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Los adultos, tanto negros como blancos, tomaron decisiones sobre la crisis de Little Rock. A medida que lee sobre las distintas maneras en que los maestros, padres y otros en la comunidad respondieron ante los eventos, use colores para subrayar las decisiones que tomaron y, por lo menos, una consecuencia de dicha decisión. Elija un color para la decisión y otro color para las consecuencias o resultados de dicha decisión. Después, compare y contraste estas decisiones con aquellas que analizó en “¿Puede un estudiante hacer la diferencia?” ¿Qué semejanzas encuentra? ¿Qué diferencias considera las más sorprendentes?

1. Daisy Bates, presidenta de la NAACP de Arkansas, no solo asesoró a los Nueve de Little Rock

sino que también fue su defensora. Después de que Jefferson Thomas fuera golpeado dos veces en una misma semana, Daisy tomó una decisión. Y escribe:

Después de hablar con el Sr. Thomas, revisé mis registros diarios. El chico que atacó a Jeff había sido denunciado una y otra vez ante las autoridades escolares por hostigar a los estudiantes negros.

A las nueve en punto de esa mañana, cuando el superintendente Blosson llegó a su oficina, Clarence Laws y yo lo estábamos esperando. Le preguntamos qué pensaba hacer sobre los continuos ataques brutales a los niños por parte de la pandilla organizada; ataques que habían sido denunciados muchas veces. Dijo que no estaba al tanto de un gran número de reincidentes. Así que le mostramos el registro de alumnos que habían intervenido en distintos ataques. Mientras miraba la lista de nombres y crueldades contra los nueve niños, su expresión perdió dureza y su rostro pareció suavizarse. Por un momento, no hubo señal de la actitud desafiante que le había observado cuando alguien osaba criticarlo o criticaba su plan de desegregación. Después, al tiempo que él se erguía, dije: “Si en realidad está interesado en erradicar este problema, debe expulsar a algunos de estos alborotadores reincidentes”.

Me miró y espetó: “No puede decirme cómo dirigir mi escuela”. “No, no puedo”, repliqué, “pero depende de usted, no del ejército, mantener la disciplina en la escuela. Al no hacerlo, está sometiendo a los niños a tortura física, algo con lo que tendrá que lidiar el resto de su vida”. Al salir de su oficina, me di cuenta de que debíamos buscar ayuda en otra parte.1

2. Daisy Bates escribe:

Un día, Gloria [Ray] empezó a bajar las escaleras desde el tercer piso de la Central High School. Había bajado solo unos escalones cuando escuchó el grito de una mujer detrás suyo. Gloria rápidamente relacionó el grito con un riesgo inminente para ella. Y estaba en lo cierto.

Un chico, que silenciosamente la había estado siguiendo al bajar la escalera, estaba a punto de arremeter contra ella y empujarla escaleras abajo. El grito alertó a Gloria del ataque por la espalda…

Muchos de los maestros, especialmente los más jóvenes, hicieron todo cuanto estuvo a su alcance para proteger a los nueve estudiantes. Algunos hicieron un mayor esfuerzo para ayudar a los estudiantes a ponerse al día con los trabajos que habían dejado de entregar cuando les prohibieron la entrada a la escuela en las primeras semanas del semestre. Preocupados por la falta de protección para los estudiantes negros dentro de la escuela, los mismos maestros se responsabilizaron de vigilar los pasillos entre una clase y otra. De esta manera, intentaron disuadir a los estudiantes segregacionistas de torturar a los niños negros.

Una maestra había estado en la entrada de su aula de clase mirando hacia la escalera. Fue ella quien había sido testigo del ataque a Gloria y quien había gritado para alertarla.

3. Los padres de Ann Thompson tomaron una decisión poco después de que la Junta Escolar

anunciara los planes de integrar la Central High School. Ann recuerda:

Mi familia era una familia normal, gente muy buena. Mi papá era un hombre trabajador que vivía el presente. Aunque éramos muy pobres, yo ni siquiera lo sabía. Sentía como si fuera la persona con más suerte en el mundo. Nuestra vida era muy normal. Todos los días, iba a la escuela, mi papá iba a trabajar y mi mamá trabajaba duro en casa. Las principales preocupaciones de mis padres eran ganarse la vida y levantar a su familia. La segregación era simplemente la forma de vida, nunca supimos nada más. Como era en la mayoría de ciudades sureñas, los negros tenían su parte del pueblo y los blancos, la suya. No recuerdo haber ido a un restaurante y haber visto negros allí. En realidad nunca pensé en eso. Mis padres eran personas maravillosas, pero también eran producto de su sociedad. A todos nos enseñaron que sencillamente no había que mezclarse. Éramos muy ignorantes con respecto a la segregación y la integración. Ni siquiera fue un problema hasta cuando supimos que iban a integrar la Central High de Little Rock.2

Tenía quince años y estaba en décimo grado cuando hicieron el anuncio. Inicialmente, muchos de los padres se rehusaron a creer que esto realmente iba a pasar. Algunos padres conformaron grupos y comités para intentar detenerlo, pero mis padres

realmente no participaron en nada de eso. No es que no estuvieran interesados, sino que no sabían qué hacer o a dónde ir. En últimas, simplemente decidieron que su hija no iría a una escuela integrada, y así fue. No creo que fuera por odio hacia nadie. Creo que fue

ignorancia y miedo a lo desconocido. “¿A dónde llevaría esto?”, “¿qué vendría después?”. Esa era la mentalidad; las personas simplemente no sabían qué esperar. Para empezar, no podíamos entender por qué querrían dejar su escuela negra y venir a la Central.3 4. Daisy Bates escribe:

Cuando el gobernador Faubus fue obligado por el Tribunal Federal a retirar a los guardias nacionales de Arkansas y a dejar de interferir con la integración en la Central High, [Eugene] Smith era jefe adjunto de policía. Cuando las autoridades escolares se preguntaban cómo podrían proteger a los estudiantes negros, Smith vino en su ayuda. Dijo: “Solo denme el personal y yo protegeré a los niños”.

