III. Methodology
3.2 Model Development
A mediados de agosto del año 424, antes incluso de que tuviera lugar la desastrosa invasión ateniense de Beocia, Brásidas comenzó a inclinar el curso de la guerra a favor de Esparta con una proeza aún más audaz: la de conducir un ejército al norte, hacia Tracia, para proyectar desde allí su amenaza sobre la única zona accesible del Imperio ateniense. Dio la casualidad de que era el mismo ejército —setecientos ilotas armados como hoplitas y, entre estos últimos, un millar de mercenarios del Peloponeso— que había estado en las cercanías de Corinto en el momento justo en que los atenienses cayeron sobre Megara, y gracias al cual Brásidas pudo salvar la ciudad. En aquel mismo año, el acoso de los atenienses sobre el Peloponeso desde Pilos y Citera se había hecho insoportable, y los espartanos se dispusieron a intentar cualquier cosa con tal de resarcirse. En un momento en que tanto atenienses como mesenios fomentaban la insurrección de Pilos, el plan de Brásidas les permitiría sacar del Peloponeso a setecientos ilotas sanos y fuertes de una vez, mientras que su comandante sería el único espartiata que arriesgarían en el esfuerzo. El principal objetivo era Anfipolis, fuente de recursos estratégicos y rica en madera y yacimientos de oro y plata; Anfipolis era un emplazamiento clave desde el que era posible controlar el paso del río Estrimón y la ruta este hacia el Helesponto y el Bósforo; por esta vía viajaban los barcos de transporte de grano, el suministro vital de Atenas (véase el mapa 16).
Sin embargo, la ruta que conducía a Anfipolis y a las demás ciudades sometidas por los atenienses en Macedonia y Tracia entrañaba diversos peligros. Entre estas poblaciones y la nueva colonia espartana de Heraclea, se encontraba Tesalia, aliada formal de Atenas. Era una tierra llana y extensa, complicada para que un ejército de hoplitas la atravesara sin riesgo en caso de que les saliera al paso la espléndida caballería tesalia, a lo que cabría sumar el hecho de que los espartanos carecían de amigos que les suministrasen efectivos en la Grecia septentrional. No obstante, Brásidas ardía en deseos de probar el asalto, ya que las circunstancias del año 424 parecían presentarse favorables: los botieos y los calcideos se venían sublevando contra Atenas desde el 432, y Perdicas, rey de los macedonios, quienes, aunque puntualmente en paz o aliados de Atenas, siempre la habían sentido en el fondo como su enemiga, animaba ahora a los espartanos para que enviasen un contingente a Tracia. Los rebeldes temían que, envalentonados, los atenienses no tardarían en enviar un ejército para aplastarlos; a su vez, Perdicas también se había enemistado por motivos personales con Arrabeo, rey de los lincestas, y deseaba obtener el apoyo del ejército peloponesio para su causa. Puesto que podía contar con que las ciudades griegas hostiles a Atenas apoyarían una campaña espartana en el nordeste, Brásidas fue capaz de convencer al gobierno para que su plan se aprobase.
En Tesalia, donde la población era afín a Atenas, surgió el primer desafío; y es que no había ciudadano en toda Grecia que tolerase que un ejército extranjero cruzase su territorio. Como apunta Tucídides: «Si Tesalia no hubiera estado gobernada por una oligarquía intolerante, como tienen por costumbre, sino por un gobierno constitucional, Brásidas jamás hubiera podido atravesarla» (IV, 78, 3). Algunos de sus partidarios en Fársalo le enviaron hombres para que lo guiasen con éxito, y para alcanzar la ciudad su diplomacia e inteligencia hicieron el resto. Desde allí, la escolta tesalia pudo guiarle el resto del camino hasta el territorio de Perdicas.
