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Mission-Oriented Protective Posture

INDIVIDUAL PROTECTION

2. Mission-Oriented Protective Posture

No siempre se logra organizar adecuadamente todo lo que se lleva adentro, más dada la tarea, haré mi mejor esfuerzo de describir lo que hice. Tuve una experiencia maravillosa estos últimos meses. Logré dar vida a un montón de historias que llevaba conmigo. En un proceso de paciencia y con la ayuda de muchas personas fui fabricando unos personajes surreales que iban impregnándose de amores, odios y recuerdos. Estos personajes, aunque estaban estructurados desde el comienzo iban también cobrando vida de una manera muy intuitiva. Yo sabía que quería crear unas figuras desgarradoras y dulces al mismo tiempo. Que trasmitieran este sentimiento maternal y femenino que significa dar vida en medio de tanta muerte. Un coctel de miedo, vida y muerte.

Primero, di volumen a estos personajes, buscando posiciones que hablaran de esa maternidad, de comer y ser comestible, de la muerte y de la sexualidad. Sin embargo, esto, era sólo hallar el lienzo para comenzar a trabajar. Seguidamente, comencé a tejer. Literalmente y metaforicamente. Las vestí con las telas que más me hacían recordar estos escenarios en los cuales crecí: Los vestidos de mi abuela, de mi mamá, los manteles, mis sesiones de costura, el patchwork… Apunta de puntadas bruscas con una aguja capotera que me permitiera atravesar las capas de tela, fui tejiendo una a una, sus barrigas, sus espaldas, sus cuellos, sus cabezas. Mis dedos cortados tantas veces con la aguja y el alambre, no se dejaban vencer más que por el deseo de darles vida. Cada puntada estaba guiada por una intención detallista y cautivadora. Cada detalle era importante, pues era la personalidad de cada una. Los hilos gruesos, me permitían tensionar. Me sentía muchas veces como una costurera del siglo pasado, tensando y anudando las formas y figuras de estas mujeres. Rígidas, pero deli- cadas, parecían moldes cortados con la misma tijera, que poco a poco iban despertando a su manera. Poco a poco estos hilos podían interpretarse como rasgaduras de sus vestimentas, o como tejidos y tendones, o como cordones y lazos para ajustar vestidos o un corsé. Mis impresiones deambulaban entre unas y otras interpretaciones, pero siempre tenía esta sensación de uniones, nudos, y desgarres. Estas palabras parecían construir muy bien mi panorama. Sin embargo, estaban secas, aun muy secas para todo aquello de lo que quería hablar.

Antes de comenzar a trabajar sobre las esculturas finales, había hecho varias pruebas con carne, con arcilla, con pintura, con carbonato cálcico, yeso, y otro montón de materiales que me podían prestar sus cualidades o sus defectos. A mi personalmente, me gustan esos defectos. Suelen causar accidentes donde se expresa la vida en su naturalidad. Todos estos materiales presentaban diferentes inconvenientes. Unos muy fríos, otros muy secos, otros muy duros, otros se desbarata- ban, otros muy húmedos, otros muy fétidos… otros con los que simplemente no éramos afines. No podía trabajar con un material que me cayera gordo para hablar del amor.

Tomé una clase de moldes de la Javeriana, que me cayó perfecta para mi proyecto. Con el alginato aprendí a sacar moldes idénticos a casi todo lo que usaba. Me permitía captar expresiones, poses, simular figura humana, y brindar una cantidad exquisita de detalles que fascinan al ojo y al espectador. Creo que nunca terminamos de sorprendernos al ver replicas de nosotros mismos. Como los insectos que se atraen con la luz, a nosotros nos encanta ser espectadores de nosotros.

El caso es que también podía reproducir estas partes según el acabado que quisiera darles. El alginato permite manipular la escala, la orientación de los objetos… permite decirle a un vivo lo que quiero que haga, y él me lo entrega como yo lo pedí. Unas 50 bolsas de alginato, de diferentes precios, colores y olores, y unos cuantos modelos que se prestaban para experimentos, me permitieron encontrar el punto exacto de agua y velocidad, para sacar moldes en un tiempo adecuado en que no se regara y no se fraguara tan rápido como para no alcanzar el molde entero. Comencé sacando caras, manos, pies, sacando moldes a pequeños modelos en arcilla… hasta cuerpos enteros de niños y luego, a mi misma. El nivel de realidad del alginato, me iba a regalar la posibilidad de dotar ciertas partes de mis personajes surreales, de realidad, y de afecto. Ese afecto que sentimos por aquello con lo cual nos sentimos identificados.

