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talidad

En el presente capítulo nos ocuparemos del abordaje foucaultiano de la cuestión del poder. Mostraremos cómo, a partir de la arqueología de los saberes que abordamos en el capítulo anterior, Foucault se orienta hacia una genealogía de la sociedad y de la política modernas, y analizaremos de qué manera las prisio- nes, el cuerpo individual, la sexualidad y la pobla- ción terminaron convirtiéndose en los temas de sus investigaciones entre 1971 y 1979. Nos ocuparemos, en pocas palabras, de los dos ejes del biopoder: las disciplinas (el gobierno del cuerpo de los individuos) y la biopolítica (el gobierno de la población). Este ca- pítulo nos conducirá hacia el concepto central de la analítica foucaultiana del poder: la noción de guberna- mentalidad. Pero antes deberemos abordar ese mo- mento de transición en el que Foucault se desplaza del análisis de las epistemes a la descripción de los dispositivos.

Esto es lo que significó Túnez para mí: tuve que entrar en el debate político. No fue Mayo del 68 en Francia, sino Marzo del 68 en un país del Tercer Mundo. Foucault (Dits et écrits IV, 79)

En la noche del 10 al 11 de mayo de 1968 las calles parisinas del Barrio Latino que rodean la Sorbona se convirtieron en un violento campo de batalla entre es- tudiantes y policías: bloqueos, autos incendiados, ruptura de vitrinas, adoquines desmontados y arrojados, heridos de ambas partes… Fue la noche de las barricadas. Las protes- tas estudiantiles habían comenzado una semana antes, el 2 de mayo, partiendo de la Universidad de Nanterre en las

afueras de París. El 3 de mayo hubo unos quinientos mani- festantes detenidos. Luego de esa noche, en todo el país se declararon huelgas en las que participaron los obreros de las fábricas, los trabajadores del transporte y los emplea- dos públicos. El 24 de mayo, el general De Gaulle anun- cia un referendo con vistas a la renovación universitaria, social y económica del país, que finalmente no se llevó a cabo. El 30 de mayo, De Gaulle disuelve el parlamento y el año siguiente renuncia a la presidencia de Francia.

La revuelta estudiantil francesa se inscribe en un movi- miento más amplio, cuyo origen se remonta a las protestas en el campus de la Universidad de Berkeley en 1964, en los Estados Unidos. Tampoco las mutaciones de la socie- dad francesa son un fenómeno aislado; forman parte de ese aire de la época marcado por el cuestionamiento a la guerra de Vietnam, los movimientos revolucionarios en América Latina, el maoísmo, la legislación sobre la anti- concepción, la revolución de la minifalda, etc. Pero, más allá de estos nexos, las protestas francesas tuvieron su pro- pia especificidad, cuyos motivos dieron lugar a interpreta- ciones polémicas e incluso opuestas, como la de Jean-Paul Sartre, que saludaba la manifestación general de liber- tad militando al lado de estudiantes y obreros, y la de Raymond Aron, que, por su parte, denunciaba un simu- lacro de revolución sin proyecto político propio y exigía el retorno a la legalidad. Entre los múltiples motivos de las revueltas francesas, de sempeñaron un papel de primer orden el aumento del de sempleo, el crecimiento de la po- blación estudiantil universitaria, que se había duplicado y más en pocos años –sin que las estructuras materiales e institucionales estuviesen a la altura de las circunstancias–, y las propias costumbres autoritarias de padres, patrones y políticos. Para sintetizarlo con palabras de Foucault, en esta época estaba en tela de juicio sobre todo esa “dimen- sión vertical” que, como en “el mundo de las prisiones” y “de los perros (‘acostado’, ‘parado’)”, “no es una de las

dimensiones del espacio”, sino “la dimensión del poder” (Foucault, 1994: t. II, 402).

