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4.4 Application to a Linear Gaussian Model

4.4.1 Model

a los psiquiatras (inédito), fue introducido por Lacan en "Acerca de la

causalidad psíquica", en Escritos 1, Siglo XXI, 1988.

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una ética estoica. Que la noción de inconsciente ocupe un lugar ile privilegio en la teoría y en la cura psicoanalítica no implica ni un elogio ni una defensa del inconsciente. Por el contrario, la cura se define contra los efectos de inercia y de repetición del i nconsciente.

Cuando Freud propone como una de las tareas de la cura - haciendo referencia ahora a otra de sus fórm ulas- "reconstruir la historia del sujeto", este propósito no está al servicio de ninguna i >bediencia o acomodación fatal a esa historia sino, por el contra­ rio, de sacar a la luz y denunciar su dimensión ilusoria. Aquella lectura es una transposición de viejas nociones a las del psicoa­ nálisis. Se entiende que el inconsciente es lo que permite restituir el sentido a ciertas conductas del sujeto que, sin el recurso de esta hipótesis, aparecerían como irracionales, como sin sentido. Pero restituir el sentido de esas conductas, lo que efectivamente se lo­ gra en el tratamiento psicoanalítico, no conduce a afirmarlas sino ,i desecharlas. Por eso conviene tener cuidado con las nociones psicoanalíticas que conducen a entender el inconsciente como una especie de segundo y oculto sentido de la vida del sujeto que la cura permitiría recuperar. No se trata de la recuperación de un sentido, porque el inconsciente es un sinsentido, es insensato.

De aquí que en la última parte de su obra Lacan afirme que la ética del psicoanálisis es una ética del bien decir. Por una parte, se trata de subrayar la oposición del decir, como enunciación, y de los dichos, como enunciados. Los dichos del inconsciente, in­ sensatos, se inscriben en una serie infinita y un análisis apunta a encontrar la ley de esos dichos para que, al modo de los números I ransfinitos de Cantor, se pueda operar con el conjunto de la serie, y, de este modo, simultáneamente, se llegue a poner fin al aná­ lisis y obtener la destitución del inconsciente. Pero esa fórmula lacaniana hace referencia también a la articulación entre el decir v el acto, de modo que el bien decir se refiere también a una acción que no desmienta el deseo en que se sostiene.

E tica y psicop atolog ía

Intentaré ahora reordenar y resumir las conclusiones que se derivan de lo anteriormente expuesto. Dejaré de lado las reía-

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dones de la ética con las prácticas psicoterapéuticas, tema que es tratado en la materia Etica, psicología y derechos humanos, para centrar el final de esta exposición específicamente en las nocio­ nes de la psicopatología. Me referiré de manera breve a la ética de las diferentes estructuras clínicas, neurosis, perversión y psi­ cosis, y de los procesos de sexuación. Podríamos usar el térmi­ no patología de la ética15, articulación que se justifica porque tanto unas como otros, como ya dijimos, más allá de que alcancen o no el terreno de lo que habitualmente reconocemos como patológi­ co al desencadenar una enfermedad, constituyen modalidades subjetivas, es decir, posiciones diferenciales del sujeto en relación con el deseo y el goce, el tipo de defensas, la fantasía y la reali­ dad. De una manera más general las podríamos llamar modos de ser, o estilos de vida. En otras orientaciones psicológicas se plantean como tipos de personalidad, concepción que deja en la penumbra el registro de la ética.

Resulta habitual reconocer este registro en la perversión por­ que, dado el lugar preponderante que asume el goce en esta po­ sición subjetiva, el perverso frecuentemente transgrede las nor­ mas de la moral común. Sin embargo, la dimensión ética no está menos presente en la neurosis que representa la posición inversa. Tempranamente Freud formuló que perversión y neurosis eran como el positivo y el negativo de una fotografía. El neurótico se caracteriza por el rechazo del goce y, sobre todo, por su negativa a ponerse al servicio del goce del Otro. El peligro ante el cual sur­ ge la angustia como señal de alarma, iniciando así el proceso de la represión, no es en la teoría freudiana un peligro proveniente de la realidad exterior sino de la exigencia pulsional que busca su satisfacción. De este modo el neurótico se caracteriza, en cual­ quiera de sus formas, histeria, obsesión o fobia, por sus inhibicio­ nes y problemas con la acción. En vez de hacerse responsable del ejercicio de su goce, elude las situaciones que implican conflic­ tos, según la definición freudiana, entre sus diferentes instancias subjetivas y entre éstas y la realidad.

