Sigmund Freud
¿Puedes realmente conocerte a ti mismo? Los antiguos filó- sofos creían que sí. Pero, ¿y si estaban equivocados? ¿Y si hay partes de tu mente a las que no puedes llegar directamente, cual habitaciones permanentemente cerradas en las que no se puede entrar?
Las apariencias pueden ser engañosas. Cuando miras el sol a primera hora de la mañana, parece salir por detrás del horizonte. Durante el día atraviesa el cielo y finalmente se pone. Es tentador pensar que se mueve alrededor de la tierra. Durante muchos siglos, la humanidad estuvo conven- cida de que lo hacía. Pero no es así. En el siglo xvi, el astró- nomo Nicolás Copérnico lo descubrió, si bien otros astróno- mos ya habían tenido sus sospechas antes. La revolución copernicana, la idea de que nuestro planeta no era el centro del sistema solar, supuso una auténtica conmoción.
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A mediados del siglo xix hubo otra sorpresa, como hemos visto (ver el capítulo 25). Hasta entonces, se creía que los se- res humanos eran completamente distintos de los animales y que habían sido diseñados por Dios. Pero la teoría de Charles Darwin de la evolución por medio de la selección natural de- mostró que los seres humanos comparten ancestros con los simios y que ningún Dios había intervenido en nuestro dise- ño. El responsable era un proceso impersonal. La teoría de Darwin explicaba que descendemos de criaturas simiescas y que ambas especies son muy cercanas. Los efectos de la revo- lución darwiniana todavía se perciben hoy día.
Según Sigmund Freud (1856–1939), la tercera gran revo- lución en el pensamiento humano se produjo con su propio descubrimiento: el inconsciente. Freud llegó a la conclu- sión de que gran parte de lo que hacemos se debe a deseos que permanecen ocultos. No podemos acceder a ellos direc- tamente, pero eso no impide que afecten a nuestras accio- nes. Hay cosas que queremos hacer sin ser conscientes de ello. Estos deseos inconscientes tienen una profunda influen- cia en todas nuestras vidas y en el modo en que organizamos la sociedad. Son la fuente de los mejores y peores aspec- tos de la civilización humana. Freud fue el responsable de este descubrimiento, si bien una idea similar se puede encon- trar en algunos textos de Friedrich Nietzsche.
Freud, un psiquiatra que había comenzado su carrera como neurólogo, vivía en Viena cuando Austria todavía for- maba parte del Imperio austrohúngaro. Hijo de una familia judía de clase media, era el típico hombre culto y respetado que pululaba por esta cosmopolita ciudad a finales del si- glo xix. Mientras trataba a varias pacientes, llamaron su atención ciertas partes de su psique que –creía él– goberna- ban su comportamiento y les creaban los problemas a través de una serie de mecanismos de los cuales ellas no eran cons- cientes. Estaba fascinado por la histeria y otros tipos de neu- rosis. Estas pacientes histéricas, en su mayoría mujeres, so- lían ser sonámbulas, tener alucinaciones, e incluso podían llegar a desarrollar parálisis. Pero se desconocía qué causa-
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ba todo esto. Los médicos no podían encontrar ninguna causa física para estos síntomas. Mediante una meticulosa atención a las descripciones que las pacientes hacían de sus problemas y el conocimiento cada vez mayor de sus histo- rias personales, Freud desarrolló la idea de que el verdadero origen de sus problemas era algún tipo de recuerdo o deseo problemático. Este recuerdo o deseo era inconsciente y ellas desconocían su existencia.
Freud hacía que sus pacientes se tumbaran en un diván y hablaran de lo primero que les pasara por la cabeza, cosa que solía hacerles sentir mucho mejor y permitía que sus ideas fluyeran. Estas «asociaciones libres» de ideas tenían resultados sorprendentes, pues con ellas se hacía consciente lo inconsciente. También le pedía a los pacientes que le con- taran sus sueños. De algún modo, esta «cura mediante la palabra» desbloqueaba sus pensamientos problemáticos y eliminaba algunos de los síntomas. Era como si el acto mis- mo de hablar aliviara la presión causada por las ideas que no querían afrontar. Éste fue el nacimiento del psicoanálisis. Ahora bien, no sólo los pacientes neuróticos e histéricos tienen deseos y recuerdos inconscientes. Según Freud, todos los tenemos. Por eso es posible la vida en sociedad. Nos es- condemos a nosotros mismos lo que realmente sentimos y lo que queremos hacer. Algunos de estos pensamientos son violentos y muchos de ellos sexuales. Son demasiado peligro- sos para que salgan a la luz. La mente los reprime, los oculta en el inconsciente. Muchos se forman cuando somos peque- ños. Acontecimientos vividos en la infancia pueden resurgir en la edad adulta. Por ejemplo, Freud creía que todos los hombres sienten el deseo inconsciente de matar a su padre y mantener relaciones sexuales con su madre. Es el famoso complejo de Edipo (nombre del personaje que, en la mitolo- gía griega, cumplía la profecía de que mataría a su padre y se casaría con su madre –ambas cosas sin ser consciente de ello–). Este temprano deseo determina la vida de algunas personas sin que sean siquiera conscientes de ello. En gene- ral, algo en la mente detiene estos oscuros pensamientos e
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impide que tomen forma reconocible. Sin embargo, aquello que impide que éste y otros deseos inconscientes sean cons- cientes no siempre tiene éxito. A veces estos pensamientos consiguen manifestarse, si bien disfrazados. Por ejemplo, en forma de sueños.
