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—Quiero tu mejor habitación —dijo Laurent— con una cama grande y baño privado, y si envías al muchacho de la casa, averiguarás de mala manera que no me gusta compartir.

Le dio al posadero una larga y fría mirada.

—Es costoso —añadió Damen, a modo de disculpa.

Y luego vio cómo el posadero deducía el costo de la ropa de Laurent y el de su pendiente de zafiro —un regalo espléndido para un favorito—, por último, el probable precio del mismo Laurent, su cara, su cuerpo. Damen percibió que estaba a punto de aumentarles tres veces la tarifa por todo.

Decidió con buen humor que no le importaba ser generoso con las monedas de Laurent.

—Por qué no nos buscas una mesa, mascota —dijo disfrutando del momento. Y del apodo.

Laurent hizo lo que se le indicó. Damen se tomó su tiempo para pagar generosamente por la habitación, dando las gracias al posadero.

Mantuvo un ojo sobre Laurent, que incluso en la mejor de las situaciones, era impredecible. El Príncipe se dirigió directamente a la mejor mesa, lo suficientemente cerca de la chimenea como para disfrutar de su calor, pero no tan cerca como para ser abrumado por el olor de la carne de venado tostándose lentamente. Al ser la mejor mesa, estaba ocupada. Laurent la vació con lo que pareció ser una simple mirada o una palabra, o quizás, por el simple hecho de su acercamiento.

El pendiente no era un disfraz discreto. Cada hombre en la sala común de la posada se estaba tomando un tiempo para echar un buen vistazo a Laurent. Mascota. La fría arrogancia en los ojos de Laurent proclamaba que nadie podía tocarlo. El pendiente decía que había un hombre que sí podía. Eso lo transformaba de “inalcanzable” a “exclusivo”, un placer de la élite que nadie en ese lugar se podía permitir.

Pero eso era una ilusión. Damen se sentó a la mesa frente a Laurent en uno de los largos bancos.

—¿Y ahora qué? —dijo Damen.

—Ahora esperamos —respondió Laurent.

Entonces Laurent se levantó y rodeó la mesa, sentándose al lado de Damen, cerca, como un amante.

—¿Qué estáis haciendo?

—Verosimilitud —dijo Laurent. El zafiro centelleó—. Me alegro de haberte traído conmigo. No me esperaba tener que arrancar cosas de las paredes. ¿Visitas los burdeles a menudo?

—No —respondió Damen.

—No burdeles. Acompañantes de las tropas en campaña —aclaró Laurent. Y luego—: Esclavas. —Y por último, después para satisfacerse con una pausa—: Akielos, el jardín de las delicias. Así que disfrutas de la esclavitud de los demás, pero no de la tuya.

Damen se movió en el largo banco y lo miró. —No te exaltes —dijo Laurent.

—Mi señor —llamó el posadero, y Damen se volvió. Laurent no lo hizo—. Vuestra habitación estará lista en breve. La tercera puerta en la parte superior de las escaleras. Jehan les traerá vino y comida mientras esperan.

—Trataremos de entretenernos. ¿Quién es ese? —preguntó Laurent.

Estaba mirando a través de la habitación a un hombre mayor con el pelo como un puñado de paja que sobresalía por abajo de un gorro sucio de lana. Estaba sentado en una oscura mesa en una esquina. Barajaba cartas, como si fueran, aunque marcadas y grasientas, sus preciadas posesiones.

—Ese es Volo. No juegue con él. Es un hombre con sed. No le llevará más de una noche beberse sus monedas, sus joyas y su chaqueta.

Tras aquel consejo, el posadero se fue.

Laurent seguía viendo a Volo con la misma expresión con la que había estudiado a las mujeres en el burdel. Volo trató de engatusar al muchacho de la casa18 para obtener vino; luego, trató de engatusarlo para obtener algo

totalmente diferente del chico, que no se impresionó cuando Volo realizó un truco de prestidigitación de mano que implicaba sostener una cuchara de madera en la palma de la mano y luego desaparecerla, como si se evaporara.

—Muy bien. Dame alguna moneda. Quiero jugar a las cartas con ese hombre.

Laurent se levantó, apoyando su peso sobre la mesa. Damen cogió la bolsa, luego se detuvo.

—¿No se supone que os ganéis los regalos con vuestro servicio? Laurent dijo:

—¿Hay algo que deseéis?

18 En este caso particular el “chico de la casa” (house boy), se refiere a un sirviente que no solo se ocupa de las tareas

Su voz era sinuosa con promesa; pero su mirada era calma, como la de un gato.

Damen, que prefería no ser destripado, arrojó a Laurent el bolso. Laurent lo atrapó con una mano, y tomó para sí un puñado de cobre y plata. Tiró el bolso de nuevo a Damen mientras se abría camino a través del suelo de la posada, sentándose frente a Volo.

