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KEY FINDINGS

2.3 Mobility Management instruments

El otoño no suele ser el mejor mes para las flores, ni aún para las más porfiadas. Ni de qué hablar cuando se abalanzan sobre ellas las manos desligadas de afecto e inte- ligencia.

En mayo, el sur de la provincia las vio desaparecer una a una en manos de un tal Músere y un tal Suárez, en un otoño despiadado. Pero ellas volvieron, o dejaron su perfu- me en toda la provincia, para que Mendoza no se quedara sin sus doscientas y tantas primaveras.

Cuatro fragmentos, cuatro relatos, nos muestran los operativos que fueron cercenando uno a uno, a los mili- tantes del PRT-ERP, a sus simpatizantes y colaboradores:

— Dijiste que tres se salvaron. ¿Y los que cayeron? “—Están Demetrio Ríos, Luna, Irma Verteré… —¿Luna es Sonia?

“—Sonia Luna, Berterré, Ríos. —¿Omar Ozán, Roberto Osorio?

“—No, no eran del grupo nuestro. Rolando Berohiza y ¿quién más estaba?... Una chica que actualmente no se sabe si es la misma persona a la que yo me refiero, tengo entendido que le decían Juana, Juana Aybar, que desapareció en Córdoba. Era una mujer grande, yo re- cuerdo que esta mujer tenía una hijita adoptada. Era flaca, alta; yo la relacionaba en la actividad laboral en la parte de enfermería algo así, no sé. No supe nunca si era de San Rafael o venía de otro lugar.

—O sea, ¿de la célula de ustedes?

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CAPÍTULO X

“—Claro. Después estaban Rosa, Sonia, la que era maestra, Angélica Guerrero. Lo único que tenía ella, y yo lo sabía, era una abuelita muy viejita, muy viejita y esta mujer no iba a poder hacer nada, absolutamente nada. Yo la conocía de antes y sabía que no iba a hacer nada. Después la conocí. Ella era bien morocha, pero bien morocha, petisita y más bien gordita, y era profesora, no sé, de costura, iba a esa escuela de Corte y Confección. Sobre cómo integra la militancia no tengo la menor idea, pero estaba, era conocida de alguno de ellos, pero era militante. Cuando cae Chiche (Santiago Illa); al poco tiempo empieza a caer todo el grupo. Solo Zueta se salvó porque se fue a Italia. Le dijimos ‘Andate, andate’; tuvo los medios para irse del país y se fue. Caen Ríos, Luna e Irma acá, en Mendoza, Angélica, todos. Los tuvieron detenidos, los liberaron y después los fueron a buscar otra vez y los desaparecieron”.(Testimonio de Silvia Faget de

Illa)

Eugenio París recuerda: “(...) Nosotros formamos el núcleo de la Juventud

Guevarista, que era la juventud del PRT, y pasamos a tener otro tipo de respon- sabilidades. Había una responsable que se juntaba constantemente con Daniel, porque con él muy pocas cosas discutíamos juntos, como documentos, por ejem- plo. De todas maneras, hubo pocas cosas que yo discutí; creo que esa fue una de las deficiencias grandes: la preparación ideológica, la preparación política; deja- ba bastante que desear. No era lo que la situación requería en ese sentido.

“En Mendoza se produjo una situación muy particular; un accidente de ómnibus, en San Luis, produce la caída de un compañero (3) con documentos.

Esto hizo que a ese compañero lo mataran y el PRT quedó prácticamente desca- bezado en Mendoza. Por esto, muchos compañeros que estaban en una militancia inferior, tuvieron que acceder por las “circunstancias revolucionarias y tal o cuál cosa”, a actividades para las cuales todavía no estaban preparados. Cuando se fue accediendo a esas responsabilidades más altas, uno no estaba preparado. Yo creo que si la organización planteaba la guerra popular y prolongada, signi- ficaba que todos teníamos que ir haciendo los pasos suficientes.

“Ellos tres (Daniel Moyano y el matrimonio Sabattini), fueron detenidos en una casa; creo que era en Guaymallén, no recuerdo bien la casa. Cuando fueron detenidos, inmediatamente los llevan al D-2, con las sesiones de tortura y todo eso. Cuando yo ‘aparecí’ por el D-2, el 13 de mayo, —el 13, miércoles a la noche o jueves a la madrugada—, a Daniel Moyano lo sacaron del D-2 para preservar esa celda. Lo llevaron a una celdita que tenían abajo y después no se supo más de él. Yo, por lo que me han dicho otros compañeros, entre ellos el Tito, que Daniel bajó muy mal. Y el Tito ya era médico, podía llegar a compren- der de la cuestión.

“Fuimos casi de los primeritos, una estructura grande a quienes nos acha- caron cosas; se habían hecho las dos grandes reivindicaciones: el atentado a

(3) En las primeras horas del día 6 de junio de 1975, un grupo de desconocidos portando armas de fuego, penetró en el hospital regional del departamento San Martín, y después de reducir al personal de guardia, secuestró a una persona- internada en el lugar desde el accidente ocurrido en La Paz, donde falleció su compañera de viaje Gladys Sabatini, estudiante de medicina. Posteriormente su cuerpo apareció baleado en Canota y fue identificado como Zenón Sanchez Andía, peruano, estudiante de la escuela de Comunicación Colectiva.

