Chapter 5 Ray Optics and Effects of Human Body
5.2 Analysis of Effects of Human Body for Scattering Scenarios
5.2.2 Modeling of Path-loss and Ranging Error
Mallarmé y la lucha de clases. - Soneto en -ix y en -or. - La íorclusión. - El sujeto como retardo. - Lógica del recorrido. - Todo es cierto, pero hay que pasar más allá.
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Lo heterogéneo existe como sujeto. Mallarmé lo soporta mediante la excepción forzada. También la rarefacción del decorado, que dirige la insistencia de los términos evanescentes, entra en conflicto con la brutal intensidad conclusiva del poema.
Conflicto', es el título dialéctico de un texto en prosa muy poco citado,
aparecido en principio bajo otro: «Caso de conciencia». Caso de con ciencia del intelectual en la lucha de clases. ¡Y sí! Ella es nombrada allí en términos propios.
Mallarmé se halla en el campo. Ante su retiro se instala, anexo de la industrialización, en una «cantina de obreros de ferrocarril». Cuatro líneas equilibran Germinal, para la presentación de esta clase obrera de la cons trucción, esta «cuadrilla del trabajo», violenta, sindicalista, alimentada de alcohol y de cólera. Traducción de las invectivas contra la propiedad y la explotación. La hostilidad se vuelve hacia la villa33 que ocupa el testigo: «¡Cabrón! acompañado de puntapiés en la cancela, es violentamente pro ferido» (Conflicto, O, .357). Lo lesionan, lo hieren. Su soliloquio restrictivo, que pretendía, en primer lugar, exceptuarse del odio obrero, resulta roto por un contraste: la otra clase, inolvidablemente pendenciera.
Muy tieso5'’, él m e escruta con animosidad. Imposible anularlo, m entalmente: perfeccionar la obra de la bebida, tum barlo, anticipándolo, en el polvo y que
53 Entiéndase aquí «villa» (villa, en el original), de. acuerdo con el primer sentido de la palabra señalado por el D.R A.E.: «casa de recreo situada aisladamente en el campo». H La palabra es raide, que denota, entre otras cosas, la rigidez propia de quien ha consumido algún tipo de droga o estupefaciente, en este caso, alcohol
él no sea este coloso com pletam ente grosero y leroz. Sin que yo ceda incluso m ediante un pugilato que ilustraría, sobre la hierba, la lucha de clases, a sus nuevas provocaciones desbordantes ( C o n jlit lo , 3 5 7 ).
En la borrachera patente del antagonista, Mallarmé no halla ninguna ayuda. Más bien, ve su mutismo como una turbia complicidad destructiva. Entra, entonces, en «un enervamiento ele estados contradictorios, ociosos, falsos, y el contagio incluso a mí, por medio de la confusión [trouble], de cierta imbécil ebriedad» (358).
¿A través de qué artificio estructural podría concernir la turbia [troubleJ borrachera al conflicto de clase?
El domingo sólo ofrece una salida controversial. Después de las discu siones políticas («Tristeza, dice Mallarmé, de que mi producción quede, en éstas, por esencia, como las nubes en el crepúsculo o unas estrellas, vana» (358), la estrella, esta vez, atrapada en el círculo vicioso del antagonismo, encuentra su límite, y no puede concluir sino en vanidad), abatidos por el alcohol, los obreros se duermen.
Tentado de reemprender su ensoñación más allá de los cuerpos con fundidos, Mallarmé no puede resolverse a ello. Un poderoso respeto, literalmente venido de otra parte, lo inmoviliza.
En el alcohol-sueño, este «momentáneo suicida», descifra en primer lugar «la parte de lo sagrado en la existencia», el sustituto provisorio para los obreros de una interrupción en que debemos reconocer, a falta
[á defaut] de su forma elevada que sería la rebelión, una forma derivada
de este acceso al concepto: la anulación.
Después «las constelaciones comienzan a brillar». ¿Vamos, una vez más, a concluir sobre su frío desuso? No. La experiencia clel antagonismo obliga al intelectual a vincular su empresa al concepto de esta experien cia. Estos obreros -ustedes dirán, irreductiblemente reales-, de los que Mallarmé declara que, en su «cualidad, (él) debe comprender el misterio y juzgar el deber».
