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DOS DIMENS IONES PARA LA VIOLENCIA S OCIAL

Antes de comenzar a establecer los criterios de clasificación hemos de plantear ciertos límites al planteamiento del discurso. La ciencia está exenta de realizar juicios de valor o de justificar acciones extremas. Si un científico hablase sobre la polémica de los toros nunca debería juzgar si la Fiesta es conveniente o no. Probablemente, nos describiría da- tos útiles sobre el dolor del animal o la satisfacción del torero; muchas veces cuantifica- bles. Se trata de un privilegio de la investigación la exclusión de las polémicas éticas, si es que así lo desea. En nuestro caso, plantearemos escenarios con diversas alusiones a comportamientos detestables. No queremos dejar a parte esta discusión y la abordaremos más adelante. Sin embargo, es preciso aclarar inicialmente que no vamos a juzgar si un tipo de barbarie lo es más que otro. Tampoco vamos a justificar, ni a quitarle sentido, cualquier acción que lleve asociado el imponer la fuerza sobre los demás. Cuando se pro- duce una manifestación salvaje también suele llevar asociada una represión salvaje. La ra- zón siempre la reclama cada uno según el bando en que se encuentre. Nosotros tan solo apuntamos a observar dónde se produce el sinsentido de la brutalidad sin apoyar a unos o a otros. Quizá lo único que no cabe duda que la flor de la violencia siempre tiene como destino marchitar y cuanto antes lo haga mejor.

Vamos a plantear un espacio donde representar el mapa de los distintos tipos o cate- gorías de violencia que nos interesa abordar en nuestro análisis. Se trata de un modelo bi- dimensional, un tradicional espacio definido por dos ejes cartesianos. Tomaremos uno de los ejes, el horizontal, para reflejar el comportamiento según la influencia de un carácter esencialmente individual, personal. El eje perpendicular, vertical, se refiere a la dimensión social o al componente colectivo que adquiere el comportamiento violento. En este caso no se trata de realizar una categorización mediante listas o grupos de comportamientos o fenómenos observados en el panorama cotidiano. Más bien se pretende aportar un senti- do dinámico al encontrar la combinación de ambas perspectivas. Naturalmente, una gran parte de la literatura sobre el particular nos ofrece distinciones de los distintos tipos de su- cesos según criterios igualmente arbitrarios. El objetivo consiste en establecer un méto- do útil para clasificar, en este caso en particular, cuatro cuadrantes delimitados por los dos ejes. En cada uno de los espacios observaremos fenómenos diferentes que tendrán también diversas interpretaciones y explicaciones. Un análisis más profundo nos llevaría a esce- narios más complejos con otras dimensiones implicadas. De momento, simplificaremos el discurso para obtener conclusiones más precisas.

Una di mensi ón i ndi vi dual

Comenzamos con el eje de abscisas (tradicionalmente el X u horizontal). A lo largo

de esta primera dimensión observamos la influencia del comportamiento individual en las conductas y actos violentos. Postulamos un centro en el eje, un punto cero. A ambos la- dos distinguimos dos tipos de procesos que están relacionados con los motivos o la for- ma de provocar u ocasionar estos conflictos. El psiquiatra Luis Rojas Marcos sostiene que «la formación normal del carácter requiere de la satisfacción razonable de ciertas nece- sidades esenciales: alimento, seguridad, protección de las inclemencias del medio ambien-

te, calor humano, afecto y estímulo»1. Al detectar estas carencias esenciales se percibe el

mundo cargado de rechazo y hostilidad. Cuando se generan actos violentos o agresivos hay dos formas básicas de convivir con esta incómoda suerte. Se trata de dos extremos opuestos: o bien se aprecian actos como reacción o bien como acción.

