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2.2 The Proposed Reliability Constraints Screening Framework

2.2.1 Modeling Assumptions

Descanso sobre su pecho luego de hacer el amor. Es una de las rutinas que más adoro desde que M artín Lasalle llena mi vida.

Y tal vez es la única, porque con este hombre no existe un día igual al otro.

Ha pasado mucha agua bajo el puente en estos últimos dos años. Tanta, como la que hubo aquel dos de enero que nos transformó a todos.

Agua… La culpa y el agua destruyendo todo lo que el amor intentaba edificar. La tragedia tocando a la puerta de esta familia una y otra vez. La muerte acechando.

Cada vez que miro la laguna los recuerdos vienen a mí, y aún hoy me atormentan como si los estuviera viviendo.

Siento que todo transcurre en el presente y en cámara lenta. Veo todo como si fuese una espectadora. A M artín, con el dolor más inmenso que uno se pueda imaginar opacando sus hermosos ojos fijos en la laguna. Escucho los gritos de Celina, como a la distancia. Y me veo yo, corriendo como si me persiguiera el diablo, hasta llegar a la orilla.

Si hubiese estado descalza, jamás hubiese podido llegar. Si Celina no se hubiese levantado, no nos hubiésemos dado cuenta. Si M artín no me hubiese gritado que me lanzara desde muelle en lugar de entrar corriendo al agua, seguramente la culpa no me dejaría vivir.

Pero hice las cosas bien, o al menos tuve la intención de hacerlo, aun arriesgando mi propia vida. Hice todo lo posible, y eso me da mucha paz.

Deseaba con todas mis fuerzas ser el término bendito de la ecuación que no se terminaba nunca de resolver. Quería tener la suerte de que el vértice del triángulo de una vez dejara de ser la maldición de esa familia.

Pero lo que más quería era no ser la culpable del terrible desenlace.

Nunca fui una gran nadadora. Chapoteé ciegamente guiada por mi desesperación, pero no encontré nada.

M e detuve un momento a escuchar…

—¡Ana! ¡A tu derecha! —gritó M artín desde el muelle, y ahí vi como un globo blanco inflado.

Cerré los ojos y nadé, o creo que lo hice. Cuando calculé que había llegado, extendí la mano y lo toqué. ¡Sí! Eso blanco era la camiseta de Hernán llena de aire.

Instintivamente lo agarré del pelo y saqué su rostro del agua.

Casi muero cuando lo vi así… Estaba pálido, y con los labios azules.

Intenté avanzar arrastrándolo pero no pude. No sabía cómo hacerlo con una sola mano. Lo único que podía hacer era mantener su rostro en la superficie, y mover mis piernas para no hundirme yo también. Era difícil, porque la ropa me pesaba demasiado. Y Hernán también pesaba demasiado.

—Hernán, por favor… por favor… No puedo… —sollocé. El cansancio me estaba venciendo y por momentos sentía ganas de abandonar y abandonarme.

Estaba en una situación límite, rodeada de agua, de silencio y tal vez hasta del cadáver de un chico que no soportó el dolor y la culpa.

Silencio… Caí en la cuenta que ya no escuchaba los gritos de M artín, y los alaridos de Celina. Hernán estaba en mis manos, y no podía sacarlo.

Y de pronto sucedió. El agua se movió a mis espaldas, y vi la canoa que momentos antes estaba encallada en la orilla.

El corazón comenzó a latir con fuerza cuando entendí que no todo estaba perdido. Y cuando estuvo junto a mí, y la mirada de M artín me envolvió, supe que estábamos a salvo… O al menos yo lo estaba, porque no sabía si Hernán lo estaría.

—Ana, pasale esto por debajo de los brazos.

Obedecí y él tomó ambas puntas con fuerza, de forma de mantener a Hernán con la cabeza y el pecho fuera del agua.

—No vas a poder subirlo y tampoco subir vos, te falta fuerza en los brazos… A ver si podés agarrar esa cuerda.

La cuerda con la que había estado atada la canoa flotaba junto a mí, y la agarré tal cual él me lo ordenó.

