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3.3 Null Pointer Dereference and Redundant Comparison to Null

3.3.3 Modeling Values

y las toma del seno escondido de la Naturaleza, para uso de los hombres **.

Entre los autores que menciona se hallan ríermes, Raimundo Lulio y Francesco Patrizzi, el platónico italiano Raleigh y Bacon escribían por las mismas fechas, pero representan dos distintas tradiciones cien­ tíficas: una es neoplatónica y mágica, y la otra es neoaristotélica y anti-mágica.

Paracelso

Generalmente, las figuras de Copérnico y Paracelso no suelen rela­ cionarse, y a primera vista tienen poco de común; pero si las apro­ ximamos entre sí conseguiremos apreciar la fuerza de la «tradición mágica» en el siglo xvi.

De hecho, sólo aproximando a Copérnico y Paracelso se logra ver la configuración de la ciencia durante este periodo. En caso con­ trario, inevitablemente se exagerará el racionalismo y la unidad de la revolución científica.

114 Portada de la History of the World

(1614), de Raleigh, en donde aceptaba la doctrina de Hermes Trismegisto como auténtica. La portada tiene un tono adecuadamente moral, aunque algunos historiadores han querido leer «experiencia» como «experimento».

(1493-1547). Igual que Copérnico, estuvo en relación con la clase terrateniente, pero su vida se caracteriza por la simpatía hada los grupos sociales inferiores de Alemania durante este período, sobre todo hacia los mineros y campesinos. Encontramos en él a un hom­ bre con simpatías anabaptistas y defensor de los oprimidos. Esto, naturalmente, le hizo chocar con el conservadurismo social de la ortodoxia luterana y católica, y también de las universidades alema­ nas. Si Paracelso no causó un impacto serio en la medicina académica de su tiempo se debe a que fue tenido como elemento subversivo. Era anti-intelectual en cuanto anti-académico.

Paracelso tuvo como blanco principal la enseñanza de la medi­ cina en las universidades, que se inspiraba en Hipócrates y Galeno, y, además, estaba demasiado al servicio de las necesidades médicas de los grupos sociales superiores. Los médicos universitarios toma­ ban por clientes a los terratenientes y burgueses. Los campesinos y labradores tenían que contentarse con los boticarios autodidactas, fie­ les a las normas o remedios tradicionales y a sus propias intuiciones. En realidad, resulta bastante difícil sentenciar cuál de estos grupos salía peor parado.

La medicina académica vivía de las ideas de dos milenios de tradición griega, según las cuales toda enfermedad corporal pro­ viene de un desequilibrio en los cuatro humores: flema, irascibilidad, melancolía y sangre. Este desequilibrio era conocido con el nombre de «destemplanza», por lo que todas las enfermedades eran «des­ templanza» en cierto sentido, y se creía que afectaba al cuerpo en su totalidad, y no sólo a una parte determinada. De ahí que el tratamiento se aplicara al cuerpo entero, tratando de equilibrar nue­ vamente los humores mediante las sangrías, o provocando vómitos o sudor. Esto era medicina griega, aún dominante en la Europa del si­ glo xvi entre quienes eran capaces de estudiarla y de brindar sus be­ neficios.

(Este cuadro es, desde luego, simplista. Acaso habría que distin­ guir entre la influencia de Hipócrates y la de Galeno; la tradición hipocrática insistía en la necesidad del reposo para lograr la cura;

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11 6 Raimundo Lulio (m. 1315), el «doctor iluminado», desarrolló el «método luliano», que gozó de cierta revalorización durante el siglo xvi. Este diagrama del «Arbol apostólico» formaba parte de un sistema unificado del conocimiento. Las ideas de Lulio se integran en una tradición que, en su creencia en los medios mecánicos como instrumentos para adquirir conocimientos, llegó hasta Bacon y Comenio.

fiero, de hecho, fue la influencia de Galeno la que prevaleció en el período renacentista.)

