5. System Modelling and Synthesis within the GBR
5.1 Background
5.1.2 Modelling
En un ensayo63 sobre el escritor belga Maurice Maeterlinck, Premio Nobel de Literatura en 1911, hace Dewey la siguiente anotación:
Emerson, Walt Whitman y Maeterlinck son, hasta ahora, tal vez los únicos hombres que han sido habitual -y casi diría que instintivamente- conscientes de que la democracia no es ni una forma de gobierno ni simplemente una conveniencia social, sino que es, más bien, una metafísica de la relación del hombre, y de su experiencia, con la naturaleza (Maeterlinck‟s Philosophy of Life, MW 6: 135).
El comentario de Dewey resulta bastante extraño. Se entiende muy bien lo primero: que Emerson, Walt Whitman y Maeterlinck entendieron que la democracia era algo mucho más profundo que una simple forma de gobierno o una forma más o menos eficiente o conveniente de organizar la
vida en sociedad. Pero, ¿qué quiere decir aquello de que es “una metafísica de la relación del hombre, y de su experiencia, con la naturaleza”? ¿Acaso no es precisamente Dewey, y todo el movimiento pragmatista, un severo crítico de la metafísica? ¿Por qué, entonces, definir la democracia en términos
de “una metafísica”? Además, ¿qué tienen que ver allí la relación del hombre con la naturaleza o la
experiencia que éste tenga de aquella? ¿A qué naturaleza se refiere?
Para quien tenga un cierto grado de familiaridad con los escritos de Emerson, y sobre todo con las obras en verso y prosa de Walt Whitman, la afirmación de Dewey, sin embargo, no resulta muy extraña. Ya vimos antes cómo la filosofía emersoniana partía del presupuesto de que el hombre se encuentra en una profunda unidad con la naturaleza y de que todos los hombres participan de una inteligencia común; y vimos también cómo tales presupuestos eran el fundamento de la autoconfianza y del principio de la autorrealización del individuo que estaban a la base de su idea de una democracia que encontraba su punto de entronque fundamental en los individuos. Algo semejante podrá encontrar quien se acerque con cuidado a los textos de Walt Whitman, sólo que con una diferencia importante: en el gran poeta de Norteamérica encontraremos que la democracia se convierte para él en un gran proyecto espiritual que lo anuda todo, que lo unifica todo: el arte, la literatura, la filosofía, la religión, la ciencia, la política, la educación, la experiencia elemental del hombre de la calle y su relación con la naturaleza (con las plantas, los animales, los astros, etc.), con los otros hombres y con el destino mismo del universo, al que considerará como la expresión por excelencia de una Idea inmortal y poderosa.
63 Dicho ensayo fue publicado inicialmente en The Hibbert Journal de julio de 1911 bajo el título de “Maeterlinck‟s
Philosophy of Life”. Simplemente como “Maurice Maeterlinck” fue incluido en Characters and Events, deJoseph Ratner, Vol. 1, pp. 31-44. En la edición de las obras completas de Dewey de la Southern Illinois University, se encuentra el texto íntegro en el tomo 6 de las Middle Works (pp. 123-135).
Si Dewey habla de la democracia como “metafísica”, ello no se encuentra en ninguna parte más justificado que en la obra de Whitman, pues lo que “metafísica” significa en Dewey (a diferencia de lo
que ocurre en la tradición occidental)64 es el intento por elaborar una comprensión lo más general y lo más unificada posible de todos los elementos de nuestra experiencia; y precisamente lo que hace Walt Whitman al hablar de democracia es esto. Bastará leer, por ejemplo, Democratic Vistas65, su más sugerente obra en prosa, para darse cuenta inmediatamente de que, al hablar de la democracia norteamericana, Whitman no está hablando simplemente de una estrategia o un plan político, sino de un proyecto cultural y espiritual que lo abarca todo: la relación que tenemos con los demás seres de la naturaleza, con nuestro propio cuerpo, con la religión, el arte o la filosofía de un Nuevo Mundo; y, sobre todo, con la construcción de un nuevo tipo de individuo.
64Sobre el significado del término “metafísica” tal como lo emplea Dewey hace una interesante reflexión Richard Rorty en
el capítulo 5, que lleva por título “La metafísica de Dewey”, de su libro Consecuencias del pragmatismo. Cfr. Rorty, 1996, pp. 139-158. Para una síntesis, muy apretada pero bien lograda, de los supuestos metafísicos de Dewey, véase el artículo de Georges Axtelle en Lawson-Lean, 1971, pp. 68-74. Sobre los supuestos metafísicos de la idea deweyana de democracia (y del contraste entre su perspectiva y la de la concepción clásica de la democracia), véase Sleeper, 1988.
