Chapter 2: Background
2.1 Building Reconstruction
2.1.1 Model-driven vs Data-driven
El hombre que salva de la quietud al cielo y a la tierra se caracteriza por dos rasgos esenciales: es un ser salvado del reino de la muerte y poseedor del poder de metarmofosearse en cuerpo celeste. Su destino se manifiesta como una ascensión ininterrumpida desde las oscuras profundidades de su origen hasta las cumbres luminosas a las cuales aspira. Lo más nota ble es que, esa vocación para el más allá, lejos de estar limi tada a la realización individual, es considerada como el único medio de salvar a la creación entera, comprendiendo en ella a la divinidad. ¿Qué puede significar en esta mecánica de re dención universal la restricción impuesta al poder de los dio ses? ¿Por qué aceptan éstos de buena gana la preeminencia del hombre? ¿Dónde reside la debilidad de su estado que, por definición, debería de dominar a los otros? Un análisis más profundo del Quinto Sol puede arrojar, tal vez, alguna luz sobre esta anomalía.
La singularidad fundamental del nuevo astro reside en el hecho de haber nacido de una criatura humana que osó aven turarse hasta los abismos terrestres: en efecto, Nanahuatzin- Xolotl no es más que el doble de Quetzalcoatl en el momento de su dramático «descenso a los infiernos». Vemos, pues, que el poder de traspasar la materia es propio del Quinto Sol; que este poder, al conducirlo al origen de los fenómenos, le des cubre que la multiplicidad del mundo no es más que el reverso de una unidad invisible.
Por otra parte, dado que el impulso que lo transforma en
energía dimana de un enfrentamiento con la muerte, el mito parece indicar una victoria sobre la necesidad más ineludible y parece poner al acto libre como condición expresa de la vida.
Vimos la parte activa que tomaron los dioses en el adveni miento de la era de Movimiento, puesto que fueron ellos los que obligaron al hombre a asumir su difícil destino de redentor. Ahora bien, puesto que aquéllos desaparecen después de esa realización se colige que, al tiempo que descubre el hombre la dimensión de su verdadero universo, está movido por la voluntad de recorrer la distancia que lo separa de la luz, de ser, por consiguiente, el intermediario entre dos fuerzas anta gónicas que, sin él, permanecerían opuestas para siempre. De bido a que está precisado a llenar este espacio en el tiempo de su existencia, su función consiste en introducir la movilidad del instante que es su vida, en la inercia no sólo de la ma teria, sino también de una eternidad abstracta. El destino humano estaría, pues, concebido como factor de equilibrio entre dos fuerzas que dejadas a sí mismas serían igualmente paralizantes: la de la materia bruta, por una parte; la de una razón demasiado pura, por la otra. Su fusión, por lo contrario, produce la materia pensante, única forma a través de la cual es posible la vida. Resulta de ello que la lucha mostrada en la sucesión de los Soles apagados no es una lucha en sen tido único —la del espíritu para salvar la materia—, sino el esfuerzo combinado de dos fuerzas tendentes al mismo fin y que desaparecen en cuanto esta finalidad es alcanzada. Superar por una parte la muerte, por otra la divinidad, es asegurar la victoria de cada uno de estos estados por la realización de am bos en una nueva forma.
