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Modelling of the EXAFS spectra using regularization like method

Quienes tengan acceso a experiencias diversas y ricas en su conteni- do tendrán más cultura (al poder reiterar dichas experiencias) y, por tanto, podrán captar en mayor medida los matices de personalidades,

situaciones y lograr imaginar combinaciones y posibilidades comple- jas de mayor alcance práctico. Podrán convocar a opciones entendi- bles para muchos sin necesidad de imponerles un determinado punto de vista. La imposición, la violencia, en el fondo significa impoten- cia, incapacidad para comprender las motivaciones de los otros, su punto de vista, su valor social e histórico, es decir, falta de cultura o anquilosamiento de la cultura (pseudocultura).

La persona poco culta o anquilosada requiere del poder del dinero y de tener un cargo formal o un medio de difusión para amplificar e imponer su lógica, que a esa misma persona se le ha impuesto desde fuera; puede “mandar obedeciendo” a un sistema impersonal que no comprende, pero en el que cree ciegamente. Como dice Pink Floyd, se torna en “otro ladrillo en la pared”, el muro que inhibe la cultura real, el apropiamiento por cada quien de las vivencias más diversas e interesantes de los seres humanos y la posibilidad de crear, ha- ciendo realidad lo que parecían utopías.

A la cultura le es inherente la automatización de experiencias históricamente asimiladas, a través de rituales, costumbres y hábitos (prácticos, creencias, sentimientos y gustos). Pero dicha automatiza- ción envejece y poco a poco pierde frescura para acoplarse a situa- ciones novedosas; de ser una técnica o un hábito necesario y eficaz en determinada época o circunstancia se hace rígida y se vuelve un obstáculo para el cultivo de nuevas creencias, valores y constumbres emergentes en circunstancias distintas; en lugar de ser “cultivo de algo” se transforma en inercia que sólo sirve para cultivar presio- nes absurdas e irritación personal y colectiva.

Esto ha derivado históricamente en que los colectivos y las per- sonas consideren universales lo que sólo sería válido en determina- dos contextos, lo cual tiene como efecto lógico el enfrentamiento de los universales de unos con los de otros que provienen de experiencias distintas; los automatismos o inercias de unos contra los de otros. Así la guerra se ha hecho presente en la historia humana, en las fami- lias e incluso, en el interior de los individuos. A eso, precisamente, se le puede denominar “psicopatología”: aferrarse a determinados esquemas, supuestos o ilusiones. Las experiencias culturales se trans- forman a veces en una especie de contracultura o pseudocultura.

Con toda la grandiosidad de la cultura humana, hasta ahora y desde hace unos 3 000 años la pseudocultura prevalece, incluso ésta se traga y deglute progresivamente a la cultura, deformándola. A eso se refiere Nietzsche13 cuando señala cómo lo que originalmente pudo haber sido considerado “bueno” por su contribución a la vida, a la fortaleza de los invididuos y de las colectividades, al sedimentarse se automatiza y tiene una función contraria. “Pseudocultura” por- que en lugar de “cultivar” lo que favorece el bienestar y el desarro- llo de los humanos y de la vida en general, paradójicamente cultiva valores, creencias y costumbres que, fuera de su contexto original, resultan contrarios a dicho bienestar y desarrollo.

Desafortunadamente, el poder político y económico, así como las posibilidades de difusión masiva, suelen estar en manos de mentes cerradas, rígidas, a veces obnubiladas, que se han hecho de ese po- der a toda costa, pasando sobre quien sea, mintiendo, sobornando, aparentando, etcétera. Es difícil que una persona realmente culta acep- te el costo ético que los actuales sistemas económicos y políticos requieren de sus funcionarios. A mayor cultura real mayor resisten- cia a la inmoralidad (la mentira, la corrupción...), al fanatismo y a la moralina.

Esto no significa que no haya políticos con sensibilidad cultural que en realidad busquen contribuir al beneficio colectivo, pero desa- fortunadamente hasta ahora han sido minoría. Tampoco implica un maniqueísmo, pues entre los dos polos es posible encontrar una gama en la que quizás nadie toque los extremos, lo que implica que en cada individuo y colectivo, la cultura y la pseudocultura coexisten en de- terminadas proporciones, cambiantes según sus nuevas experiencias. La pseudocultura en el poder suele perseguir y atacar a la cultu- ra y a otras versiones de pseudocultura que le son aversivas, para eso están las leyes, las sanciones y las armas. Vigilar y castigar, dirá Foucault.14 La pseudocultura, realmente no deja de ser una cultura

13 F. Nietzsche: La genealogía de la moral, (1885/1997).

14 Vigilar y castigar, dirá M. Foucault: Vigilar y castigar. Nacimiento de la pri- sión, 1996.

que tiene una actitud cerrada. Como si dijera: “solamente será lo que ya ha sido”. Pero no hay una reiteración de lo sido ubicándolo en los nuevos contextos, sino concibiendo a lo sido como inmóvil, es decir “fuera de contexto”. Padres y maestros que reprimen las modas juve- niles olvidando que ellos también fueron jóvenes reprimidos. Adul- tos que no son capaces de captar los mensajes de las nuevas genera- ciones y las circunstancias en que viven.

