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5. HOW TO MITIGATE NEGATIVE PORT IMPACTS?

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INTRODUCCIÓN

Hoy vamos a meditar en la sexta palabra de Cristo en la cruz. Fueron palabras de victoria. Esto significa que hay esperanza para usted y para mí, porque Cristo venció para que usted y yo podamos también vencer. Entonces, vamos a leerlas en Juan 19:28 al 30.

DESARROLLO

La primera palabra de Cristo en la cruz fue dirigida al Padre, en favor de todos; la segunda palabra fue dirigida a una persona; la tercera fue para dos personas: su madre y su discípulo Juan; la cuarta la dirigió al Padre; la quinta fue para él mismo; y la sexta, sobre la cual reflexionaremos hoy, fue dirigida al Padre, pero es para todos nosotros: “Consumado es”.

Solamente Jesús pudo decir esas palabras de manera absolutamente verdadera. Él murió con la certeza de que su misión había sido eterna y perfectamente cumplida; murió sin ningún arrepentimiento. No necesitó más tiempo para predicar otro sermón, curar a un paralítico más o multiplicar más pedazos de pan. Tenía apenas 33 años, pero había cumplido su responsabilidad al pie de la letra.

Aunque concluiría de manera traumática sus días en la tierra, moriría con la satisfacción de saber que el propósito de su vida había sido cumplido con éxito. Es casi una rendición de cuentas. Es el último y definitivo balance. En esas palabras, podemos encontrar la seguridad de nuestra salvación, la convicción de que nuestros débitos para con el Padre fueron pagados por otra persona.

Esta frase “Consumado es” es una sola palabra en griego: Tetelestai, que viene del verbo telo, que significa “terminar, completar, realizar”. Significa la conclusión exitosa de un

procedimiento. Usted puede usar esta palabra después de pagar sus cuentas o, si es un corredor, después de terminar una carrera. El siervo que terminaba su tarea usaba esta palabra para avisarle al dueño de la casa. Significa que usted terminó lo que vino a hacer y que, además, lo terminó en forma perfecta y acabada. Tetelestai era la palabra usada por los hacendados cuando un becerro nacía tan perfecto que parecía no tener ningún defecto. Entonces, el hacendado gritaba: “¡Tetelestai! ¡Tetelestai!” Era la palabra usada por un pintor que, después de dar los toques finales en un paisaje, se alejaba unos pasos y admiraba su obra. Si veía que no necesitaba ninguna corrección o mejora, diría orgullosamente: “Tetelestati”.

Jesús usó esa palabra, “Tetelestai”. Lo que el Hijo había hecho estaba acabado y perfecto. A los pies de la cruz, los hombres decían: “La vida de Jesús fue un fracaso”; pero Jesús decía: “Fue un éxito”.

De acuerdo con Mateo y Marcos (Mat. 27:50; Mar. 15:37, 38), Jesús pronunció esta palabra en voz alta. Quiso que todo el mundo oyera aquella palabra especial que resonaría por veinte siglos. Él no dijo: “Es el fin”, porque eso significaría que había sido muerto y derrotado. No, no era su fin, sino el comienzo de un nuevo capítulo en su existencia eterna.

Al gritar “Consumado es”, Jesús dio el mayor grito de victoria en toda la historia de la humanidad.

Pero, vamos a analizar juntos un poco más profundamente el significado de la expresión: “Consumado es”. Jesús vino a la tierra con un propósito. ¿Cuál era el propósito que Jesús tenía al dejar la gloria celestial y tomar forma humana, nacer como una criatura y vivir siendo tentado en todo, para, finalmente, morir en la cruz?

Para entender eso, tenemos que volver al jardín del Edén. Después de crear el mundo, el viernes, Dios creó al hombre. Y, en aquel mismo día, al ponerse el sol, dice

la Biblia que Dios contempló su obra de creación, “y vio todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. Es decir, estaba completado, consumado, todo era perfecto. Todo estaba en su lugar. Un mundo perfecto y armónico, y el ser humano para disfrutar la felicidad en medio de esa creación sin defecto. Después de contemplar su maravillosa creación, Dios descansó el sábado, dejándolo para el hombre como un día especial de comunión entre la criatura y el Creador.

Pero, entonces, el enemigo de Dios, el diablo, como si fuese una criatura malcriada ante un cuadro acabado con pintura fresca, viene y pone la mano, arruinando todo el cuadro de la Creación. En un mundo donde había perfección, él pone dolor, muerte y traición. El cuadro maravilloso de la Creación quedó totalmente arruinado. Ahora hay lágrimas, soledad, tristeza, muerte, traición y desconfianza. El mundo está arruinado. Pero Dios no puede aceptar que las cosas queden para siempre de esa manera. No puede permitir que el ser humano, que él creó con amor, para ser feliz, viva en un mundo tal. No, Dios no podía permitir eso, y en sus planes eternos ya estaba prevista la obra maravillosa de la Redención.