65 Sin duda, éste es el texto en donde Walt Whitman reflexiona de forma más directa sobre la democracia, aunque hay
algunos otros pasajes de su obra en prosa y en verso que son fundamentales para entender su “individualismo democrático”.
De su obra en verso consideraré sobre todo una parte específica de sus Hojas de hierba: la que tiene por título “En la ribera del Ontario azul”, pues es allí donde hace, bajo la figura de un fantasma que se le aparece junto al río un tiempo después de
la finalización de la Guerra de Secesión, el canto más completo de lo que es la democracia norteamericana tal como él la concibe.
Sobre el texto de Democratic Vistas (o Perspectivas democráticas) que usaré a continuación debo hacer algunas precisiones. Existen al menos dos traducciones distintas de este texto de Whitman al español: (1) una traducción de 1944, de Luis Azua, en la Editorial Americalee, de Buenos Aires; (2) una traducción de 1955, de Concha Zardoya, para la Editorial Aguilar, de Madrid, que hace parte de las Obras escogidas de Walt Whitman publicadas por dicha editorial. Empecé por leer el texto de Whitman en estas dos versiones, pero me sorprendieron dos cosas: por una parte, que parece que se hubiesen traducido dos textos distintos, pues, aunque se trata de traducciones de un mismo texto en inglés, lo que dicen en su versión en español es casi totalmente diferente; por la otra, que ambas traducciones (pero, sobre todo, la segunda) son prácticamente ilegibles, pues su sintaxis es absolutamente defectuosa, a tal punto que uno nunca logra saber qué es lo que se quiere decir en español. Ante tales dificultades, decidí buscar el texto en inglés. Lo encontré fácilmente disponible en Internet, junto con sus demás escritos en prosa, en la siguiente dirección electrónica: http://www.bartebly.com/229/20025.html. Allí está el texto completo numerado por párrafos y allí lo leí por primera vez.
Posteriormente pude leer, tanto Democratic Vistas y Specimen Days como algunos otros escritos cortos en prosa que más adelante citaré, en una edición impresa en dos tomos mucho mejor cuidada, cuya referencia completa doy a continuación: WHITMAN, Walt: Prose Works 1892. Volume I: Specimen Days, Edited by Floyd Stovall, New York University Press, 1963; y WHITMAN, Walt: Prose Works 1892. Volume II: Collect and Other Prose, Edited by Floyd Stovall, New York University Press, 1964. Los textos de la obra en prosa de Whitman que citaré (y traduciré) en adelante fueron tomados de esta edición.
Debo advertir, finalmente, que se trata de textos (especialmente Democratic Vistas) cuya traducción es particularmente difícil, pues el estilo de la prosa de Whitman es sumamente denso y está lleno de incisos, paréntesis, etc. que hacen muy difícil comprender cuál es la idea central de cada párrafo y cómo a esta idea se le agregan otras ideas y anotaciones secundarias. De todas maneras, he hecho el esfuerzo por traducirlo casi en su totalidad, pues me parece que es un texto absolutamente primordial para entender la idea norteamericana de la democracia y, por tanto, la concepción del individualismo democrático de Whitman y Dewey.
La obra completa de Whitman (y no sólo esa famosa y bellísima colección de poemas que es
Leaves of Grass, u Hojas de hierba) es lo que podríamos llamar una “poética de la democracia” (una nueva poética basada en la comunión de los seres humanos entre sí y de éstos con la naturaleza) en donde el individuo concreto, la persona humana del común, está en el centro de la experiencia democrática y donde éste se cultiva como individuo en una relación constante y maternal con la naturaleza. Tal vez no haya un lugar en toda su obra en donde mejor exprese esto Walt Whitman que en
el último fragmento, que lleva por título “Nature and Democracy - Morality”, de sus Specimen Days66. Dice allí lo siguiente:
La Democracia se encuentra asociada ante todo con el aire libre; se hace soleada, fuerte y sana solamente en medio de la Naturaleza -algo semejante a lo que ocurre con el Arte. Se requiere de algo para templarlas; es decir, para ponerlas a prueba, para impedir que incurran en excesos, para evitar que caigan en la morbosidad. Quisiera, antes de partir, ser el portador de un especial testimonio, de una muy vieja lección y requisito. La Democracia Norteamericana, en sus múltiples personalidades, en sus fábricas, talleres, tiendas y oficinas -y a través de las densas calles y casas de las ciudades, y en las diversas manifestaciones de su compleja vida-, debe ser dotada de una nueva fibra; debe ser revitalizada por medio de un contacto regular con la luz exterior, el aire, el espectáculo del crecimiento de todos los seres, las escenas de granja, los animales, los campos, los árboles, los pájaros, la calidez del sol y la libertad de los cielos; de lo contrario, indudablemente decaerá y palidecerá. A menos que logremos tal cosa no podremos tener grandes estirpes de mecánicos y de hombres trabajadores que conformen el pueblo llano (y éste es el único y específico propósito de Norteamérica). No concibo ningún florecimiento firme ni ninguno de los elementos heroicos de la Democracia en los Estados Unidos -o simplemente de cualquier Democracia que pueda sustentarse por completo a sí misma- sin que el elemento de la Naturaleza conforme su parte principal -es decir, le proporcione su elemento de salud y de belleza-, pues es allí donde realmente encuentra su punto de apoyo toda la política, la salud mental, la religión y el arte del Nuevo Mundo. Y, finalmente, la moralidad. “La virtud -decía Marco Aurelio- no es sino una viva y entusiasta simpatía con la naturaleza”. Quizás los esfuerzos de todos los verdaderos poetas y fundadores -y de todas las religiones y literaturas de todas las épocas- hayan consistido, y seguirán consistiendo, en estos tiempos y en los tiempos por venir, esencialmente en lo mismo: en evitar que la gente persista en sus extravíos y en sus abstracciones enfermizas y aprenda a disfrutar, sin mayores costos, de lo que es común, divino, original y concreto (Whitman, Specimen Days, 1963, pp. 294-295).