El cuerpo obrero, la clase en su destacamento nocturno, produce una opacidad más fuerte que las estrellas. Más bien que obstaculizar la pero ración poética, deviene la sustancia de la misma, empalmándose con los siglos creadores de los pueblos hasta el infinito de una idea social:
Estos artesanos de tareas elem entales, me es lícito, velándolos, al lado de un rio lím pido contin u o, ver en ellos al pu eblo -u n a inteligencia robusta de la condición hum ana les dobla el espinazo cotidianam ente para obtener, sin la interm ediación del trigo, el milagro de vida que asegura la presencia: otros hicieron los desbrozam ientos pasados y acueductos o entregaron un
terraplén a tal m áquina, los m ism os, Louis-P ierre, M artin, Poitou y el Nor m ando, cuando no duerm en, asi se invocan según las m adres o la provincia; más bien unos nacim ientos se hu nd ieron en el ano nim ato y el inm enso su eño la oyó a la dínam o, postránd olos, esta vez, sú bitam en te un agobio y u n en sancham ien to de todos los siglos y, tanto co m o esto sea posible -red u cid a a proporciones sociales, de eternid ad ( C o n flic t o , 3 5 9 - 3 6 0 ). En los límites del tiempo, cual probidad, además de la belleza del homenaje, de someter su tarea de intelectual al encuentro azaroso y tenue de lo real de las clases, sin ceder en nada al populismo, por el consenti miento interior a lo que haga falta, ¡aprehender, ahí, la fuente violenta de otra especie de concepto!
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Una segunda explanación [mis á p lat] cuyo garante sintáctico es la ley de esplace:
Ses purs ongles tres haut dédiant leur onyx, KAngoisse, ce minuit, soutient, lampadophore, Maint reve vespéral brülé par le Phénix Que ne recueille pas de cinéraire amphore Sur les crédences, au salón vide: nul ptyx, Aboli bibelot d’inanité sonore,
(Car le Maitre est alié puiser des pleurs au Styx Avec ce seul objet dont le Néant s’honore) Mais proche la croisée au nord vacante, un or Agonise selon peut-étre le décor
Des licornes ruant du feu contre une nixe, Elle, défunte nue en le miroir, encor Que, dans l’oubli fermé par le cadre, se fixe De scintillations sitót le septuor (68/69)55.
55 Com o anticipáram os, ofrecemos en el cuerpo principal del texto la versión ori ginal, a fin de facilitar la lectura y el análisis. Por lo demás, debemos a Octavio Paz una versión castellana, bastante libre, de este soneto: «El de sus puras uñas ónix, alto en ofrenda, /La Angustia, es m edianoche, levanta, lampadóforo, / Mucho ves p ertin o su eño quem ado por el F énix / Que ninguna recoge ánfora cineraria: / Salón sin nadie en las credencias conca alguna, / Espiral espirada de inanidad sonora, / (El
En un salón vacío, a medianoche, no reina sino la Angustia, que se alimenta de la desaparición de la luz. Cual una antorcha en fo rm a de manos exhaustas que no soportaría sino una llam a apagada, esta angustia del vacío no es curable por ninguna huella del sol poniente, ni siquiera de las cenizas que se habría podido recoger en una urna funeraria.
El poeta, señor [maitre] de los lugares, partió hacia el río de la muer
te, llevando consigo un significante (el ptyx) que no remite a ningún objeto existente.
Sin embargo, cerca de la ventana abierta al norte, brilla muy débilmente el marco dorado de un espejo donde hay esculpidos unicornios que persiguen a una ninfa.
Todo esto va a desaparecer, es como si la ninfa se ahogara en el agua del espe jo, donde, no obstante, surge el reflejo de las siete estrellas de la Osa Mayor.
Mallarmé estaba orgulloso de este poema, por él calificado de «soneto nulo reflejándose de todas las maneras» (O, 1490). Pensaba haber desa rrollado en él la autosuficiencia, la puesta en todo de la nada. Miren el título de la primera versión: «Soneto alegórico de sí mismo».