Ya no podía ni pensar. Los dientes me castañeaban y me temblaban las manos. Estaba cansada, aún sin tener que mantener a Hernán a flote.

—Atátela a la cintura que los voy a remolcar —me dijo con calma.

Entonces me di cuenta de que no se iba a limitar a tenerlo afuera del agua hasta que llegara la ayuda que seguramente Celina estaba pidiendo. M artín era un hombre de acción e iba a actuar.

El terror se apoderó de mí. ¿Y si se daba vuelta la canoa? La sola idea de imaginar a M artín sin poder usar sus piernas en el agua, me dio las fuerzas que necesitaba para bajar la cuerda y amarrarla con fuerza a mi cuerpo.

—Lista.

—Perfecto, ahora vení que voy a soltar a Hernán para poder remar. Lo que tenés que hacer es lo que venías haciendo: mantenerle la cara fuera del agua…

M e situé junto a él y cuando M artín lo dejó deslizar, agarré a Hernán con fuerza.

M e di cuenta de que no era precisamente una canoa… Era un kayak de plástico, de esos en los que no hay que meter las piernas en un agujero, y eso me dio cierto alivio. No era una trampa mortal al darse vuelta, al menos. Y también más fácil de mover.

M artín me adivinó el pensamiento.

—Esta porquería es de plástico y livianísima. Ahora agarro el remo y esto es pan comido —afirmó. —Sujetalo bien, mi amor… —fue lo último que dijo antes de ponerse a remar hacia atrás, pero estaba tan concentrada en hacer lo que me decía que no tuve tiempo de disfrutar de sus primeras palabras de amor.

Empezamos a movernos con más velocidad de la que esperaba.

Con Hernán bien agarrado por debajo del brazo, con mi otra mano me aferré al kayak y eso nos dio más estabilidad y mayor propulsión. No podía mover las piernas, pero M artín era tan hábil remando que no tardamos más que un par de minutos en llegar junto al muelle.

—Ahí das pie, Ana —me avisó. Y yo los afirmé en las piedras con verdadero alivio.

Celina se metió en el agua y detrás de ella, apareció corriendo Santiago.

Entre los dos sacaron a Hernán y comenzaron a hacer las maniobras para reanimarlo.

—Salí del agua y entrá a la casa—me ordenó M artín mientras arrimaba el kayak al muelle.

—No.

—Dale, Ana Sanz. Ahí vienen los paramédicos.

—¡Quiero saber si está bien!

—Tarde o temprano lo vas a saber. Ahora metete en la ducha y quedate ahí hasta que yo vaya —me dijo al tiempo que se impulsaba, elevando su cuerpo apoyado en sus manos, y se sentaba en el muelle.

No quise mirar a Hernán en el suelo. Sabía que se vería pálido, azulado, completamente desvalido.

M e crucé con los paramédicos cuando subía a la casa, los puse al tanto de la situación, y luego me desplomé en el porche llorando.

Salgo de mis recuerdos amargos y regreso al presente, a mi presente maravilloso junto a este hombre único.

—En cuánto te quiero —miento con descaro, pero sólo para responder la pregunta, porque de verdad lo adoro.

—¿Y eso te pone triste? Porque dejame decirte que tus ojos estaban llenos de melancolía.

Suspiro. Como siempre, no se le escapa nada.

—Estaba pensando en nosotros, y todo lo que tuvo que pasar para que estemos así.

—¿Y cómo estamos?

No puedo menos que sonreír ante esa pregunta. ¿Qué como estamos? M ejor que nunca. En la gloria. En el paraíso que queda justo acá, en El quinto infierno.

—Bastante bien, Lasalle —le digo haciendo una mueca.

M artín se incorpora de golpe, conmigo a rastras.

—¿Bastante bien? ¿Bastante bien, Sanz?

M e hace cosquillas y yo me retuerzo en sus brazos. Qué feliz me hace, por Dios.

Rio a carcajadas, llena júbilo, y cuando me suelta nos miramos a los ojos.

—Ahora sí. La operación “adiós melancolía” ha resultado efectiva —dice satisfecho.