Paracelso atacó la ortodoxia de Galeno debido a su antagonismo social innato hacia una élite privilegiada. Pero había también un motivo intelectual detrás de su radicalismo. Paracelso se inspiró so­ bre todo en las corrientes anti-aristotélicas de su tiempo y concreta­ mente en el neoplatonismo de Ficino. Tomó la doctrina neoplatónica del macrocosmos y microcosmos y la aplicó al campo de la medi­ cina. Consideraba los órganos del cuerpo humano como realidades análogas a las estrellas. El cuerpo humano era para él un micro­ cosmos donde se hallaba representado cuanto existía en el universo: lo animal, vegetal, mineral y espiritual. La tarea del médico consistía en extraer remedios del macrocosmos para curar las enfermedades del microcosmos.

En cierto sentido, esto apuntaba hacia el progreso moderno mu­ cho más que la doctrina galénica. Pero juzgar de este modo es per­ der de vista el substrato intelectual en donde Paracelso se formó. El mundo de Paracelso fue el mundo del excéntrico español Raimundo Lulio (1232-1315), de Nicolás de Cusa, Pico della Mirándola (1463- 1494) y Ficino. Era retroceder al mundo panteístico de Plotino, en el que las sustancias naturales contenían «virtudes» de condición eterna y parte de la sustancia divina. El universo era un mundo mágico que tenía en Dios su mago. Un mundo lleno de secretos es­ condidos (lo oculto) que el médico tenía como misión descubrir o «sintonizar». Un mundo dominado por el espíritu, no por la materia; y, en consecuencia, distinto por completo del mundo mecanicista de Descartes y Hobbes. Pero no tan alejado del de Copémico y Kepler, o del de Bruno y Fludd. El sitio de Paracelso en esta tradición no ofrece dudas.

Esto suena tan extraño a los oídos modernos como la doctrina galénica de los humores. Pero indujo a Paracelso a concentrar su atención en las áreas locales del cuerpo — el hígado, por ejemplo- más que en el cuerpo entero. Estimó que las enfermedades proce­ dían de fuera del cuerpo, y no eran efecto de un desequilibrio en los humores; y trató de hallar remedios específicos para cada en-

fermedad en vez de recurrir a un tratamiento general, como las san­ grías. La cura fijada por él para la hidropesía fue el mercurio:

Por ejemplo, el mercurio es el remedio específico para la hidropesía. Esta es debida a la segregación morbosa de la sal de las carnes, un proceso químico

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de solución y coagulación. Como tal, este proceso no depende en absoluto de la propia complexión, sino que es una «virtud celeste» dotada de su pe­ culiar «monarquía» a la cual se hallan subordinadas la cualidad y la comple­ xión. El mercurio expulsará la sal disuelta — que ejerce una acción corrosiva dañosa para los órganos— y mantendrá el estado sólido — coagulado— de la sal en las carnes, donde es necesaria para evitar la putrefacción. El mer­ curio ejercerá su acción curativa de modo especifico en todos, aunque en uno provoque vómitos y en otro sudor. Ni el vómito ni el sudor — los remedios universales de los antiguos— son, pues, factores curativos. Por eso, yerra quien dice que el paciente ha de curarse con el sudor o los vómitos, porque no considera la gran variedad de hombres, ni que los efectos de tales remedios constituyen sólo la expresión de las distintas reacciones de los individuos al mismo remedio, y no la cura misma

Acaso más que cualquier otra cosa, lo que hizo Paracelso ✓ fue dar un fuerte impulso al estudio de la química dentro de un marco sujeto a disciplina. Apartándose de los cuatro elementos tradicio­ nales de la ciencia griega (tierra, aire, fuego y agua) propuso tres principios: azufre, sal y mercurio, que no eran sustancias en el sentido moderno, sino principios de actividad, mediante los cuales Paracelso ofrecía un nuevo camino al estudio de la medicina y la «química».

Señalaba horizontes nuevos para el hallazgo de nuevos remedios químicos, y ponía otra vez el acento en la experimentación. Estaba naciendo la ciencia de la yatroquimica, donde la química se estu­ diaba en función de la medicina.

En lo que Paracelso difiere de Copémico y Kepler es en su actitud frente a las matemáticas. El no consideró el universo como escrito en términos o caracteres matemáticos. Pero esta diferencia es, en cierto sentido, sólo marginal. Todos estos neoplatónicos creyeron en el mismo tipo de universo y todos buscaban el código que re­ velara sus secretos. Paracelso difiere de Copémico en que vuelve su mirada hacia los laboratorios de la tierra — las minas en particular— más que hacia el laboratorio del cielo.

