e encuentro de nuevo en mis antiguas habitaciones de Hampton Court, y a veces, cuando voy del jardín a los aposentos de la reina, es como si el tiempo se hubiera detenido y yo aún fuera una recién casada llena de esperanzas, mi cuñada estuviera sentada en el trono de Inglaterra esperando su primer hijo, mi esposo acabara de recibir el título de lord Rochford y mi sobrino estuviera destinado a ser el próximo rey de Inglaterra.
M
En ocasiones, cuando me detengo un instante frente a uno de los grandes ventanales y contemplo los jardines que se extienden hasta el río, casi me parece ver a Ana y a Jorge paseando juntos por los senderos de grava, cogidos de la mano y con las cabezas muy juntas. Me parece contemplarlos otra vez, como los contemplaba antes tan a menudo, y ver los pequeños gestos de afecto de él, su mano apoyada en la curva de la espalda de ella, la cabeza de ella rozándole el hombro. Cuando estaba embarazada se aferraba a él buscando consuelo, y él siempre se mostraba tierno con ella, con aquella hermana que tal vez llevara en el vientre al próximo rey de Inglaterra. Pero cuando yo llevaba ya muy avanzado mi propio embarazo, fueron nuestros últimos meses juntos, y sin embargo él nunca me cogió de la mano ni sintió compasión alguna por mi fatiga. En ningún momento puso la mano sobre mi vientre hinchado para palpar cómo se movía el niño, en ningún momento apoyó mi mano en su brazo para que me sostuviera de él. Hubo muchas cosas que nunca hicimos juntos y que ahora echo de menos. Aunque hubiéramos estado felizmente casados, yo no podría sentirme más llena de dolor por haberlo perdido. Había muchas cosas entre ambos que quedaron sin acabar y sin decir, y que ya no van a acabarse ni a decirse. Cuando murió, mandé a su hijo a otro lugar. Lo están criando unos amigos de la familia Howard y va a entrar en la Iglesia, no tengo ambiciones para él. Perdí la gran herencia Bolena que estaba amasando para él, y el apellido de su familia ya no sirve como credencial, sino únicamente como motivo de vergüenza. Cuando los perdí a los dos, a Ana y a Jorge, lo perdí todo.
Mi señor el duque de Norfolk ha regresado de su misión en Francia y se ha encerrado por espacio de varias horas con el rey. Actualmente goza del máximo favor, cualquiera puede ver que ha traído al rey buenas noticias de París. Si no viera el ascenso de nuestra familia en la arrogancia de nuestros hombres, en los renovados aires de autoridad del obispo Gardiner, en la aparición de rosarios y crucifijos en cinturones y gargantillas, lo vería en el deterioro de los partidarios de la Reforma. En el humor furibundo de Thomas Cromwell, tan mal disimulado, en la actitud callada y pensativa del arzobispo Cranmer, en la manera en que buscan ver al rey y no consiguen una entrevista con él. Si estoy interpretando correctamente las señales, nuestro partido, los Howard y los papistas, están una vez más en ascenso. Tenemos nuestra fe, tenemos nuestras tradiciones y tenemos a la joven que está atrayendo al rey. Thomas Cromwell ha chupado de la Iglesia hasta dejarla seca, ésta ya no tiene más riquezas que ofrecer al rey, y su esposa la reina es posible que aprenda inglés, pero no es capaz de aprender a coquetear. Si yo fuera una cortesana que aún no se ha decidido, buscaría un modo de ganarme la amistad del duque de Norfolk y ponerme de su parte.
Me llama a sus habitaciones. Me dirijo a ellas recorriendo los pasillos de siempre, sintiendo alrededor de los pies el aroma de las hojas de lavanda y romero esparcidas por el suelo, viendo ante mí la luz procedente del río que penetra por los grandes ventanales, y es como si los fantasmas de ellos corrieran justo delante de mí, por la galería acristalada, como si la falda de ella acabara de desaparecer de la vista al doblar la esquina, como si todavía oyera la risa fácil de mi esposo en el aire iluminado por el sol. Si fuera un poco más rápida les daría alcance, e incluso ahora... todo es igual que ha sido siempre. Siempre tuve la sensación de que con sólo correr un poco más de prisa podría alcanzarlos y conocería los secretos que compartían los dos.
