El estudio de la com unica ción
y par a sí mismo, sino en r eferenc ia a un conjunto. En un discurso, distinguir entre «ir onía» o «s arcasmo» sólo tendr á sentido s i los oyentes poseen un conoc imiento de la lengua, es dec ir, comparten un conjunto de refer encia común. Pero este ejemplo nos deja en tre- ver algunas dif icultades potenc iales : un conjunto no está inmovili- zado de una vez para s iempre, muy a menudo está dividido en subconjuntos, lo que hace que el cambio esté poco definido. En efecto, si el emis or de un mensaje elige un término con relación a un conjunto de refer enc ia prec iso par a él, no es en absoluto evidente que los r eceptores del mensaje le atr ibuyan el mis mo conjunto. Imaginemos, por ejemplo, la s ituac ión típica de un mar ido que vuelve a casa con un ramo de flores. ¿Qué sentido atr ibuir á su esposa a este gesto? Todo depender á probablemente del c ontexto en el que s e produce este acto, pero no impide que la mujer tenga que paliar las lagunas del contexto y atr ibuir el gesto, ya al conjunto «comportamientos destinados a hacerse perdonar algo», ya al conjunto «comportamientos que tienen por objeto ponerme en buenas condic iones para pedirme algo», ya al conjunto «conductas para demostr ar-me su amor», etcétera. Es indudable en todo caso que, si el conjunto de r eferencia al que la esposa atr ibuye el mensaje dif iere del considerado por el mando, ¡ la par eja puede pasar una noche más bientormentosa!
Podemos pues proponer dos características de todo mensaje: La información transmitida por un mensaje depende del conjunto del que procede (o al que se atribuye).
El conjunto de referencia es una noción subjetiva y relativista: es su punto de vista del emisor del mensaje el que permite precisar este conjunto.
Esta segunda propiedad tiene unas consecuencias pragmáticas importantes. En efecto, si no nos damos cuenta del aspecto emi- nentemente idios incrásico de todo mensaje, corremos gran peligr o de llegar a suponer que todo el mundo comparte nuestro propio conjunto de refer encia. Ahor a bien, está claro que no es éste el ca- so. Frases tales como «yo querría comunicarme mejor con mi ma- ndo», «mi hijo va a ir mal», «soy desgraciado», «mi pareja es una catástrofe», etcétera, carecen prácticamente de sentido s i no. toma- mos la pr ecauc ión de pedir al emis or del mens aje que prec is e la
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significación que le atr ibuye, es decir, si no intentamos saber a qué
conjunto de referencia corresponde para la persona que se expresa. Veremos más adelante cuáles son las relaciones entre esta noción y la de contexto.
b) Diversidad, redundancia y reglas interaccionales
Si consideramos una interacción entre dos personas, cada una de ellas dispone de un repertor io de conductas muy extenso. Sin embar go, cuando se observa a dos individuos en interacción fre- cuente, digamos a una pareja, todo observador exterior se dará cuenta enseguida de que ciertos comportamientos aparecen de una ma nera mucho más frecuente que otros : se han adquir ido costumbres, se obser van unos tabúes " explíc ita o implíc itamente. A un cierto comportamiento del uno va a r esponder una c ierta r eacc ión del otro. Es como si se impusieran ciertas coacciones, ciertas restricciones, a la divers idad potenc ial de los comportamientos de los dos miem bros de la pareja. Esto es exactamente lo que sucede y este fenómeno ha sido estudiado por Claude Shannon bajo el nombr e de «redun- dancia». Se dirá que hay redundancia entre dos conjuntos en inter- acción si la apar ic ión de un elemento del pr imer conjunto produce una restr icción en la libertad o la posibilidad de apar ición de c ual- quier otro elemento en el s egundo conjunto. En otr as palabr as, la apar ición de un elemento x en el pr imer conjunto impone una coac- ción al segundo conjunto.
