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Un nuevo equilibrio nacional del poder

Tras su derrota en 1900 a manos de fuerzas expedicionarias de todas las grandes potencias, la dinastía Qing sólo pudo sobrevivir hasta 1912 debido a que no existía régimen alguno que la reemplazara, y a que tanto los chinos como los extranjeros asentados en China prefirieron el orden al caos. Durante la primera década del siglo, el ritmo de cambio en los puertos abiertos situados en el litoral costero y fluvial de China ensanchó continuamente la brecha entre la China urbana y moderna y los innumerables poblados del interior. Este distanciamiento progresivo se había iniciado con el sistema de los tratados, que otorgaba a los chinos de mentalidad reformista la oportunidad de organizarse y publicitar sus opiniones políticas: algo que el régimen de los Qing prohibía. Aun así, uno de los primeros rebeldes, Sun Yatsen, se convirtió en líder de la Liga Revolucionaria en una reunión de estudiantes chinos en Tokio en 1905 sólo con la ayuda de los expansionistas japoneses. El nacionalismo chino comenzaba a crecer, pero todavía no se manifestaba.

La relación clave en la configuración de las fuerzas sociales que emergerían en 1911 fue justamente aquella entre el gobierno imperial y la élite de la nobleza. Tres etapas pueden observarse con claridad en la era que va desde 1850 hasta 1911. La primera consigna el éxito de la élite de la nobleza en su apoyo a la dinastía contra los rebeldes Taiping y otros revolucionarios de mediados de siglo. Ello se logró abriendo delegaciones para las milicias en toda el área rural y seleccionando a los soldados según su lealtad personal; las contribuciones de la nobleza y el nuevo impuesto likin al comercio financiaron el proceso.

Una segunda etapa corresponde a la era de reconstrucción posterior a los Taiping, momento en que la élite de la nobleza se decidió a actuar para lograr una renovación y una expansión de la educación confuciana en las academias, y en el cual muchos nobles se convirtieron en administradores de un amplio rango de servicios urbanos y otras obras públicas. Los terratenientes comenzaron a trasladarse a las ciudades y los mercaderes, adquiriendo grados y participando en proyectos industriales y comerciales oficialmente auspiciados, fueron admitidos entre los nobles; fue así como la nobleza varió su composición. Las grandes familias disponían de los fondos y de los conocimientos contables como para unirse al proceso de desarrollo económico. En el intertanto, la urbanización favorecía la inyección generalizada de modelos, ideas y contactos extranjeros.

Una tercera etapa, a fines de la década de 1890, fue testigo del surgimiento del nacionalismo y de una élite urbana reformista que abrazaba las ideas de autogobierno local, desarrollo de las provincias y constitucionalismo. Esta clase echó a andar numerosas líneas de modernización, pero halló a los manchúes demasiado lentos, obstructivos e incapaces de dirigir una nación china.

En primer lugar veremos la participación de la nobleza en la represión de las rebeliones rurales.

Represión de las rebeliones por medio de la militarización

Una de las consecuencias de la gran rebelión Taiping después de 1850 fue la militarización del campo, con el fin de mantener el orden sobre una población rural exaltada que de otro modo se tornaba inmanejable. Ello generó un problema de tipo institucional: cómo mantener el control centralizado de la dinastía sobre los militares, el elemento wu del dominio imperial. Las dinastías habían evitado el reclutamiento masivo desde la época de los Qin. Los regímenes Han y posteriores utilizaron prisioneros, indigentes, mercenarios o soldados profesionales, a menudo hereditarios. Los Qing complementaron las guarniciones estratégicas de los militares

de división con una guardia civil china dispersa por todo el territorio, pero ambas demostraron su incapacidad de reprimir la insurrección del Loto Blanco. Durante los primeros años del siglo XIX, el aumento de los desórdenes indujo a la proliferación de milicias locales.