En los últimos meses de 1968, entre las medidas adopta- das para intentar hacer frente a la situación estudiantil en Francia, se crea el Centro Universitario Experimental de Vincennes, convertido a partir del año siguiente en univer- sidad. Foucault, que durante los acontecimientos de Mayo del 68 se encontraba en Túnez, se ve obligado a abando- nar ese país hacia finales de junio de 1968. Su apoyo a las revueltas estudiantiles tunecinas, en marzo del mismo año, motivaron sin duda ese alejamiento. De regreso en París, se hace cargo de la dirección del Departamento de Filosofía de Vincennes, y también se suman al proyecto Alain Badiou, Jacques Rancière, Jean-François Lyotard y François Châtelet. 

A comienzos de 1970, a fin de impedir que sus egresa- dos puedan enseñar en los colegios secundarios, el minis- tro de Educación comunica su intención de no otorgar va- lidez al título de licenciado en Filosofía de la Universidad de Vincennes. Foucault concede una entrevista sobre el tema titulada “La trampa de Vincennes” donde se pre- gunta: “¿Qué tiene la filosofía (la clase de filosofía) de tan precioso y de tan frágil que es necesario protegerla con tanto cuidado? En Vincennes, ¿somos tan peligrosos?” (Foucault, 1994: t. II, 67). En abril de ese año, Foucault es elegido profesor en el Collège de France y deja Vincennes. El contraste no podría ser mayor: de una institución apenas creada y cuya legitimidad académica era puesta en duda por el propio Ministerio de Educación a otra que se con- taba entre las más antiguas de Francia (fundada en 1530) y de indiscutible prestigio. Para Foucault, su ingreso en el Collège de France no fue, sin embargo, un motivo para eludir el compromiso político. Todo lo contrario, preci- samente por esta misma época tomó forma la experiencia del GIP (Grupo de Información sobre las Prisiones).

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La lucidez y la inteligencia de esta clase [la clase bur- guesa], que ha conquistado y mantenido el poder en las condiciones que conocemos, producen efectos de estupidez y ceguera. ¿Pero dónde, si no precisamente en la capa de los intelectuales?

Foucault (L’Origine de l’herméneutique de soi, 168)

Una de las mayores preocupaciones de quien ocupara el cargo de ministro del Interior de la República Francesa durante ese período de crisis y protestas comprendido en- tre mayo de 1968 y marzo de 1974, Raymond Marcellin, era contar con medios legales para hacer frente a situa- ciones como las revueltas estudiantiles y los movimientos contestatarios, cuando el aparato legislativo existente re- sultaba poco apropiado. Para ello, además de la creación de tribunales de excepción, propició la modificación del código penal a fin de poder aprehender en flagrante deli- to a quienes incitasen a manifestarse o a ocupar edificios públicos, haciendo pasibles de sanciones económicas a sus actores. Como consecuencia, numerosos estudiantes y obreros terminaron encarcelados, lo que dio lugar a reiteradas huelgas de hambre y al apoyo de las asociacio- nes defensoras de los derechos humanos (Artières, Quéro, Zancarini-Fournel, 2003: 14).

El 8 de febrero de 1971, en el marco de una conferencia de prensa ofrecida a propósito de la huelga de hambre que llevaba a cabo un grupo de detenidos de Izquierda Proletaria, Michel Foucault, Pierre Vidal-Naquet y Jean- Marie Domenach anuncian la constitución del GIP. Para los miembros del grupo, las prisiones constituyen un lugar cotidiano de la política y, por lo tanto, informar acerca de ellas era también un acto político (Artières, Quéro, Zancarini-Fournel, 2003: 28). El 28 de mayo de 1971, el GIP publica el primero de una serie de cuadernillos titu-

lados Intolerable. La contratapa incluía una lista, precisa- mente, de intolerables: “Los tribunales, los canas, los hos- pitales, los asilos, la escuela, el servicio militar, la prensa, la tele, el Estado”. Aunque las cárceles no aparezcan en esta lista, tanto el primer número de Intolerable como los posteriores están focalizados en ellas. El primer número, en efecto, lleva como título: Encuesta en 20 prisiones, y dos terceras partes están dedicadas a los relatos de los presos y sus respuestas.