El texto parece vaciarse a sí mismo incesantemente. La carga de la falta, si se puede decir así, es máxima.
a) El «sueño vespertino» [«reve vesperal»], alusión, clásica en Mallarmé, al sol poniente, ya abrasado por el día que termina -aunque llamado a renacer, de donde su puesta en metáfora por el ave Fénix, que siempre renace de sus cenizas-, ni siquiera dejó huella: hay falta de la huella de lo que desapareció.
b) El decorado (un salón) está absolutamente vacío.
- El señor [maitre] está «en la Estigia» ]«au Styx»]. El poeta, sujeto de la cade na, ocupa siempre la plaza del muerto. Se sacrifica para que el texto advenga como totalidad cerrada, estrictamente reglada por la ley: «El derecho a no consumar nada excepcional o que falte a las maniobras vulgares, se paga, en todos los casos, con la omisión de sí y, diríase, con la muerte como tal» [«Le
droit á ríen accom plir d'exceptíonnel ou manquant aux agissements vulgaires, se paie, chez quiconque, de l’omission de luí et on dirait de sa mort comme un tel»] (La acción restringida, O, 370).
Maestro se ha ido, llanto en la Estigia capta / Con eso solo objeto nobleza de la Nada.) / Mas cerca la ventana vacante al norte, un oro / Agoniza según tal vez rijosa fábula / De ninfa alanceada por llamas de unicornios / Y ella apenas difunta desnuda en el espejo / Que ya en las nulidades que claüsura el marco / Del centellar se fija súbito el septeto». No obstante, como en el caso anterior, para seguir el análisis de Badiou tendremos que recurrir oportunamente a nuestra propia traducción literal. (N. del T.)
Él se llevó consigo el «ptyx». ¡La de glosas que se hicieron acerca de esta palabra de ningún diccionario! Mallarmé dice sin embargo dos veces que se trata de un significante puro, ininscribible de otro modo que como atributo del poeta muerto: «Abolido bibelot de inanidad sonora», objeto nulo reducible al vacío sonoro del significante: «único objeto con que se honra la Nada», objeto retirado del ser, objeto sustraclivo.
Si es sustraclivo -m enos u n o -, es que el ptyx está en exceso sobre el tesoro del significante. Guardián de la posibilidad del sentido, no cae en esta posibilidad. El ptyx es el más-uno del significante, cuya denotación, por larga que sea la cadena, no adviene jamás.
El señor [maltreJ está ausente, bajo el emblema de este perfecto signi ficante de la falla, que es también -es el tormento de los copistas-, la falta de un significante, inmanifestable en otra parte que en este poema, donde por lo demás no entra sino para designar su salida.
c) El marco dorado del espejo agoniza, apenas («quizás» [«peut-étre»]) si es descifrable.
d) La nixe56 es difunta, sepultada en el espejo.
Además de estos efectos de ausencia, diríamos por cierto que el clivaje atraviesa esta vez -ta l como la atomística nos había indicado su exigencia- todos los elementos del poema.
Lo vespertino hace partición [partage] entre el día y la noche. El Fénix se divide según el fuego en cenizas y renacimiento. Medianoche es la hora mallarmeana por excelencia: ¿última del día que se acaba? ¿Primera del que viene? Divisible, clivada. Hora intemporal. Es a medianoche que
Igilur debe consumar su acto (lanzar los dados): «lo que debe, volverme
puro» (Igilur, capítulo «La Medianoche», O, 435). El ánfora cineraria, por lo demás ausente, sería, como la tumba -otra ejemplar denotación mallarmeana- presencia, pero de lo que ya no es. El señor [maUre] existe, garantía del lugar, pero está muerto. El ptyx, clave del sentido, carece del mismo. El oro del marco no se muestra, tal como el sol poniente, sino en su desaparición. La nixe aleatoria es perseguida, pero difunta. El espejo es a la vez el agua del olvido y la fijación del septeto.