La milicia estaba constituida por soldados de jornada parcial que eran mantenidos por la comunidad local; no eran, como señala Philip Kuhn (1970), “ni solamente militares ni simples civiles”, sino un poco de ambos. Su principal característica en la época de los Qing tardíos fue su administración por parte de la nobleza local. Por ejemplo, Frederic Wakeman Jr. (1966) ha descrito la manera en que la nobleza de Cantón organizó a los pobladores para rechazar a los británicos en las décadas de 1840 y 1850. En esa ocasión los funcionarios Qing se vieron atrapados en un dilema: el oponerse a la xenofobia popular podía causar una rebelión contra la dinastía; plegarse a ella podría provocar una venganza del lado británico. La milicia, como una forma de poder militar en manos del pueblo, o por lo menos en manos de la nobleza local, era un arma de doble filo. Pekín había esquivado la organización de una milicia (tuan-lian) bajo el Iiderazgo y el financiamiento de la nobleza, a menos que estuviese sujeta a un estricto control por parte de los magistrados locales, en un sistema que se llamó de “supervisión oficial y administración de la nobleza” (guandu shenban). Sobre esta base, cientos de poblados agrupando a miles de grupos militares pudieron ser organizados en vastas zonas para responder a las órdenes oficiales transmitidas a través de asociaciones de los nobles diseminadas aquí y allá.

Una movilización de tal envergadura debía ser asistida por diversas redes previamente establecidas. Una era el baojia, el registro de todas las familias con su correspondiente mano de obra en condiciones. Otra estaba constituida por la firmeza de las redes de linaje que relacionaban a la gente a través del parentesco, la propiedad común y la reverencia a los antepasados en los salones dedicados a ello. Otro circuito más estaba formado por los poblados comerciales de un área mercantil. Un sistema de milicias, al estar entremezclado con todas estas redes -administrativas, sociales y económicas- eventualmente podría no sólo controlar las zonas rurales, sino también suplantar el control del gobierno allí donde se formara. Por consiguiente, en la década de 1850 Pekín encargó a funcionarios de confianza como Zeng Guofan la organización de milicias en sus áreas nativas sólo como último recurso en circunstancias desesperadas.

La fiabilidad de una red de milicias dependía de que todos sus soldados estuvieran conectados e identificados con una comunidad local. Sociedades secretas como las Tríadas -que operaban entre los contrabandistas en las rutas de transporte- y refugiados vagabundos, que podían copar los caminos en tiempos de hambruna, inundación, invasión u otros desastres, constituían elementos incongruentes muy difíciles de controlar. Los rebeldes sectarios, como los Taiping, alentados por una fe determinada que los mantenía unidos, eran los más peligrosos.

Por lo tanto, para detener el fanatismo de los rebeldes Taiping fueron necesarias dos cosas: en primer lugar, un renacimiento de la ideología confuciana del orden social, expresado en las relaciones personales entre los comandantes y los oficiales y entre los oficiales y los soldados. En pocas palabras, para que el mando fuese efectivo debía ser personal, basado en motivos interpersonales de lealtad, respeto a la autoridad y Iiderazgo ejemplar. Estudios de casos, especialmente en Hunan, muestran la forma en que comandantes eruditos del tipo de Zeng Guofan desarrollaron empíricamente las ideas y prácticas que finalmente crearon el ejército de Hunan y fuerzas regionales similares, que fueron las que vencieron sobre la rebelión. Estas tropas se habían iniciado como milicias de base local, pero evolucionaron hasta obtener el status de guerreros profesionales (yong, “valientes”).

