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5.2.2 Modifications

los crímenes de la ciudad. Ese mismo día resumió el caso de un bombero que mató a su mujer a tiros.

El crimen pasional es aquel que tiene como hecho generador la pasión, la unión amorosa entre el matrimonio [...]. No precisa estar relacionada con los celos. Los crímenes pasionales tienen características propias: es un crimen familiar, está dentro del contexto de la familia [...]. De modo general, los bie- nes, los celos, o el desgaste de la relación entre el matrimonio, esas cosas se combinan. Difícilmente hay un crimen pasional con sólo una característica, normalmente es un conjunto. Por ejemplo, sucede que el marido mata a la mujer por celos, sólo que esos celos que él nutre, van desencadenando otra serie de factores, la agresión, por ejemplo. Él agrede, la agresión va aumen- tando, llega al punto del homicidio.

Desde el punto de vista de su ocurrencia, dijo el director de Homicidios, es un crimen preparado, y lo es porque es el producto del desgaste de la rela- ción de pareja. La persona entonces piensa en librarse así de un problema:

Librarse de la persona es una consecuencia. “Bueno, ¿cómo le voy a decir que me voy a separar de ella?”, porque a veces la persona no da motivo, el mo- tivo es del otro que está con problemas [...]. La forma que encuentra para li- brarse del problema es librarse de la persona [...]. El crimen sería el punto culminante de ese deterioro de la relación, porque la sola separación de un matrimonio cobija a varias personas, están los hijos, los suegros, los padres [...]. Entra el problema de la repartición de los bienes, a veces la gente convivió mucho tiempo, y hay un buen entendimiento con los suegros y los cuñados. Entonces,

no es tan fácil desatar esos nudos que la gente forma cuando se establece una rela- ción entre dos [énfasis mío] [...]. A veces las personas se sienten impotentes,

porque para separarse y decir, por ejemplo, que yo tengo otra relación amoro- sa, voy a tener que hablar con mi hija, con mi hijo [...]. Es allí donde, por debi- lidad, por impotencia para buscar una solución civilizada, humana, la persona echa mano de la violencia. Parece que es una característica del hombre [y de la mujer], cuando se siente acosado. Los animales hacen eso.

Es interesante que el director de Homicidios, a diferencia de los demás entrevistados, coloque el peso de la motivación no en la emoción en sí, como algo independiente, sino en las relaciones deterioradas que provocan y desen- cadenan otras conductas y respuestas a ellas. También es llamativo el peso que otorga al medio social en el mantenimiento del vínculo de pareja y la dificultad que ello significa en una salida “civilizada”. Muchas de sus palabras están en boca de Sandra y de Elvia, como veremos.

Sobre la diferencia entre los géneros frente al crimen, tanto él como el in- vestigador policial encontraron que siempre es más difícil enfrentar un crimen cometido por una mujer, que además sucede con mucha menos frecuencia. Según ellos, la dificultad reside en que la mujer niega con mayor facilidad su crimen y es menos evidente, pues ella misma raramente emplea la violencia fí- sica. El hombre es más violento físicamente y está más preparado para el uso de la fuerza, tiene armas. La mujer necesita de muchos más factores que el hom- bre para proceder al crimen, “la mujer no mata por matar”. Pero la mujer es más fría,

yo diría que la mujer es más astuta que el hombre. Ella piensa mejor, comete el crimen con detalles. Parece como que ella se sintiera más herida, el odio en ella es mayor [...]. Ella piensa más que el hombre. La mujer crea mu- chas cosas para envolver al marido. El hombre es más directo, compra el arma, va, y dispara.

Por supuesto que esta afirmación al director no le parece contradictoria con su misma afirmación posterior de que el hombre siempre prepara una ce- lada para alejar a la mujer de la casa pues no mata en casa, mientras que la mujer sí lo hace.