Esta cobardía moral se modula de distintas formas según la variedad neurótica. Es más marcada en el obsesivo que se sostie-

15 Miller, J-A., "Patología de la ética". En Lógicas de la vida amorosa, Manan­ tial, Buenos Aires, 1991.

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lie en la severidad del superyo que paradójicamente, a través de los sentimientos de culpa y los escrúpulos, semeja una subjeti­ vidad hipermoral e hiperresponsable. La subjetividad histérica, por lo contrario, cuando no alcanza la neurosis, asume una for­ ma de lazo social decisiva en la transm isión del deseo. Aún así, en ambas neurosis se trata de eludir la realización del deseo y la acción, apoyándose ya sea en su imposibilidad o en su insatis­ facción.

Por otra parte, el goce, inicialmente rechazado, termina por encontrar un medio de expresión en el mismo síntoma neurótico \ se constituye de esta manera en un componente adicional por el cual el sujeto neurótico se aferra a su sufrimiento. El goce en el sufrimiento es un rasgo preciso que define el masoquismo moral presente en todas las formas de neurosis.

En el perverso, en cambio, el deseo se presenta como vo­ luntad de goce, experiencia que el sujeto busca activamente y, sobre todo, orientado a la producción del goce en el Otro. En sus distintas formas, exhibicionismo o voveurismo, sadismo o' J

masoquismo, en la medida en que los límites al goce son más amplios, choca frecuentemente con las normas de la m oral y del derecho. Si bien no siempre se impone al otro contra su voluntad, \ a que la habilidad perversa apunta a obtener el consentimiento del otro y la complicidad de su deseo inconsciente, igualmente se involucra en situaciones delictivas, sobre todo en la paidofilia. t Itras formas, como el fetichismo y el travestismo, se expresan de manera más habitual simplemente como condiciones específicas de goce que no siempre atentan contra la moral.

La subjetividad psicótica se caracteriza, en oposición a la neu­ rosis y la perversión, por el rechazo de la represión y por la ne­ gativa a admitir un significante amo. En términos de Lacan, por el rechazo del significante del nombre del padre. De este modo se ubica fuera de la legalidad y plantea la delicada cuestión de la mimputabilidad. La psiquiatría, que tradicionalmente ha susten­ tado la causalidad orgánica de las psicosis, influyó fuertemente en el discurso jurídico para declarar no responsable al psicótico. Aún en la actualidad un diagnóstico de psicosis es un factor de peso para inclinar la convicción de un juez en la declaración de mimputabilidad de un sujeto. Sin embargo, esta declaración no implica solamente que el sujeto no pueda ser juzgado, sino más

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ampliamente que no es considerado responsable de sus actos, por lo tanto tampoco del ejercicio de sus derechos. Y sobre todo, implica negar la misma dimensión de la subjetividad. De aquí la protesta de famosos psicóticos que exigían ser juzgados por sus actos, no sólo por la necesidad de la sanción social, muchas veces de efecto estabilizador y tranquilizante, sino, tal es el objeto de sus denuncias, por resultar colocados fuera del orden de lo hu­ mano al negarse la calificación de delito a sus actos.

En cuanto a los procesos de sexuación y sus diferentes va­ riantes, como ya quedó dicho, se dirigen cada vez más a resul­ tar excluidos del campo de la psicopatología como consecuencia de una mayor aceptación de esa variedad. Aunque todavía con grandes diferencias según los grupos sociales y culturales, no sólo la elección de orientación sino también de la identidad se­ xual, tienden a ser admitidos legalmente. De esta manera, en el caso del llamado transexualismo, siempre que se cumplan cier­ tas condiciones, resulta posible en algunos países, y recientemen­ te tam bién en el nuestro, obtener la autorización para el cambio de sexo anatómico y civil por medio del uso de los distintos re­ cursos necesarios para ello, incluido el quirúrgico.

Estos cambios corresponden a un momento de transforma­ ción de nuestra cultura que ha sido caracterizado por Lacan como de disolución de la estructura del Edipo. Desde sus pri­ meros trabajos en la década del 30, Lacan señalaba la fuerte inci­ dencia en las formas modernas de las neurosis del debilitamiento de la función paterna en nuestra cultura y, más todavía, de su degradación y descom posición16. En cierto sentido considera el surgimiento mismo del psicoanálisis como reacción a esa trans­ formación cultural. En todo caso, señala que el psicoanálisis, tal como Freud lo ejerció, constituyó un intento de prórroga de la estructura del Edipo y de defensa de la función paterna. De allí que denuncie en la práctica freudiana una cierta identificación entre la función del analista y la del padre.

Los movimientos homosexuales, ya desde la época de Freud, denunciaron frecuentemente al psicoanálisis como hostil y ad­ verso a sus propósitos. El psicoanálisis nunca admitió la deter­

16 En la clase XXII del Seminario 7 utiliza la expresión, que da título a ese

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