El otro requisito para el éxito era la recaudación de impuestos para financiar el esfuerzo bélico. Las contribuciones de la nobleza acomodada constituyeron una fuente de recursos de primer orden una vez iniciada la lucha ideológica en forma consciente. La venta de grados e incluso de cargos oficiales fueron también mecanismos utilizados por una dinastía agónica. Pero la fuente más importante de recursos después de 1853 fue un nuevo impuesto al comercio, cobrado a una tasa muy baja sobre bienes en tránsito o en stock, y en consecuencia denominado likin (lijin, “un impuesto del uno por mil”). La recaudación de este nuevo impuesto se engrosó a raíz del reciente incremento del comercio doméstico (los bienes comerciales de propiedad extranjera circulaban por el interior sujetos a un impuesto comparable de “derechos de tránsito” prescritos por tratado).

La principal característica del likin es que se inició bajo un control local y provincial, no central. Susan Mann (1987) ha investigado cómo dicho impuesto se expandió a todas las provincias, donde complejos circuitos de agencias recaudadoras se establecían en importantes rutas y

ciudades, escapando a la esfera de acción inmediata de Pekín. Las autoridades centrales iban obteniendo gradualmente un informe nominal de los ingresos y egresos del likin. Hacia fines de siglo, el monto de las recaudaciones por este concepto igualaría el de los impuestos a la sal en las cuentas de ingresos del gobierno central. En síntesis, tanto el impuesto likin como el sistema de milicia (tuanlian) y los ejércitos regionales sostenidos por aquél fueron todos convertidos nominalmente en entidades estatales, a pesar de haber creado un nuevo equilibrio entre el gobierno central y los gobiernos provinciales que se iba a desplazar continuamente en favor de estos últimos.

Así dirigidos y financiados, los ejércitos regionales que aniquilaron a los Taiping fueron organizados por hombres que no sólo compartían una perspectiva general y una ideología, sino que además estaban personalmente ligados por las relaciones que integraban la clase dirigente china: el parentesco -incluyendo el matrimonio, relaciones entre profesores y alumnos, mismo año de graduación y vínculos similares. En palabras de Kuhn, “la estrecha integración de la élite de Hunan” se debió al “sistema académico de los Qing y a la red de patrocinio y lealtad que fluía a través de la burocracia”. Bajo las amenazas de la heterodoxia y la invasión extranjera, sobrevivieron como una clase gobernante leal al orden confuciano. Pero tras la década de 1860 la unidad de pensamiento y acción que los caracterizaba poco a poco se fue disipando.

Mientras tanto, los ejércitos regionales se convirtieron en fuerzas provinciales regulares, y las nuevas academias navales y militares comenzaron a entrenar a oficiales que ostentaban la nueva distinción de ser eruditos-soldados. Se convirtieron en oficiales profesionales en las especialidades de las ciencias militares modernas. Sus mejores graduados serían los guías de la generación de los señores de la guerra de 1916 a 1927, bajo la República.

El activismo de la élite en la esfera pública

Durante el período de reconstrucción posterior a la rebelión, los administradores de la nobleza que habían militarizado el campo tuvieron como sucesores a una nobleza urbana que manejaba actividades valiosas para la comunidad. Muchas de estas funciones habían correspondido a la élite local desde la época de los Song, pero la rápida aparición de ciudades a fines del siglo XIX supuso nuevas responsabilidades, que proporcionaron una vía de escape a la energía de una élite a la cual la burocracia no podía dar cabida en su totalidad. Muchos poseedores de grados continuaron aprobando los exámenes Qing, más de los que el gobierno podía absorber en cargos oficiales. La “forma de gobierno minimalista” de los Ming-Qing, como la denomina Mary Rankin (1986), siguió dependiendo de la nobleza para aquellos asuntos públicos que se hallaban entre el nivel oficial y el privado.

En esta esfera pública (gong), la nobleza antes que nada se encargó de la administración -con sanción oficial- del agua de riego, incluyendo embalses y diques. El antiguo argumento de K. A. Wittfogel (1957) y otros en relación a que el inevitable surgimiento de un Estado chino todopoderoso se debió a la necesidad de un control centralizado sobre los recursos hídricos, ahora puede ser revertido y aplicado al surgimiento del poder entre la nobleza local. Ese recurso vital comunitario debía ser administrado según las circunstancias locales en cada caso, no a través de medidas impuestas a distancia. Junto con las responsabilidades administrativas la nobleza local obtuvo un grado de autonomía y poder. ¡Así de rápido se desbaratan las teorías simplistas!

