5. Discussion
5.4 Morphologic changes and subsequent effects on material properties
Jehú es ungido rey, según el encargo de Elías (2R 9,1-13). Y Jehú, en el golpe de estado que lleva a cabo, ejecuta a Jezabel. Ella se adorna el rostro y viste sus galas regias, no
para seducir a Jehú, sino para morir como una reina. Cuando Jehú llega al palacio, ella sale a la ventana y se encara con él antes de que descienda de su carro. Con sarcasmo le llama Zimrí, el que sólo reinó en Israel ocho días, después de haber asesinado a Elá, su antecesor (1R 16,9-10).
Jezabel, mujer ávida y cruel, tanto como bella, idólatra y sin escrúpulos, muere según la predicción de Elías (1R 21,23). Los macabros detalles de su muerte (2R 9,36s) son el cumplimiento literal de esa profecía. Su cuerpo es devorado por los perros. También muere su esposo Ajab y sube al trono de Israel su hijo Ocozías, cuyo reinado no dura más que dos años. Ocozías sigue los pasos de su padre y de su madre, rindiendo culto a Baal y provocando a Yahveh con su idolatría (1R 22,52-54). Lo más llamativo de su vida, con lo que comienza el segundo libro de los Reyes, es que se cae por una ventana del piso superior de su casa de Samaría. Como todas las casas señoriales (1R 17,19; 2R 4,10), también el palacio real de Samaría tenía una estancia superior con una terraza rodeada de un parapeto de madera. Al caer desde esa terraza, Ocozías se hiere, teniendo que guardar cama y ya no se levanta de ella. Con motivo de esa enfermedad interviene Elías en su vida.
En todo trance difícil, de enfermedad o de guerra, los israelitas consultan a Yahveh. Pero Ocozías, en vez de mandar a consultar a Yahveh, manda a consultar a Baal-Zebub, dios de Ecrón, ciudad filistea, a unos 30 kilómetros al oeste de Jerusalén. Que los enviados de Ocozías vayan a consultar a Baal-Zebub muestra lo ridículo de la decadencia de la fe de Israel. Hay una pretendida distorsión irónica en el nombre hebreo del dios filisteo. Baal- Zebul, que significa “Baal, el príncipe”, se convierte en Baal-Zebub, que significa “Señor de las moscas”. Más tarde, en el Nuevo Testamento, se cambia en Belzebul, designando al príncipe de los demonios (Mt 10,25; 12,24).
En el diálogo de estos mensajeros con Elías aparece la apostasía del rey de Israel. Frente a la fe de Elías, “establecido en la cumbre del monte”, aparece la situación embarazosa e impotente de los enviados de Ocozías, abrasados por el fuego del cielo, que no les da tiempo ni a lamentarse. La narración está cargada del humorismo que imprime Elías a sus encuentros con los seguidores de Baal:
“Después de la muerte de Ajab, Moab se rebeló contra Israel. Ocozías, su sucesor, se cayó por la celosía de su habitación de arriba de Samaría; quedó maltrecho, y envió mensajeros a los que dijo:
-Id a consultar a Baal Zebub, dios de Ecrón, si sobreviviré a esta desgracia.
El ángel del Señor manda a Elías que condene a Ocozías por poner su vida en manos de Baal y no en las de Yahveh:
-Levántate y sube al encuentro de los mensajeros del rey de Samaría y diles: ¿Acaso porque no hay Dios en Israel vais vosotros a consultar a Baal Zebub, dios de Ecrón? Por eso, así habla Yahveh: Del lecho al que has subido no bajarás, porque de cierto morirás.
Y Elías se fue. Los mensajeros se volvieron a Ocozías y éste les dijo: -¿Cómo así os habéis vuelto?
Le respondieron:
-Nos salió al paso un hombre que nos dijo: “Andad, volveos al rey que os ha enviado y decidle: Así habla Yahveh: ¿Acaso porque no hay Dios en Israel envías tú a consultar a Baal Zebub, dios de Ecrón? Por eso, del lecho al que has subido no bajarás, porque de cierto morirás”.
Los mensajeros han regresado llevando la respuesta de Elías y no la de Baal. El rey les pregunta:
-¿Qué aspecto tenía el hombre que os salió al paso y os dijo estas palabras? Le respondieron:
-Era un hombre con manto de pelo y con una faja de piel ceñida a su cintura. El dijo:
-Es Elías tesbita.
