como [p 110] princi- pados y potestades hostiles: los «gobernadores de las tinieblas de este siglo de Efesios 6:12».3
Volviendo atrás, de Moisés a Abraham, recibimos más luz acerca de la territorialidad espiritual en tiempos del Antiguo Testamento. Al analizar el contexto espiritual de Ur de los caldeos y de la civilización sumeria de la cual Dios hizo salir a Abraham, el erudito bíblico Don Williams señala que los sumerios estaban dominados por un «panteón de dioses» y «el gobierno centralizado se consi- deraba como el regalo de ellos, que hacía posible la vida». Un espíritu territorial llamado Enlil en- cabezaba la jerarquía divina, pero gobernaba en consulta con un consejo celestial. «Cada ciudad era propiedad de su dios, y los ciudadanos de la misma esclavos de éste». Abraham fue el primero de ellos que comprendió que Jehová era el Rey de todo el universo.4 La diferencia entre Dios y los espíritus territoriales comenzaba a aclararse.