El siguiente paso era el vaciado. Era una parte importante. En este punto, volvía a toparme con muchas posibilidades de materiales, entre los cuales, la cera y la parafina me cautivaron. Sus ventajas para mi proyecto eran múltiples. Funciona in- creíblemente bien con el alginato, pues mantiene su mismo nivel de detalles. Seca muy rápido, se puede utilizar en pequeñas o medianas cantidades, puede teñirse del color que se necesite, se moldea, se unta, de acuerdo a su temperatura, puede ser tan voluminosa como se quiera, o tan fina y delgada como se requiera. Es traslucida. Pero en mayores cantidades, es cubriente. Es adhesiva, a casi todo. O al menos a todos los soportes sobre los cuales pensaba trabajar. Para mi sorpresa y beneficio, forma también un duo extraordinario con la tela. Si la usaba en su estado más líquido, me permitía mantener los pliegues de la tela, lo cual fue un herramienta muy importante para darle movimientos, caídas y ritmos a las estructuras, y sugerir hechos como un aborto. La cera, me permitió recrear todo como lo tenía en mi cabeza y aunque ésta me permitía un tono más natural, un hecho más iba a favorecerme con la parafina: En su estado liquido, al agregarle anilina de colores su aspecto cambiaba. El rojo y el amarillo en diferentes saturaciones, iban a dar un aspecto carnoso y a piel. Comencé a ensayar sobre diferentes telas, con diferentes niveles de rojos. Unos más tirando a vino tinto, otros tirando a rosado, luego unos con mucho amarillo, otros con menos, otros con azul, y así… fui encontrando que la parafina y la cera me ofrecían evocar distintos tipos de pieles y carnes. Carne seca, carne viva, sangre, piel humana, piel podrida… en muchas variaciones, fui concediéndoles un lenguaje a veces macabro, como las heridas que se hacen en la piel, como los tejidos del cuerpo, como la sangre seca o a sangre fresca, a veces cálidos y tiernos como pieles y vestidos rosados casi puritanos y frescos. Fui llevando estas propiedades a hablar de lo que yo quería. Uteros, abortos, nacimientos, muertos, pasiones… Vida.

Poco a poco, fui encontrando más materiales que como la tela, me servían de soporte, pero era necesario que todas tu- vieran rasgos diferentes, como los humanos, como todo lo vivo. Para esta segunda etapa, en la que ya manejaba mejor el alginato y conocía cómo funcionaba la cera, quise buscar otros materiales que cargaran aún más a estos personajes de historia. Las cuatro primeras esculturas, que son las tres mujeres atadas entre sí, y la mujer casi como una matrona sentada sola sintiendo su embarazo, estaban vestidas puestas en su papel, todavía muy íntimas y meditativas, más humanas que otras, con sus encajes, vestidos y remiendos. La otras tres restantes quería que hablaran un poco más del contexto, de la animalización, de la comida. Utilicé primero costales que son normalmente utilizados para transportar cargas de comida

A una de ellas, le cubrí su cabeza también con este costal, como cuando cubren la cabeza de algún desdichado que proba- blemente terminará siendo torturado o matado de alguna forma escalofriante, si no encerrado por lagos años. Este per- sonaje y su pareja, tienen unos pezones en sus barrigas de embarazo, lo que convierte su cuerpo, en ubres. Sus caderas amplias, su posición cuadrúpeda, y su barriga/ubre, las convierten en alimento. Que quede clara además la similitud entre las pobres vacas a las cuales no les desaprovechamos ni un pedacito para nuestro consumo, realidad que es paralela a la de estas mujeres. Son sin embargo ambas, un milagro que da vida de todas las maneras.

Nudos en las cabezas, en las gargantas… los nudos son formas muy particulares, apretados, ahogados, sin aire, man- tienen, sostienen, dan fuerza… pero también se forman al tratar de contener en poco espacio, mucha materia, tensión y angustia. Tal vez sólo quise que tuvieran el nudo que tengo yo.