Jesús vino a este mundo para restaurar lo que el enemigo había deteriorado. Vino para recrear, para salvar, para devolver la esperanza. Pero, para eso, era preciso pagar el precio de la culpa humana, porque si el hombre pecó, tenía que morir. No había otro camino. Pero el ser humano no quería morir ni su muerte podía pagar el precio de su culpa. ¿Cómo solucionar el problema? Alguien tenía que morir. Solo que Dios no puede morir porque es Dios. Entonces, tuvo que hacerse hombre para morir. Ninguna criatura, incluyendo a los ángeles, podría morir para salvar al hombre. Solamente Dios hecho hombre. De esa manera, el pecado sería pagado. La deuda humana quedaría paga,

y el hombre podría recibir la salvación gratuitamente. Por eso, Dios tuvo que hacerse hombre y tuvo que morir en la persona de Jesús.

Éramos nosotros los que merecíamos que nos escupieran en la cara. Éramos nosotros los que merecíamos una corona de espinas en la cabeza. Éramos nosotros los que merecíamos los latigazos en las espaldas hasta sangrar. Éramos nosotros los que merecíamos morir clavados en la cruz. Fuimos nosotros los que hicimos las cosas mal. En Jesús, nadie encontró pecado. Él nunca hizo pecado. Él no tenía por qué morir. Pero ya que no queríamos morir, alguien tendría que morir en nuestro lugar.

Él murió, y con su muerte terminó su obra de salvación, sufrió todo lo que podía sufrir, enseñó todo lo que podía enseñar y, ahora, también en la tarde de un viernes, Dios, en la persona de Jesús, clavado en la cruz del Calvario, mira el cuadro restaurado, salvado, reintegrado, rehecho. Ahora el hombre no está condenado solamente a vivir en un mundo de infelicidad; ahora tiene una salida. Jesús, allá en la cruz, ve la obra de la redención terminada y exclama: “¡Está todo bien. Está completo. Está consumado!” Entonces, muere. El sábado descansa en la tumba, mostrándoos que todavía queda un día de reposo después del Calvario.

Todo lo que Jesús necesitaba hacer para salvarnos está hecho. No necesitamos hacer nada más. Pero, por algún motivo, el ser humano no acepta lo que es de gracia. Si alguien le da de regalo un auto, un 0 km, usted va a mirarlo y pensar: “¿Qué me va a cobrar después?”, porque en este mundo nadie entrega nada gratuitamente.

Vivimos en un mundo en el que tenemos que pagar por todo. Si vamos a una tienda a comprar un traje y vemos que está muy barato, no lo compramos y comenzamos a pensar: “No puede ser. Si es tan barato es porque no sirve, porque es de mala calidad” ¿Por qué actuamos así? Porque

vivimos en un mundo en el que las cosas que valen cuestan mucho. Estamos acostumbrados a pagar y, cuanto más caro pagamos, tenemos la impresión de que compramos lo mejor de lo mejor. Por eso, es difícil creer que si vivimos mal y en pecado hasta ahora, si anduvimos en el pecado y caímos en la miseria, podamos ahora, de repente, ser salvos, de gracia, sin pagar nada, sin dar un centavo. Es increíble.

Un evangelista estaba recogiendo su carpa inflable después de una campaña de evangelización cuando llegó alguien y le preguntó: “Pastor, ¿qué debo hacer para ser salvo?” El pastor continuó recogiendo su tienda y dijo: “¡Ah, joven, usted llegó demasiado tarde!” El joven quedó enojado y reclamó: “¿No cree usted que está siendo muy petulante al decir que llegué tarde? ¿Cree usted que era en su carpa donde encontraría la salvación? ¿Eran sus palabras dueñas de la salvación?” Y el pastor respondió: “Usted no me entendió, amigo. Si quiere hacer algo para salvarse, llegó dos mil años atrasado, porque todo lo que había que hacer para salvarse ya fue hecho en la cruz del Calvario. Usted tiene solamente que aceptar la salvación. No hay nada que pueda hacer”.

¿Quiere decir que el hombre no tiene ninguna responsabilidad en cuanto a la salvación? Sí, la tiene; ¿y sabe cuál es? Tiene que decir “Sí”, tiene que abrir el corazón, aceptar, porque Jesús no puede hacer nada por usted, si usted no quiere. ¿De qué sirve la penicilina si la persona que está muriendo con una infección no acepta el remedio? Todo está listo. Alguien pagó el precio para descubrir la penicilina. Ahí está el remedio listo. Pero, no vale de nada si el enfermo no reconoce que está enfermo y no acepta el remedio.