La educación también se vio influenciada por la nobleza urbana, responsable del aumento del número de academias. Idealmente, una academia debía poder albergar y mantener a unos cuantos eruditos en algún sector rural aislado, cerca de la naturaleza, donde poder llevar una vida simple y tener elevados pensamientos. Sin embargo, en la práctica la mayoría de las academias se convirtieron en escuelas propedéuticas para candidatos a los exámenes, y se instalaron en las ciudades. Desde la época de los Song que estas academias habían venido creciendo continuamente en número, hasta completar varios miles en el imperio. Entre 1506 y 1905, por ejemplo, se fundaron en la provincia de Cantón 565 academias; entre los años 960 y 1905, hubo casi quinientas en Jiangxi; Zhejiang contó con 289 academias durante el siglo XIX. Aunque algunas fueron fundadas por privados, la mayoría se establecía bajo auspicio oficial y era objeto de una vigilancia continua. En ambos casos la donación de tierras, los fondos fiduciarios, las rentas y las contribuciones o subvenciones provenían de los funcionarios en forma personal, de la nobleza y de los mercaderes. El número de academias llegó a ser

excesivo tras la represión de los Taiping. Su rango era el de instituciones semioficiales, a pesar de no recibir fondos gubernamentales.

El bienestar social, tradicionalmente una actividad a cargo de los nobles, también experimentó una renovación. Los servicios habituales a cargo de la nobleza incluían el cuidado de enfermos, viudas y niños abandonados; la mantención de templos, puentes y transbordadores; la lucha contra incendios y el entierro de los muertos. Ahora, en muchas localidades todo era coordinado por agencias de bienestar omnicompetentes, encabezadas por prominentes figuras locales y a menudo respaldadas por gremios o sociedades del lugar. Estos líderes de la élite local obedecían el mandato moral confuciano y, al mismo tiempo, trataban de asegurar la estabilidad social y la cohesión de la comunidad. Su motivación se remontaba al ideal “feudal”

(fengjian) de los reformistas confucianos, que anhelaban una mayor responsabilidad de los

líderes locales en el gobierno local.

Todo este activismo de la élite fue de tipo extra-burocrático. En 1878, China del Norte sufrió los estragos de una terrible hambruna que movilizó a importantes administradores en distintos niveles urbanos y por sobre los límites provinciales. La habilidad administrativa de la élite para enfrentar los problemas sociales comenzaba a exceder a la de la burocracia Qing. La nobleza había expandido de diversas formas sus funciones públicas con el fin de satisfacer las necesidades de la comunidad local, mientras que la burocracia Qing crecía solamente de manera informal, incorporando más consejeros y comisionados; los administradores de la nobleza eran preferidos por sobre los corruptos e ignorantes empleados y alguaciles del palacio del mandarín. La autorización burocrática para las actividades de la élite, aunque todavía era requerida en forma nominal, cada vez se hacía menos necesaria. La esfera pública crecía más rápido que la gubernamental.

La nobleza terrateniente, conductora de la militarización rural que derrotó a los Taiping, y los nobles y mercaderes urbanos que manejaron la educación de la élite y el bienestar social en décadas posteriores compartían ciertas características. Ambos grupos siguieron constituyendo la clase alta, prestos a utilizar estrategias políticas para preservar la estabilidad social y de ninguna manera dispuestos a encabezar una rebelión campesina que pretendiera transformar la estructura social china bipolar. Desde la perspectiva de los tiempos modernos, su actitud era conservadora. Su distanciamiento final de la decadente casa gobernante manchú se basaría en el nacionalismo cultural de los patriotas chinos, determinados a preservar no sólo su país sino también su propio Iiderazgo y su dominación social.