Por un lado, hacia la derecha del punto cero, observamos a las personas que cometen actos agresivos en función de una respuesta reactiva a las necesidades que consideran que no se satisfacen. Las actitudes hostiles no tienen sentido en sí mismas, surgen como con- secuencia de una conducta que pretende paliar una situación dolorosa o acuciante. Existen condiciones muy desfavorables que potencian el sentimiento hostil contra el mundo: abandono, inseguridad, privación, falta de afecto. Utilizan la espiral de la violencia como reacción a circunstancias que les hacen sentirse inferiores y desprotegidos. Hay personas que como consecuencia de ciertos problemas económicos cometen robos o fraudes. En muchas ocasiones cometemos el error de considerar casos de la llamada violencia domés- tica cuando en realidad son tipos de personas muy diferentes. No es lo mismo quien re- acciona con cierto grado de furia contra quien le oprime que el que realmente está acosan- do o abusando de otros. La crispación de quien se ve sometido a la fuerza de los demás es desencadenante de formas que alimentan al odio o la venganza. Normalmente las personas que reaccionan con virulencia contra ciertos tipos de abusos no han de albergar necesaria- mente un carácter violento. De hecho, un alejamiento temporal o total del ambiente hos- til con frecuencia permite desprenderse del estrés que provoca ciertos actos airosos. En otro orden, el fenómeno asociado al mundo de la droga es muy extenso y complejo. Sin embargo, el tremendo mundo del adicto a los psicotrópicos provoca reacciones violentas contra uno mismo y los demás. Son tan solo algunos ejemplos típicos de individuos que se ven envueltos en sucesos truculentos o que provocan daños físicos o materiales. Los caso más leves los situamos cerca del punto cero y los que se agravan más se extienden hacia el lado derecho del eje. La intensidad de cada acontecimiento es proporcional al daño que produce.

En el otro extremo del eje, a la izquierda del punto cero, detectamos al tipo de indi- viduo que infringe daño a otros mediante la acción y no tanto la reacción. Es decir, sien- te el deseo de cometer agresiones en sí mismas, se sabe una persona violenta. El uso de la intimidación y el hecho de romper el respeto hacia los demás y lo ajeno tiene sentido en la vidas de estos individuos. En la zona más cercana al punto cero de nuevo encontra- mos los casos más suaves y los más acusados en la parte más hacia la izquierda del eje. No es frecuente que el individuo tenga conciencia de que se usa la saña la rabia para ha- cer daño. Lo que si es cierto es que hay tipos humanos que consideran que están por en-

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cima de otros a la hora de infringir las consecuencias de su ira. Los efectos lógicamente son devastadores en casos extremos por ello es conveniente cuantificarla adecuadamente. Hannah Arendt sostiene que la violencia irracional en los seres humanos llega a ser mu-

cho más brutal y salvaje que la ferocidad de muchos animales salvajes2. Fundamental-

mente porque la defensa personal contra este tipo de enfrentamientos genera nuevos dis- turbios. Se trata de actitudes psicopáticas en muchos casos donde se detecta, según el gra- do, un cierto disfrute de cometer actos violentos. La llamada violencia de género, ya ex- tendida a violencia familiar cuando intervienen los padres e hijos, es un referente cada vez más cotidiano. En general, cualquier tipo de abuso sobre otra persona tiene este marcado carácter de quien le da sentido a la violencia en su forma de vida. En este grupo de per- sonas también se incluyen las que utilizan furia con consecuencias no tanto físicas sino también psicológicas. En este caso las consecuencias son mucho más complejas de eva- luar.

Una di mensi ón col ecti va

Ahora estamos en disposición de definir el eje de ordenadas (eje Y o vertical). En esta segunda dimensión del espacio que describimos asignamos la influencia de lo colectivo, de lo grupal, de lo social en los comportamientos violentos del individuo. En este caso distinguimos igualmente las dos partes del eje. Más allá de lo que delimitan las fronteras además de lo que la cultura y el estilo de vida cotidiano marca a los ciudadanos las ten- siones provocadazas por las diferencias sociales provocan trastornos sociales. La sencillez de Josetxo Beriain acaba por matizarnos que «la fortaleza y la debilidad, la amenaza y la seguridad, se han convertido ahora, esencialmente, en asuntos extraterritoriales y difusos

que van más allá de las clásicas soluciones territoriales»3. Las desigualdades ideológicas

no corresponden necesariamente a las clásicas diferencias entre niveles de vida de tipo eco- nómico y cultural. No se trata de la simple y ya manida relación entre las izquierdas y de- rechas políticas que, por cierto, tan solo dependen de la relativa posición donde se esta- blezca un hipotético y nunca real centro político. Quizá lo que provoca la crispación so- cial es un gradiente desmesurado entre la firmeza y la fragilidad cuando se encuentra en movimientos o posiciones políticas, ideológicas o religiosas. De igual manera que la for- mación del carácter lleva inevitablemente a posibles trastornos o desviaciones del com- portamiento genérico o normalmente aceptado en el mundo social sucede algo similar. Los movimientos marcados por las ideas y las reglas colectivas también producen per- turbaciones aseguradas que se reflejan mediante actos que llegan a ser detestables por su marcado carácter violento. La exigencia de querer alcanzar lo que se consideraba prometi- do por líderes sociales de cualquier orden se puede convertir en una reivindicación bárbara y desconsiderada para quien padece la protesta o la rebelión.