Cuando los atenienses tuvieron noticia de que Brásidas había alcanzado el norte, declararon a Perdicas enemigo suyo y comenzaron a estrechar la vigilancia sobre sus aliados sospechosos. Para seguir contando con el favor de Perdicas, Brásidas accedió a sumarse al ataque contra sus vecinos, pero pronto surgió la discordia. Brásidas aceptó la oferta de Arrabeo para arbitrar en la disputa y se retiró de la contienda. Esto enojó enormemente al rey macedonio, que respondió reduciendo su apoyo a las fuerzas del espartano de la mitad a un tercio.
Brásidas había decidido que Acanto, una de las ciudades de la península calcídica, sería una buena base desde donde atacar Anfípolis, y a finales de agosto condujo su ejército hasta allí (véase el mapa 16). Aunque las luchas intestinas entre las facciones mantenían dividida a la población, Brásidas no intentó tomarla por la fuerza ni mediante la traición; por el contrario, intentó convencer a sus ciudadanos de que aceptasen una rendición. Tucídides dice de él, bien con deliciosa ironía o con cierta condescendencia displicente, que «mal orador no era, para ser espartano» (IV, 84, 2). Los acantios le permitieron entrar en la ciudad a condición de que lo hiciera sin escoltas. Con buenas palabras, Brásidas comenzó hablando del papel de Esparta como libertadora de los griegos, e hizo promesa de permitir la autonomía de la ciudad, de no favorecer a ninguna facción y de proporcionar protección contra las represalias atenienses; no obstante, su discurso acabó con la amenaza de destruir las cosechas de Acanto, a punto para la recolección, en caso de que sus habitantes se negasen a aceptar sus ofertas. Los acantios votaron por alzarse contra Atenas y admitir a los peloponesios, «seducidos por las palabras de Brásidas y por miedo a perder sus cosechas» (IV, 88, 1). Estagira, una población vecina, también se sumó a la rebelión. Esta pequeña victoria daría alas a la causa espartana.
LA TOMA DE ANFÍPOLIS
A comienzos de diciembre, Brásidas marchó en dirección a Anfipolis. Con toda seguridad, su caída arrastraría la insurrección generalizada de todo el territorio y abriría una vía hacia el Helesponto. Situada sobre una curva cerrada del río Estrimón, el agua salvaguardaba Anfípolis en tres sentidos (véase el mapa 16). Desde el oeste, un puente sobre el río daba acceso a la ciudad; cualquier enemigo que cruzase por allí tropezaría con la muralla que envolvía la colina sobre la que se había construido Anfipolis; por el este, la muralla convertía a la población en una verdadera isla. Una flota de escasas dimensiones también podía defenderla de cualquier ataque efectuado por el oeste sin grandes esfuerzos.
Anfípolis contaba con pocos atenienses; la gran mayoría de sus habitantes estaba formada por lo que Tucídides llamó «una multitud, mezcla de razas variopintas», entre ellas, algunos pobladores de la vecina Argilo. Como las gentes de Argilo eran secretamente hostiles a Atenas, los argilios de Anfipolis tampoco podían considerarse como aliados dignos de confianza; así pues, en caso de ataque o asedio, Anfipolis se encontraría en peligro tanto desde el interior como desde el exterior.
Una noche oscura y de nevada, Brásidas marchó hasta Argilo, y la población se sublevó de inmediato contra la Liga ateniense. Antes del amanecer, ya había alcanzado el puente sobre el Estri-món, crucial para sus planes. La tormenta de nieve le ayudó a tomar por sorpresa a la guardia, entre la que había traidores. Los peloponesios ocuparon sin dificultad el puente y todo el terreno en las afueras de los muros de la ciudad, mientras hacían prisioneros a los asombrados anfipolitas que quedaban atrapados fuera de los muros; en el interior, rápidamente estallaron disturbios entre los pobladores de las diferentes nacionalidades. Tucídides sostiene que si Brásidas hubiera atacado Anfipolis de inmediato en vez de saquear sus alrededores, hubiera podido tomar la ciudad con facilidad. Sin embargo, como el asalto a una ciudad amurallada con un ejército tan pequeño no era tarea fácil y terminaría, con toda seguridad, en un número significativo de bajas, Brásidas se sirvió de la traición. No obstante, los anfipolitas reaccionaron con celeridad, y se dispusieron a defender las puertas de su ciudad contra la intriga.