Amigo, la salvación de la raza humana está provista en la cruz del Calvario. Está todo hecho, todo pagado. Pero, eso no vale de nada si usted no lo acepta, si no reconoce que

lo necesita, si no corre a los brazos de Jesús.

Imagínese que usted debe quince mil pesos. No sabe qué hacer, no sabe a quién recurrir, ni hacia dónde ir. El lunes usted tiene que pagar quince mil pesos en el banco.

De repente, llega un amigo con el comprobante bancario de que su deuda está saldada, está paga. Sus quince mil pesos están pagados. ¿Qué necesita hacer para no deberle ya al banco? Sencillamente aceptar. Pero, si usted no acepta esa donación, nadie puede hacerlo por usted.

Cuando Jesús murió, crucificado con los brazos abiertos, quería decir: “Hijo, aquí estoy, esperándote con los brazos abiertos. Ven a mí mientras puedes venir. No importa si fallaste antes. Nunca pienses que ya no hay esperanza. En la cruz, yo vencí para que tú también venzas. Para decir que todavía hay esperanza para ti”.

Amigo, usted y yo merecemos morir; pero, un día, Jesús subió al monte Calvario. Era difícil. Era tan difícil que la víspera, en el Getsemaní, Jesús dijo: “Padre, si puedes, pasa de mí esta copa”. Pero el Padre dijo: “Hijo, tú eres el único que puede morir para salvar al ser humano”. Y Jesús, mirándote, dijo: “Está bien, yo te amo. Y no importa lo que tenga que sufrir; si es para salvarte, sufro”.

Él sufrió en nuestro lugar. Clavaron sus pies y sus manos. Pusieron una corona de espinas en su frente, escupieron en su rostro, lo golpearon. Se rieron de él, se burlaron, lo insultaron, y en silencio soportó todo. Entonces, usted no tiene derecho a decir que está perdido, que su caso es desesperado. Allá, en la cruz, él exclamó: “¡Está hecho! ¡Está consumado!” Sí, él tomó nuestra deuda y la cubrió con su liquidez. Él no se limitó a dar un anticipo, esperando que usted pagara las cuotas: “Pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Heb. 9:26).

En la antigüedad, cuando el precio de compra era convenido y no quedaba ningún valor abierto, se escribía TETELESTAI en el comprobante de venta, es decir, PAGADO, SALDADO. Sí, Jesús pagó el saldo de nuestros pecados hasta el último centavo.

Eso significa que, cuando acepto a Jesús, mis pecados están en Jesús, y no en mí. Sí, existe pecado dentro de mí, porque aún tengo una naturaleza pecaminosa, pero no están sobre mí, porque recibí vestiduras nuevas, las vestiduras de la justicia de Cristo, y en Jesús tengo mi ficha limpia en el cielo. Las virtudes de Jesús fueron acreditadas en mi cuenta con éxito.

Si intentamos añadir algo a la obra de Jesús, como rituales, penitencias o peregrinaciones, en verdad la estamos disminuyendo. Dios no quiere nuestro mérito; lo que quiere es nuestra disposición a aceptar el pago hecho por Cristo en nuestro favor.

CONCLUSIÓN

Si usted, amigo mío, todavía no recibió a Jesús como su Salvador personal, le recomiendo que lo haga en este instante. La cuestión que usted tiene ante sí no es la grandeza de su pecado, sino el valor del sacrificio ofrecido por Jesús.

“Consumado es”. Él completó su obra para que, a despecho de nuestra obra incompleta, pudiéramos nosotros entrar en el cielo. Él alcanzó las demandas de Dios, para que pudiera completar nuestras deficiencias. “Consumado es”. Ese clamor significaba que la Simiente de la mujer había triunfado sobre la repulsiva serpiente (ver Gén. 3:15). Fue un grito de victoria que sacudió todo el universo. Satanás fue desenmascarado y vencido. Su eliminación es cuestión de tiempo.

El Señor consintió y aceptó pasar por todo eso por amor a usted y a mí. Esas fueron las palabras más abarcantes y

poderosas jamás pronunciadas. “La propiciación para un mundo perdido había de ser plena, abundante y completa” (El Deseado de todas las gentes, p. 518), y fue a través de ese grito que los portones del cielo se abrieron para quien quiera entrar.

¿Cree usted que, por casualidad, sería inútil todo lo que Jesús hizo por nosotros? ¿No es este el momento para que también digamos “Consumado es”? ¿Es decir, “doy por definitivamente consumada mi entrega a Jesús, devolviéndole, entregándole lo que por derecho es suyo, mi corazón”?

Si ese es el deseo de su corazón, póngase de pie, salga de donde está y venga aquí al frente, diciendo: “Jesús, quiero hacer de tu victoria, mi victoria. Consumo hoy mi entrega a ti”. ¿Quién será el primero?