La influencia japonesa

Las reformas de los Qing tardíos después de 1901, y también la Revolución de 1911, se alimentaron de lo que sucedía en Japón. En 1890, el poeta y diplomático Huang Zunxian publicó su Tratado sobre Japón, en el que describía a sus compatriotas la modernización de un país considerado por la élite de China como un descendiente cultural de su país, y donde, por ejemplo, la filosofía de Wang Yangming (O Yomei) tenía gran aceptación, especialmente entre los samuráis. La inesperada y aplastante victoria de Japón sobre China en 1895 hizo a ese país digno de imitación. El interés benevolente pero arrogante que Japón mostraba hacia China quedó expresado en la doctrina de que su exitosa modernización le imponía el deber de ayudar a los atrasados chinos a recorrer el mismo camino. Las sociedades secretas expansionistas y los militares japoneses investigaron a fondo las condiciones de vida chinas, mientras los eruditos estudiaban la cultura común (tongwen, doburi) a ambos países. A partir de 1900, Tokio se vio atestado de estudiantes chinos, gran parte enviados por modernizadores de las provincias como Zhang Zhidong.

El programa reformista de los Qing -las Nuevas Políticas-, propuesto por Zhang en 1901, seguía el modelo japonés en varios aspectos: por ejemplo, en el sistema de escuela pública, en la reforma administrativa del gobierno central y en la promesa (formulada recién en 1908) de una Constitución y un Parlamento después de nueve años, así como en la concesión al pueblo, por parte del emperador, de derechos constitucionales que éste posteriormente podría anular a voluntad. Tanto el autogobierno para movilizar al pueblo como los sistemas policiales para controlarlo formaban parte de las instituciones que los Qing adoptaron de Japón. De hecho, las reformas Qing contaron con los consejos de asesores japoneses y de toda una generación de chinos instruidos en Japón.

La influencia de los japoneses sobre China se incrementó después de 1905, cuando, tras vencer a los rusos, se quedaron con los derechos de arrendamiento de la península de

Liaodong en Manchuria del Sur, así como con la compañía ferroviaria de esa región. Este emplazamiento de las fuerzas japonesas en lo que aún era territorio Qing corrió paralelo al rápido crecimiento del “imperio informal” de Japón en China. Aprovechando sus privilegios bajo el injusto sistema de tratados creado por los británicos, los japoneses lograron penetrar en el territorio y el sistema económico chinos de un modo mucho más eficaz que todos los occidentales juntos. En 1914 Japón superaba a Gran Bretaña en comercio bilateral, firmas comerciales y población residente; en 1930, ya había desplazado a los ingleses como el máximo poder económico extranjero en China.

Desafortunadamente, estos logros se vieron desacreditados, primero por el intento japonés de adelantarse a los otros imperialistas en sus 21 Demandas de 1915, y más tarde por la invasión de Manchuria en 1931.

El esfuerzo de la reforma Qing

Con la llegada del nuevo siglo, la confusión de sucesos en China y el amplio espectro de actores y grupos de interés adquieren todos una complejidad moderna. Por ello la selección de los principales movimientos y fuerzas que bullían en el país pasa a tener un gran valor. Nos enfrentamos desde 1901 a una década de reformas que precipita la revolución de 1911 y a la que le sigue el establecimiento de la República China y el intento del primer presidente, Yuan Shikai, por gobernar como un nuevo emperador (ver Tabla 5). Esta secuencia en tres fases -reformas que caldean la atmósfera, una rebelión que desemboca en confusión política y un esfuerzo por retomar el control central mediante una dictadura- nos trae reminiscencias de otras grandes revoluciones, de las que surgieron un Cromwell, un Bonaparte o un Stalin.

Hacia 1901 la corte de los Qing comprendió que la modernización sólo era posible

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