Sin querer, aprieto el paso, pero cuando doblo la esquina aparece el pasillo vacío a excepción de los guardias Howard apostados en la puerta, y ellos no han visto fantasma alguno. Los he perdido a ambos, como siempre. Son demasiado rápidos para mí en la muerte igual que lo fueron en vida. No me esperaban, nunca quisieron que estuviera con ellos. Los guardias llaman a la puerta y la abren para dejarme pasar, y yo entro en la habitación.
—¿Cómo está la reina? —me pregunta bruscamente el duque desde la mesa a la que se halla sentado, y me veo obligada a recordar que esta reina es nueva, y no nuestra amada y exasperante Ana.
—Se encuentra de muy buen humor y con buena cara —contesto. Pero jamás poseerá la belleza que poseía nuestra Ana.
—¿La ha tomado el rey?
Es una grosería por parte del duque, pero supongo que está cansado del viaje y no tiene tiempo para gentilezas.
—No. Que yo pueda distinguir, sigue siendo incapaz.
Se hace una larga pausa durante la cual el duque se levanta de su silla y va hasta la ventana para asomarse por ella. Me viene a la memoria una ocasión en la que estuvimos aquí mismo, cuando me preguntó por Ana y Jorge, cuando se asomó por la ventana y los vio paseando por los senderos de grava en dirección al río. Me gustaría saber si él los ve todavía, incluso ahora, como los veo yo. En aquella ocasión me preguntó si yo sentía envidia de Ana, si
estaba preparada para actuar en contra suya. Dijo que poniéndola a ella en peligro tal vez pudiera salvar a mi esposo. Me preguntó si amaba a Jorge más que a ella. Me preguntó si me importaría que ella muriera.
Su siguiente pregunta irrumpe en unos recuerdos que ojalá pudiera borrar. —¿Creéis que el rey podría estar sufriendo... —hace una pausa— ...un maleficio?
¿Un maleficio? Me cuesta trabajo creer lo que oigo. ¿El duque está sugiriendo en serio que el rey es impotente con su esposa como consecuencia de una maldición, de un hechizo o de un maleficio? Por supuesto, la ley de este país dice que la impotencia en un hombre sano sólo puede ser consecuencia de las artes de una bruja; pero en la vida real todo el mundo sabe que un hombre puede debilitarse a causa de la enfermedad o de la edad, y el rey está muy obeso, casi paralizado por el dolor, y enfermo como un perro tanto en el cuerpo como en el alma. ¿Un maleficio? La última vez que el rey afirmó ser víctima de un maleficio, la mujer a la que acusó fue mi cuñada Ana, que terminó en el cadalso culpable de brujería, y cuya prueba era la impotencia del rey en su caso y el deseo lujurioso que sentía ella por otros hombres.
—No podéis creer que la reina... —Dejo la frase sin terminar—. Nadie podría creer que esta reina..., que otra reina más... —Es una sugerencia tan absurda y tan llena de peligros que ni siquiera soy capaz de expresarla con palabras—. El país no soportaría..., nadie le daría crédito... otra vez... —Me interrumpo de nuevo—. Enrique no puede seguir haciendo eso…
—No estoy pensando en nada. Pero si el rey está imposibilitado, alguien debe de estar lanzándole un maleficio. ¿Y quién podría ser sino ella?
Guardo silencio durante unos instantes. Si el duque está recopilando testimonios contra lady Ana de haber lanzado un maleficio contra su esposo, es mujer muerta.
—En estos momentos no desea en absoluto a la reina —empiezo—,
pero no ocurre nada más grave. Puede que le vuelva el deseo. Al fin y al cabo, ya no es un hombre joven, ni tampoco está sano.