Aunque John Dewey nunca escribió nada sobre la obra de Walt Whitman (como sí lo hizo sobre Kant, Jefferson, Emerson, Horace Mann o William James), y aunque lo cita muy pocas veces a lo largo de su inmensa obra escrita, se sabe con certeza que lo leyó con cierto cuidado, especialmente en sus años juveniles, e incluso -como sugieren algunos (Cfr. Ryan, 1995, pp. 252-253)- que su propia poesía, y su formación literaria, se vio influenciada por la lectura de la poesía de Whitman. En cualquier caso, parece evidente que la lectura de la obra de Walt Whitman ejerció un profundo influjo sobre la concepción que de la democracia desarrolló el filósofo de Burlington, pues no de otra forma se
66 Hay una buena edición en español de esta parte de la obra en prosa de Walt Whitman, bajo el título Días ejemplares de
entendería que lo calificara como “el profeta de la democracia” (Cfr. The Public and Its Problems, LW 2: 350).
En una carta de Dewey a su esposa Alice, con fecha 6 de abril de 1887, le dice lo siguiente: “He
estado leyendo mucho a Walt Whitman y encuentro que tiene una filosofía bastante definida. Su filosofía de la democracia, y de la relación que ésta tiene con la religión, me ha impactado
muchísimo”67. Dewey tiene para esa época apenas veintisiete años y se encuentra dentro de una intensa búsqueda personal, religiosa y filosófica. Sin duda, su lectura de Whitman hace parte de esa búsqueda del significado tanto del cristianismo como de la democracia norteamericana y está en perfecta consonancia con su lectura asidua de la filosofía de Hegel como una forma de unificar todos aquellos aspectos de su experiencia que se han visto sometidos a profundos dualismos como fruto de su propia formación moral y religiosa.
Por entonces se leía muchísimo en los círculos académicos de los Estados Unidos la obra filosófica de Hegel, especialmente a través de la difusión que de ella habían hecho diversos filósofos norteamericanos que habían estudiado en Alemania y entre los cuales se destacaba George Sylvester Morris, maestro y amigo del joven Dewey. El hegelianismo tenía una marcada influencia en diversos
campos, y especialmente en la teología propia del movimiento conocido como “Social Gospel”, del
cual Dewey participaba muy directamente. Entre los escritores interesados en Hegel se destacaban especialmente Elijah Mumford (autor de un libro famoso -al que luego se referirá Dewey en su ensayo
sobre “Cristianismo y democracia”-: The Republic of God, de 1881) y Walt Whitman, cuyas Leaves of Grass, en las diversas ediciones hasta entonces existentes, eran leídas cada vez con mayor asiduidad, pues expresaban mejor que cualquier otra obra lo que significa un modo de vida, la democracia, basado en la fe en el hombre común, y, sobre todo, la afirmación por parte del hombre y mujer norteamericanos de una individualidad única y propia.
Ya había señalado Hegel, en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, que Norteamérica, a pesar de estar todavía en proceso de gestación como Estado, pero siendo ya una nación independiente y poderosa, constituye “la tierra del porvenir”68. Es ésta una exigencia que Walt Whitman se toma demasiado en serio, pues entiende, más allá de Hegel -quien todavía ve en Norteamérica no más que una extensión del Viejo Mundo, pues simplemente la considera como una
67 Dicha carta pertenece a los John Dewey Papers. Puesto que no conozco el texto directamente, pues no he tenido ocasión
de estudiar la correspondencia de Dewey, cito este pasaje según la versión que aparece en Rockefeller, 1991, p. 152.