Para ambos entrevistados, por lo general, ella busca a alguien que cometa el crimen (algo similar dijeron en Colombia). Las mujeres son también menos frágiles que el hombre, no se delatan con la bebida. Cuando es descubierta, ella se presenta como agredida, irrespetada, lo que a veces es cierto. Para ellos, el maltrato a la mujer no suele ser motivación suficiente para matar al hombre. Esto, dicen, se acaba resolviendo de otra manera: o la mujer se resigna, o inter- viene la familia, o acude a la policía o se separa. Dijo el director: “Por mi expe-

riencia, eso está dentro de un contexto [...] es consecuencia del desgaste de la relación que llega a veces hasta el nivel de la agresión [...]. [Pero el maltrato] no es la moti- vación principal, puede ser secundaria para que ella lo mate, pero de modo gene- ral, no”. En cuanto a la forma, además de que la mujer acude por lo general a un

tercero, como en el caso de Sandra, según ellos si se decide a ejecutar el crimen, le gusta usar veneno en la comida “tal vez por ser el hábitat natural de ella”.

Otra diferencia de género, es la invocación de la defensa del honor, conti- núa el director. En el interior de Brasil –Brasil es un continente, subrayó– se invoca todavía algo que ya desapareció de los grandes centros urbanos, la de- fensa de la honra. Como este crimen es juzgado por un jurado de conciencia (tribunal do júri), es decir, por la población local, aún existen “localidades nues-

tras donde no se admite que la mujer traicione a su marido” y esto se invoca en el

juicio. Con los cambios operados en el comportamiento social en cuanto a una mayor libertad sexual, ya ese alegato no prospera sino en sitios del interior, con- tinuó. Antes podía invocarse que la mujer había provocado su propia muerte con su actitud, pero, en la actualidad, dice, la ley brasileña prevé que si el agente comete el crimen impelido por “motivos de relevante valor social o moral [es el

caso del honor], o bajo el dominio de violenta emoción [que es el caso de una trai- ción] y luego haya injusta provocación de la víctima, el juez puede reducir la pena a un tercio [...]. Pero esto no es específico para los crímenes pasionales”.

El sesgo de género de esta disposición es claro en el caso de Sandra. Pese a la clara evidencia testimonial de que ella conoció de las amantes del marido y de una en especial, lo que provocó varios incidentes, incluso agresiones físicas entre ellos, en su defensa nunca se invocó la de su honra ni la violenta emoción por las infidelidades, ni siquiera los celos, a pesar de que varias veces los testi- monios los mencionan. Entre los declarantes se encontraron hermanos y otros parientes de la víctima, los hijos de la pareja, vecinos, compañeros de trabajo de ambos, e incluso una mujer que mantenía desde años atrás una relación amorosa con la víctima. Varios de ellos dijeron que “él ya no vivía bien con su

esposa” y narraron varios incidentes verbales. También que ella quería separar-

se pero que no estaba dispuesta a dejarle la casa de propiedad común ante la negativa tajante de él de dividir los bienes. “Él y la esposa peleaban constante-

mente, porque ella siempre lo provocaba [...] decía que incluso lo mandaría a la porra, sin que quedara claro en qué consistía esta amenaza”, dijo uno de los her-

manos de él. La indignación de ella con las amantes del marido fue repetida- mente registrada en los testimonios, varios lo llamaron “celos”, y algunos mencionaron disgustos entre el padre y los hijos por esa causa.

No obstante, los resúmenes realizados por la policía y posteriormente por el Promotor de Justiça (fiscal) ante el pedido de nulidad del defensor, acogen principalmente dos elementos de los testimonios y les otorgan el mayor valor: la frialdad de Sandra ante la muerte de él y los cambios de ella desde cuando empezó a trabajar. La primera que “se sintió indignada por la frialdad” de Sandra y de sus hijos, fue una sobrina de él, según su testimonio procesal. Luego esta idea va a repetirse una y otra vez desde la versión policial hasta la periodística, como ya vimos. Esta sobrina atribuye el deterioro de la relación del matrimonio a que Sandra comenzó a trabajar, “ella se envalentonó con el empleo”, tanto que se mandó hacer unas cirugías plásticas, y recibió en el trabajo la influencia de “malas amigas” que la animaban a separarse. Esta testigo también dijo en una