De esta manera deja de ser misteriosa la sumisión de los dioses: aceptan morir —en ciertas versiones proponen ellos mismos su sacrificio— porque su obra está acabada. De hecho, el mito relata su muerte ya después de consumada, por cuanto la voluntad del Quinto Sol supone ya la asimilación de los dioses en una nueva realidad surgida de su aniquilación. La historia del Señor Quetzalcoatl proyecta una intensa luz sobre el papel que desempeñan los actores de este drama. Empieza con un sacerdote, soberano de un reino maravilloso, encerrado a perpetuidad en un piadoso retiro: «Cuando vivía, no se mos traba públicamente: estaba dentro de un aposento muy oscuro y custodiado; le custodiaban sus pajes en muchas partes, que cerraban; su aposento era el último...»3’ Un día aparecieron extraños emisarios, los cuales lograron, después de varias ten tativas, entrar donde el rey estaba, con la intención de persua dirlo de que abandonara a su pueblo. El engaño que usan es
significativo: le van a dar un cuerpo y para ello penetran en la oscuridad donde se esconde parapetados tras un espejo. «Primero fue Tezcatlipoca; cogió un doble espejo de un jeme y lo envolvió; y cuando Uegó a donde estaba Quetzalcoatl, dijo a sus pajes que le custodiaban: ‘Id a decir al sacerdote: ha venido un mozo a mostrarte, Señor, y a darte tu cuerpo.’ Entraron los pajes a avisar a Quetzalcoatl, quien le dijo: ‘¿Qué es eso, abuelo y paje?, ¿qué cosa es mi cuerpo? Mirad lo que trajo y entonces entrará.’ El no quiso dejarlo ver y les dijo: ‘Id a decirle al sacerdote que yo en persona he de mostrárselo.’ Fueron a decirle: ‘No accede; insiste él en mostrártelo, Señor.’ Quetzalcoatl dijo: ‘Que venga, abuelo.’ Fueron a llamar a Tez catlipoca; entró, le saludó y dijo: ‘Hijo mío, sacerdote Ce Acatl Quetzalcoatl, yo te saludo y vengo, señor, a hacerte ver tu cuerpo.’ Dijo Quetzalcoatl: ‘Sé bien venido, abuelo. ¿De dónde has arribado? ¿Qué es eso de mi cuerpo? A ver.’ Aquel respondió: ‘Hijo mío, sacerdote, yo soy tu vasallo; vengo de la falda de Nonohualcatéptl; mira, señor, tu cuerpo.’ Luego le dio el espejo y dijo: ‘Mírame y conócete, hijo mío; que has de aparecer en el espejo.’ En seguida se vio Quetzalcoatl; se asustó mucho y dijo: ‘Si me vieran mis vasallos, quizá corrie ran.’ Por las muchas verrugas de sus párpados, las cuencas hun didas de los ojos y toda muy hinchada su cara, estaba disforme. Después que vio el espejo, dijo: ‘Nunca me verá mi vasallo, porque aquí me estaré’» M.
El pánico inspirado por la brusca aparición del rostro des conocido no puede significar otra cosa sino el contacto del espíritu con la materia, el instante de su paso a un estado de una intolerable ambigüedad. Lo que sorprende en la manera de ser tratado ese viejo tema es que el encuentro, lejos de implicar caída y degradación, es la condición expresa de la salvación: de él surge la criatura que libra de las tinieblas al universo y es significativo que ese sacerdote inmóvil y sereno esté tan perdido en la oscuridad como el Señor de la Muerte.
Esa unión creadora parece concebida al término del doble movimiento de deseos que convergen: como respuesta de la esencia al llamado del objeto; de lo uno a lo múltiple. La versión de Sahagún muestra al sacerdote en la espera: «Y así fueran a decir al dicho Quetzalcoatl de cómo venía un viejo a hablarle, diciendo: ‘Señor, un viejo ha venido aquí y quiéreos hablar y ver, y echárnosle fuera para que se fuese y no quiere, diciendo que os ha de ver por fuerza.’ Y dijo el dicho Quet zalcoatl: ‘Entrese acá y venga, que lo estoy aguardando muchos días ha’» M.
Los símbolos corroboran el mito al representar la aspiración
de la materia por medio de un reptil levantado con toda su altura y la del espíritu por el pájaro celeste que se tira hacia la tierra con audacia, puesto que el quetzal, que lo repre senta, está constituido de tal manera que un tal descenso sig nifica para él un peligro de muerte.