Para Freud, los sueños eran «el camino real al incons- ciente»; es decir, uno de los mejores modos de conocer esos pensamientos ocultos. Las cosas que vemos y experimenta- mos en los sueños no son lo que parecen. Por un lado está el contenido superficial, lo que parece suceder. Luego el verda- dero significado del sueño, el contenido latente. Eso es lo que el psicoanalista intenta comprender. Las cosas que ve- mos en los sueños son símbolos. Representan los deseos que se esconden en nuestras mentes inconscientes. Así, por ejem- plo, un sueño en el que aparezca una serpiente, un paraguas o una espada suele ser un sueño sexual disfrazado. La ser- piente, el paraguas y la espada son los clásicos «símbolos freudianos» y representan el pene. De igual modo, en un sueño, la imagen de un monedero o una cueva representa la vagina. Si encuentras esta idea chocante y absurda, Freud probablemente te diría que se debe a que tu mente está impi- diendo que reconozcas estos deseos sexuales que albergas en tu interior.
Igualmente, podemos atisbar nuestros deseos incons- cientes en los lapsus linguae, también llamados lapsus freu- dianos. Con ellos revelamos accidentalmente deseos que desconocemos tener. Muchos presentadores de noticias se han equivocado alguna vez con un nombre o una frase, di- ciendo accidentalmente una obscenidad. Un freudiano diría que esto sucede con demasiada frecuencia para considerarlo una mera casualidad.
No todos los deseos inconscientes son sexuales o violen- tos. Algunos revelan un conflicto fundamental. Puede que a un nivel consciente queramos algo que a nivel inconscien- te no queremos. Imagina que tienes un examen importante que has de aprobar para poder ir a la universidad. Conscien- temente haces todo lo que está en tu mano para prepararlo.
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Revisas exámenes anteriores, preparas las respuestas a las preguntas haciendo resúmenes y te aseguras de poner el des- pertador pronto para llegar a tiempo al lugar del examen. Todo parece ir bien. Te despiertas pronto, desayunas, coges el autobús y compruebas que llegarás con tiempo de sobra. Entonces te quedas dormido en el autobús y, al despertar, te das cuenta horrorizado de que antes has leído mal el núme- ro del autobús y que ahora estás en la otra punta de la ciu- dad, sin posibilidad alguna de llegar a tiempo al examen. Tu miedo a las consecuencias de aprobar el examen parece ha- ber anulado por completo tus esfuerzos conscientes. A un nivel profundo, no querías tener éxito. Admitirlo sería de- masiado aterrador, pero tu inconsciente te lo ha revelado.
Freud aplicó su teoría no sólo a individuos que actuaban de forma neurótica, sino también a creencias culturales co- munes. En particular, ofreció una interpretación psicológi- ca de por qué la gente se siente tan atraída por la religión. Puede que creas en Dios. Puede incluso que sientas su pre- sencia en tu vida. Sin embargo, Freud tenía una explicación acerca del origen de tu fe en Dios. Quizá piensas que crees en él porque existe, pero, según Freud, en realidad lo haces porque sigues teniendo la necesidad de protección que sen- tías de pequeño. Desde el punto de vista de Freud, toda la civilización se basa en esta ilusión, la de que en algún lugar hay una figura paterna que atenderá tu necesidad insatisfe- cha de protección. Esto, sin embargo, no deja de ser más bien la expresión de un deseo; crees que existe un Dios por- que sientes que debería ser así. Todo nace del deseo incons- ciente de sentirse atendido y protegido que tenemos de peque- ños. La idea de Dios resulta reconfortante a los adultos que todavía tienen estos sentimientos, si bien no suelen dar- se cuenta de dónde proviene y reprimen activamente la idea de que su religión se debe a una necesidad psicológica pro- funda e insatisfecha más que a la existencia de Dios.
Desde un punto de vista psicológico, la obra de Freud cuestionó muchas suposiciones que pensadores como René Descartes habían hecho sobre la mente. Éste creía que era
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transparente para sí misma y que si tenías un pensamiento, eras consciente de él. Después de Freud, hubo que admitir la posibilidad de una actividad mental inconsciente.
Pero no todos los filósofos aceptan la base de las ideas de Freud. Si bien muchos reconocen que tenía razón acerca de la existencia del pensamiento inconsciente, algunos afirman que sus teorías carecen de rigor científico. Karl Popper (cu- yas ideas se tratan con detalle en el capítulo 36) tildó de «infalsificables» muchas de las ideas del psicoanálisis. No era un cumplido, sino una crítica. Para Popper, la esencia de la investigación científica es que pueda ser puesta a prueba; es decir, que se puedan realizar observaciones que demues- tren su posible falsedad. En el ejemplo de Popper, las accio- nes de un hombre que empuja a un niño a un río y las de un hombre que se zambulle en él para salvarlo están, como todo comportamiento humano, igualmente sujetas a expli- cación freudiana. Tanto si alguien intenta ahogar al niño como si intenta salvarlo, la teoría de Freud tiene una expli- cación. Éste diría que el primer hombre está reprimiendo algún aspecto de su conflicto de Edipo y esto le ha empuja- do a un comportamiento violento mientras que el segundo ha «sublimado» sus deseos inconscientes, esto es, ha conse- guido reconducirlos hacia acciones socialmente útiles. Si toda observación posible, sea cual sea, resulta ser una evi- dencia de que la teoría es cierta y ninguna prueba imagina- ble puede demostrar su falsedad, Popper creía que la teoría no podía ser científica. Freud, en cambio, podría haber ar- gumentado que algún tipo de deseo reprimido era lo que volvía a Popper tan agresivo hacia el psicoanálisis.
Bertrand Russell, un pensador muy distinto a Freud, com- partía su aversión por la religión, pues consideraba que se trataba una importante fuente de infelicidad.