Con ello ya se ha evidenciado que el bautismo no solo señaliza el tránsito de una persona a la fe cristiana, sino que implica asimismo el ingreso en la Iglesia. Pues en cuanto lugar
en el que el bautizado se somete a Cristo y alcanza la salvación, el bautismo es al mismo tiempo expresión esencial de la pertenencia a la Iglesia como cuerpo de Cristo. A través del bautismo, los cristianos y cristianas son llamados –y se comprometen– a vivir como personas que tienen su nuevo hogar en la comunidad eclesial. Los cristianos y cristianas bautizados tienen, por consiguiente, su primer domicilio en la Iglesia: la filiación primordial de los cristianos y las cristianas es la filiación-pertenencia a la Iglesia, y su vocación fundamental consiste en ser miembros del nuevo pueblo de Dios. Si ser bautizado en el nombre de Jesucristo equivale a incorporarse a su existencia de Hijo, entonces la incorporación del ser humano a esta filiación divina de Jesús representa al mismo tiempo «el ingreso en la gran familia de quienes son hijos con nosotros», y el nuevo nacimiento desde Dios que acontece en el bautismo es simultáneamente «un nacer al Cristo total, cabeza y miembros»18.
Toda vez que la pertenencia de una persona a Cristo, fundamentada en el bautismo, quiere y debe traducirse y concretarse en la vida diaria en la pertenencia fundamental a la Iglesia, la acogida en la Iglesia se revela ya como una dimensión central de la comprensión protocristiana del bautismo. Ello se visibiliza ante todo en el relato neotestamentario del acontecimiento de Pentecostés, con el que la Iglesia fue definitivamente fundada. Y este conduce de inmediato a la narración del bautismo de los primeros cristianos y cristianas: «Los que aceptaron sus palabras se bautizaron y aquel día se incorporaron unas tres mil personas» (Hch 2,41). Desde el principio mismo, bautismo e Iglesia forman una unidad indisoluble, si bien ello no quiere decir que la Iglesia solo surgiera por el hecho de que un grupo de personas se asociaron para formarla. En este sentido, uno no ingresa en la Iglesia mediante el bautismo, sino que más bien en el bautismo es incorporado a la Iglesia como realidad salvífica previamente dada.
Desde el bautismo se hace visible con la máxima claridad lo que es la Iglesia, a saber, ek-klēsía,la comunidad de los convocados por Dios y «añadidos» por Dios a la Iglesia, como de los primeros cristianos se dice en los Hechos de los Apóstoles: «A diario acudían fielmente y unánimes al templo; en sus casas partían el pan, compartían la comida con alegría y sencillez sincera. Alababan a Dios y todo el mundo los estimaba. El Señor iba incorporando a la comunidad a cuantos se iban salvando» (Hch 2,46-47). A los primeros cristianos no les habría sido posible decir en tono convencido: «Somos Iglesia», sin afirmar al mismo tiempo que «hemos sido “añadidos” por Dios a su Iglesia»19. Con ello, la Iglesia se hace visible como misionera comunidad de salvación, que quiere acoger e incorporar en sí mediante el bautismo a cuantos creen en Cristo.
En el Nuevo Testamento es una vez más sobre todo Pablo quien pone de relieve de manera consecuente el aspecto eclesial del bautismo. Para él, el bautismo y la Iglesia forman una unión hasta tal punto indisoluble que su visión de la Iglesia como cuerpo de Cristo tiene en el bautismo su firme fundamento. Es el bautismo lo que incorpora al bautizando a la Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo: «Todos nosotros, judíos o griegos, esclavos o libres, nos hemos bautizado en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo, y
hemos absorbido un solo Espíritu» (1 Cor 12,13). Para Pablo, el mismo Espíritu colma a todos los bautizados y los incorpora al cuerpo de Cristo. En efecto, el Espíritu, quien en el bautismo une a todos, es para Pablo el verdadero principio de unidad de la Iglesia, como se evidencia en la pegadiza fórmula de la Carta a los Efesios: «Uno es el cuerpo, uno el Espíritu, como es una la esperanza a que habéis sido llamados, uno el Señor, una la fe, uno el bautismo, uno Dios, Padre de todos, que está sobre todos, entre todos, en todos» (Ef 4,4-6).
El bautismo es la puerta de entrada a la Iglesia y, por ende, también al ecumenismo, como recuerda el Decreto de ecumenismo del concilio Vaticano II. Ya en el primer capítulo de este decreto se ve en el bautismo el fundamento de la pertenencia de todos los cristianos a la Iglesia: «Quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica» (Unitatis redintegratio 3). En el tercer capítulo, en la descripción de las Iglesias y comunidades eclesiales separadas de Occidente, se pone de relieve con especial énfasis el bautismo, que –administrado conforme a la intención con que se instituyó y recibido en la fe– incorpora al bautizado al Señor crucificado y glorificado y opera su nuevo nacimiento para que participe de la vida eterna. De ahí que se acentúe que el bautismo crea un «vínculo sacramental de unidad entre todos los que con él se han regenerado». Solamente a continuación y sin perjuicio de lo anterior se afirma que el bautismo no es más que «un principio y un comienzo», puesto que «todo él se dirige a la consecución de la plenitud de la vida en Cristo» y «se ordena a la profesión íntegra de la fe, a la plena incorporación, a los medios de salvación determinados por Cristo y, finalmente, a la íntegra incorporación en la comunión eucarística» (Unitatis redintegratio 22). Con toda razón no solo fue empeño del movimiento ecuménico desde sus mismos inicios hacer del bautismo común a todos los cristianos el punto de partida y fundamento de los esfuerzos ecuménicos, sino que también en la actualidad la suerte del ecumenismo depende por completo del reconocimiento recíproco del bautismo entre las Iglesias.