El duque asiente y yo intento dilucidar qué es lo que desea oír. —Y sí que siente deseo por otras —continúo.
—Ah, eso demuestra la acusación —dice él hábilmente—. Podría ser que se le haya arrojado el maleficio sólo cuando yace con la reina, para que no pueda ser un hombre con ella, para que no pueda dar un heredero a Inglaterra.
—Si vos lo decís —acepto. No merece la pena sugerir que resulta mucho más probable que, dado que es viejo y con frecuencia está enfermo, ya no posee el impulso sexual que poseía antes, y únicamente una putilla como Catalina Howard, con sus mañas y su encanto, es capaz de excitarlo.
—Así pues, ¿quién iba a lanzarle un maleficio? —persiste.
Yo me encojo de hombros. La persona a la que nombre, sea quien sea, ya puede ir redactando el testamento, porque si se la acusa de brujería contra el rey, no tardará en morir. No puede haber prueba de inocencia ni alegato de no culpabilidad; con las leyes nuevas todo intento de traición, incluso con el pensamiento, es un crimen tan grave como la acción en sí. El rey Enrique ha aprobado una ley contra los
pensamientos que pueda tener su pueblo, y su pueblo no se atreve a pensar que está equivocado.
—Desconozco quién podría cometer semejante acto de maldad — digo con firmeza—. No se me ocurre nadie.
—¿Alguna vez la reina se reúne con luteranos?
—No, nunca. —Eso es verdad, la reina Ana pone el máximo cuidado en amoldarse a las costumbres inglesas y oye la misa conforme a las normas del arzobispo Cranmer, como si fuera otra Juana Seymour, nacida para servir.
—¿Se ve con papistas?
Esa pregunta me deja atónita. Ana procede de Cléveris, el corazón de la Reforma. La educaron para considerar que los papistas son el anticristo.
—¡Naturalmente que no! Nació y se crió como protestante, fue traída aquí por la camarilla protestante, ¿cómo iba a recibir visitas de los papistas?
—¿Lady Lisle tiene una amistad íntima con ella?
La mirada rápida que le dirijo le dice la conmoción que me ha causado.
—Hemos de estar preparados, dispuestos. Nuestros enemigos se encuentran en todas partes —me previene.
—El rey mismo asignó a lady Lisle un puesto entre sus damas, y Anne Bassett, su hija, es una de sus favoritas —informo—. Carezco de pruebas contra lady Lisle. —Porque no las hay, y jamás podría haberlas.
—¿Y lady Southampton?
—¿Lady Southampton? —repito en tono de incredulidad.
—Sí.
—Tampoco sé nada en contra de lady Southampton —contesto. El duque afirma con la cabeza. Los dos sabemos que los testimonios, sobre todo los de brujerías y maleficios, no son difíciles de fabricar. Primero un cuchicheo, después una acusación, más tarde una lluvia de mentiras, y por último un juicio ficticio y una sentencia. Ya se ha hecho antes para librar al rey de una esposa a la que no quería, una mujer a la que se podía enviar al patíbulo sin que su familia moviera un dedo para salvarla.
El duque asiente con la cabeza y yo aguardo durante largos instantes, aterrada y en silencio, pensando que a lo mejor me ordena que invente pruebas que lleven a una mujer inocente a la muerte, pensando qué puedo decir si me exige hacer algo tan terrible, abrigando la esperanza de poder hallar el valor necesario para negarme, sabiendo que no lo hallaré. Pero el duque no dice nada, de modo que hago una venia y me vuelvo hacia la puerta; tal vez haya terminado conmigo.
—El rey encontrará pruebas de una conspiración —predice, en el mismo instante en que mi mano se posa sobre el picaporte de bronce—. Encontrará pruebas contra ella, vos lo sabéis.
Me quedo helada de inmediato. —Que Dios la ayude.
—Encontrará pruebas de que los papistas o los luteranos han metido a una bruja en su casa para dejarlo impotente.
Procuro mantener el semblante inexpresivo, pero eso supone un desastre tan tremendo para la reina, y acaso un peligro grave para mí, que noto cómo me invade el pánico al oír la voz calma de mi tío.