La última de mis piezas, un cuerpo humano en posición fetal. Esta extraña y entrañable posición a la cual buscamos volver en muchos momentos de intimidad, de soledad, de miedo… tal vez en un extraño gesto de buscar amor, en uno mismo, o en donde alguna vez se sintió mejor que nunca: La barriga de la madre. Contenido en unos guacales, en donde también se transporta la comida, se presenta como un vivo y muerto, niño y adulto, que esta naciendo y muriendo, pero sobre todo, que fue o va a ser comido. O tal vez, fue asesinado y encajado ahí entre alimentos, para esconder su cuerpo sin suerte presa de algún mal negocio, abuso o de la venganza de algún matón. Como carne de cañón, este cuerpo y todos los demás son cada uno una víctima de este país.

Hoy escuchaba una reflexión de Fernando Vallejo, donde para referirse al numero en que iba una lista de muertos conocidos que él mismo lleva, decía “750 muertos se dicen rápido, pero pesan”. Claro que pesan. La intención de este trabajo es conmover a cualquiera que lo vea, pues maneja un lenguaje que todos conocemos muy bien, pero sobre todo narra algo que nos pesa a todos. En este país no hay nada de esto que no hayamos visto o escuchado. Como una especie de exor- cismo, fue necesario armar nudos, tejidos y estructuras surrealistas, remendadas o en descomposición, para compartir con aquellos que lo vieran. Creo que una ventaja de este trabajo es que cualquiera incluso alguien no formado en absoluto, un habitante de la calle, o mis amigas ingenieras industriales, o mis suegros una feliz familia vendedores de seguros… todos ellos, fueron incluidos por un momento en esta fuerza centrífuga del arte, contagiándose sin ninguna pretensión y ningún complique de todo aquello que yo he reflexionado por tanto tiempo. Por un momento, todos se sintieron parte de un mismo contexto, de una misma familia, de una misma historia. Seguramente ellos también habían reflexionado antes sobre esto. ¿Cómo no? Y se encontraron ahí. Un extraño sentimiento de solidaridad sentí que circulo ese día. Todos sabíamos de qué estábamos hablando. Estaban conmovidos, por estos seres extraños que parecían representar la suerte y los sentimientos que nos unen a todos como país. Después de todo, venimos de lo mismo y sobrevivimos entre ello. Esta fue mi parte favorita de la historia. A pesar de no obtener la mejor calificación y todo los logros académicos a los que yo aspiraba, quiero confe- sar, y para ello podré sonar un poco pretensiosa, pero sentí que logré algo más importante, que fue llevar el arte fuera de

en el ámbito de la vida real. Fue necesario para mi vida, este proceso en el cual pude digerir toda esta información que me pesaba desde hacía muchos años, y creo que se manifestaba de formas confusas. Era una carga pesada que no entendía de dónde venía y a dónde iba. Hoy, después de todo esto, entiendo muchas cosas sobre mi vida y sobre la vida. Hoy seguramente no volvería a escirbir el mismo trabajo que comencé llena de ímpetu hace unos años. He entendido esa famosa necesidad que tenemos como humanos de digerir y entender. De no ser negañados, de no ser bobos, y de no poder vivir plenamente sin gri- tar de alguna manera todo lo que nos acalla. Hoy entiendo qué quiere decir expresarse y encontrar su lugar en alguna parte de toda esta historia. Hoy puedo decir que en mi vida, en adelante, apunto a que como sociedad, debemos tener y producir espacios para reflexionar sobre nuestro estado y nuestra historia. Hoy, creo más que nunca, que lo que nos hace falta es parar de comer, y digerir colectivamente quiénes somos y hacia dónde vamos.

Agradecimientos por haber hecho parte de este proceso, a: Mariana Dicker Molano

Daniel López Sara López Sofy Lima David López Edgar Bravo Pilar Forero Martha Berdugo Laura Alcina Paula Andrea Fierro José Rosero y CASATINA

Irza Fernández Josué Ruano David Ramírez Ana Elvia Arana y muy especialmente a mi papá Francisco Bravo.