Con la esperanza de que Elías se retracte y cambie su profecía, Ocozías trata de apoderarse con la fuerza del profeta. Le envió un jefe de cincuenta con sus cincuenta hombres, que subió a donde él; estaba él sentado en la cumbre de la montaña, y le dijo:
-Hombre de Dios, el rey manda que bajes. Respondió Elías y dijo al jefe de cincuenta:
-Si soy hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta. Bajó fuego del cielo que le devoró a él y a sus cincuenta. Volvió a enviarle otro jefe de cincuenta, que subió y le dijo:
-Hombre de Dios. Así dice el rey: Apresúrate a bajar. Respondió Elías y le dijo:
-Si soy hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta. Bajó fuego del cielo que le devoró a él y a sus cincuenta. Volvió a enviar un tercer jefe de cincuenta con sus cincuenta; llegó el tercer jefe de cincuenta, cayó de rodillas ante Elías y le suplicó diciendo:
-Hombre de Dios, te ruego que mi vida y la vida de estos cincuenta tuyos sea preciosa a tus ojos. Ya ha bajado fuego del cielo y ha devorado a los dos jefes de cincuenta anteriores y a sus cincuenta; pues que ahora mi vida sea preciosa a tus ojos.
El Ángel de Yahveh dijo a Elías: -Baja con él y no temas ante él.
Dios defiende a su profeta de las manos del rey. Pero, cuando los enviados del rey se presentan con humildad y reconociéndolo realmente como hombre de Dios, Elías se levantó y bajó con él donde el rey. Confirmando su predicción de una muerte inminente, le dice al rey en su cara:
-Así dice Yahveh: Porque has enviado mensajeros para consultar a Baal Zebub, dios de Ecrón, por eso, del lecho al que has subido no bajarás, pues de cierto morirás.
Murió según la palabra de Yahveh que Elías había dicho” (2R 1,2-17).
La triple expedición de tropas con la misión de capturar al profeta (2R 1,9-16), de las que las dos primeras son devoradas por el fuego del cielo, es una presentación midrásica. A la orden del rey que le ordena: ¡Desciende!, Elías responde: ¡Descienda el fuego! El fuego devora a los enemigos de Dios y a sus enviados (Nm 16,35; 26,10; Ap 20,9).
Este relato de claro sabor popular expresa el respeto debido a la palabra de Dios y a los profetas encargados de transmitirla. En el Evangelio se recoge el eco de este episodio cuando los discípulos de Jesús desean hacer suya la súplica fulminante de Elías contra los samaritanos que no le acogen a su paso hacia Jerusalén. Pero Jesús les reprocha por esa interpretación literal del relato o para decirles que con Él comienza una era nueva (Lc 9,51- 56).
Elías es reconocido por su forma de vestir. El manto de Elías, al no estar atado por la cintura, flotaba en el aire. Debajo del manto llevaba un vestido de piel, éste sí sujeto alrededor de la cintura para que no entorpeciera su marcha (1R 18,46). Este vestido le adoptarán después otros profetas (Za 13,4) y Juan Bautista que Jesús presenta como nuevo Elías (Mt 3,4; Mc 1,6).
No sabemos sobre qué montaña se encuentra Elías. Lo más probable es que se trate de uno de los montes cercanos a Samaría, como el Ebel o el Garizim. Puede tratarse también del monte Carmelo, donde la tradición habla de la cueva de Elías. La expresión “hombre de Dios”, en boca de los soldados, gente descreída, encierra seguramente un matiz despectivo. Elías les muestra que en verdad es un hombre de Dios, pues Dios a través suyo obra prodigios terribles.
reciente todavía, nos trae un anochecer anticipado, casi repentino. El frío encoge la vida y la niebla húmeda la envuelve. Alrededor, a los lejos, se alzan unas montañas blancas cubiertas de nieve y de hielo. Mientras me caliento al amor del fuego, fuera de la casa flotan unos copos de nieve sostenidos por el viento.