—Será mejor para nosotros que señale como traidores a los luteranos —me recuerda—. Y no a nuestro partido.
—Sí —ratifico.
—O bien, si no intenta condenarla a muerte, obtendrá el divorcio basándose en la idea de que existía un contrato anterior por parte de ella, y si eso fracasa obtendrá el divorcio aduciendo que no la deseaba y que por tanto no dio su consentimiento para las nupcias.
—Pronunció el «Sí, quiero» delante de testigos —digo en un susurro —. Estábamos todos presentes.
—Pero para sus adentros no consintió —me dice el duque.
—Oh. —Callo unos instantes—. ¿Eso es lo que afirma ahora?
—Sí. Pero si ella niega que existiera un compromiso anterior, él podrá seguir afirmando que no puede consumar el matrimonio porque la brujería que emplean sus enemigos está actuando en su contra.
—¿Esos papistas? —pregunto. —Papistas como su amigo lord Lisle.
Dejo escapar una leve exclamación. —¿Lo acusarían?
—Es posible.
—¿O los luteranos? —susurro.
—Los luteranos como Thomas Cromwell. Mi rostro muestra mi grado de estupefacción. —¿Ahora es luterano?
El duque sonríe.
—El rey creerá lo que se le antoje —dice con voz sedosa—. Dios lo iluminará para que alcance sabiduría.
—Pero ¿quién cree él que lo ha dejado impotente? ¿Quién es la bruja?
Ésa es la pregunta más importante, sobre todo para que la formule una mujer. Siempre es lo más importante que debe saber una mujer. ¿A quién se va a señalar como bruja?
—¿Tenéis un gato? —me pregunta el duque.
Noto cómo me invade un terror gélido, como si mi aliento fuera nieve. —¿Yo? —Y repito—: ¿Yo?
El duque se echa a reír.
—Vamos, no pongáis esa cara, lady Rochford. Nadie va a acusarte mientras estéis bajo mi protección. Además, no tenéis un gato, ¿verdad? Ni ningún espíritu escondido con forma de animal que comparte sus poderes con vos, ni muñecos de cera, ni celebráis aquelarres a medianoche, ¿no es así?
—No bromeéis —replico en tono nervioso—. No es cosa de risa. El duque recobra en seguida la seriedad.
—Tenéis razón, no lo es. Entonces, ¿quién es la bruja que está imposibilitando al rey?
—No lo sé. Pero no es ninguna de las damas. Ninguna de nosotras. —¿Podría ser la reina misma? —sugiere en voz queda.
—Su hermano la defendería —apunto atropelladamente—. Aunque no necesitéis aliaros con él, aunque hayáis regresado de Francia con la promesa de contar con la amistad de los franceses, no podéis correr el riesgo de granjearos la enemistad del hermano de la reina. Podría levantar a la liga protestante contra nosotros.
El duque se encoge de hombros.
—En mi opinión, descubriréis que es posible que no defienda a su hermana. Y, en efecto, me he asegurado la amistad de Francia, con independencia de lo que suceda a continuación.
—Os felicito. Pero la reina es hija del duque de Cléveris. No se la puede tachar de bruja, estrangularla por mano de un herrero de una aldea y enterrarla en un cruce de caminos con una estaca clavada en el corazón.
El duque abre las manos como si él no tuviera nada que ver con dichas decisiones.
—No lo sé. Yo simplemente sirvo a su majestad. Ya veremos qué ocurre. Pero vos deberéis vigilarla muy de cerca.
—¿Debo vigilarla por si comete algún acto de brujería? —Me cuesta trabajo disimular la incredulidad en el tono de voz.
—Por si halláis pruebas —replica el duque—. Si el rey quiere pruebas, lo que sea, los Howard tendremos que dárselas. —Hace una pausa y termina—: ¿No es así?
Yo guardo silencio.
—Como hemos hecho siempre. El duque espera mi asentimiento. —¿No es así?