68 La afirmación de Hegel se encuentra en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Véase Hegel, 1980, p.
nación formada por la población sobrante de los países europeos-, que la única justificación que los Estados Unidos pueden dar de sí se encuentra en el futuro. Su historia no se entiende como un simple resultado del pasado, sino como el intento por construir una vida hasta entonces inédita. Así nos lo hace saber Walt Whitman desde el puro principio de sus Democratic Vistas:
América -que colma el presente con las más grandes hazañas y problemas, y que acepta el pasado, incluido el feudalismo, con alegría (pues el presente, en realidad, existe como algo que ha sido legítimamente engendrado por el pasado, incluido el feudalismo)-, lo reconozco, cuenta, para su justificación y éxito (pues ¿quién se atrevería a hablar de triunfo?), casi enteramente con el futuro. No es, pues, que la esperanza carezca de garantías. Hoy y en adelante podemos ver, aunque todavía de forma tenue y como en perspectiva, un porvenir abundante, sano y colosal. Considero que, para nuestro Nuevo Mundo, es mucho menos importante lo que ya se ha hecho, o lo que se está haciendo ahora, que los resultados que están por llegar. Único entre las nacionalidades, estos Estados (los Estados Unidos) han asumido la tarea de establecer formas de poder duraderas y prácticas, sobre unas áreas que tienen una amplitud tal que rivalizan con el cosmos físico, que se basan en especulaciones de moral política postergadas desde hace mucho, mucho, tiempo: las del principio democrático republicano, la teoría del desarrollo y perfeccionamiento a través de estándares voluntariamente aceptados y el principio de la confianza en sí mismo. ¿Quién más, en el largo curso de la historia, aparte de Estados Unidos, ha aceptado efectivamente, y con una fe casi inconsciente, estos principios; y, sobre todo, como ahora podemos ver, los ha establecido, ha actuado de acuerdo con ellos y ha buscado su afianzamiento? (Whitman:
Democratic Vistas, 1964, p. 362).
Lo más fácil sería decir que esto es vulgar optimismo o simple ingenuidad. En realidad se trata de otra cosa: de la esperanza en que es posible inaugurar un nuevo mundo, un nuevo orden social, en el cual un individualismo como el de Emerson -basado por una parte en la fe en el hombre común y, por la otra, en una confianza en los nuevos desarrollos científicos e industriales, pero, sobre todo, en la posibilidad de unificar los desarrollos materiales con un nuevo sentido moral y religioso, con una nueva espiritualidad, una nueva filosofía, una nueva ciencia, unas nuevas formas de interrelación e intercomunicación entre los hombres-, daría lugar a un nuevo humanismo basado en la comunión del hombre con la naturaleza y en la comunión de los hombres entre sí. Es ello, por cierto, lo que se afirma por todas partes en un texto como Leaves of Grass.
En toda la obra de Whitman el centro es el individuo concreto, incluso ese individuo particular
que es Walt Whitman, pues es él el que “se canta a sí mismo” y “se celebra a sí mismo”, el que se autoproclama “el poeta del cuerpo y del alma”, el que cuenta las cosas más sencillas que se suceden a
su alrededor: el esclavo fugitivo que llega a su casa, o el niño que le pregunta qué es la hierba69. Pero el
69 Es claro para el conocedor de la poesía de Walt Whitman que aquí estoy parafraseando algunos de los pasajes más
conocidos de su Song of Myself, o Canto a mí mismo. Dado que los poemas están numerados, doy, de forma breve, las
referencias de los pasajes a los que acabo de aludir: el “me canto y me celebro a mí mismo” es del muy conocido poema n° 1; su afirmación “soy el poeta del cuerpo y el poeta del alma” es el primer verso del poema n° 21; la historia del esclavo
individuo es también una nación que despierta, que “se anuncia a sí misma”, que se sabe nueva y que
no espera, por ello, que su justificación le venga de otros, sino de su propio nacimiento70. El problema está precisamente en cómo se logran conciliar -es decir, comprender en una misma unidad- a los individuos asociados que conforman una comunidad política y a la forma que toma esa comunidad política como Estado o como nación. Es esto precisamente lo que Walt Whitman llama “el gran
problema americano”:
Uno de los problemas que se ha presentado en Norteamérica en estos tiempos es el de cómo combinar los deberes y las políticas de uno mismo en cuanto miembro (o no miembro) de ciertas asociaciones, sociedades, hermandades -y las obligaciones que uno tiene para con el Estado y la Nación- por una parte, con la libertad esencial que uno posee como personalidad individual, por la otra; pues sin dicha libertad ningún hombre puede crecer ni desarrollarse; y tampoco puede llegar a ser perfecto, moderno, heroico, democrático, norteamericano. Con todo lo necesarias y beneficiosas que son las asociaciones (pues el mundo no podría existir y ni siquiera se habría puesto en marcha sin ellas), la verdadera nobleza y