6 CONCLUSIONS AND AREAS OF FURTHER WORK
6.1 Modified visual grading
dia de las temperaturas del mes de enero es, en Reykjavik, su perior a la de París). Esta paradoja climática es debida, en parte, a los fenómenos volcánicos, pero principalmente a la corriente del Gulf Stream, de la cual un ramal rodea toda la isla; de ahí surge la siguiente hipótesis: en la Antigüedad, la intensidad calórica de la gran corriente marina pudo ser
claramente más fuerte en esos parajes, de donde la posibili
dad de un clima de Costa Azul (pero sin la sequedad) en Is- landia. La situación climática de la gran isla parece no haber hecho más que retroceder bastante gradualmente hacia el es tado actual de inviernos muy largos, de veranos cortos y fríos (media de temperatura de julio y agosto 8-10° C); en la época de la colonización vikinga (siglos x-xi de nuestra Era), el trigo
crecía todavía en Islandia.
Otro testimonio indirecto sobre la Islandia antigua: el de Plutarco, que sigue al relato de un extranjero procedente de la misteriosa isla de Ogigia (otro nombre de Tule), donde había permanecido treinta años con las funciones de sacerdote del dios Saturno; y, en la isla, ese hombre habría descubierto unos rollos sagrados, que habían sido salvados durante la des trucción de la primera ciudad y que habrían permanecido lar go tiempo enterrados en un escondite subterráneo.
Parece tratarse siempre de la misma isla nórdica antigua mente descubierta y ocultada por los cartagineses, pero redescu bierta de tarde en tarde por otros navegantes.
Evidentemente, el alejamiento de esas misteriosas islas nórdicas no dejó de hacer trabajar la imaginación de los an tiguos. Por ejemplo, un autor del siglo m , Eliano, nos dejó un curioso texto de Teopompo (contemporáneo más joven de Platón), una fantástica historia recogida por Cicerón y Tertu liano, que la juzgaron entonces con cierta ironía. En efecto, ese texto hace alusión a una «gran tierra» situada en la dirección nordeste, habitada por los meropes, donde existe un lugar llamado Anostos, es decir «Sin retomo»; allá abajo no existe el día ni la noche, y reina constantemente un crepúsculo rojo. Dos ríos, el del «Placer» y el de la «Tristeza», están bordeados
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de inmensos árboles: aquel que coma los frutos que crecen a orillas del segundo, llorará sin cesar hasta el agotamiento to tal; por el contrario, aquel que coma los de los árboles que bordean el río del Placer rejuvenecerá, recorriendo al revés todas las edades de su vida, para desembocar finalmente en la
no-existencia.
Esta narración fantasmagórica es, sin duda, un símbolo, a menos que uno se complazca en las hipótesis de la ciencia- ficción. Se dice, por otra parte, que en Islandia existiría una caverna que transporta al que penetra en ella a una época ex tremamente lejana; ¡imposible de verificar por sí mismo!
Hesiodo, en el libro I (verso 167) de Los trabajos y los
días, se hace eco de los viejos m itos que sitúan el Paraíso
Terrenal al noroeste del océano Atlántico. Escribe, después de haber narrado la aniquilación de los semidioses o titanes: «A otros (los que no están muertos) Zeus, hijo de Cronos (el Saturno latino), ha destinado una existencia y una morada estableciéndolos en las extremidades de la Tierra. Allí habi tan, con el corazón libre de penas, en las islas de los Bienaven turados al borde del Océano de profundos torbellinos.»
Los griegos situaban, generalmente, el país de los hiperbó reos hacia la «residencia de las Hespérides», en los parajes directos del Paraíso Terrenal, si no en este mismo.
En la Odisea, de Homero, encontramos también tradicio nes muy interesantes; tienden a hacernos admitir que a la época del culto masculino de Apolo, dios del Sol, le precedió sin duda el reino de las grandes sacerdotisas-hechiceras.
La isla de Ea, en la que reina la encantadora Circe, nos parece que no es otra que la isla de Tule o isla de Saturno. La isla de Ogigia, el dulce reino de Calipso, aislado en medio del océano, quizá no sea más que un duplicado, que simboliza el aspecto benéfico del reino de las mujeres inspiradas, de la cual Circe representa el aspecto destructor...