En Anfipolis, Eucles, el oficial ateniense que comandaba la plaza, envió mensajeros a Tucídides para que acudiera al rescate desde Eyón; en ese momento, el historiador de la Guerra del Peloponeso se encontraba al mando de la flota ateniense en la región de Tracia. Sin embargo, Tucídides no estaba en Eyón, a menos de tres kilómetros de la desembocadura del Estrimón, sino en Tasos, a media jornada de navegación. La narración de Tucídides no ofrece los motivos de su ausencia; quizá se encontraba reuniendo tropas de refuerzo para Anfípolis, aunque carecemos de pruebas a ese respecto; incluso puede que su viaje ni siquiera tuviera que ver con la ciudad. Por la razón que fuese, su retraso acabó siendo un factor decisivo para el resultado final.
Tucídides cuenta que fue el temor del propio Brásidas ante la inminente llegada de refuerzos atenienses, y que éstos endurecerían la resistencia, lo que le hizo ofrecer a los anfipolitas una rendición en tan buenos términos. Sin tener en cuenta el grado de veracidad de tal aseveración, la aparición de la flota ateniense sí que habría evitado en gran medida una posible rendición, de modo que Brásidas se movió rápida y acertadamente. No obstante, Eucles y los anfipolitas sabían que Tucídides sólo disponía de unos pocos navíos, los cuales no servirían de mucho cuando Brásidas hubiera cruzado el puente. Si se tomaba la ciudad por la fuerza, las consecuencias para sus ciudadanos serían nefastas: posiblemente el exilio, la esclavitud o incluso la muerte. Los anfipolitas aceptaron las condiciones ofrecidas por el espartano: todo residente en Anfipolis podría, o bien quedarse y mantener sus propiedades en igualdad de derechos, o bien abandonar la ciudad libremente en los siguientes cinco días y llevar consigo sus posesiones. Implícitamente, la auténtica condición era que Anfípolis debía pasarse a la Liga del Peloponeso, y «la proclama les pareció justa en comparación con sus temores» (IV, 106, 1). Al tener conocimiento de la oferta hecha por Brásidas, la resistencia se vino abajo y la ciudad entera no tardó en acatar los términos de la rendición.
Pocas horas después de que Brásidas entrara en Anfipolis, Tucídides arribaba a Eyón con sus siete trirremes. Había navegado con rapidez y viajado casi cincuenta millas en unas doce horas. El aviso debió de llegarle por medio de señales desde la costa, que probablemente dirían algo así como «puente perdido, enemigo en la ciudad». Estas noticias explicarían la reacción del historiador, como él mismo relata: «[Tucídides] quería sobre todo alcanzar Anfipolis a tiempo para librarla de la rendición; no obstante, si tal cosa era imposible, esperaba por lo menos llegar a Eyón» (IV, 104, 5). De hecho, llegó demasiado tarde para salvar Anfipolis, aunque sí pudo evitar la caída de Eyón.