Esta pseudocultura se basa en y promueve la desconfianza ge- neralizada, como en el enfoque de Hobbes y Freud. La colectividad continuamente sintiéndose amenazada por los intereses individua- les. Para todo hay que crear normas, vigilantes y sanciones respecti- vas. Por ejemplo, eso sustenta la mal llamada “cultura democrática” que prevalece en el mundo y que muchos dan por sentado como un conjunto de valores universales: la legalidad, la objetividad, la im- parcialidad, la tolerancia, el voto influido por el mejor manejo publi- citario que con frecuencia promociona a la mediocridad y el egocen- trismo, los trucos legaloides, la guerra verbal para demostrar que el otro es peor, etcétera.

Por el contrario, la cultura implica organización y convivencia, o quizás más bien al revés: la convivencia (vivencia compartida) como base de la organización. La cultura promueve la confianza recípro- ca y el afecto. Al convivir se captan y se comparten puntos de vista que pueden coordinarse para realizar un proyecto. La cooperación nace de la integración afectiva y la produce. Tener intereses compar- tidos o captar como propio el interés del otro, de los otros, es el fun- damento de la “sociedad” (ser socios).

Asimismo, la pseudocultura invierte el sentido de esa “sociedad”. El inculto o pseudoculto usa a los otros como medios para intereses inmediatos. Cuando colabora en un proyecto lo hace pensando en el beneficio personal que obtendrá de esa “sociedad”, sin importar- le el sentido colectivo del proyecto. El inculto está disociado de la comunidad a la que “desafortunadamente” pertenece y desprecia.

Por supuesto, la cultura como incorporación-reproducción y apro- piamiento de las experiencias de otros —en el grado en que eso ocurra— involucra a cada persona y a cada grupo con la colectivi- dad, promueve el sentido de comunidad, de identidad colectiva

integrada en la identidad individual, lo cual es la base verdadera de la responsabilidad social y de la acción ética. Pero el sentido de co- munidad no puede surgir como pseudocultura mediante el adoc- trinamiento o la coerción, su posibilidad se basa en la expansión y profundización de los afectos (compañerismo, estimación, amistad, amor) mediante la realización de actividades que permitan que unos incorporen lo más directamente posible las experiencias de otros: dialogar escuchando las historias, jugar y convivir, compartir proyec- tos exitosos. En el grado en que estos tres elementos forman parte de la vida individual y, por tanto, colectiva, la sensación de libertad cobra realidad. Es el sentido esencial de la frase célebre de José Martí: Ser cultos para ser libres.

La libertad de un individuo, de un grupo, de una organización, de un país, de la humanidad toda, se acrecienta conforme en cada caso se integran como propios las perspectivas y los sentimientos de los demás; conforme éstos se hacen una perspectiva y un sentimiento propio. Para ello resulta esencial la familiarización con las diversas historias, los diversos contextos. De esa manera, el libre deseo de un individuo tiende a identificarse con los anhelos y valores profundos de los colectivos en que se desenvuelve, es decir, en los que partici- pa. Con esto se disminuye la funcionalidad de vigilantes y sanciones, al crecer la confianza entre los individuos y hacia las instituciones. Los individuos toman el poder (poder hacer).

BIBLIOGRAFÍA

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México, 1979.

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ARÍA DEL

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OSARIO

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SEBEY

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ORALES

Nuestra teoría incluye la creencia de que vivir en forma creadora es un estado saludable, y que el acatamiento es una base enfermiza para la vida. D. W. Winnicott.

Además de homo sapiens y homo faber, el hombre es también, y sobre todo, homo ludens, un ser humano que juega, un ser humano que agradablemente nace para jugar el juego de la vida. El juego es un fenómeno universal, y como tal una parte importante de la vida, es tan viejo como el ser humano, jugamos conscientemente o no, desde que somos niños. Sin embargo, esta actividad ha sido ligada exclusivamente a la infancia de la humanidad, y se considera que debe cesar cuando el individuo se hace adolescente para ser sustitui- da en la adultez por el trabajo productivo y remunerado. Esta concep- ción, establece una tajante disociación entre el juego y la producti- vidad, entre el placer y el trabajo.

En la actualidad, existe una literatura variada con más convergen- cias que discrepancias de muchos autores que han escrito sobre este fenómeno universal. Dos de ellos llaman mi atención por la profun- didad y sencillez de sus magníficas aportaciones. Uno, es el psicoana- lista inglés D. W. Winnicott y el otro, Marco A. Dupont, destacado

El juego y el jugar en el GIN1

psicoanalista mexicano, con quien tuve la oportunidad de formarme como psicoterapeuta en grupos de niños y padres.