declaración posterior que ella “creyó que se trataba de un crimen pasional por-

que su tío era una persona ‘arisca’ y no tenía enemigos”. Así, quedaron subvaloradas

las infidelidades de él como fuente de conflictos y agresiones físicas y, al revés, éstas aparecen como producto de los reclamos de ella. También se afirmó que ella “quería usar el hecho” de las infidelidades para separarse, como si esto fue- ra una manipulación abusiva de su parte. Cobró también fuerza la supuesta amenaza de Sandra, proferida pocos meses antes del asesinato, en medio de un agudo conflicto por el encuentro de él con su amante, pues ella habría dicho que él no volvería a donde aquélla. Fue esta la versión que impregnó el juicio.

Es por ello que el defensor de Sandra ironiza diciendo que ella fue conde- nada por:

Haber dicho la verdad en el juicio [ella había aceptado su culpabilidad], por ser una mujer sugestionable, según el magistrado sentenciante [...], por haber revelado que fue víctima de la amante de su marido, por las torturantes llamadas telefónicas que la referida señora hacía a su residencia, por haber tenido una relación amorosa con JP, por trabajar hace más de 20 años, por haber sido víctima del sensacionalismo de la prensa de la época, por haberse hecho una cirugía plástica en los senos [...]. En este proceso se hizo de todo para que no fuese orientado y comandado por la inteligencia y por la con- ciencia, reclamándose velada y ofensivamente, que fuera juzgado por el sen- timiento, lo que quiere decir por la pasión (Apelación del abogado defensor, expediente, Tribunal Federal de Brasilia).

El fiscal le respondió retomando palabras textuales de la sentencia conde- natoria redactada por el juez presidente del tribunal: “Ha de resaltarse, nobles

jurados, la actitud de la rea ante tales circunstancias: [...] [Sandra dio a sus hijos la noticia] sin demostrar emoción [...]. Las circustancias del delito demuestran la frialdad y la sordidez con que fue llevada a término la empresa criminal [...]”. Por

ello “el Consejo de sentencia rechazó las tesis defensivas [...]”. Finalizó pidiendo que “el Egregio Tribunal tenga a bien negar el recurso, manteniendo la decisión de

los jurados”. El “colegiado popular” la había declarado culpable de la muerte de

su marido; frente a la pregunta de si ella reaccionó bajo el dominio de violenta emoción luego de injusta provocación de la víctima, el jurado respondió, por dos votos contra cinco, que no. Su atenuante único fue la aceptación de su cul- pabilidad en el juicio, lo que le valió una rebaja de un año de una pena de 16 años, debido a la confesión espontánea. El defensor intentó también sin éxito la inimputabilidad por enfermedad nerviosa.

En su testimonio, así como en su conversación conmigo, Sandra adujo un conjunto de tensiones: actué por amenazas, dijo. Él me había hecho amenazas de muerte si me separaba, dijo que derrumbaría la casa con todos adentro. Contó que había estado enamorada de su marido pero que él siempre la trató mal y tenía amantes. Con el tiempo aprendió a trabajar y dejó de ser medrosa, ganó seguridad. ¿Por qué entonces no se separó?, le pregunté. Ella respondió, “¿Sería que mis hijos aceptaban la separación, sería que sufrirían? ¿Qué pasaría con la casa?” Además, dijo, tenía grabadas las palabras de su madre de que la mujer siempre debe estar al lado de su marido, no importa si sufre, pues al final va a resultar vencedora. Su padre hacía sufrir a su madre y ella lo soportó. Pero, dijo, se le fue formando la idea de matarlo.

Fue como algo maligno. No se me quitaba nunca la idea y decía, Dios, ¡quí- tame esa idea! [...]. No tenía cómo desahogarme, sentía que me estaba sofo- cando. Me debatía, pensaba, ¡no, no, no! y después, ¡sí, sí sí! Era como en un sueño, uno debatiéndose [...]. Antes siempre me culpaba por lo sucedido, aho- ra Jesús vino y me ayudó. Estoy con Dios vivo, el pecado fue lanzado fuera.