Una vez engendrado, el quetzal-coatl, embriagado por el vino que le ofrecen sus visitantes, es presa del deseo carnal: «Es tando ya alegre Quetzalcoatl, dijo: ‘Id a traer a mi hermana mayor Quetzalpetlatl; que ambos nos embriaguemos’.» Fueron sus pajes a Nonohualcatepec, donde hacía penitencia, a decirle: «Señora, hija mía, Quetzalpetlatl, ayunadora, hemos venido a llevarte. Te aguarda el sacerdote Quetzalcoatl. Vas a estarte con él.» Ella dijo: «Sea en hora buena. Vamos, abuelo y paje» 34
Después de una noche de amor con la bella Quetzalpetlatl, decidió Quetzalcoatl abandonar su reino como deseaban sus tentadores. El dolor de la conciencia que despierta en él ese desarrollo del drama humano es señalado por la narración mítica: «Cuando amaneció, mucho se entristecieron, se ablandó su corazón. Luego dijo Quetzalcoatl: ‘Desdichado de mí.’ Y can tó la canción lastimera que para irse de allí compuso: ‘Mala cuenta de un día fuera de mi casa. Que los ausentes de aquí se enternezcan, lo tuve por dificultoso y peligroso. Esté y cante solamente el que tiene el cuerpo de tierra: yo no había cre cido con la aflicción del trabajo servil...’ Inmediatamente se fue Quetzalcoatl; se puso en pie; llamó a todos sus pajes y lloró con ellos. Luego se fueron a Tlillan Tlapallan, el que madero. El fue viendo y experimentando por dondequiera; ningún lugar le agradó. Y habiendo llegado a donde iba, otra vez allí se entristeció y lloró. Se dice que en este año 1 acatl, habiendo llegado a la orilla celeste del agua divina... se paró, lloró, cogió sus arreos, aderezó su insignia de plumas y su máscara verde... Luego que se atavió, él mismo se prendió fuego y se quemó... Al acabarse sus cenizas, al momento vieron encumbrarse el corazón de Quetzalcoatl. Según sabían, fue al cielo y entró en el cielo. Decían los viejos que se con virtió en la estrella que al alba sale; así como dicen que apa reció, cuando murió Quetzalcoatl, a quien por eso nombraban el Señor del alba... Decían que cuando él murió, sólo cuatro días no apareció, porque entonces fue a morar entre los muer tos; y que también en cuatro días se proveyó de flechas; por 1° cual a los ocho días apareció la gran estrella que llamaban Quetzalcoatl. Y añadían que entonces se entronizó como Se ñor» w.
mente al Quinto Sol, puesto que Quetzalcoatl intervino en el nacimiento de éste como divinidad: su previo descenso al seno de la tierra lo designa para la visita al reino de los Muertos. Teotihuacan es el lugar donde ocurren las dos aventuras, la del Quinto Sol (que los textos sitúan en lo alto de su pirá mide) representa el fin de toda búsqueda, la apertura de la era «que es ya la nuestra». De ahí se colige que, al mismo tiempo que Ciudad de los Dioses (traducción de su nombre), Teotihuacan debe ser la Tollan original cuyo soberano se trans formó en Señor de la Aurora al arrojarse a las llamas de una hoguera situada no ya en la cima de un monumento, sino en un medio todavía natural.
Al oír las quejas del santo sacerdote se creería que el es píritu es el único en sufrir las consecuencias de su aventura. En realidad, «aquel cuyo cuerpo está en la tierra» no escapa a ninguna de las tribulaciones que acarrea esa toma de con ciencia y el comportamiento de la materia es parecido en todos sus puntos al del espíritu participante. Ante todo hay su sed inicial de conocimiento, su intuición de la existencia de una realidad improbable. Pues, si bien el sacerdote Quetzalcoatl ignora lo que es un cuerpo, el reptil —símbolo de la materia— es tan incapaz como él de imaginar lo que ha de descubrir al final de su esfuerzo. Uno y otro son movidos por un deseo irresistible, pero ciego en cuanto a su objetivo. Y si la función del principio superior puede parecer de más peso, es bueno retener que la iniciativa del encuentro es tomada desde abajo; la acción del de arriba está determinada por la llamada que viene de la tierra.