Con ello se cierra el círculo, en tanto en cuanto la transferencia del bautizado a Cristo como su nuevo kýrios y la incorporación del bautizado a la Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo forman una unidad indisoluble en la concepción cristiana del bautismo. La relevancia eclesiológica del bautismo debe entenderse incluso como concreción de su relevancia cristológico-soteriológica en el plano histórico-experimentable de la fe. Pues «ser con Cristo» y «ser en Cristo» como don del bautismo son una realidad eclesial fundamental, ya que «ser en Cristo» es sinónimo de «ser en el cuerpo de Cristo». Y habida cuenta de que el bautismo para ingresar en la Iglesia es al mismo tiempo bautismo para participar en ella, la eucaristía constituía ya en la Iglesia antigua el punto cimero de la celebración litúrgica del bautismo, como todavía se echa de ver claramente en los ritos bautismales de la antigüedad tardía en Siria y en el mundo mediterráneo20. Pero también objetivamente forman el bautismo y la eucaristía una unidad indisoluble: si la Iglesia debe su llegar a ser Iglesia al bautismo, su permanecer Iglesia se lo debe a la eucaristía.
4. Cf. G. BART H, Die Taufe in frühchristlicher Zeit, Neukirchen 1981 [trad. esp.: El bautismo en el tiempo del
cristianismo primitivo, Sígueme, Salamanca 1986]; L. Hartmann, «Auf den Namen des Herrn Jesus». Die Taufe in den neutestamentlichen Schriften, Stuttgart 1992.
5. O. MICHEL, Der Brief an die Römer, Göttingen 1955, 227.
6. R. MEßNER, Einführung in die Liturgiewissenschaft, Paderborn 2001, 72.
7. Cf. W. KIRCHSCHLÄGER, «Was bedeutet: Jesus Christus hat uns erlöst? Von der überwältigenden Liebe Gottes»,
en Id. (ed.), Das Phänomen des Bösen. Beiträge zu einem theologischen Problem, Luzern-Stuttgart 1990, espec. 97-100.
8. G. LOHFINK, Braucht Gott die Kirche?Zur Theologie des Volkes Gottes, Freiburg i.B. 1998, 261 [trad. esp.:
¿Necesita Dios la Iglesia? Teología del pueblo de Dios, San Pablo, Madrid 1999]. 9. W. PANNENBERG, Freude des Glaubens. Predigten, München 2001, 50.
10. Cf. O. CASEL, «Art und Sinn der ältesten christlichen Osterfeiern»: Jahrbuch für Liturgiewissenschaft 14
(1938), 1-78.
11. CIRILODE ALEJANDRÍA, Explanatio in epistolam ad Romanos, en PG 74, 793a.
12. R. SCHNACKENBURG, «Die Taufe in biblischer Sicht», en W. Molinski (ed.), Diskussion um die Taufe,
München 1971, 23.
13. Cf. U. SCHNELLE, Gerechtigkeit und Christusgegenwart. Vorpaulinische und paulinische Tauftheologie,
Göttingen 1982.
14. TH. SÖDING, Einheit der Heiligen Schrift? Zur Theologie des biblischen Kanons, Freiburg i.B. 2005, 205.
15. R. SCHNACKENBURG, «Die Taufe in biblischer Sicht», art. cit., 26.
16. W. HUBER, «Der Protestantismus und die Ambivalenz der Moderne», en J. Moltmann (ed.), Religion der
Freiheit. Protestantismus in der Moderne, München 1990, 62.
17. P. M. ZULEHNER, Ein Kind in ihrer Mitte. Wir brauchen Familien, geprägt von Stabilität und Liebe, Wien
1999, 40.
18. J. RAT ZINGER, «Taufe, Glaube und Zugehörigkeit zur Kirche – die Einheit von Struktur und Gehalt», en Id.,
Theologische Prinzipienlehre. Bausteine zur Fundamentaltheologie, München 1982, 33 [trad. esp.:
«Bautismo, fe y pertenencia a la Iglesia. La unidad de estructura y contenido», en Id., Teoría de los
principios teológicos: materiales para una teología fundamental, Herder, Barcelona 2005].
19. Cf. P. M. ZULEHNER, Für Kirchenliebhaberinnen. Und solche, die es werden wollen, Ostfildern 1999, 9.
20. Cf. R. MEßNER, Einführung in die Liturgiewissenschaft, op. cit., espec. 85-103: «Zwei spätantike