Vemos también que nada existe sino en cuento griego, mitología noctur na, fabricación de un sueño. El Fénix, ave de leyenda. El ptyx, acuñación significante para equivaler al Falo de Lacan. La Estigia, metáfora muerta de la muerte. Los unicornios, posta medieval del Fénix. La nixe, feminidad para el único fauno.
No terminaríamos nunca de enunciar la anulación de inexistencia, la nada de nada de la que esta increíble máquina hace materia.
Incluso las sonoridades que hacen que uno no les crea a sus orejas. ¿Es posible edificar un soneto en el cierre de rimas en -yx y -ore (cuar tetos) además de, por inversión de los sexos musicales, en -ixe y -or (tercetos)?
Joyería para lo sagrado de toda sustracción de existencia.
Se nos lega una única excepción de certeza, el septeto de centelleos que viene de repente a sacarnos de la angustia, inducida en el espejo de nuestro olvido por el «aunque» [«encorqáe»] en que se encadena, salvador, un sujeto impecablemente retardado.
3
A ustedes, ya instruidos por «Ante la nube abrumadora silenciado», les propongo que vayan a la caza de términos evanescentes que tengan valor de causalidad. Eso nos había producido el gran beneficio de hallar dos de los mismos, navio y sirena.
Ahora bien, nos topamos con un hueso duro de roer.
La nixe nos conviene. Su ahogamiento alegado la restituye al espejo. Es una nixe. Y este atinado término evanescente judicial es enseguida anulado (aunqtré) para que se fije la constelación, que hace, como de costumbre, punto de detención.
De atenernos a los tercetos, la cuestión es simple.
El presupuesto del sol poniente (el sueño vespertino), término eva nescente «natural» para la pareja día/noche (escritura/hoja), se metaforiza en la pieza vacía por la división del espejo [miroir]: marco dorado con unicornios, por un lado; espejo [glace] oscuro, por el otro. La agonía del oro del marco, horizonte de un atardecer de salón, induce la nixe como divisibilidad evanescente: perseguida por el fuego de los unicornios del marco, ella se zambulle en la noche del espejo. Su revocación («difunta») no dejaría ninguna huella -n o engendraría sino «el olvido cerrado por el m arco»- si la constelación no la relevara, en el régimen de la anulación (aunque) [encor que\.
La conexión anuladora es tanto más cerrada, afirmativa, cuanto que, después de. todo, según la leyenda, es la ninfa Calisto la que fue proyec tada al cielo para dibujar en éste la Osa Mayor. Moribunda en su propio desvanecimiento, ella renace, eterna y Iría.
¿Qué es una buena metáfora del término evanescente en general? El goí (poniente), causa ausente de la noche.
¿Qué es el ^erí poniente? E s jk á más noche.
¿Qué es la/rtíxe (difunta)? La misma cosa, restringida al salón («la acción restringida»): <jk5 (agoniza) + espejo (sombra).
Ahora, ¿qué buena metáfora, en k noche cuya falta de sol hace todo, de la Idea de esta falta (luego, de la falta de esta falta)? Las estrellas, cuya claridad revoca el término evanescente produciendo el concepto del mis mo. Por la estrella, el sol falta al menos dos veces. La estrella supone la noche, luego el desvanecimiento causal d elpeft, y sin embargo, haciendo claridad, la anula.
La idea del sol (poniente), que re-nombra la nixe (difunta), es, en la noche del espejo (en «el olvido cerrado por el marco»), el reflejo del septeto de estrellas. Teijefhos ahí el concepto, la falta de l^falta, con la que toda angustia se eleva, porque ella lo es.
Es de la ausencia del sol que se hacía la angustia. El septeto nace de la anulación de la huella supuesta de esta ausencia: la nixe. Aprehende, pues, la angustia, no como efecto, sino como esencia.
Sí, pero: ¿un único término evanescente, entonces, la n jxkl ¿Y los cuartetos?
4
Hay, en primer lugar, retroacción del poema sobre sus condiciones. ¿Qué hubo antes del salón vacío?
