Chapter 5: Flexural Strength Results
5.2 Flexural Beam Testing Technique and the Factors of Influence
5.2.7 Moisture Susceptibility
Publicado en EEll OObbrreerroo, 27 de Noviembre de 1974
En anteriores artículos hemos relacionado las tare- as militares con la situación de las masas (con su estado
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de ánimo y conciencia política actual), con las necesidades de autodefensa, con la cuestión de la relación entre la vanguardia y la masa, etc. Además, en el último artículo, enmarcábamos la cuestión del armamento obrero en la etapa general de la lucha de clases que atraviesa el país, enfocándolo como parte de la preparación del proletaria- do para una confrontación violenta con el fascismo. Hoy comenzaremos a tocar algunos aspectos más de fondo, de tipo estratégico. En el número anterior planteábamos la formación de PIQUETES (o comandos) OBREROS ARMA- DOS “…en la perspectiva de formar los organismos arma- dos del proletariado, la milicia proletaria”.
Muchas veces se ha interpretado que el planteo de “milicias” (obreras o populares) equivale a negar la nece- sidad de contar con una organización militar elevada, per- feccionada, eficaz como tal y —en ese sentido— se ha tomado la propuesta de “milicias” como algo contradicto- rio con el planteo de “Ejército”.
Esta contraposición no es correcta: la milicia puede ser una forma particular, un sistema especial, de Ejército. Así como hay ejércitos PROFESIONALES, hay ejércitos basados en el sistema contrario: EJÉRCITOS DE MILI- CIAS.
La milicia es el sistema de integración del ejército en base a la población y no a militares profesionales. Puede abarcar a toda una población o a una determinada clase social, o a varias clases. Puede basarse en la cons- cripción obligatoria o en el voluntariado. Pero el hecho de que sea de milicias no quiere decir que deba necesaria- mente ser menos elevado o menos eficaz como organiza- ción militar. La aptitud y eficacia militar de un ejército depende de la preparación alcanzada, de la disciplina, de la capacidad de los cuadros, de la moral de las tropas, de los medios materiales con que cuenta, de la economía y la sociedad que lo sustentan, etc., etc.; p ero no del hecho de que sea profesional o de milicia. Un Ejército revoluciona- rio debe ser necesariamente un Ejército profundamente fundido con las clases revolucionarias, surgido y nutrido de allí. Tanto para tomar el poder como —con mayor razón aún— para conservarlo, hace falta una organización armada de las masas, y, en ese sentido, debe ser una MILICIA.
Naturalmente que nos referimos al rasgo esencial ya que generalmente se dan diversas combinaciones, y en realidad, ningún ejército puede, a esta altura del desarro- llo de la técnica y la ciencia, prescindir totalmente de per- sonal especializado profesional.
Los que sostenemos la necesidad de construir una sólida organización militar para garantizar la derrota de la burguesía, cometeríamos un error negando el planteo de la milicia obrera (o popular —eso es otra cuestión—) por- que es fundamental la estrechísima ligazón de esa organi- zación militar con las masas.
Precisamente, les haríamos el juego a los que se declaran partidarios de la milicia para fundamentar en contra de la necesidad de contar con un verdadero Ejército para la revolución. Hay variantes pacifistas que utilizan
esa trampa: argumentan que la verdadera fuerza de la revolución son las masas. Y eso es cierto. Dicen que el impulso revolucionario de las masas puede más que el más perfeccionado de los ejércitos burgueses. Y esto tam- bién es cierto. Pero a renglón seguido sacan la conclusión de que, entonces, el proletariado no necesita tener su pro- pio ejército para derrotar el ejército de la burguesía. Y junto con esto, hablan de unas “milicias” que imaginan como algo más bien improvisado e inorgánico y que ade- más, al parecer surgirían de manera absolutamente espontánea, sin que ellos tengan ninguna responsabilidad concreta en su impulso y formación.
Quienes razonan así parecen desconocer que una organización o partido que pretenda jugar un rol de van- guardia DEBE CONTAR CON UNA CAPACIDAD MILITAR PROPIA, INDEPENDIENTE, que le permita realizar un conjunto de tareas imprescindibles. (Más adelante volve- remos sobre esto.)
Con ese criterio, también podríamos decir, por ejemplo, que el impulso revolucionario de las masas puede más que los más lúcidos y perspicaces dirigentes políticos de la burguesía, y eso es cierto. Pero de ahí no se puede sacar la conclusión de que la clase obrera no nece- sita gestar sus propios dirigentes políticos de clase, o que es indiferente que estos dirigentes políticos proletarios sean buenos o malos. Los dirigentes políticos, los partidos, los ejércitos, etc., de la burguesía, no pueden detener la historia, en última instancia, pero siempre y cuando el proletariado cuente con dirigentes, partidos y capacidad militar como para derrotar a la burguesía.