En efecto, el principal tentador es Tezcatlipoca, Señor del Espejo Humeante, personaje que aparece como la antítesis del rey penitente. Patrón de los esclavos al mismo tiempo que de sus propietarios, instigador de guerras y de discordias, con fesor de los pecados sexuales que fomenta, es contradictorio, cambiante, múltiple. Simboliza al Sol de Tierra, el astro engu llido por las tinieblas. Debido a estas características y a su emblema, el espejo humeante y brumoso aparece como la ima gen de la materialidad. Es significativo que la sucesión de los períodos cósmicos, a través de los cuales la Creación descubre la conciencia, sea el resultado de la lucha que se libra entre dos entidades contrarias.
Hemos visto que tan pronto como se le reveló el mundo por medio de un espejo el rey de Tula fue atraído por una mujer. En el simbolismo náhuatl ésta representa, junto con el reptil y los signos de la muerte, la naturaleza biológica, la materia. Ahora bien, la mujer que se une a Quetzalcoatl es también una
penitente que practica el ascetismo; es decir, que la materia que se une con el rey ha vencido también a la inercia.
Un estudio de las diosas demuestra la preponderancia de la naturaleza en esta gestá heroica y tal vez sea en el mito de Huitzilopochtli donde la angustia que aquélla sufre a causa de su elección, de su adhesión a un principio que la conduce a transgredir sus límites, adquiera las más conmovedoras reso nancias. Dada su excepcional importancia simbólica, citaremos el texto completo de «Del nacimiento de Huitzilopochtli»: «Según lo que dijeron y supieron los naturales viejos, del naci miento y principio del diablo que se decía Huitzilopochtli, al cual daban mucha honra y acatamiento los mexicanos, es: que hay una sierra que se llama Coatepec junto al pueblo de Tula, y allí vivía una mujer que se llamaba Coatlicue, que fue madre de unos indios que se decían Centzonhuitznahua, los cuales tenían una hermana qüe se llamaba Coyolxauhqui; y la dicha Coatlicue hacía penitencia barriendo cada día en la sierra de Coatepec, y un día acontecióle que andando ba rriendo descendióle una pelotilla de pluma, como ovillo de hilado, y tomóla y púsola en el seno junto a la barriga, debajo de las naguas y después de haber barrido [la] quiso tomar y no la halló de que dicen se empreñó; y como vieron los dichos indios Centzonhuitznahua a la madre que ya era pre ñada, se enojaron bravamente diciendo: ‘¿Quién la empreñó, que nos infamó y avergonzó?’ Y la hermana que se llamaba Coyolxauhqui decíales: ‘Hermanos, matemos a nuestra madre que nos infamó, habiéndose a hurto empreñado.’
»Y después de haber sabido la dicha Coatlicue (el negocio), pesóle mucho y atemorizóse, y su criatura hablábala y conso lábala, diciendo: ‘No tengas miedo, que yo sé lo que tengo de hacer.’ Y después de haber oído estas palabras la dicha Coatlicue, aquietósele su corazón y quitósele la pesadumbre que tenía; y como los dichos indios Centzonhuitznahua habían hecho y acabado el consejo de matar a la madre, por aquella infamia y deshonra que les había hecho, estaban enojados mu cho, juntamente con la hermana que se decía Coyolxauhqui; la cual les importunaba que matasen a su madre Coatlicue y los dichos indios... habían tomado las armas y se armaban para Pelear, torciendo y atando sus cabellos, así como hombres va lientes.