En la parte superior, desde el punto central o la intersección de ambos ejes, de la di- mensión colectiva se recoge la influencia de lo que tiene que ver con lo establecido por los

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2 Hannah ARENDT: On violence, Harcourt, Brace & World Inc., 1969, p. 59.

dirigentes sociales. Se trata de lo que se convierte en política, en las reglas de la ordena- ción y regulación de la sociedad, en lo que marca las pautas de régimen económico. En de- finitiva son las ideas sociales llevadas a la práctica. Cualquier desorden que tenga por ori- gen cualquier rasgo de este tipo de conciencia colectiva llevará a desajustes en el compor- tamiento que serán más o menos agresivos en función de la intensidad o el nivel con el que se representen. Los disturbios sociales a los que nos referimos tienen múltiples face- tas. Las revoluciones territoriales nacionalistas, las reivindicaciones de corte económico, las insurrecciones por abusos de otros países o colectividades, los alzamientos contra in- justicias sociales, huelgas, alborotos callejeros, complicaciones debidas al racismo, des- avenencias políticas, entre muchas otras. Una gran parte de estos síntomas suponen el ori- gen de muchas revueltas sociales. Habitualmente, este tipo de conductas colectivas se han de entender desde la forma en la que son establecidas. De manera general, se trata de un aprendizaje de hábitos de personas afines a nuestra forma de vivir. Dentro de la compila- ción de «Como respuesta a la agresión» nos recuerdan que «el estudio del modelado o el aprendizaje por imitación tiene una larga historia dentro de la investigación psicológica. La imitación se ha abordado desde muchos nombres: copiado, aprendizaje empático, aprendi- zaje por observación, identificación, emparejamiento de patrones, conductas dependien-

tes,… »4. Así que la mayoría de los fenómenos con peso social tiene que ver con esta idea

de realizar más o menos parecido lo que otros hacen ya.

La permisividad, la falta de regulación o sencillamente el descontrol ante riesgos pre- decibles pueden desencadenar fenómenos previsibles. La rotación o la alternancia no solo se producen en las representaciones de los partidos políticos. Mientras que existan grupos o colectivos que conviven siempre habrá oscilaciones entre los grupos que ejercen el do- minio sobre otros. El fanatismo a la hora de imponer ideas políticas o reglas de convi- vencia no consensuadas genera marcados movimientos amenazadores. Un gran número de estás tendencias vienen marcados por el miedo. Lo bárbaro también reside en ambientes en los que no existe libertad para expresar o demostrar cuáles son las ideas propias. Par- te del problema en el País Vasco actualmente reside en ese miedo colectivo a poder ser como uno desea ser sin temer a ciertas revanchas por parte de minorías desaforadas. El miedo es muy fácil provocarlo y muy difícil de contenerlo. El miedo es la emoción que más se siente con el pensamiento y esa contradicción hace muy complejo el manejo de estas situaciones. La cuestión es el grado de violencia con el que se producen. Los picos más acusados suelen surgir en los cambios, el la toma de testigo cuando un conjunto de personas con ideas en común deja su espacio de control y lo toman otros candidatos. El juego del poder es muy antiguo y está suficientemente estudiado, se trata de algo que ya se inventó hace mucho tiempo. Robert Greene nos habla de utilizar la táctica de la rendi- ción: «Cuando se está en la posición más débil, nunca se debe luchar por el honor; hay que capitular. La rendición da tempo para recuperarse, tiempo para atormentar e irritar al vencedor, tiempo para esperar a que su poder decaiga. No hay que darle la satisfacción de luchar y vencer: es mejor rendirse primero. Ofrecer la otra mejilla enfurece y desestabili-

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4 Arnold P. GOLDSTEIN et al.: In response to aggression, Pergamon general psychology series 1981, p.

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za al enemigo. Hay que convertir la rendición en un instrumento de poder»5. Finalmente, incluso los que parece que renuncian al poder pueden esconder una táctica imprevisible para ejercerlo. Cualquier rebelión sobre las normas establecidas tendrá un lugar en el ca- pítulo de la violencia social. De hecho las leyes más antiguas, las antropológicas, las an- cestrales, las privativas de la condición humana son hoy las más vulnerables en cuanto nos referimos a agresión en la sociedad moderna.