Zanettini una o dos semanas antes y, después, la colgada de la bandera argentina con la estrella del PRT en el puente de hierro, en Rodeo de la Cruz”.

Florencia Santamaría, sobreviviente, dice: “Graciela desapareció el 15 de mayo

del ‘76. Según mi mamá, esa noche hubo una redada grande del PRT, de mucha gente. Fueron cayendo compañeros y a ella fueron a buscarla a la casa donde vivíamos antes, en la calle Patricias Mendocinas. Allí les dicen que mis padres estaban viviendo en Guaymallén, en el barrio Unimev y fueron allá. Ella estaba durmiendo con mi nena; estaban mi papá y mi mamá, también, cuando entra- ron. A mi papá y a mi mamá los metieron en el baño. Había un compañero durmiendo en la casa, pero a él no lo tocaron. Mi mamá gritaba, desde el baño, que le pasaran a la niñita. Se la dieron, a ella se la llevaron y dejaron al compañe- ro. Cuando ellos se fueron, este compañero se fue; saltó la tapia y un vecino se lo llevó, lo sacó, pero volvieron a buscarlo porque se dieron cuenta de que había uno más en la casa. Lo vieron, pero, como no lo buscaban, no lo llevaron. La fueron a buscar a ella, quiero decir, con nombre y apellido, por eso, como no era buscado ese compañero, no lo llevaron. Así es que cuando volvieron ya no estaba, ya se había ido. Fue… se salvó milagrosamente. Era Osvaldo Zuin. Pero luego desapareció”.

—¿Te acordás de la militante, estudiante de Medicina, que tenía un sobrenom- bre, una muchacha muy linda? Esa chica también estaba ese día, la ‘Piri’. “—La ‘Piri’ Lillo, que cantaba espectacular.

—¿También ‘Piri’ está desaparecida? “— Sí.

—¿Era compañera tuya, en Medicina? “—Era compañera del Jorge y de Guillermo”.

La mamá y el hermano de Virginia Suárez, cuentan: “A Vivi se la llevaron

el 13 de mayo; se supone que estuvo en la Séptima, de la séptima al D-2, y después al Ejército. Quedó la huella del Ejército cuando entró acá. Un vecino, Giunta, me lo dijo harán dos meses atrás, ¡han pasado veintinueve años!, que estaba toda la cuadra cerrada por el Ejército. Él, con el padre, abrieron la puerta; él era joven. Los amenazaron con armas y les dijeron que se metieran adentro. En ese mo- mento averiguamos que a la Séptima llevaban gente, entonces se hizo la denun- cia; el Hábeas Corpus se pidió para saber dónde se encontraba. Al mismo tiem- po se fue formando un grupo de madres y padres, como Talquenca, con el cual nos juntábamos e íbamos tratando de relacionar cómo había sido —sobre mi hermana, por lo menos, y los hijos de ellos—, y así fue que nos juntábamos los sábados para saber qué podíamos hacer”.

“Yo pienso que ellos mismos se denunciaron abiertamente, porque acá, quien llamó, fue el Ejército, vino el camión del Ejército, eran soldados, con sus ametralladoras; no era Aviación, no era Marina, entonces tenemos la pauta de quién fue que se la llevó. Era el Ejército. Por una “E” que dejó marcada la bota en la hoja; el error fue no haberle echado barniz para que eso se quedara, se borró con los años. Dejaron una bota plasmada con la “E” de Ejército.

—Ustedes comentan que hubo varios y que fueron a ver a algunas familias cuyos hijos habían sido detenidos para la misma fecha. ¿Todos tenían relación con Vivi? ¿Eran amigos?

“—No, con las Campos no se conocían, no había relación. Con Granic, sí. Ni con la señora de Luna, de San Rafael ni con Bustamante ni con la señora de Espeche; no recuerdo todos los nombres, pero no había una relación. Algunos trabajaban, otros estudiaban en distintas facultades… Lo que notamos, sí, es que eran estudiantes universitarios y que tenían mucha capacidad; que eran jóvenes muy preparados.

“Y cómo conseguíamos las direcciones… Para nosotros, la primera me- dida era ir al comando pensando en que nos iban a dar una información. Nos encerraban en una pieza con sillas, nada más, nos sacaban el documento y nos dejaban solos. La mayoría éramos mujeres; un solo hombre, el papá de Vilma, había ido. En un papelito, con un lápiz, sin hablar, poníamos el nombre, por ejemplo ‘Haydée’ y el teléfono o ‘Haydée’ y la dirección. Lo pasábamos a la que estaba al lado, sin hablar. Así nos fuimos juntando y por eso vino la señora de Luna, que era de San Rafael, porque había venido al Comando para pedir por su hija.

“El siguiente paso era el Arzobispado. Ahí había como una pequeña conversación, pero tampoco nos animábamos a hablar mucho. Así fue como nos fuimos conociendo para llegar a las casas de cada uno. Cuando éramos más de siete, dijimos: ‘Hay que ir a Alvear’. Nos recibieron. ‘En tal lugar se llevaron al chico’; esa misma persona consiguió la dirección y fuimos, pero no nos qui- sieron atender, no nos abrieron la puerta. Pero una vecina nos dijo que habían otros más, conseguimos dos o tres nombres, pero no vimos a las familias. De San Rafael nos trajo algunos nombres la señora de Luna, de chicos que habían des- aparecido allá”.

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