Volvamos de nuevo al ejemplo de la pareja pero esta vez en su pri- mer encuentro. Imaginemos que la joven sea sensible al encanto del muchacho y decide atraer su atención. Va a tener que limitar en cierto modo la diversidad de las parejas potenciales del joven mediante sus conductas de seducción. Consideremos el caso en que la atrac ción es reciproca y prosigamos nuestra historia de amor cibernético. Cuando ambos decidan vivir juntos, habrá un período de tanteos (tanto en el sentido propio como en el f igurado) dur ante el cual ca da uno de los miembros de la pareja deberá correr algunos riesgos, atreverse a ciertas conductas que irán seguidas de reacciones por parte del otro; este período de ensayos y errores les permitirá conocerse
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mejor, saber qué comportamientos son apreciados y cuáles lo son menos, evitar lo que provoca una reacción no deseada, etcétera. Así -e crearán los hábitos de vida común en los campos más diversos: sexualidad, alimentación, distracciones, educación de los hijos, etcé- tera. La duda de los primeros contactos poco a poco ha cedido su lugar a la seguridad: cada uno de ellos se ha hecho más «previsible» para el otro. No insistiremos aquí sobre los riesgos que esta previsibilidad puede ocasionar a la pareja, pero, como todos sabemos, no son despreciables. Sin embargo, querríamos hacer notar que la redundancia no es forzosamente perjudicial, incluso en la pareja. Sin 'redundancia, no sería posible ningún aprendizaje, y por otra parte no sería de ninguna utilidad ya que nunca sería previsible. No sería de ninguna utilidad la ciencia, que intenta explicar las redundancias de nuestro universo: las leyes de la naturaleza o de la materia representan la sistematización de tales redundancias. Imaginad por un momento que aprendéis a tocar el piano con un instrumento en que cada tecla produjese notas diferentes de una manera aleatoria... Aunque la imagen de una relación libre de toda coacción puede parecer romántica (e idealista) aplicada a una relación de pareja, la vida común sin embargo correría grave nesgo de ser agotadora, sobre todo en lo que concierne a las decisiones que se han de tomar; basta con pensar en los momentos en que nos encontramos en un grupo de personas que nos son totalmente extrañas.
Gracias a las redundancias conseguimos encontrarnos en el mun- do en que vivimos. La redundancia tiene una importancia vital para la adaptación del individuo a su medio ambiente. Sin ella, sólo ha- bría caos. La evolución de las diferentes especies y su adaptación al medio, lo que Bateson llama la «coevolución», son el resultado de las restricciones mutuas, de las redundancias inducidas por las inter- acciones entre las diferentes especies de animales y de plantas.
Como vemos, el campo de aplicación de esta noción de redun- dancia es muy general, pero nosotros lo desarrollaremos sobre to- do en el campo de las relac iones interpersonales. Como hemos vis- to en nuestr a par eja, la redundanc ia def ine en c ierto modo las
reglas de la relación entre los dos miembros de la pareja. Pero el cam-
po de las relaciones humanas está lejos de presentar el grado de previs ibilidad de las leyes físicas o químicas. Si podemos afirmar,
' Hacia una cienc ia de la com unica ción
con una certeza casi absoluta, que si lanzamos una piedra desde lo alto de una torre irá a estrellarse contra el suelo ( e incluso pode- mos calcular de antemano el tiempo de la caída, la velocidad y el punto de impacto) ¡cas i no es pos ible pregonar esta certeza en lo que conc ierne a las reacciones de nuestro cónyuge cuando llega- mos tarde a una c ita!
En el mundo de lo vivo, que cuenta con unos mecanismos adaptativos continuos, las redundancias nos permiten saber más sobre lo que hay que evitar que sobre lo que hay que hacer. Señalemos que los hábitos son muy a menudo la causa de dificultades en las relaciones: muchos de nosotros les atr ibuimos un grado de previs ibilidad excesivo y entonces nos ahorramos unos ajustes necesarios para la evolución de nuestras relaciones.
Tendremos ocasión de volver a hablar de esta idea de reglas relacionales cuando describamos la evolución de la terapia familiar.
3.2.4. Comunicación y relaciones
Una vez sentadas las bases del tratamiento de la información, nos queda ver cómo el intercambio de informaciones se organiza y se es- tructura en la comunicación humana, y los lazos que ésta traba en nuestra vida social.
a) Simetría y complementar iedad
Si una relación implica dos puntos de vista, el de cada uno de sus miembros, es interesante ver lo que puede aportarnos una visión exterior, en cierto modo estereofónica, de la situación relaciona!. ;Es posible caracterizar el pattern de interacción que llamamos relación, y si es posible, cómo hacerlo?