Que la organización armada que garantice la revo- lución debe estar estrechamente fundida con las masas, no quiere decir que el papel de la vanguardia consciente deba ser esperar sentada a que surja sola, ni tampoco quiere decir que esa organización armada de las masas deba ser militarmente inferior a las fuerzas armadas de la burguesía.
Los revolucionarios debemos proponernos que las fuerzas armadas de la revolución sean lo más desarrolla- das, extendidas, disciplinadas, capacitadas y pertrechadas que sean posible. En ese sentido, la organización militar más elevada, aquí y en cualquier lado, se llama EJÉRCITO. Naturalmente, ese Ejército, concebido como brazo arma- do de las masas en guerra, no surge en cualquier momen- to sino que requiere determinadas condiciones, pero estratégicamente el asunto no debería motivar tantas dis- cusiones: la clase obrera necesita su propio ejército revo- lucionario.
Naturalmente, no faltará quien argumente que ha habido casos en que el proletariado ha tomado el poder antes de estructurar un ejército propiamente dicho. Nuevamente, esto es cierto, pero utilizarlo como argumen- to para negar la necesidad de una organización militar sóli- da y preparada, y para descuidar, demorar o —directa- mente— oponerse a las tareas militares que la lucha de clases va planteando en cada momento como necesarias, no es más que una variante mal disimulada de pacifismo.
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En última instancia, este esquema de razonamien- to es similar al del PCA cuando pretende escudarse en que Lenin dijo que podían darse situaciones en que la clase obrera tomara el poder sin disparar un tiro, pacífi- camente (y es cierto que lo dijo), y en base a eso estruc- turar una “estrategia” para tomar el poder por vía pacífi- ca. La trampa de los reformistas consiste en “olvidar” que esas situaciones de que hablaba Lenin son situaciones fugaces, completamente excepcionales, que se dan única- mente cuando la burguesía está materialmente impedida de resistir violentamente, porque sus fuerzas armadas ya están destrozadas, derrotadas, porque su aparato represi- vo está completamente aniquilado, anarquizado, impo- tente. En una situación así si el proletariado tiene el sufi- ciente impulso revolucionario para lanzarse a la conquis- ta del poder, si tiene una dirección política revolucionaria que lo guíe en el momento justo, si tiene una superiori- dad militar aplastante, puede ocurrir, efectivamente, que el proletariado inmovilice a la burguesía sin necesidad de disparar un tiro. Lo que ocurre es que estas situaciones, además de ser fugaces y excepcionales, se dan en medio de tremendas guerras y revoluciones.
Hace falta que se hayan disparado muchos tiros para que la burguesía llegue a semejante situación, y luego se reinicia la guerra, porque la burguesía se rear- ma (generalmente con el apoyo internacional) y vuelve al ataque. Los reformistas estilo PCA se “olvidan” de esto, fomentan las ilusiones sobre la posibilidad del acceso pacífico al poder y así es como entregan al pro- letariado, indefenso y desarmado, a la masacre de la contrarrevolución burguesa. Lo que ocurre, sencilla- mente, es que toda la concepción ideológica del refor- mismo no parte de la base de que la guerra entre las clases es insoslayable, de que la burguesía hay que aplastarla y al Estado burgués hay que destruirlo, sino que creen que a la burguesía es posible convencerla, presionándola “moralmente”, para que los deje a ellos encaramarse en el aparato del Estado burgués y una vez allí, dulcemente sin sobresaltos ni enfrentamientos violentos, ellos irán modificando el Estado burgués de a poquito, hasta hacerlo “socialista”… todo con el permi- so de la burguesía… Como en Chile… Los pacifistas más disimulados, que podríamos llamar “neo-reformis- tas”, no dicen especular con la posibilidad de que la burguesía se entregue sola, sin resistir… En teoría no es exactamente igual, pero en la práctica es bastante parecido, porque ni el PCA, ni el PCR, ni el PST, ni nin- guno de ellos se preocupan en absoluto de las tareas militares que va planteando como necesidad la lucha de clases. Eso sí, para despotricar contra el “terrorismo”, el “guerrillerismo”, y todos esos “ismos” que ellos tanto odian, siempre están listos.
Para sintetizar lo dicho hasta aquí: desde el punto de vista de los instrumentos armados de la revolución, el objetivo estratégico debe ser la formación de un EJÉRCITO, basado en el sistema de MILICIAS. En próxi- mas notas continuaremos con estos temas.