Cuando me dijeron que hiciéramos la reunión de los estudiantes en mi casa hacia las 8:15 a. m., el 23 de septiembre, pregunté quién protegería a los estudiantes. La respuesta fue: “Smith, por supuesto”.

A la mañana siguiente, a las 6 a. m., Smith enfrentó a una turba de mil personas con la ayuda de cien de los mejores hombres del departamento, bloqueando las calles que daban a la Central, escuela a la que él y sus hijos habían asistido. Más tarde, cuando la turba supo que los estudiantes negros habían entrado a la escuela, se fueron encima de la policía, ignorando la orden de detenerse emitida por Gene Smith. Uno de los líderes de la turba se fue contra Smith y éste lo tiró a la acera. Muchos fueron arrestados y enviados a la cárcel.

… Pero cuando los reporteros le preguntaron sobre cuál era su postura frente al tema de la integración, él respondió: “Eso está fuera de mi jurisdicción. Nuestra función es hacer todo lo que podamos para proteger la vida y la propiedad y preservar la paz pública. Y eso es lo que hacemos todos los días”.4

5. Daisy Bates escribe:

El Sr. [Dunbar] Ogden era un sureño cuyas raíces estaban profundamente arraigadas en la antigua tradición de las plantaciones: su legado estaba unido al Sur propietario de esclavos. Se dijo de su abuelo, David Hunt, que había tenido más esclavos que cualquier otro hombre en Misisipi, y probablemente en el Sur… Su padre tenía un alto cargo pastoral en la Iglesia presbiteriana…

La primera vez que el Sr. Ogden llamó mi la atención fue cuando fue elegido presidente de la Greater Little Rock Interracial Interdenominational Ministerial Alliance en junio de 1957. Esto fue lo que me llevó a llamarlo y pedirle que caminara con los estudiantes hasta la Central High School.

Cuando conversé con él esa noche, por un momento pareció dudarlo. “Si es la voluntad de Dios, allí estaré”. Después, admitió que su renuencia, más que todo, se debía

lo hacían cuestionarse y dudar. “Aún pensaba en función de ‘separados pero iguales’”, explicó. “No era capaz de tener una verdadera relación de amistad con un negro porque mi actitud aún era condescendiente”.

A la mañana siguiente, cuando los menores se reunieron para ir a la escuela,

el Sr. Ogden estuvo allí para caminar con ellos. Y con él estaba su hijo David. El padre estaba complacido y orgulloso de que su hijo lo acompañara. “Cuando salí de casa esta mañana”, él me dijo: “No estaba seguro de quiénes estarían allí. Llamé a todos los pastores que supuse que podrían venir, pero no sonaban convencidos. ‘¿No es esto un poco dramático?’, ‘¿es esta la responsabilidad de la iglesia?’. De hecho, más de uno respondió: ‘No estoy seguro de que esta sea la voluntad de Dios’. Pero, mientras me subía al automóvil, David salió de la casa y dijo: ‘Papá, iré contigo; podrías necesitar un guardaespaldas’”.

Solo tres pastores habían ido, y el Sr. Ogden dijo algo a manera de disculpa: “Me desanima no haber podido conseguir más apoyo, pero, sinceramente, tuve que orar para armarme de valor. En lo único que podía pensar era en que una botella de refresco me pudiera golpear la cabeza por detrás”.

Nunca sospechó que los ciudadanos blancos de Little Rock se volvieran en su contra. Él era, después de todo, un pastor y un sureño. Pero ese día, cuando vio el odio

acumulado en la turba y sus rostros retorcidos, cuando los escuchó gritando no solo por la sangre de los nueve niños negros sino por él y todo lo relacionado con él, se dio cuenta de cuán despiadado era el sistema bajo el cual había vivido toda su vida. “Me di cuenta de a dónde llevaba la segregación. Tenía que tomar una decisión”, me dijo después…

Para los segregacionistas, el Sr. Ogden se había vuelto un traidor… Miembros de su iglesia dejaron de asistir a los servicios, dejaron de brindar apoyo económico y, por último, lo obligaron a renunciar…

La noche antes de irse de Little Rock, el Sr. y la Sra. Ogden… vinieron a verme… “Lamento haberlo involucrado en esto”, dije.

Estuvo en silencio un momento y después dijo: “No sienta pena por eso. Si tuviera que volverlo a hacer, lo haría. Creo que soy un mejor cristiano por haber tenido el privilegio de participar en una causa tan noble”.5

1 Daisy Bates, The Long Shadow of Little Rock: A Memoir (David McKay Company, Inc., 1962), 126–27. 2 Bates, The Long Shadow of Little Rock, 144.

3 Ann Thompson, “The Siege at Little Rock: Like the Civil War Revisited”, en The Century de Peter Jennings y Charles Brewster (Doubleday, 1998), 353. 4 Bates, The Long Shadow of Little Rock, 182–83.

4 Beth Roy, Bitters In the Honey (University of Arkansas Press, 1999), 224. 5 Bates, The Long Shadow of Little Rock, 182–83.

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CRONOLOGÍA, FEBRERO DE

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