La luz limpia y fría de una mañana de sol invernal gatea por la ladera de la colina, deslizándose hacia la cadena montañosa de Carmelo. Despojado del lastre de una noche sin dormir, Frey Eliseo se mezcla en el bullicio de la vida ordinaria, corre y vocifera como los demás. Luego, en la tarde, cansado del día y de los años, me dice en un murmullo casi imperceptible:
-Tú no conoces la fragilidad de las piernas cuando se llega a una cierta edad ni tampoco la lentitud con la que llegan a la memoria ciertos recuerdos y sobre todo los nombres de las personas, de los lugares o cosas conocidas, pero relegadas en el fondo del baúl del pasado.
Se me humedecen los ojos al escuchar su voz, al contemplar los rasgos de su rostro o la mano con la que estrecha la mía para transmitirme en secreto la brusca alegría de una noticia o la nostalgia de un recuerdo. Como si hablara consigo mismo, me dice:
-Cuando finalmente me marche nadie notará mi ausencia. En realidad llevo ya mucho tiempo marchándome, desligándome de las personas, lugares y cosas que han llenado mi vida. Terminaré por ser una sombra que se borra al atardecer, cuando el sol se oculta tras los montes.
No siempre comprendo lo que murmura. No sé a qué se refiere cuando, despierto o soñando, me repite algo que le ha brotado varias veces de sus labios como un murmullo que siente en sus adentros:
-Poco a poco te sientes un extraño para ti mismo, y tu propia sombra es el espía que te sigue los pasos, te observa de soslayo, como si bajara la cabaza al cruzarse contigo. Y al mirarte en el espejo del agua, en tus ojos ves la mirada de quienes te desprecian, te acusan o simplemente han dejado de saludarte, relegándote al olvido.
Al despertar, después de haberle escuchado soñar en voz alta, le he preguntado sobre lo que le he oído y él no lo recuerda. Varias veces me ha dicho:
-El pasado se disuelve sin dejar huellas, sin dejar apenas recuerdos, como se disuelven los colores en la memoria de los ciegos.
En estos últimos días me habla como quien recita sentencias en las que concentra la sabiduría acumulada en años rumiando las mismas cosas:
-Tu vida anterior es como un país lejano, del que te cuentan tantas cosas, pero que nunca visitarás ni conocerás de verdad. La niebla de la distancia, la luz gris de la nostalgia, la alegría real o soñada, los sinsabores guardados, toda tu vida se queda ahí al lado, muy cerca de la conciencia, pero fuera. Tratas de imaginarla, de aferrarla con las dos manos, pero se te escapa como el agua del río se cuela entre los dedos...
No sé si éstas son sus palabras exactas, pues no siempre logro recordarlas, pero él sigue desgranando sus dichos, como si sintiera la urgencia de pasarme su herencia:
-El rostro, que contemplas cada mañana en el espejo del agua, aunque parece siempre el mismo, está cambiando constantemente; se modifica a cada instante por los golpes del tiempo, como cambia una concha por el roce de la arena y los golpes de las corrientes del mar. Y, sin embargo, hay algo que siempre permanece, que está en ti desde que tienes memoria, desde antes de alcanzar el uso de la razón. Es el núcleo de lo que eres, de lo que muestra tu rostro en el espejo, la chispa que nunca ni nada ha apagado en tus ojos, esa brasa oculta bajo las cenizas del fuego que cada noche te envuelve, al cerrarse tus párpados con el sueño. Es ese monótono son que late en todos tus actos, el color que tiñe todas tus cosas de ti mismo.
sus costillas:
-Sus brazos endebles como brotes de sauce se anudaban en torno a tu pecho, entonces duro como el roble. Quería que le salvese de su soledad. Y de repente se le quebraron los brazos, se desprendió de mí y desapareció. Entonces sentí un gran vacío en el corazón, una sensación de carencia, pero también de impotencia, de inutilidad. Aún llevo dentro esas sensaciones.
Tras un largo silencio susurra en un suspiro:
-Me negaba a saber, a ver lo que pasaba delante de mis ojos. Uno puede cerrar los ojos y no querer abrirlos, pero una vez que los abre, lo que sus ojos han visto ya no puede borrarlo, no puede dar marcha atrás en el tiempo y hacer que no exista lo que ha visto y escuchado.
De repente se le quiebra la voz y se le llenan los ojos de lágrimas, como si se le hubiera atragantado el recuerdo. Como si sacudiera una mosca mueve la cabeza, me mira y vuelve a la historia de Elías, o más bien de Eliseo, a quien el maestro cede su manto y su ministerio.