Jugaron. Laurent apostó plata. Volo apostó su gorro de lana. Damen observó desde su mesa durante unos pocos minutos, y luego paseó su mirada en torno a los otros clientes para ver si alguno de ellos estaba lo suficientemente cerca de él como para hacer una verosímil invitación.

El más respetable de ellos estaba vestido con buena ropa, había una capa forrada de piel arrojada sobre su silla; tal vez un comerciante de telas. Damen emitió una invitación para que el hombre se reuniera con él si así lo deseaba, la cual el hombre aceptó, disimulando su curiosidad sobre Damen solo de manera imperfecta bajo la excusa de hábitos mercantiles. El nombre del hombre era Charls y era socio comercial de una importante familia de mercaderes. Efectivamente, comercializaban tela. Damen se presentó con un vago nombre y linaje patrano.

—¡Ah, Patras! Sí, tienes el acento —dijo Charls.

La conversación versó desde el comercio hasta la política, lo cual era natural si se era un mercader. Le resultó imposible arrancarle noticias de Akielos. Charls no apoyaba la alianza. Charls confiaba en que el Príncipe demostraría firmeza en las negociaciones con el bastardo rey akielense más de lo que confiaba en el tío Regente. El Príncipe Heredero estaba acampado en Nesson en aquel mismo instante, de camino a la frontera para enfrentarse a Akielos. «Es un joven serio con sus responsabilidades», dijo Charls. Damen tuvo

que hacer un esfuerzo para no mirar a Laurent mientras jugaba cuando dijo aquello.

La comida llegó. La posada ofrecía buen pan y buena comida. Los ojos de Charls se fijaron en las fuentes cuando se hizo evidente que el dueño había dado a Damen todos los mejores cortes de carne.

Los clientes en la sala común estaban disminuyendo. Charls se marchó poco después, dirigiéndose hacia arriba, a la segunda mejor habitación del establecimiento.

Cuando miró hacia el juego de cartas, Damen vio que Laurent había conseguido perder todo su dinero, pero ganó la gorra de lana sucia. Volo sonrió, palmeando a Laurent ruidosamente en la espalda en condolencia para luego invitarle a una bebida. Después se compró para él mismo una bebida. Y por último, compró para sí al chico de la casa, el cual estaba ofreciendo tarifas muy generosas —un cobre por un revolcón, tres cobres por la noche— y que ahora se sentía muy atraído por Volo desde que había apilado frente a él todas las monedas de Laurent.

Laurent tomó la bebida y emprendió el camino de vuelta a través de la habitación, para colocarla, sin tocar, frente a Damen.

—Despojos de la victoria de otra persona.

Aunque la posada se fue vaciando, dos de los clientes cercanos al fuego estaban, posiblemente, al alcance del oído. Damen dijo:

—Si queríais una bebida y un gorro viejo tan desesperadamente, podríais simplemente haberlos comprado. Más barato y más rápido.

—Es el juego lo que me gusta —dijo Laurent. Se acercó y se apropió de otra moneda de la bolsa que Damen llevaba, luego la acarició—. Mira, he aprendido un nuevo truco. —Cuando abrió la mano, estaba vacía, como por arte

de magia. Un segundo después, la moneda cayó de la manga al suelo. Laurent frunció el ceño—. Bueno, no lo pillo totalmente todavía.

—Si el truco es hacer desaparecer las monedas, creo que ya lo habéis pillado, en realidad.

—¿Qué tal es la comida? —dijo Laurent, observando la mesa.

Damen arrancó un pedazo de pan, y lo sostuvo como si ofreciera un bocadillo al gato de la casa.

—Probadla.

Laurent miró el pan y luego miró a los hombres que estaban cerca del fuego, por último, miró a Damen, una larga y fría mirada que habría sido difícil de sostener si Damen no hubiera tenido, para ese entonces, una gran cantidad de práctica.

Y entonces dijo: —De acuerdo.

Le tomó un instante asimilar esas palabras. Para el momento en que lo hizo, Laurent ya se había instalado junto a él en el largo banco y se había sentado a horcajadas, frente a Damen.

Realmente iba a hacerlo.

Las mascotas de Vere entendían esto como una acción provocadora, tonteaban y coqueteaban con las manos de sus amos. Laurent, cuando Damen llevó el bocado de pan hasta sus labios, no hizo ninguna de esas cosas. Tenía un fastidio notable. No había casi nada de mascota y amo en todo aquello, excepto que Damen sintió, solo por un instante, el calor del aliento de Laurent contra la punta de sus dedos.

Bajó la mirada a los labios de Laurent. Cuando la forzó hacia arriba, la fijó en el pendiente. El lóbulo de la oreja de Laurent estaba atravesado con el ornamento del niño-amante de su tío. Le quedaba bien, en el sentido mundano de que combinaba con su piel. En otro sentido, parecía tan incongruente como arrancar un bocado de pan de la simple hogaza y alimentarle en la boca con él.