Como hemos visto anteriormente, ya en su trabajo entre los iatmul, Bateson había intentado definir la evolución de patterns relacionales, llamando a este proceso la cismogénes is, es decir la posibilidad de rupturas relac iónales por la acumulación de una diferenciación basada en el principio del feed-back positivo. Tanto si las relacio-
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nes se fundaban sobre la diferencia (cismogénesis complementaria) como si lo hacían en la igualdad (cismogénesis simétrica), las relaciones parecían conducir inevitablemente al estallido del sistema. Con el concepto de feed-back negativo, Bateson se dio cuenta de que algunos comportamientos podían evitar la acelerac ión y mantener una homeostasis. Bateson, y después Watzlawick, Beavin y Jackson han mantenido esta tipología de las relaciones. Estos últimos han abandonado el término un poco bárbaro de «cismogénesis» (que por otra parte estaba más dir igido a las relaciones entre grupos sociales que a las relaciones entre individuos) para hablar simplemente de relaciones simétricas y complementarias.
h) La puntuación
El mundo no nos apar ece como un f lujo continuo en el que nada se distingue del resto. Nosotros «dividimos» nuestro universo en conjuntos distintos, tanto desde el punto de vista espacial (objetos, personas, etcétera) como temporal (secuencias causales, por ejem- plo). Como hemos señalado para la «codif icación», está práctica- mente reconocido que tal división tiene un fundamento genético. Nosotros percibimos unas secuencias cuyos diversos elementos nos parecen enlazados de una manera causal. El aprendizaje cultural viene a incorporarse a esta base para prolongarla.
El hecho de que aprendamos a considerarnos como los «especta- dores» ere nuestro entorno hace que muy a menudo nos excluyamos de los procesos de causalidad circular, y que nos consideremos más bien como «reactantes»: como el otro ha hecho esto, nosotros nos conducimos de esta o de esa otra manera. Es evidente que para un observador exterior, capaz de ver las dos (o más) personas en inter- acción, es más fácil percibir los patterns interaccionales repetitivos y por ello enfocar el fenómeno a partir de una explicación causal cir- cular, un circuito del que es irrisorio buscar el punto de partida. La puntuación de un fenómeno consiste pues en dividir las secuencias interaccionales, la mayor parte de las veces para «descubrir» (o más bien «decidir» cuáles son) los efectos y las causas de un fenómeno cualquiera.
Hacia una ciencia de la comunicación c) Niveles de un mensaje
Recogiendo una observación de Warren McCuiloch, Bateson había mostrado que todo mensaje incluye dos aspectos: es a la vez «informe» y «orden». Hablando con propiedad tiene un aspecto informativo (en líneas generales, es «diferente» de otro) y es también un estímulo para la-reacción (en este sentido, podría decirse que la percepción es ya una acción: la recepción de un mensaje implica una respuesta). Esto coincide, en parte, con el primer axioma enunciado por Watzlawick: «No es posible no comunicarse» o también con la fórmula un poco esotérica de McCuiloch: «Nothing never happens» («Nunca sucede que nada su- ceda»). Muestra el aspecto ineluctable de la comunicación"'.
Volvamos a la cuestión de los aspectos «contenido» y «relación» de un mensaje, como la han formulado Watziawick y sus colegas del MRI. Además del contenido propiamente dicho (el hecho de que un mensaje no es otro), todo mensaje contribuye a la definición de la relación entre los dos interlocutores: «designa el modo como debe entenderse el mensaje, y por tanto, a fin de cuentas, la relación entre los dos miembros», así pues es también metacomunicativo.
Para ilustrar esta distinción, podemos tomar un ejemplo bastante frecuente en las reuniones de trabajo. Sucede muy a menudo que, cuando un equipo se encuentra ante una dificultad que se eterniza y que un cursillista propone una solución, la discusión que seguirá tendrá muy poca relación con el contenido de la propuesta. Se producirá una disputa sobre unos puntos de detalle, y la idea nueva corre peligro de ser rechazada incluso antes de haber sido analizada. En este caso, lo que está en juego en las discusiones no es el «contenido», sino la «relación» entre el cursillista y el resto del equipo, relación complementaría al principio, pero que podría hacerse más igualitaria si se aceptase su sugestión.
El estudio de la com unicación
Notemos que no se tr ata de unos tipos particular es de informa- ción, s iendo unas informac iones de «contenido» y otras de «rela- ción»; se trata de dos aspectos de un mismo mensaje, de las dos caras de una misma moneda. Según el contexto del intercambio, un mensa je podrá ser más o menos importante para la relación, pero los dos aspectos siempre están presentes. Sería abusivo creer, por ejemplo, que los mensajes no verbales son únicamente relaciónales y los mensajes verbales de «puro contenido».
La metacomunicación. Después de haber dado pruebas de su utili-
dad en matemáticas, el prefijo meta- iba a entrar en e! lenguaje de los teóricos de la comunicación. Se comprobó en efecto, que el lenguaje Humano poseía también una estructura jerárquica. Es posible hacer ciertas proposiciones como «Me siento bien», u «Hoy hace buen tiempo», etcétera, y añadir, por ejemplo: «Si te digo esto, es para que estés contento.» Esta última proposición habla, de hecho, del conjunto de las proposiciones particulares hechas anteriormente (e incluso a veces posteriormente), es pues un comentario sobre un conjunto de enunc iados. Se hablará, en este caso, de un «metalenguaje» o de una «metacomunicación», es decir, de una comunicación ¡obre una comunicación. Si hablamos de jerarquía, es que la escala no se detiene aquí: también pueden hacerse comentarios sobre la metaconunicación, y así ininterrumpidamente; en este caso, podrá hablarse de metametacomunicación, etcétera.