»Uno de ellos que se llamaba Quauitlicac, el cual era como traidor... luego se lo iba a decir a Huitzilopochtli, que aún estaba en el vientre de su madre, dándole noticia de ello; y ^e respondía diciendo el Huitzilopochtli: ‘ ¡Oh, mi tío!, mira 1° que hacen y escucha muy bien lo que dicen, porque yo sé
lo que tengo de hacer.’ Y después de haber acabado el con sejo de matar a la dicha Coatlicue, los dichos indios Centzon- huitznahua fueron a donde estaba su madre Coatlicue y de lante iba la hermana suya Coyolxauhqui y ellos iban armados con todas armas y papeles y cascabeles, y dardos en su orden; y el dicho Quauitlicac subió a la sierra a decir a Huitzilo- pochtli cómo ya venían los dichos indios Centzonhuitznahua contra él, a matarle; y díjole el Huitzilopochtli respondiéndole: 'Mirad bien a dónde llegan.’ Y díjole... que ya llegaban a un lugar que se dice Tzompantitlan; y más preguntó... diciéndole: ‘¿A dónde llegan los indios Centzonhuitznahua?’, y le dijo el Quauitlicac que ya llegaban a otro lugar que se dice Coaxalpa; y más otra vez preguntó el dicho Huitzilopochtli al dicho Quauitlicac, diciéndole dónde llegaban y respondió... que ya llegaban a otro lugar que se dice Apetlac; y más le preguntó... diciéndole a dónde llegaban, y le respondió diciéndole que ya llegaban al medio de la sierra; y más dijo... ‘¿A dónde llegan?’, y le dijo que ya llegaban y estaban ya muy cerca, y delante de ellos venía la dicha Coyolxauhqui. Y en llegando los dichos indios Centzonhuitznahua nació luego el dicho Huit zilopochtli trayendo consigo una rodela que se dice teueuelli, con un dardo y vara de color azul, y su rostro como pintado y en la cabeza traía un pelmazo de pluma pegado, y la pierna siniestra delgada y emplumada: y los dos muslos pintados de color azul, y también los brazos. Y el dicho Huitzilopochtli dijo a uno que se llamaba Tochancalqui que encendiese una culebra hecha de teas que se llamaba xiuhcóatl, y así la encen dió y con ella fue herida la dicha Coyolxauhqui, de que murió hecha pedazos, y la cabeza quedó en aquella sierfa que se dice Coatepec y el cuerpo cayóse abajo hecho pedazos; y el dicho Huitzilopochtli levantóse y armóse y salió contra los dichos Centzonhuitznahua, persiguiéndoles y echándoles fuera de aque lla sierra que se dice Coatepec, hasta abajo, peleando contra ellos y cercando cuatro veces la dicha sierra; y los dichos indios Centzonhuitznahua no * se pudieron defender, ni valer
contra el dicho Huitzilopochtli, ni le hacer cosa alguna, y así
fueron vencidos y muchos de ellos murieron; y los dichos indios Centzonhuitznahua rogaban y suplicaban al dios Huitzi- lopochtli, diciéndole que no los persiguiese y que se retrayese
de la pelea, y el dicho Huitzilopochtli no quiso ni les con sintió, hasta que casi todos los mató y muy pocos escaparon y salieron huyendo de sus manos...»"
Esta narración constituye lo que se podría llamar el acto segundo del drama mítico: después de las lamentaciones del 184
rey-sacerdote con las cuales termina la primera parte, asistimos al combate que libra su malhadada conciencia.
La decoración ha cambiado. Invisible ahora, ya no es el espíritu el que desempeña el papel principal, sino la tierra que lo esconde y que él trata desesperadamente de animar. Aunque haya pasado ya resueltamente a la acción, no por ello su muerte depende menos de la diosa-madre: si ésta, sorda a la voz que se eleva desde lo más profundo de su ser, capi tula antes de tiempo, morirá él en su prisión.
Probablemente se refiera a este período de espera un texto cuyo sentido sería de otro modo difícil de comprender. Antes de iniciar su camino al exilio (después de su encarnación y del acto de amor que le sigue) se encierra Quetzalcoatl du rante cuatro días en una especie de sarcófago: «Después que cantaron sus pajes, Quetzalcoatl les dijo: ‘Abuelo y paje, basta. Voy a dejar el pueblo, me voy. Mandad que hagan una caja de piedra.’ Prontamente labraron una caja de piedra. Y cuando