Las víctimas del terror doméstico lo son de la incomprensión de la barbarie de la fuer- za del macho sobre la mujer, o de la tiranía de ciertos hijos con sus padres. Cabe desta- car otro fenómeno no menos inquietante que se desprende del los hábitos cotidianos de nuestro estilo de vida que denota exponentes muy egoístas en casos muy particulares. Quizá se trate del exponente más claro de lo que en psiquiatría denomina como agresión pasiva es el abandono de nuestros mayores. Hay otros síntomas menos estremecedores pero igualmente marcados por un carácter colectivo como la falta de conciencia ecológica o el descuido de las obligaciones cívicas. Otro caso cuya conciencia se ha disparado en los últimos años es la peligrosidad de las acciones irresponsables al volante de un vehículo. Corresponde al tipo humano que rompe las reglas de todos para ejercer su tiranía en la ca- rretera y amedrentar a otros conductores. Naturalmente, que hay muchos niveles de inten- sidad entre las personas que atemorizan con su conducción pero representan otro riesgo por parte de quien pone a prueba al traspasar los límites de la conciencia cívica.

Nos referimos a otro ejemplo de agresión desde la influencia que provoca un aspecto social sería el de la corrupción relacionada con lo económico. Los problemas económi- cos, tan acuciantes hoy, no son ajenos a fenómenos donde aparece y de manera muy di- recta manifestaciones más trágicas de los escándalos en esta materia. La trasgresión de po- der desde las instituciones públicas, desde organismos de regulación del mundo económi- co, desde cúpulas de responsabilidad y dirección empresarial provocan igualmente un des- orden grave desde un componente colectivo. Aunque siempre son individuos o personas con nombres y apellidos quienes comenten este tipo de fechorías se realizan en un ámbi- to en el mal lo sufrimos todos o, al menos, grandes masas de población. Zygmunt Bar- man desde la Universidad de Leeds mantiene que «se requiere mucho poder para doblar y retorcer las cosas más allá del límite, para que adquieran una forma que se considera me- jor, así como para empujar el propio límite aún más allá, de modo que un territorio que nunca se reduce contenga sólo cosas con la forma adecuada. S in ese poder no habría acti- vidad de ordenación alguna y la modernidad difícilmente se puede vivir sin ella, toda vez que los mecanismos automáticos para la reproducción de la vida social están en bancarro-

ta, han sido desestimados o desmontados»6. El extremo más laxo de este fenómeno de en-

gañar con los dineros al conjunto de la población lo encontramos en la falta de concien- cia social a la hora de pagar impuestos. Todos estamos sujetos a las mismas reglas. Den- tro de la legalidad muchos procuran obtener de manera legítima la formula más ventajo- sa. Sin embargo, también se detecta un tipo de ciudadano que no renuncia a las ambulancias, la policía, las autopistas, Correos o cualquier otro servicio público. Cuan- do no se pagan los impuestos se está ejerciendo el poder sobre otros de manera muy in-

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6 Zygmunt BAUMAN: El eterno retorno de la violencia, dentro de la compilación de Josetxo Bariain de

directa pero afectan considerablemente a muchos o a todos. En ocasiones todos estos fe- nómenos se justifican con argumentos poco sólidos y en ningún caso válidos como para cometer irregularidades. Algunos, por ejemplo, consideran justificado no pagar impuestos debido a la injusticia social o a la desigualdad del sistema impositivo. Vemos, con este argumento, que la influencia de la conciencia de lo colectivo ejerce un efecto perjudicial en el conjunto de la población.

Así hemos descrito la primera parte del eje de ordenadas de nuestro modelo espacial. De nuevo, los casos más leves los encontramos cerca del origen del punto cero y son más acusados a medida que los ubicamos en la parte más superior del eje vertical de nuestro mapa.

Nos resta la última descripción del eje Y, la parte inferior al eje X, la que queda por debajo del punto central. Igualmente se trata de la influencia social pero esta vez no lo es desde lo que está establecido por los hombres, por la política, por el Derecho o por la economía. Ahora nos centramos en el mundo de las ideas y de las creencias, de la religión y otros dogmas que nos generan también una serie de reglas que seguir. De igual manera que habábamos de imitación dentro de una dimensión colectiva relacionada con las reglas sociales lo haremos con las normas morales, con las convicciones internas del ser huma- no. Siempre, naturalmente, desde una perspectiva social, grupal. El fundamentalismo de las ideas es un exponente cada vez más presente en nuestro mundo global de fusión de oc- cidente y oriente de culturas de norte y sur. Curiosamente cuando los extremos se en- cuentran en lugares comunes las diferencias se hacen todavía más acusadas. S. N. Ei- senstadt introduce un contexto histórico cuando nos habla de que «los movimientos fun- damentalistas se han desarrollado en un contexto histórico específico (como cualquier otro

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