La metacomunicación concierne a un conjunto de mensajes y los clasifica. Así pues es muy importante en caso de incertidumbre en Cuanto al sentido de algunos otros mensajes: prec isa en qué catego- r í a deben ser clasificados los mensajes que han sido emitidos (o que van a serlo). Imaginemos, por ejemplo, que un mar ido vuelve del trabajo y encuentra a su esposa ocupada mirando la televis ión; él la saluda y ella le responde de una manera distraída. El marido puede clasif icar tal comportamiento en la categoría «señales de des interés» o también «señales de mal humor», etcétera. Si la esposa se acerca después a él y le dice: «Perdóname, pero la película era apasionante y yo no quería perderme el f inal», ella precisa cómo desea que su ma- ndo descodif ique su comportamiento.
Existen metamensajes todavía más explícitos, como decir, por ejemplo: «Estoy bromeando», o también: «Esto es una advertencia»,
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«Esto es una orden», etcétera . Ta mb ién es posible meta co mun ica rse no verbalmente, «guiñarle un ojo» a alguien antes de decir algo por eje mp lo, o adoptar c ie rtas posturas cuyo aspecto metaco mun icat ivo está claro en la cultura (arre llanarse profundamente en el sillón al es- cuchar a a lgu ien, o frunc ir las ce jas, etcéte ra ).
.Es ésta una ca racte ríst ica importante de la co municac ión, en espe - cia l cuand o surge un con flicto o un ma lent end ido . Es ta mb ién e l med io de co mun ic arse sobre las pre misas de l co mpo rta miento : «No he querido mo lestarte , yo dec ía esto para most rart e hasta qué punto me resulta insoportable esta clase de refle xión.» Podría mos mu lt ip li- car los e je mp los hasta e l in fin ito .
Sin e mba rgo, se impone una observac ión : l a s palabras utilizadas para metaco munica r son las mis mas que se utilizan en e! lenguaje corriente . Po r tant o no es sie mp re fác il d ist ingu ir estos dos nive les d e co mun ica c ión , y esto p ued e t a mb ién condu c ir a una esc a la da . Por e je mp lo, si e l ma rido no acepta considera r la e xp licac ión de su esposa como una metaco mun ica ción , podrá to ma r esta observac ión como una afrenta suplementa ria: « ¡Si, si, cont inúa, ya veo que has decid ido mo lestarme esta noche!» Metaco municar no es pues una panacea para la resolución de los conflictos. Notemos tamb ién que met aco mun ic ar imp lic a que poda mos d istan c ia rnos un poco con respecto al discurso; el contenido de la metaco mun icac ión es inter- acc iona l: se hab la de la re lac ión entre uno mis mo y e l ot ro. Esta mos en un nivel lóg ico superio r, toca mos el ca mpo de las reglas re lac iona les. El interlocuto r puede no pe rmit ir que e l ot ro e je rza un «control» sobre la re lac ión. Entonces se reúnen ya todas las condic iones para una escalada, hasta que se hayan renegoc iado las reg las.
d) Las paradojas
Co mo he mos v isto, la cuestión de las paradojas había sido abo r- dada en las d iscusiones sobre la c ibe rnét ica . Pa rt iendo de las teorías de Wh itehe ad y Russe ll, Bat eson pros igue e l ra zo na miento en e l ca mp o de la co mun ic ac ión . A pa rt ir de l mo mento en que unos enunciados pueden ser metaco municat ivos, y que no es fácil distinguirlos en el discurso, Bateson señala, desde 1951 que « l a psicología
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y el estudio de la co munica ción hu mana nunca pueden pretender construir un siste ma autóno mo y coherente que no sea autocontrad ictorio . [...] En la práct ic a, esto significa que debe mos esperar en contrar en los grandes ca mpos creat ivos de la co mun ic ac ión hu ma na—e l juego, el a rte, la religión, la epistemología y la teoría psiquiátrica— unas paradojas generales como la contenida en el enunciado "Miento", y tenemos que aceptarlas»15.
Co mo ve mos, Bateson presient e las dificu ltades psico lóg icas que l a s paradojas podrían p roducir en el ser hu mano . En esa época, no