A Winnicott2 le corresponde el mérito de haber observado y ana- lizado el juego infantil desde una perspectiva clínica, evolutiva y estructural, lo que le llevó a resaltar la importancia del juego, com- prometido con el cuerpo, y sus características muy particulares como:

· Fuente de creatividad y originalidad, único e irrepetible. · Facilitador del crecimiento emocional, en tanto que, se vincu-

la con la experiencia de la vida que el niño intenta repetir, do- minar o negar con el fin de organizar su mundo interior sub- jetivo, al realizar situaciones que están prohibidas en la vida real.

· Heredero del objeto transicional y del espacio transicional o

tercera zona, que se ubica entre el mundo interno y externo, sin pertenecer al yo ni al no yo.

· Potencial de comunicación y rol movilizador de subjetivi-

dades.

· Función catártica y preventiva, al permitir crear circunstan-

cias nuevas que modifican la realidad interna y posibilitan en consecuencia, la elaboración de aquellas vivencias dolorosas, así como una flexibilidad y enriquecimiento de las interaccio- nes grupales.

· Organizador de la socialización, por tanto, conductor de las

relaciones de grupo.

· Eficaz instrumento de transformación psíquica o función tera-

péutica, que se da, en la superposición de las zonas de juego del paciente y del terapeuta, quien debe ser creativo y espon- táneo sin invadir el juego del niño.

· Estimulante, por la experiencia de control mágico que el niño

vivencia desde su realidad psíquica hacia los objetos reales externos, y con ello, gestor de la confianza en sí mismo.

Este autor, destaca la idea de que el jugar tiene un lugar y un tiempo, se da topológicamente en un tercer lugar denominado es- pacio potencial de desarrollo, raíz gestora de la capacidad creativa y simbólica en el niño, espacio potencial donde el bebé juega con el rostro de su madre, que le sirve de espejo para verse en él a sí mis- mo, a su vez, la madre mira a su bebe real y a través de su mirada deseosa lo personifica.

Enfatiza la función materna como papel determinante en la crea- tividad del infante humano, al plantear que la actividad lúdica se inicia en el niño a partir de este espacio potencial o campo de jue- go, en los primeros juegos de transición de la dependencia a la independencia entre el bebé y su madre, quien tendrá que ser una madre “suficientemente buena” para ofrecer a su bebe la oportuni- dad de la ilusión, y permitirle la capacidad de desarrollar el poten- cial necesario para crear un espacio lúdico. Pero también deberá ser capaz de frustrar gradualmente, de fallar en un sentido positivo y dar un objeto que pueda representarla.

Señala que “Los objetos y fenómenos transicionales pertenecen al reino de la ilusión que constituye la base de iniciación de la experien- cia”.3 De manera que en la zona de los fenómenos transicionales se instala la capacidad de la ilusión-desilusión, con una paradoja de unión y separación, que está contenida por la función materna denomina- da holding, cuya confianza y seguridad posibilitan e instauran en el bebé la representación imaginativa, la creación del objeto fantaseado, la experiencia creativa junto con la diferenciación del yo-no yo.

Apoyado en estos planteamientos winnicottianos, Dupont4 nos lleva de la mano a analizar minuciosamente tres elementos en la ac- ción del juego: el sujeto que juega, el objeto con el que juega y la

3 Ibídem, p. 32.

4 M. A. Dupont: “Una contribución a la terapia del juego en los grupos in-

fantiles”. Conferencia Magistral, en Memorias CONACYT del IV Congreso Nacional de la Asociación Mexicana de Psicoterapia Psicoanalítica de la Infancia y la Adolescencia (AMPPIA). La importancia del juego en el desarro- llo humano, 1993.

conexión real o fantaseada que se da cuando el sujeto establece un vínculo con el objeto, en el que proyecta algo o una serie de fantasías y deseos que determinan la función del juego. Esto es, que un objeto- materia-juguete al ser investido afectivamente por el sujeto-niño, puede simbolizar o representar lo que no es, y tomar un significado diferente.

[…] la función del juego aparece desde el momento en que se inviste este material externo y real con los contenidos objetales internos dotados de motivaciones, de emociones y de conductas. La esencia del juego y del jugar se puede descubrir en la capacidad que se ha adquirido para simbolizar y de manera muy importante, en la capacidad de proyectar los objetos internos y sus circunstan- cias en el exterior y sobre la pantalla que incidentalmente resulte accesible al que juega.5

Las consideraciones teóricas y clínicas sobre la integración de la omnipotencia, el control mágico y el dominio del entorno, la realidad con la fantasía, los deseos con los miedos, en la acción del juego, para explorar lo imaginable, sustentan la propuesta metodológica gru- pal de este psicoanalista y de la doctora Adela Jinich de Wasongarz, denominada Grupo Infantil Natural (GIN) y Grupo Analítico de Pa- dres (GAP).

Dicha metodología, propone tres juegos sin juguetes, que se co- nectan para resolver una tarea psicoterapéutica y psicoprofiláctica: el juego de los niños denominado GIN, el de los padres o GAP y el de un equipo terapéutico dentro de una institución. Nos avocaremos en esta ocasión al primer juego, al de los niños y al espacio donde ellos juegan.

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