TUCÍDIDES EN ANFÍPOLIS
La pérdida de Anfipolis encendió los ánimos de los atenienses, que hicieron responsable de la misma a Tucídides. Así pues, se le condujo a juicio y se le envió a un exilio que se prolongaría por veinte años, hasta la mismísima conclusión de la guerra. Los biógrafos de Tucídides en la Antigüedad dan noticia de que Cleón tomó parte en la acusación, y que los cargos fueron por prodosia (traición), lo que, junto a la malversación, era una acusación que a menudo se esgrimía contra los generales perdedores. Cleón era todavía el líder político de Atenas y el candidato más plausible para haber presentado tal queja. Los historiadores han discutido desde siempre la equidad de tal decisión judicial. El problema para el historiador moderno se complica por el hecho de que el único relato útil de los acontecimientos lo hace el propio Tucídides, lo cual, en sí mismo, no deja de ser desconcertante. Aunque Tucídides nunca discute de manera directa la sentencia dictada sobre él y, en cambio, opta por una descripción aparentemente objetiva de los hechos, su escueta narración resulta una defensa de lo más efectiva. La prueba de esta valoración la tenemos en que podemos convertir fácilmente su relato en una respuesta directa a la acusación por la que se le había inculpado con relación a la caída de Anfipolis: «Se declaró el estado de emergencia —diría—, y Brásidas efectuó un ataque sorpresa sobre el puente del Estrimón. La guardia del puente era escasa, en parte desleal y desprevenida, así que Brásidas pudo tomarlo con facilidad. La responsabilidad de defender el puente era de Eucles, el oficial de la plaza. Ésta fue tomada por sorpresa, pero se las arreglaron para darse prisa, evitar a tiempo la traición y enviar mensajeros para solicitar mi ayuda. En esos momentos me hallaba en Tasos, la cual abandoné de inmediato para ir a liberar Anfipolis si me era posible y, si no, salvar como mínimo Eyón. Hice la travesía en un tiempo increíblemente corto, porque sabía que era grande el riesgo de traición y que mi llegada podría cambiar la marea a nuestro favor. Si Eucles hubiera resistido un día más, habríamos desbaratado el ataque de Brásidas; pero no lo hizo. Mi rapidez y mi previsión salvaron Eyón».
Sea cual fuere la defensa formal de Tucídides, ésta no convenció al jurado ateniense, aunque el argumento implícito presentado en su narración ha tenido mucho mayor éxito entre los historiadores modernos. De todos modos, si la declaración ofrecida ante el tribunal fue esencialmente la misma
que la presentada en su historia, podemos entender por qué no sirvió para exculparle: no da respuesta alguna a la pregunta clave: concretamente, por qué estaba en Tasos y no en Eyón. Sin duda, Tucídides había ido a Tasos con motivo de alguna misión legítima, pero eso no lo exonera de la acusación de haber fracasado a la hora de anticipar la llegada de la expedición de Brásidas ni de estar en el lugar y momento equivocados. Sin embargo, el castigo se nos antoja excesivo, sobre todo si tenemos en cuenta la táctica de Brásidas, audaz y poco usual, y el hecho de que Eucles, que no pudo evitar la captura del puente y la posterior rendición de los ciudadanos de Anfipolis, no parece haber sido llevado a juicio ni condenado. Si el demos buscaba chivos expiatorios, ¿por qué conde-nar solamente a Tucídides? No se conoce ningún motivo por el que el jurado ateniense hubiera tenido necesidad de hacer distinciones entre Eucles y él, tanto en el terreno político como en cual-quier otro. Los atenienses no condenaban directamente a todos los generales acusados, y ni sicual-quiera a todos los reos se les aplicaba la misma pena; parece que, entre otras consideraciones, sus decisiones se basaban en los particulares del caso.
Fuese quien fuese el culpable, la caída de Anfípolis había fomentado la insurgencia a través de todo el territorio tracio, y las facciones de varias regiones enviaron mensajeros en secreto para invitar a Brásidas para atraer a sus ciudades a Esparta. Inmediatamente después de la captura de Anfipolis, tanto Mircino, situada río arriba del Estrimón, como Galepso y Esime, en la costa del Egeo, desertaron también, seguidas de la mayoría de las ciudades de la península de Acte.