En cuanto a la isla de los feacios, o Corcira (Corfú), uno se pregunta si no se trata de la Atlántida; en efecto, vemos a Jos feacios dotados de bajeles más rápidos que el pensamien
to: «Sin piloto ni timón, como los otros bajeles, saben —nos dice Homero— los pensamientos de los hombres y sus deseos.» Se observará que por todos lados llueven las alusiones a la técnica extraordinariamente avanzada de los atlantes.
La «Tierra sagrada» del océano Artico es la isla legendaria de Ogigia, de Elixoia, de Thule o Tule identificada con Islandia, dotada durante toda la Antigüedad clásica todavía de un clima muy dulce. Tule era una gran isla sagrada, la «isla de los cua tro maestros», los cuales quizás estaban simbolizados por las cuatro ramas de la esvástica y representaban los guardianes de los cuatro puntos del espacio, dejando en el centro del sím bolo el Eje, el Polo de la existencia manifiesta.
Ogigia, la «Tierra de Juventud», era también la isla Basi- lia, donde se recogía el ámbar y donde se dice que Faetón
había sido arrojado de su carro solar. En esta isla donde rei naba entonces una maravillosa primavera perpetua, se conser vaban unas enigmáticas tablas de bronce con jeroglíficos de
oro.
La Tula mexicana parece idéntica a la Tule de los griegos, la «isla del Sol», llamada también por los helenos Kronie, «isla de Cronos» (y el mar que la rodea era el océano Crónico).
En la época del «diluvio de Ogigia», los guardianes de la tradición habrían transportado su gran templo solar a un país en que el día más largo (dieciséis horas) es el doble del día más corto (ocho horas), es decir hacia los 50°: es precisamen te la latitud exacta del templo solar megalítico de Stonehenge, cuyas piedras, según una vieja leyenda celta, habrían sido sa cadas de la «isla sagrada», de* las «islas de los cuatro Maes tros» hacia el 1700 a. de JC, en el emplazamiento exacto de un monumento solar más antiguo.
La Ogigia de Calipso, donde Ulises vivió durante siete años (cifra sim bólica en toda iniciación tradicional), no es otra —evidentemente— que la «isla de los cuatro Maestros». Ho mero la denomina a veces isla de Atlas (Calipso era la hija de Atlas), lo cual tendería a reforzar la idea de una Atlántida hi- perboreal. Plutarco nos hace observar que en Ogigia, el sol es
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visible veinticuatro horas durante los días más largos (con la Estrella Polar a 66°). Esta característica es aplicable con toda exactitud a Islandia.
Todavía al noroeste de esta isla, Plutarco sitúa otra isla más pequeña (¿la actual Jan Mayen?), en la que reina una mujer divina, gran sacerdotisa de temibles misterios; y en los mismos parajes se extienden territorios donde viven seres de poderes sobrehumanos (¿se trataría de la antigua civilización hiperboreal, fabulosamente antigua, de Groenlandia?).
Todavía a principios de la Era cristiana se creía que los servidores del dios Cronos estaban «dorm idos»30 en una isla septentrional, vecina de la Gran Bretaña.
Toda la Antigüedad clásica no ha dejado de ser fascinada por la m isteriosa isla sagrada del océano, en el noroeste de Europa, donde reinan, alternativamente, un día interminable y una noche sin fin.
Homero sitúa la isla de Ogigia a veinte días de navegación (en el océano Atlántico) de la isla de los feacios.31
Se puede comparar la isla de Calipso o la de Circe con las islas pobladas por las resplandecientes «hadas» celtas in mortales que dejan compartir su inmortalidad con los mor tales que se unen a ellas.
«Ogigia» parece que es, asimismo, un nombre formado por dos palabras gaélicas og («juegos» o «sagrado») y iag, «isla»; así pues, esto no es otra cosa que Tir na n-Og, la «tierra de Ju ventud». La «tierra sagrada» polar también aparece en los Vedas de la India, donde se la llama Váráhi, «tierra del jabalí».
La Ogigia de Homero ha sido a veces identificada con la isla de Haití, y la «isla de Saturno» se considera entonces como que era la actual Cuba; pero esas interpretaciones salen al encuentro de los textos homéricos, donde la isla sagrada siem pre es situada claramente hacia el Norte.
Hemos visto la relación (más la identidad) de la Tule o
30. ¿Se trataría de un sueño cataléptico a la manera de los yoguis de la India?