Laurent se comió el pan. Era como alimentar a un depredador; la misma sensación. Laurent estaba tan cerca que sería fácil envolver una mano alrededor de la nuca y atraerle más cerca. Recordó la suavidad del pelo de Laurent, de su piel, y luchó contra el impulso de presionar las yemas de los dedos contra sus labios.

Debía de ser el pendiente. Laurent siempre fue muy austero. El pendiente lo reformulaba. Le otorgaba un aparente lado sensual, sofisticado y sutil.

Pero ese lado no existía. El centellear de los zafiros era peligroso. Como Nicaise era peligroso. Nada en Vere era lo que parecía.

Otro pedazo de pan. Los labios de Laurent se rozaron contra sus dedos. Fue breve y suave. Esa no era su intención al ofrecerle el pan. Tuvo alguna sospecha de que sus planes estaban siendo malogrados, que Laurent sabía exactamente lo que estaba haciendo. El toque fue similar al primer roce de los labios en ese tipo de besos sensuales que comienzan con pequeños besos para luego, lentamente, profundizarse. Damen sintió que su respiración se alteraba.

Se obligó a recordar de qué se trataba aquello. Laurent era su captor. Se obligó a recordar el golpe de cada latigazo sobre su espalda, pero debido a un fallo cerebral, se encontró, en cambio, a sí mismo recordando la piel húmeda de Laurent en los baños, la forma en que sus miembros se acoplaban como se acopla la hoja de una espada equilibrada a una empuñadura.

Laurent terminó el bocado, luego apoyó una mano en el muslo de Damen, y lentamente la deslizó hacia arriba.

—Contrólate —dijo Laurent.

Y lo deslizó hasta que, uno frente al otro a horcajadas sobre el banco, estuvieron casi pecho con pecho. El cabello de Laurent hacía cosquillas sobre la mejilla de Damen mientras este acercaba sus labios a su oreja.

—Tú y yo casi somos los últimos aquí —murmuró Laurent. —¿Y entonces?

El siguiente murmullo se deslizó suavemente sobre la oreja de Damen, por lo que sintió la forma de cada palabra en el movimiento de los labios y el aliento. —Y entonces, llévame arriba —dijo Laurent—. ¿No crees que hemos esperado el tiempo suficiente?

Laurent abrió el camino, subiendo por las escaleras, con Damen siguiéndole detrás. Fue consciente de cada paso, y encontró que su pulso latía rápidamente bajo su piel.

«La tercera puerta en la parte superior de las escaleras». La habitación se

calentaba con un fuego muy bien cuidado en un gran hogar. Las paredes tenían un grueso enlucido y había una ventana con un pequeño balcón. Sobre la gran cama había cobertores de aspecto acogedor y un robusto cabezal de madera oscura intrincadamente tallado con un entrelazado patrón de rombos. Había algunos otros muebles; una cómoda baja, una silla junto a la puerta.

Y había un hombre de unos treinta años con una oscura y muy recortada barba sentado en la cama, el cual se impulsó fuera de ella y puso una rodilla en tierra apenas vio a Laurent.

Damen se dejó caer con bastante pesadez sobre la silla junto a la puerta. —Su Alteza —comenzó el hombre, hincado.

—Levántate —le ordenó Laurent—. Me alegro de verte. Debes de haber venido cada noche, aun durante mucho tiempo después de cuando te correspondía.

—Mientras estabais acampado en Nesson, pensé que existía una posibilidad de que vuestro mensajero viniera —dijo el hombre, poniéndose de pie.

—Fue detenido. Nos siguieron desde la torre hasta el barrio oriental. Creo que los caminos dentro y fuera están vigilados.

—Conozco un atajo. Puedo salir tan pronto como hayamos terminado. El hombre sacó un trozo de pergamino sellado del interior de su chaqueta. Laurent lo tomó, rompió el sello, y leyó el contenido. Lo leyó lentamente. Por el vistazo que Damen capturó, parecía estar escrito en un sistema cifrado. Cuando terminó, dejó caer el pergamino al fuego, donde se retorció y se desvaneció.

Laurent sacó su anillo y lo puso en la mano del hombre.

—Dale esto —dijo Laurent— y dile que esperaré por él en Ravenel.

El hombre hizo una reverencia. Salió por la puerta y partió de la posada dormida. Ya estaba hecho.

Damen se levantó y le dio una larga mirada a Laurent. —Parecéis satisfecho.

—Soy el tipo de persona que obtiene una gran cantidad de placer en las pequeñas victorias —dijo Laurent.

—No estabais seguro de que él estuviera aquí —dijo Damen.