Los ciudadanos de las ciudades calcídicas contaban con la importante ayuda de Esparta y subestimaron la fuerza de Atenas. Sin embargo, en ambos sentidos se equivocaban. Los atenienses mandaron de inmediato guarniciones para reforzar el control sobre Tracia y, a pesar de que Brásidas pidió refuerzos mientras comenzaba a construir naves en el Estrimón, el gobierno se los denegó desde Esparta, «porque sus dirigentes le envidiaban y porque también preferían recuperar a los hombres que habían sido hechos prisioneros en Esfacteria y poner fin a la guerra» (IV, 108, 7).
Sin lugar a dudas, la envidia tuvo un papel de peso en la decisión espartana, pero un factor mucho más significativo fueron las discrepancias reales que se daban en materia política. A partir de la captura de los hombres de Esfacteria, la facción a favor de la paz negociada había dominado las decisiones de gobierno y había convencido a los espartanos para que enviaran una y otra vez misiones que fijaran las condiciones, únicamente para verse rechazados una y otra vez por los atenienses. Éstos veían ahora en las victorias de Brásidas un poderoso acicate para una paz que tanto habían buscado en vano, ya que la toma de Anfípolis y la de las demás poblaciones los colocaba en una posición de poder desde la que negociar el cambio de prisioneros, y la entrega de Pilos y Citera.
Se puede simpatizar fácilmente con estas posturas más conservadoras. Perdicas el macedonio se había revelado como un aliado muy poco fiable; aunque, a su vez, desplazar un ejército a través de Tesalia también entrañara sus riesgos. Pocos eran los espartanos que querían enviar sus tropas fuera de casa con el enemigo todavía en Pilos y Citera, y más aún teniendo en cuenta que los ilotas habían comenzado a impacientarse. A su vez, la racha de derrotas en Megara, Beocia y Anfípolis había restado credibilidad a los defensores de una guerra de agresión en Atenas, y sus ciudadanos se encontraban preparados para considerar una paz negociada. Habían inaugurado el año con una exagerada esperanza en el más absoluto de los triunfos, y lo concluían con el ánimo escarmentado, es decir, dispuestos al compromiso.
LA TREGUA
En la primavera del año 423, los atenienses finalmente se dispusieron a discutir la paz con los espartanos, y con esta intención se pactó un año de tregua. Bajo los términos de la misma, los espartanos prometieron a los atenienses el libre acceso al santuario de Delfos y se mostraron dispuestos a no botar más navíos de guerra; por su parte, los atenienses dieron su palabra de no seguir acogiendo a los ilotas huidos de Pilos. Atenas conservaría Pilos y Litera, pero sus guarniciones no podrían abandonar los límites de la primera ni tener contacto con el Peloponeso
desde la otra. Se fijaron las mismas condiciones para el destacamento ateniense de Nisea y de las islas de Minoa y Atalanta, y se autorizó la presencia ateniense en Trecén, en el Peloponeso oriental, en concordancia con los tratados alcanzados previamente con sus habitantes.
Para facilitar las negociaciones, se garantizó el salvoconducto de los heraldos y enviados de ambas partes, y se acordó que cualquier disputa sería solucionada a través del arbitraje. La cláusula final refleja un sentimiento de paz auténtico por parte de Esparta: «Estas cosas se nos antojan beneficiosas para los espartanos y sus aliados; no obstante, si consideráis algo más conveniente o justo para vosotros, venid a Esparta y decídnoslo. Ni los espartanos ni sus aliados rechazarán cualquier propuesta que hagáis en justicia. Permitid tan sólo que vuestros enviados tengan plenos poderes, como vosotros así lo exigisteis de los nuestros. Si así obráis, un año durará la tregua» (IV, 118, 8-10).
La Asamblea ateniense aceptó el armisticio a finales de marzo del 423, pero pronto surgieron nuevos problemas. Los beocios, eufóricos tras su triunfo en Delio, y los focenses, que a su vez alimentaban viejas rencillas, rechazaron el pacto. Estos últimos, al controlar el acceso ateniense a Delfos por tierra, amenazaban sin reservas la primera cláusula del pacto. Los corintios y megareos