La brevedad de la experiencia del GIP, autodisuelto en diciembre de 1972, dejó un sabor amargo en los recuer- dos de Foucault; sin embargo, como señala Didier Eribon retomando una observación de Gilles Deleuze, esta expe- riencia significó la puesta a prueba de “una nueva con- cepción del compromiso de los intelectuales, la de una acción que no se lleva a cabo en nombre de los valores superiores, sino a partir de una mirada dirigida hacia las realidades imperceptibles” (Eribon, 1989:  248). Por ello, para comprender la especificidad teórica y política de la posición de Foucault, sobre todo durante la déca- da de 1970, es necesario conjugar su pertenencia al pres- tigioso Collège de France y su experiencia en el Grupo de Información sobre las Prisiones. En este sentido, vale la pena señalar que, algunos años más tarde, a mediados de esa década, y para definir su propio trabajo, Foucault habla de un acoplamiento entre erudición histórica y lu- chas locales, como la de los enfermos psiquiatrizados o los prisioneros encarcelados, y también de una insurrección de los saberes “contra los efectos de poder centralizadores que están ligados a la institución y al funcionamiento de un discurso científico” (Foucault, 1997a: 10; 23).

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De acuerdo con las exigencias de la institución, los pro- fesores del Collège deben presentar los resultados de sus

investigaciones durante los cursos. Las clases son abiertas, los asistentes no tienen que cumplir requisitos de ingreso, no tienen exigencias de asistencia o exámenes y no reci- ben ningún título o diploma. Estas clases no tienen, pro- piamente hablando, alumnos, sino oyentes. El Collège de France es, en definitiva, una institución de investigación que, mediante clases abiertas, hace públicos sus resulta- dos. A partir de 1970, excepto en 1977, Foucault dicta allí un curso cada año, que han sido la cantera de sus libros publicados en vida. Los primeros cursos, de 1970 a 1975, de Vigilar y castigar y La voluntad de saber, el primer volu- men de la Historia de la sexualidad. Los últimos cursos, en- tre 1980 y 1984, de los siguientes dos volúmenes de esa his- toria: El uso de los placeres y La inquietud de sí. A los cursos de los años 1976-1979, que podríamos denominar cur- sos biopolíticos, en cambio, no corresponde ningún libro. Estas clases muestran cómo, en el pensamiento de Foucault, siempre ha habido desplazamientos: se introdu- cen nuevos temas, los ya estudiados son abordados desde nuevas perspectivas, se formulan nuevas hipótesis, se es- tablece una relación crítica con los trabajos precedentes, etc. Pero sería erróneo pensar que en determinado mo- mento Foucault introduce un problema que antes estaba ausente, como el del poder, y todo cambia, el arqueólogo se vuelve de golpe un genealogista y las investigaciones precedentes son dejadas de lado. Al contrario, por un lado, un recorrido por la Historia de la locura o El nacimiento de la clínica son suficientes para mostrar cómo la cuestión del poder ya aparecía desde mucho antes. Y, por otro, la cuestión de las ciencias humanas, por ejemplo, seguirá es- tando presente. Por ello, estos desplazamientos en el pen- samiento de Foucault no son rupturas, sino torsiones, mo- vimientos en torno a un eje. A veces es posible encontrar un punto diametralmente opuesto a otro, pero lo central es el eje de estos desplazamientos y el modo en que surge la posibilidad de llevarlos a cabo.

A nuestro modo de ver, este eje no está representado ni por el saber, ni por el poder, ni por el sujeto, sino por la manera en que ellos se correlacionan. Para acceder a este eje, Foucault ha tenido, primero, que hacer perder a cada una de estas nociones el carácter substancial que frecuen- temente se les atribuía. El saber, el poder o el sujeto sólo existen en plural y sin ninguna identidad que trascienda sus múltiples formas históricas. Por esta razón, para ex- presar la pluralidad histórica de cada uno de ellos, en su último curso en el Collège de France, Foucault no habla de saber sino de modos de veridicción, no habla de poder sino de técnicas de gubernamentalidad y no habla de suje- to sino de prácticas de sí (Foucault, 2009a: 10; 27).

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