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del Renacimiento, al cual no se le dio, y quizá aún no se le ha dado, importancia suficiente. Por un lado, mira hacia atrás, al mundo medieval de Raimundo Lulio; y por otro, mira hacia adelante, al químico del siglo xvii Juan Bautista van Helmont (1577-1644). Si sus aportaciones no han sido justamente apreciadas es porque los historiadores de la ciencia han acentuado siempre el racionalismo en su trabajo científico. Mas si Paracelso fue un demente, lo fueron también Nicolás de Cusa, Copérnico, Kepler y hasta Newton.

Hemos insistido en la importancia de los postulados mágicos, religiosos y sociales de Paracelso, que le sirvieron de base para atacar a la ortodoxia de Galeno. Pero de ahí no podemos concluir, con excesiva precipitación, que su hincapié en localizar partes enfermas o en el uso de medicinas químicas sólo tuvo consecuencias positivas. De hecho, la insistencia de Paracelso en las causas locales pudo hacer olvidar a sus seguidores la unidad esencial del organismo humano, tan acentuada por la medicina moderna; y su empleo de medicamentos químicos quizá frenó el progreso tanto como lo impulsó. En resumen, no existían antiguos y modernos en el sentido que damos hoy a los términos.

Paracelso sacó muchas de sus ideas de la Cábala, otra fuente impregnada de neoplatonismo. La Cábala (literalmente «tradición») judía era un cuerpo de doctrina originario de la baja Edad Media, que interpretaba el Antiguo Testamento sirviéndose de métodos eso­ téricos, incluso con cifras. El cultivo del hebreo por estudiosos cristia­ nos como Reuchlin (1455-1522) hizo la Cábala más fácilmente ac­ cesible a quienes buscaban sabiduría detrás del texto literal de las Escrituras. La Cábala y los escritos herméticos eran un reclamo pa­ recido para el mismo tipo de hombres. Los neoplatónicos de Cam­ bridge, por ejemplo, estudiaron la Cábala.

El mundo paracélsico, en cuanto que era neoplatónico, estaba vivo. Sus tres elementos eran fuentes de energía espiritual análogas a la Trinidad, de la que eran «reflejo». Todos los seres poseían una fuerza directiva espiritual (un archeus) que guiaba su desarrollo:

¿Qué serla el cuerpo sin el espíritu? Absolutamente nada. E l espíritu y no el cuerpo guarda ocultos en si mismo la virtud y el poder... (él) conserva vivo

Los azares de la medicina y de la cirugía en el siglo xvn. Reproducción de la portada del De efficaci medicina (1646).

d u e r s a

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Izquierda. Cottonwell, del De historia stirpium comentara

(1542), de Leonard Fuchs (1501-1566). En éste como en otros grabados del siglo xvi el arte y la ciencia van inseparablemente unidas.

Derecha. «E l gran herbario

que procura perfecto

conocimiento y entendimiento de todos los tipos de plantas y de sus preciadas virtudes...

Londres, 1526.» Los herbarios eran catálogos y descripciones de plantas muy usados con fines médicos. El herbario más conocido fue el de Dioscórides (siglo i de la era cristiana), que apareció impreso en 1478.

al cuerpo; y, cuando éste fenece, el espíritu escapa y abandona el cuerpo muerto y vuelve al sitio de donde salió, al caos, al aire que hay debajo y encima del firmamento... sabed que el espíritu es la vida verdadera y el bálsamo de todas las cosas corpóreas.

Tras de su insistencia en los remedios químicos se oculta la idea de que está viviendo en un mundo mágico, donde ciertas sustancias materiales bien escogidas pueden conseguir efectos notables y hasta milagrosos.

Fue, pues, una concepción mágica y no «racional» la que em­ pujó a Paracelso a asociar la química con la medicina.

Antes de él, el mundo de la alquimia mantenía estrechas rela­ ciones con la búsqueda de la piedra filosofal capaz de transformar en oro los metales inferiores. Las probabilidades de éxito en la aven­ tura eran escasas, por no decir mínimas, pero el grado de habilidad

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