Para el director de la Policía Especializada la motivación principal de Sandra fue la libertad. Para él, la mujer suele estar en el hogar, subyugada, es desvalorizada y también auto desvalorizada, tiene poco contacto con el mun- do. Cuando sale del hogar a estudiar o trabajar, encuentra otras posibilidades, se relaciona con otras mujeres, compra ropa, se arregla, se preocupa por su fi- gura, se vuelve independiente, se valoriza, le llama la atención a otros hombres. Entonces percibe el deterioro de su relación en el hogar y se rebela contra eso. Sandra, dicen en la Policía, cambió hasta físicamente, pues se hizo cirugías plás- ticas para mejorar su apariencia y tuvo otros hombres, como aquél que come- tió el crimen por dinero. Sandra quería escapar de una relación. En verdad, no cometió el crimen por “pasión”, por amor o por celos, sino que incidieron el deseo de no perder su casa y sus hijos, su rebelión contra él; ella creyó que no tenía otra salida para librarse del marido.

En el caso de Sandra, como lo dijo su defensor, ella parece juzgada, no sólo por la muerte de su marido, sino por trabajar fuera de casa, tener amante, ser vanidosa y, lo que es muy importante, por ser “fría”. Parece que Sandra no sólo mandó matar a su marido, sino que transgredió un modelo arquetípico que identifica a una mujer casada como fiel, que acepta sin protesta las infidelida- des, es casera, austera, sentimental y expresivamente emocional. Por todo ello fue castigada.

Los casos de Sandra y Elvia se asemejan en que la mujer es el agente prin- cipal o participa con éste en la comisión del crimen. Ambos casos se sitúan en esa franja minoritaria de las mujeres como agentes del homicidio pasional, pese a que lo hacen de forma muy diferente. Otro elemento fáctico común en los dos crímenes, aunque tampoco es idéntico en ambos casos, es que pertenecen a lo que se supone que es la esencia del crimen pasional, los triángulos amorosos. Al entrar a detallar cada uno en verdad aparecen con un peso mayor otros ele- mentos de motivación como el deterioro paulatino de la relación de Sandra y su deseo de escapar de ella, sin lograr ver otra salida. También se asemejan en la extracción social de los protagonistas, pertenecientes a la franja inferior de las capas medias que habitan Brasilia. Sandra proviene de una familia de un área rural, Elvia es de Brasilia. Ambas son catalogadas en las fichas policiales como de “color moreno [pardo]”3.

Ambas mujeres provocaron escándalo tanto en el juicio como en la cróni- ca periodística al participar en actos “tan crueles”, y en el caso de Sandra con tanto “cálculo y frialdad”. Desafían con ello una arraigada representación de las mujeres como seres mansos, poco inclinados al uso de la violencia física. Sus actos provocan dentro de la configuración emotiva una contorsión peculiar. En las sociedades occidentalizadas las mujeres suelen asociarse a lo sentimental y emocional, mientras los hombres a la razón y al cálculo; sin embargo, en el cri- men pasional es el hombre quien con mayor frecuencia actúa como prisionero de sus emociones. Cuando la mujer es el agente en los crímenes pasionales y actúa emocionalmente (odio, celos, amor) por medio de la violencia, lo que sacude la conciencia social es su capacidad de razonar, esperar, planificar la “crueldad”, como si de ellas sólo se esperaran emociones “pacíficas” y poco uso de la razón. En Sandra destacaron su “odio” asociado al cálculo, lo que contras- taría con la supuesta acción directa masculina. Esto lo desmienten, por supues- to, las evidencias sobre las condiciones en que acontecen los crímenes pasionales masculinos, raramente súbitos, usualmente planificados por sus agentes. En varias fuentes –policiales, judiciales y periodísticas– se generaliza el éxito de la planificación y el ocultamiento durante varios años del crimen de Sandra, como

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