—No pensé que estuviera. Dos semanas es mucho tiempo para esperar. — Laurent se desprendió el pendiente—. Pienso que estaremos a salvo en el

camino por la mañana. Los hombres que nos siguieron parecían más interesados en encontrarle que en hacerme daño. No nos atacaron cuando tuvieron la oportunidad esta noche. —Y añadió—: ¿Esa puerta conduce al baño? —Y luego, a mitad de camino hacia la puerta—: No te preocupes, tus servicios no serán requeridos.

Cuando se hubo marchado, Damen recogió en silencio un cobertor y lo tiró en el suelo junto a la chimenea.

Entonces no había nada más que hacer. Bajó las escaleras. Los únicos clientes que quedaban ya eran Volo y el muchacho de la casa, que no estaban prestando atención a nadie más. El cabello color arena del chico de la casa era un lío revuelto.

Siguió caminando hasta encontrarse fuera de la posada y permaneció allí por un momento, permitiendo que el fresco aire nocturno lo calmara. La calle estaba vacía. El mensajero se había ido. Era muy tarde.

Estaba tranquilo allí. No podía quedarse ahí toda la noche. Recordó que Laurent no había comido nada sino unos cuantos bocados de pan, por lo que se detuvo en la cocinas de camino al piso de arriba y requisó un plato de pan y carne.

Cuando regresó a la habitación, Laurent ya había salido del baño y estaba a medio vestir, sentado y secándose el pelo húmedo frente al fuego, ocupando la mayor parte de la improvisada cama de Damen.

—Tomad —ofreció Damen, y le pasó el plato.

—Gracias —dijo Laurent, mirando el plato con un parpadeo—. El baño está libre. Si quieres.

Se bañó. Laurent había dejado el agua limpia. Las toallas que colgaban sobre un lateral de la bañera de cobre eran cálidas y suaves. Se secó. Eligió

vestirse de nuevo con los pantalones en lugar de usar las toallas. Se dijo que esta no sería diferente de las dos docenas de noches que pasaron juntos dentro de una tienda de campaña.

Cuando regresó, Laurent ya había comido cuidadosamente la mitad de todo en el plato, y lo había dejado sobre la cómoda donde Damen podía servirse de él si lo deseaba. Damen, que había comido hasta hartarse abajo y que no creía que Laurent fuera capaz de apoderarse de su improvisada cama cuando estaba sin tocar la gran comodidad de la otra, ignoró el plato y se aventuró a reclamar su derecho acomodándose a un lado de Laurent, sobre las mantas frente a la chimenea.

—Pensé que Volo era vuestro contacto —manifestó Damen. —Yo solo quería jugar a las cartas —confesó Laurent.

El fuego era cálido. Damen disfrutó de su calidez sobre la piel desnuda de su torso.

—No creo que hubiera llegado aquí sin tu ayuda, por lo menos no sin que me siguieran. Me alegro de que hayas venido. Quería decir eso. Tenías razón. No estoy acostumbrado... —Paró de hablar.

Su cabello húmedo, peinado hacia atrás exponía las facciones elegantemente equilibradas de su rostro. Damen le dio una mirada.

—Estáis de un humor extraño —dijo Damen—. Más extraño que de costumbre.

—Yo diría que estoy de buen humor. —De buen humor.

—Bueno, no tan de buen humor como Volo —apuntó Laurent—. Pero la comida fue decente, el fuego cálido, y nadie trató de matarme en las últimas tres horas. ¿Por qué no habría de estarlo?

—Pensé que teníais gustos más sofisticados que esos —mencionó Damen. —¿De verdad? —preguntó Laurent.

—He visto vuestra Corte —le recordó Damen suavemente. —Has visto la Corte de mi tío —observó Laurent.

«¿La tuya sería diferente?» No lo dijo. Tal vez no le hiciera falta saber la

respuesta. El rey que Laurent llegaría a ser estaba llegando con cada día que pasaba, pero el futuro sería distinto a esta vida. Laurent no estaría entonces inclinando hacia atrás las manos, perezosamente, secándose el pelo ante el fuego de la habitación de una posada; o escalando dentro y fuera de las ventanas de un burdel. Tampoco lo estaría Damen.

—Dime una cosa —soltó Laurent.

Habló después de un largo y sorprendentemente cómodo silencio. Damen se giró hacia él.

—¿Qué pasó realmente para hacer que Kastor te enviara aquí? Sé que no fue una pelea de amantes —dijo Laurent.

Al igual que sabía que el confortable calor del fuego se volvería a enfriar, Damen supo que tenía que mentir. Era más que peligroso hablar de eso con Laurent. Lo sabía. Solo que tampoco sabía por qué el pasado se sentía tan cerrado. Se tragó las palabras que quemaban su garganta.

Tal como había tragado todo lo que sucedió después de aquella noche.

»No sé lo que hice para que me odiara tanto. ¿Por qué no pudimos ir como

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