La pareja inaugural es, claramente, el día y la noche. Se da dos veces, en su juntura evanescente. El «sueño vespertino», roja iluminación del atardecer, y el Fénix (el sol), que su fuego inherente consume en promesa de renacer al amanecer.
Es en el corazón mismo de la noche que el poema se propone garan tizar, mediante el concepto-estrella del fuego-muerto, la promesa solar. Entre dos presencias, sólo la falta de la ausencia del presente, con valor de idea, salva el mundo del azar.
Entre dos imaginarios, sólo lo simbólico nos guarda de lo real. Entre dos alzamientos de masas, sólo la política del partido preserva la clase.
Tengan cuidado: enunciables al mismo punto, los tres enunciados, el mallarmeano, el lacaniano, el maoísta, no son isomorfos.
El salón vacío y nocturno, ¿guarda huella de la promesa dorada? He aquí quien dirige la inspección de los lugares, en el régimen poético de la angustia.
Se produce algo un poco extraño. Se ve bien que, sucesivamente, el ánfora (funeraria), el señor (en la Estigia), y el ptyx (inexistente) constitu yen la triple proclamación] del no-ser. La primera contiene las cenizas, el segundo está muerto, el tercero es esta palabra que no dice palabra.
Pero, además, ninguno está ahí.
Estos seres fantasmáticos serían, con seguridad, términos evanescen tes, puesto que no tienen otro ser que designar el no-ser, si no hubiera que admitir que, desvanecerse, no pueden, afectados como están, en el decorado, de una ausencia radical, y sin efecto (a diferencia del supuesto navio, que se infería de la espuma visible, o del espejo divisible, que se puede distinguir).
¿Hay que decir que estos términos son anulados? Tampoco, pues para la anulación de un término hipotético, es preciso que su desvanecimiento sea causa de una huella a propósito de la cual se hace advenir, como ex cepción, otro término, como la sirena después del navio, o el septeto de estrellas después de la nixe.
El ánfora, el señor y el ptyx tienen todos los atributos del término evanescente, salvo el desvanecimiento, de donde debería revelarse una huella de la falta. Faltan sin huella. Por esto, son insustituibles.
Aquí, una nueva especie de la ausencia: la que no opera en ninguna representación, y de la cual el concepto, falta de la falta, no tiene dónde agarrarse. De estos términos es preciso decir, retomando a Lacan, que están forcluidos.
Debo designar tres operaciones sobre la ausencia: - el desvanecimiento, que tiene valor causal;
- la anulación, que tiene valor conceptual; - la forclusión, de valor nulo.
Es al genio de Mallarmé que debemos, habida cuenta del ptyx, el afirmar que el puro significante de la marca no tolera ser evocado sino afectado de forclusión. No es que desaparezca: él no está ahí.
Inalterable soporte del «no hay», es tangente a lo real, respecto de lo cual sólo se dice «hay».
Es por eso que la palabra misma debió ser arrastrada a las orillas de la muerte.
Hay lo inconceptualizable. He aquí lo que dicen, construidos mediante forclusiones, los cuartetos de este soneto. ¿Qué es esto inconceptualiza-
ble? El puro hecho de que haya concepto, realidad a la que se deben los tercetos. Lo que hace que haya concepto, son el señor, la muerte y el puro significante: el poeta, el ánfora y el ptyx.
Lo que ustedes nunca lograrán deducir: este triángulo del sujeto, de la muerte y del lenguaje. Pues a partir de ahí se hace toda deducción.
Deducir, es sustituir. Las «reglas de sustitLición» están en el fu n dam ento
de la lógica matemática. El ánfora, el señor y el ptyx son insustituibles, mantenidos para siempre en el «no hay», co rre la to simbólico del «hay» lo real. Trinidad de lo simbólico como tal.
¿Es cierto? Quiero decir, ¿que haya lo inconceptualizable? Mao parecía no creerlo. Él decía: «Conseguiremos conocer todo lo que no conocíamos antes».
Respecto de esto, el axioma marxista: «Se tiene razón en rebelarse», es ambiguo. ¿Quiere señalar que la rebelión tiene su razón, su concepto?